Este libro nos lo regalaron nuestros amigos israelíes. Creo que no hace falta que transcriba en letras latinas el título. El caballero de figura melancólica y su fiel escudero, especialmente con unos molinos de viento al fondo, son memes fundamentales de nuestra cultura. Y seguro que tampoco hace falta decir el nombre del autor, todos lo saben, ¿no? Abramos el libro. Ahí lo vemos, en el colofón: es el primer nombre sobre el del ilustrador (יאנוֺש קאש, János Kass) y el del traductor (הגר אנוש, Hagar Enosh)… מיקלוֺש רַדנוֺטי, es decir, ¡Miklós Radnóti! Eh…, no era exactamente esto lo que yo tenía en mente.
Miklós Radnóti es conocido en Israel como el poeta del Holocausto. Cuando, en el centenario de su nacimiento, su viuda de noventa y siete años, Fanni Gyarmati, donó su legado manuscrito a la Biblioteca de la Academia Húngara de Ciencias, yo hice su presentación en línea, y las estadísticas muestran cuántos visitantes provienen de Israel. Pero, ¿fue además el autor de la novela española más famosa del siglo XVII? Tal cosa requeriría la habilidad de retroceder en el tiempo y volar por el espacio, quizá como la que la tradición jasídica atribuye a Baal Shem Tov, el hombre santo de las montañas, que viajaba de noche desde los Cárpatos a Eretz para conversar con santos de tiempos antiguos sobre la Cábala. Claro, sabemos que los grandes poetas viven para siempre. Pero el tiempo solo corre en una dirección.
Por añadidura, las fichas de biblioteca húngaras muestran claramente que Miklós Radnóti fue al menos coautor de esa versión en húngaro de Don Quijote que hoy es la única accesible en el mercado de libros de esta lengua. Pero basta comparar el número de páginas: el Quijote original en español llega a setecientas páginas, mientras que la versión húngara que lleva el nombre de Radnóti rara vez supera las ciento ochenta, incluso con todas las ilustraciones a página completa.
¿Por qué aparece el nombre de Radnóti en el colofón del Quijote? El artículo de Dániel Végh sobre las traducciones húngaras de Cervantes, publicado en el número de mayo de 2009 de la revista Forrás lo explica. Radnóti no sabía español, pero la Guerra Civil española de 1936 lo llevó a interesarse por ese país. En varios escritos la menciona, y tradujo algunos poemas de García Lorca al húngaro a partir de traducciones crudas de György Bálint. Incluso en su Primera égloga, escrita en el campo de concentración antes de su muerte, hace decir esto a sus personajes virgilianos:
Pásztor:
Hallom, igaz, hogy a vad Pirenéusok ormain izzó
ágyucsövek feleselnek a vérbefagyott tetemek közt,
s medvék és katonák együtt menekülnek el onnan;
asszonyi had, gyerek és öreg összekötött batyuval fut
s földrehasal, ha fölötte keringeni kezd a halál és
annyi halott hever ott, hogy nincs aki eltakarítsa.
Azt hiszem, ismerted Federícót, elmenekült, mondd?
Költő:
Nem menekült. Két éve megölték már Granadában.
Pásztor:
Garcia Lorca halott! hogy senki se mondta nekem még!
Háboruról oly gyorsan iramlik a hír, s aki költő
így tünik el! hát nem gyászolta meg őt Európa?
Költő:
Észre se vették. S jó, ha a szél a parázst kotorászva
tört sorokat lel a máglya helyén s megjegyzi magának.
Ennyi marad meg majd a kiváncsi utódnak a műből.
Pastor:
Dicen que en cumbres fieras del áspero Pirineo
arden los tubos rojos del cañón entre muertos helados,
y osos y tropas huyen mezclados en la ventisca;
mujeres, niños y ancianos corren con fardos ceñidos
y al suelo caen si encima comienza a girarles la muerte,
y tantos cuerpos yacen que nadie hay ya que los cubra.
¿Conociste a Federico? Dime, ¿logró huir acaso?
Poeta:
No huyó. Hace dos años lo dieron muerte en Granada.
Pastor:
¡García Lorca ha muerto! ¡Y nadie me dio tal nueva!
