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Habría sido mejor publicar el texto siguiente justo después de la entrada sobre las placas conmemorativas de Kőrösmező/Yasinya, pues guardan muchísimos hilos en común: el lugar, el tiempo y, en parte, incluso los actores y los destinos, como veremos. El escritor transilvano Sándor Török (1904-1985), judío de origen, protestante de religión y aventurero por naturaleza, autor de varios de los libros favoritos de nuestra infancia, visitó la Rutenia subcarpática en el verano de 1939, después de que la región hubiera sido recuperada por Hungría durante cinco años. Su diario de viaje A szemtanú naplója (Diario del testigo ocular, 1941) es un testimonio único, entre otras cosas, sobre las inciertas y cambiantes identidades de esta peculiar región montañosa multiétnica. En una entrada anterior ya lo acompañamos a la ciudad de Huszt/Khust, en compañía de su guía local, que era una extraña mezcla étnica rusina-rusa-húngara. A continuación citamos un día que pasó en
Kőrösmező/Yasinya, su excursión a la frontera húngaro-polaca anterior a 1918, restablecida entre 1939 y 1944, y sus encuentros con las culturas transitorias de la tierra fronteriza.
… La noche anterior el viajero pidió a sus anfitriones que buscaran para la mañana a un muchacho inteligente, que supiera húngaro y que lo acompañara hasta la frontera polaca. Ahora son las cinco de la mañana, y el viajero está de pie ante la verja, sin saber qué admirar más, si esta mañana limpia y hermosa bajo las montañas o que a las cinco ya esté levantado y se encuentre allí, esperando al muchacho. Porque en Kőrösmező ciertamente hay muchos chicos inteligentes, y también bastantes otros pobres a quienes les vendrían bien uno o dos pengős. Pero de toda la constelación combinada —un muchacho pobre que por esos pocos pengős estuviera dispuesto a recorrer el camino, que son unos 25-26 kilómetros ida y vuelta, inteligente y que además supiera húngaro—, pues tendría que aparecer un muchacho judío. Y, en efecto, aparece, dando ocasión al viajero para admirar la fuerza asimiladora del paisaje.
Este joven muchacho judío nació en 1924, es decir, bajo los checos. —¿Cómo te llamas? —Artúr Blutreich —dice—, pero… por favor, llámeme Nyumi. También me llaman así en la escuela. Artúr… es… es tan feo.
Al viajero no le sorprende en absoluto que el judío Artúr Blutreich, en Kőrösmező, hable húngaro más o menos con el mismo acento que el muchacho de Huszt, József Kovács, que afirma ser protestante y pequeño ruso. El viajero ya no se sorprende de nada, ha renunciado. Acepta el hecho de que, si cierra los ojos, puede creer que este muchacho es un pequeño ruso. Y viceversa, también podría creer que József Kovács de Huszt es judío. Quizá el habla de Nyumi sea algo más amable y más suave, más rusina, pues él mismo vive entre rusinos. La fuerza rural e ingeniosa de sus expresiones también es afín a la de los rusinos de Huszt o de aquí, pero hay además una gran diferencia entre él y el muchacho de Huszt, que el viajero objetivo no puede pasar por alto. A la pregunta sobre su identidad, el muchacho de Huszt respondió orgullosamente que es un gran ruso que “ama a los húngaros”, y dijo que la lengua húngara “simplemente se le pegó” en el curso de sus andanzas, y que sus hermanos y parientes no saben húngaro, sólo ruso. Nyumi, en cambio, se considera húngaro, y fue a una escuela rusa —añade: ¡no había otra!—, y a la pregunta de entonces de dónde sabe tan bien el húngaro, responde: ¡de casa! —¿Así que en casa habláis en húngaro? —Y he aquí que responde a la pregunta con otra pregunta. Porque un judío sigue siendo un judío. Abre los brazos y dice: —Bueno, ¿cómo tendríamos que hablar?

