
Llego a la ciudad de Wrocław, la antigua Breslau, en tren. Hasta Pardubice, el tren es moderno y fiable, espacioso y elegante. En brazos de esta melancólica eficiencia, me duermo. A partir de Pardubice, atravesamos el espejo de Alicia y la textura y el carácter del viaje se alteran por completo. Los vagones, ahora subdivididos en compartimentos oscuros y acogedores, ya no cortan suavemente el aire frío de la mañana: se bambolean y sacuden con suavidad, una rebelión a medias contra la fricción y la gravedad. Un tren de paciencia infinita: se detiene en cada aldea, por pequeña que sea, y atiende al capricho de cualquier vecino que desee viajar de una estación minúscula a la siguiente en este día concreto.
En cada paso a nivel cruzamos un semáforo ferroviario; nuestro movimiento emborrona el sonido de las campanas tintineantes, como un efecto de sonido sacado de una vieja película de espías. Comienza en lo alto de la escala musical y luego desciende suavemente, aumentando y disminuyendo al mismo tiempo en intensidad sonora, una pequeña sesión espiritista para invocar el espíritu de Christian Doppler. Fue él quien, en 1842, en el Politécnico de Praga, propuso una explicación para dar cuenta del cambio audible de tono de un sonido en movimiento con respecto a un perceptor. Doppler extrapoló su principio a todas las formas de energía ondulatoria, de modo que a él debemos la posibilidad de adivinar las velocidades relativas de las estrellas, una herramienta fundamental para saber dónde estamos entre todas las cosas que existen. No fue una aportación menor.

Al cruzar la frontera con Polonia, las paradas se hacen menos frecuentes, el paisaje algo más llano y dócil: una tierra verde, fertilizada con la sangre de las naciones y con sus cenizas. A veces, este pastorale se ve interrumpido por la aparición tiznada de un vasto complejo de maquinaria oxidada y chimeneas humeantes, asentado entre fosas y montones de tierra removida. El cielo centellea con chispas sorprendentes, cuando pequeños pájaros de alas negras por la parte superior y vientres blancos baten el aire sobre los campos en grupos compactos y elásticamente ligados, reluciendo como polvo de diamante en un gif animado japonés.
El pasado de posguerra de Wrocław es una saga trágica de migraciones masivas: personas obligadas en gran número a abandonar sus hogares solo para ser reemplazadas por oleadas de recién llegados que, a su vez, habían sido expulsados de los suyos. Las formas arquitectónicas concebidas para las necesidades de los habitantes anteriores encajaron a veces de manera extraña con los recién llegados. Esto ha dejado a esta ciudad de riquísimas capas fragmentada, pero no rota. Wrocław se extiende en todas direcciones desde un centro fracturado por una docena de islas en el río Óder. Estos islotes se asientan firmemente en el agua parda entre un encaje de puentes, como tantas barcazas a la deriva cargadas de tierra y coronadas por vestigios de un pasado cultural, religioso e industrial. Si el deslumbramiento del sol de primera hora ciega y oculta, su luz también se tamiza al derramarse sobre las gasas de vapor que cuelgan entre nosotros y las fachadas barrocas, los campanarios, los bloques de viviendas y las chimeneas que se esconden tras más cortinas de niebla fría. Los patos se deslizan en el vértice de sus estelas como ondas sonoras hechas visibles. Revolotean unos cuervos negros con chalecos grises, trompetas que graznan desafinadas, como cuando un perro muerde uno de esos juguetes chillones de goma, descienden de pronto para disputarse un trozo de pan o alguna otra cosa de interés para los cuervos. Un árbol otoñal, con un resto de hojas meciéndose en la brisa suave, un destello intermitente de oro, un deslumbramiento, un susurro de sus tejidos casi silenciosos.

Los tranvías de aquí chirrían como cerdos degollados al tomar lentamente las curvas cerradas: son cajas pintadas de azul con grandes ventanales sobre ruedas de acero, llenas de pasajeros de lego-landia que avanzan hacia el siguiente instante de sus vidas. Los edificios antiguos están engalanados con placas de mampostería burbujeante y fachadas de estuco que se desmoronan, y por miles de bustos de yeso moldeado que se arrebujan en la penumbra de sus hornacinas, nichos para efigies de personajes antaño admirados y hoy ya oscuros.

Nos topamos en la acera con una línea meridiana, señalada ceremonialmente con una placa de bronce. El edificio al que señala, la Uniwersytet Wrocławski, alberga un museo coronado por un observatorio astronómico. Al ascender los escalones, encontramos una abertura elevada en el muro que deja entrar un único rayo de luz solar, proyectándolo sobre el suelo y formando una línea brillante que marca el meridiano (en la exposición moderna, la línea está «realzada» con una hilera de luces led). Si el desplazamiento de Doppler es dinámico y siempre cambiante, una danza de sonido y movimiento, esta línea es firme y segura. Sigue el borde de la regla de Euclides y fija nuestra posición en el tiempo con una certeza que parece divina.



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