De guerras vuela la voz con alas ligeras; y un poeta
así se pierde. ¿Europa no guardó duelo por él?
Poeta:
Ni lo advirtieron. Y basta que el viento, hurgando en las brasas,
halle en la hoguera versos truncados y los recuerde.
Eso quedará apenas para el curioso heredero.
Leyó una versión abreviada del Quijote en francés en París en 1937. En una carta a István Vas se revela que en octubre de 1943, al regresar de su segundo servicio laboral forzoso, trabajaba en una versión también abreviada para jóvenes en su retiro creativo en Mátraháza: «Estoy penando con el Don Quijote, espero llevármelo listo a casa… No escribí versos, el Caballero de la Triste Figura me ha devorado por completo.» El libro lo publicó en Navidad de 1943 el editor Imre Cserépfalvi, con prólogo de Sándor Márai, quien luego huyó de la Hungría comunista. Tras la guerra, querían destruirlo por la «traición» del autor del prólogo, pero el todopoderoso papa ideológico György Lukács lo defendió y en 1953 pudo publicarse de nuevo, y desde entonces en diez ediciones más, sin prólogo y con ilustraciones de János Kass. Esta es la versión traducida al hebreo.
En el colofón de la edición de 1943 se indica que Radnóti «utilizó con provecho la traducción completa al húngaro de la obra maestra de Cervantes de Vilmos Győry y la adaptación francesa para jóvenes.» La traducción de Győry de 1926 también estaba lejos de ser completa, pero era mucho más extensa que el breve texto de Radnóti, que apenas representa un cuarto del Quijote original.
Sin embargo, tanto la versión de Győry como la de Radnóti omiten tanto del Quijote original que distorsionan por completo su sentido.
Los lectores húngaros que crecieron con la versión de Radnóti recuerdan que el Quijote trata sobre un caballero excéntrico que en el siglo XVII intenta revivir el espíritu de los libros de caballerías populares desde el siglo XV, pero cuya lanza se rompe una y otra vez contra los molinos de viento de la realidad moderna.
Es una metáfora fascinante y muy reutilizada, pero la novela completa –que el lector húngaro no puede leer en su idioma– trata de otra cosa. De otras muchas cosas. En el fondo hay un autor que, como soldado retirado y tullido de la mano izquierda en la batalla de Lepanto, decide en la vejez escribir una novela, concretamente un libro caballeresco, sin más experiencia previa en la narrativa que una novela pastoril, La Galatea. Y la historia resultante, de setecientas páginas en dos partes publicadas a una distancia de diez años, corre en dos hilos: mientras escribe los episodios del caballero trasnochado y su escudero, reflexiona continuamente sobre su propia actividad, se excusa, se camufla en una maraña de autores, se explica, ironiza, consulta fuentes y las mezcla en una gran lección de literatura. En la novela hay muchos quijotes: el protagonista, claro, pero también es quijotesco el autor, que se presenta como un fanático de la lectura aunque inseguro acerca de la obra que ha engendrado.
La introducción comienza explicando que el autor quiere crear algo grande, pero le resulta imposible:
«Desocupado lector, sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante.»
Por eso pide consejo a un amigo versado en literatura, que le enseña a llenar el texto con referencias clásicas, nombres, citas y notas marginales. Así inflige un golpe satírico a la literatura de su época – como Frigyes Karinthy en su famosa colección de parodias literarias Így írtok ti (Asi escribís vosotros, 1912). Entre la introducción y el primer capítulo, una serie de sonetos y epigramas rinde homenaje a don Quijote y a su autor. Aparecen personajes de romances caballerescos muertos hace siglos como Amadís de Gaula o el Orlando de Ariosto, y hasta un soneto dialogado entre Babieca y Rocinante, el caballo del Cid campeador y el muy melancólico del propio don Quijote. Como si una obra histórica sobre la época turca en Hungría se recomendara con epigramas de Gergely Bornemissza, el aga de Koppány y Jumurdzsák, todos ellos héroes imaginarios de novelas históricas románticas del siglo XX.