• Después de las primeras formalidades de reconocimiento, Nyumi —como si diera forma definitiva al trabajo pendiente— dice: bueno, entonces vamos a pasar al polaco. Este es el argot local, de ferroviarios y carteros de la región fronteriza: pasamos al polaco. Así es como lo dice Nyumi.
Por el camino Nyumi alaba al ternerillo así: vaquita muy mona. —Examina los caballos del carro militar que viene de frente, y deteniéndose y mirándolos largamente después de pasar, dice: tenéis unos caballos grandes y bonitos. —Pienso que no hace falta ser particularmente ducho en lenguas y palabras para comprender a partir de estos pocos ejemplos cómo este muchacho judío de Kőrösmező —que, como ya sabemos, fue a una escuela rusa— aprendió húngaro en casa, o más precisamente, qué clase de lengua húngara aprendió. Y, desde luego, es una lengua húngara muy hermosa. Así como en Budapest ciertas clases, judías o no judías, situadas aproximadamente en el mismo bajo nivel cultural, hablan por igual el llamado “argot de bulevar”, aquí en Kőrösmező Nyumi Blutreich habla un húngaro puro, cuyos componentes básicos del pensamiento son idénticos a los de los campesinos rusinos.
Por ejemplo: ya estamos de regreso, cuando resulta que si hubiéramos llegado un poco antes a la frontera polaca, el comandante húngaro nos habría subido a un carro militar y habríamos podido volver de forma más cómoda. El viajero lo lamenta. Nyumi, sin embargo, lo consuela: no importa, es mejor ir a pie que viajar. Y tranquiliza al viajero: seguro que llegaremos al tren, porque hacia casa uno va más deprisa. También el caballo va más rápido cuando percibe el olor de sus cuadras.
Nyumi conoce las cosas de los árboles, las hierbas, las montañas, los animales. Sube a las montañas como el rusino de Huszt o como la gente de aquí en general. En el puente sobre el Tisza se sube a la pequeña acera de hormigón —realmente le impresiona— y pregunta al viajero: ¿hay aceras así en todas las ciudades? Yo he estado muchas veces en Rahó/Rakhiv, y allí sí que las hay. —El pequeño muchacho judío pisa la acera, pero tras tres o cuatro pasos salta de nuevo a la carretera y dice: no está bien andar por ella, es muy dura.
Kőrösmező/Yasinya. Puente ferroviario en la frontera gallega (en el momento de la narración, polaco-húngara)
• Así es este Nyumi con quien el viajero hace trato para esta mañana. Para cuando el viajero llega a conocer a Nyumi, ya sospecha bastante bien las relaciones entre montañas, aguas y personas; ha viajado por aldeas de muchas lenguas y población mezclada, y conoció al querido viejo rusino, el tío Frickon, que rompió a llorar al jurar lealtad a la patria húngara y terminó así: “¡viva toda la nación austríaca!” —porque fue artillero en Miskolc en 1915: Kanonier Frickon. —Le ocurrió al viajero que en Aknaszlatina/Slatina preguntó a una camarera de café si tenían desayuno. Y como por su respuesta tartamudeante intuyó su lengua rumana, continuó: știi mai bine românește? —Da, domnule, da! —Sí, señor, sí—, y siguieron en rumano. Diez minutos después entró un viejo mozo, que maltrataba las palabras húngaras con el mismo acento que la muchacha de antes. —Știi mai bine românește? —preguntó el viajero con toda familiaridad, pero él abrió las manos y respondió con pesar: yo no saber rumano, señor, yo ser húngaro… […] Pero el viajero también se sentó en el restaurante junto a la estación ferroviaria de una pequeña ciudad, y disfrutó en silencio de la siguiente escena: los caballeros venidos de “la madre patria” —como aquí se llama a Hungría—, sentados a una larga mesa, maldecían cruelmente el servicio, la comida y las bebidas, todo. Por supuesto, haciéndolo con abundantes e imperturbables insultos contra los judíos. Para el posadero judío y su familia, sin embargo, daba lo mismo si toda la cocina y todo el universo se ponían patas arriba, porque estaban sentados alrededor de la radio, ya que ¡en Budapest había una velada literaria sobre Endre Ady! Bueno, ¿qué les importan unos cuantos escalopes a la vienesa? Zsigmond Móricz habla de Endre Ady en Budapest.
