Se me ha hecho la boca agua leyendo este post de la carpa de Año Nuevo y viendo esa cazuela de pescado coloreada con vuestras variedades húngaras de pimentón sabroso y picante. El bofetón del post anterior, realmente, no iba dirigido a los benditos pescados del Tisza o el Danubio, a los que he tenido el gusto (literalmente) de conocer y respeto muchísimo, sino a la ignorancia de mis compatriotas tan rodeados de mar que cuando ven un río no saben qué estan viendo pero sospechan que es algo de lo que hay que alejarse enseguida: en Mallorca, el agua cuando corre por la tierra es solo para provocar catástrofes. No es del todo cierto que en la isla no haya algunos peces de agua dulce. A alguien se le ocurrió tirar alevines de carpa en los embalses hidroeléctricos del Gorg Blau y Cúber, en las alturas de la Serra de Tramuntana, y proliferaron hasta el punto de permitirse su pesca. Pero tuvo tan poco éxito entre los pescadores (un mallorquín pescando ahí provocaría la hilaridad de los pescadores «de verdad») y hay tan pocas capturas (entre otras cosas porque el embalse en verano se seca casi del todo) que ni se tiene en cuenta. El otro lugar donde se pescan seres acuáticos no estrictamente marinos es la Albufera de Alcúdia, coto de las maravillosas anguilas que antaño llenaban la comida más típica de las fiestas de Sant Antoni en Sa Pobla y Muro: las «espinagades», también condimentadas con pimentón picante seguramente venido de Hungría. Pero en los últimos años la pesca ha disminuido hasta casi considerarlas extinguidas. Si lees, cosa que recomiendo vivamente, «El evangelio de la anguila», de Patrik Svensson, les cogerás tal cariño a estos escurridizos animales viajeros que, como el tío Vania del libro de texto ruso, no querrás verlos troceados en un plato. Es decir, que bendito sea este mundo que nos permite historias, sabores, viajes, condimentos, invenciones y andanzas sin fin por ríos y mares. ¡Y que 2026 venga lleno a rebosar de maravillas para todos!