Después de la introducción y los poemas omitidos por Radnóti, la primera frase del primer capítulo se cita entre las grandes primeras frases de la literatura mundial: «En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo…» La historia y la reflexión del autor comienzan al mismo tiempo. Radnóti omite completamente la reflexión y suprime el inciso «de cuyo nombre no quiero acordarme», castrando así la gran frase y, en realidad, toda la voz del autor.
Cervantes está presente de muchas maneras en su texto, lo critica, hace referencias y toma distancia. Una de sus genialidades es que tras narrar las primeras aventuras, y antes de que la obra se convierta en una serie aleatoria de episodios más o menos risibles o de tipo picaresco (como ocurre en la versión de Radnóti), se detiene a reflexionar sobre cómo continuar. Entonces el azar organizado juega a su favor:
«Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía, no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. [Interesante alusión al hebreo, que debían conocer los criptojudíos que vivían en Toledo] En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese y él, sin dejar la risa, dijo:
-Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».
Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad; pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.» (Q, I.9)
Desde aquí Cervantes puede referirse a este texto como algo independiente, obra de un historiador moro (es decir absolutamente poco fiable) y traducido al español por otro que no es él mismo. Puede criticarlo, aludir a él y discutirlo, y lo hace a menudo.
«Dice el que tradujo esta grande historia del original de la que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli1, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete estas mismas razones: «No me puedo dar a entender ni me puedo persuadir que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón es que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles, pero esta desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible, que no dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero que él la contó y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran máquina de disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa, y, así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo.»
Sansón Carrasco, el bachiller, se refiere al libro de Benengeli como publicado, aunque en él aparece:
«Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, que por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes.»
Incluso Sancho Panza advierte de la falsificación:
«Créanme vuesas mercedes» dijo Sancho «que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.»
«Yo así lo creo» dijo don Juan; «y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles.»
El Quijote de Cervantes es una obra que se ha considerado auténticamente «postmoderna» ante festam, donde el autor narra en múltiples voces y perspectivas. La historia no trata solo del caballero anacrónico, también del autor manco que intenta escribir un libro de caballerías aceptable, mientras atribuye sus fracasos (y a veces sus aciertos) al oscuro autor moro.
«Hízole levantar don Quijote y dijo: —Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía y que fue moro y sabio el que la compuso?
—Es tan verdad, señor —dijo Sansón—, que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga.»
«La vida es sueño,» como dirá su gran contemporáneo don Pedro Calderón de la Barca, o por lo menos, una construcción literaria. Esta voz autoral, plural y abierta a múltiples perspectivas, que acompaña la trama es lo que convierte al Quijote en una gran novela moderna. Y esto es lo que falta por completo en la popular versión de Radnóti.
Borges tiene un relato en El Aleph sobre un autor ficticio, Pierre Menard, que en los años 30 reescribió el Quijote. Quiere decir que no lo copió, sino que reconstruyó el estado mental de Cervantes: «ser católico otra vez, olvidar todo lo ocurrido entre 1601 y 1930», y recrear el texto a partir de recuerdos vagos de la infancia. La versión final coincide letra por letra con la obra de Cervantes. «Pero qué obra tan vil y anacrónica.» En 1930 no se podía escribir una obra que perteneciera al siglo XVII.
Radnóti escribió en los años 30 un Quijote que encajaba en el siglo XX, en la era de resúmenes de novelas de dos páginas. Y así arruinó una gran obra. El lector húngaro, salvo que aprenda español perfectamente y dedique tiempo a leer las setecientas, inigualables, páginas barrocas, no entenderá nunca por qué es tan grande esta novela. No por la parodia del género caballeresco, sino porque mientras escribía la parodia criticaba magistralmente los límites de la «autoridad» de un autor, y reevaluaba a la vez toda la literatura de su tiempo. El Quijote original es su Így írtok ti de la época. Radnóti, que probablemente disfrutó del Így írtok ti de Frigyes Karinthy, casi seguro que no entendió qué gran parodia y modelo de literatura, sin el que no se entiende la evolución de la novela moderna —desde Tristram Shandy hasta, por poner un ejemplo plenamente «postmoderno», El plantador de tabaco— estaba hurtando a los lectores húngaros del futuro.















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