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No es una foto del álbum, sino una de las que encontré en la caja. Una foto con un sello encima y una carta en el reverso.
Es imposible descifrar la fecha del sello, pero por el sentido de la carta puedo imaginar que fue escrita poco después del nacimiento de mi tía abuela; pongamos, en 1904.
Tampoco sé dónde se tomó esta fotografía, de modo que tal vez mi reconstrucción no sea más que mera imaginación.
Pongamos que encontré un lugar que, hace más de un siglo, pudo haber sido este.
Un lugar hoy desierto; de hecho, desierto desde la muerte del viejo herrero, hace treinta años. Su viuda cerró entonces la casa y el taller, y se marchó.

¿Pudo ser el herrero uno de los niños de la foto? No, era demasiado joven cuando murió; no pudo haber nacido antes de 1910. Quizá sea más bien el hijo de uno de los hombres que nos sonríen.
¿Y las dos niñitas, entonces? ¿Nacidas hacia 1900?
No sé nada de ellas.

Pero en el pueblo hay historias sobre dos niñitas así, dos hermanas huérfanas, objeto de caridad. Nunca se casaron; siguieron siendo sirvientas hasta su muerte. La mayor, solo un año mayor, se llamaba Louise; la menor, Blanche.
Yo solo conocí a Blanche, cuando era niño. Louise llevaba ya años muerta, pero mi padre todavía recordaba cómo lo perseguía de pequeño y lo azotaba con ortigas en uno de sus arrebatos de ira. La Blanche que yo conocí era una mujer grande y salvaje, con un moño de pelo blanco, empujando una carretilla llena de ropa y hablando sola. Tenía un viejo perro negro, cansado, y no paraba de gritarle por las callejas del pueblo: «Allez viens, Gamin!» – «¡Vamos, ven, Muchacho!».
Una anciana realmente temible; pero también ella debió de haber sido niña hace mucho tiempo, como todo el mundo. Un día, cuando subía desde el lavadero, se encontró con mi madre en el camino y, aunque nunca hablaba con nadie, hundió la mano en su cesta, sacó un manojo de cebollas y se lo dio. «Toma, son para ti», le dijo. Espero que, por esas cebollas, haya obtenido un pacífico rinconcito en el Cielo.
En cuanto al taller desierto, supongo que es el mismo viejo lugar que el de la postal. El artesano era un modesto herrero que hacía verjas, canalones, rejas, cadenas, tirantes para los albañiles y carpinteros del pueblo; algunas de esas piezas aún esperan ser utilizadas, apoyadas contra la pared. Y, tras las ventanas polvorientas, la herrería parece muy silenciosa, fantasmalmente silenciosa, con todas las máquinas soñando en volver a ponerse en marcha.





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