El viajero ya está más allá de todo eso, ya ha escuchado la historia del profesor de Huszt, que se declaraba gran ruso, de modo que los extremistas ucranianos le atravesaron los ojos con una aguja al rojo. Ya conoce todas estas historias cuando se encuentra con Nyumi Blutreich, que formula su opinión sobre el efímero dominio ucraniano en la Rutenia subcarpática así: ya sabe, era como cuando la gallina intenta parir patos.
Kőrösmező/Yasinya, la fuente del Tisza. Una postal húngara escrita en rumano y enviada a Keviszőllős/Seleuš, hoy en Serbia, el 30 de julio de 1913.

• Si el lector considera lo anterior, comprenderá la alegría del viajero ante la hermosa lengua húngara de Nyumi.
Pero la imagen de Nyumi no estaría completa si el viajero ocultara lo que el muchacho le preguntó por el camino. Primero —otra coincidencia— preguntó más o menos lo mismo que el muchacho de Huszt: si Budapest es más grande que Praga. Esto es natural. Cualquier otra alma sencilla habría preguntado eso al viajero tras una mañana de conocimiento mutuo. Ambos preguntaron también si el Castillo de Buda es tan hermoso como el Hradčany. —Con esto miden cuánto han ganado ellos —ellos, personalmente— con el cambio de gobierno, dónde han ido a parar y cómo es el “nuevo régimen”. Para ellos es “nuevo”, puesto que nacieron en el “viejo”, y el “más viejo” sólo lo conocen de oídas. El ruso preguntó también si Brünn es mayor que Debrecen. Así que estuvo en Brünn y oyó hablar de Debrecen. Y Nyumi preguntó si Kecskemét es tan grande como Rahó. Nunca había ido más allá de Rahó, y había oído hablar de Kecskemét. Las respuestas y descripciones del viajero ayudaron a ambos a entender a qué país y de qué tamaño, y a la sombra de qué poder, habían venido a parar.
El círculo ya conocido por ellos tiene más o menos el mismo radio, aunque de distinta cualidad: el ruso lo aprendió todo por sí mismo durante sus andanzas, y Nyumi aprendió en casa lo que pudo. Pero ambos anhelan lo mismo: llegar a la ciudad.
Más tarde Nyumi revela un campo más de interés. Pregunta: ¿cuál es ahora el precio de los sellos? Bien, el viajero no lo sabe. También pregunta por el precio de una cámara, de la película y de una bicicleta, pero pronto resulta que le interesan no como judío, sino como muchacho. Tiene una colección de sellos, tuvo una bicicleta y le gustaría tener una cámara.Así pues, bien mirado, resulta que en lengua, manera de pensar y rasgos físicos, el viajero no ha hallado ninguna diferencia esencial entre el muchacho ruso de Huszt y el niño judío de Kőrösmező.
El viajero y su guía parten hacia Yablonitsa en esta mañana luminosa después de las cinco. El viajero ya renuncia a describir al lector el paisaje, el juego élfico de la luz del sol con el agua de los arroyos de montaña, la luz y las sombras… ¡y luego los olores!
Baste decir que, apenas dejan atrás Kőrösmező, empiezan a subir junto al de pronto serpenteante arroyo Lazestina, en el bosque de pinos que se va espesando y oscureciendo poco a poco. El sol se eleva desde detrás del monte Hoverla, más y más alto, en el azul infinito, cubriéndose sólo de vez en cuando con una nubecilla blanca, sólo para disponer también de eso. Nyumi presenta al viajero los relucientes picos nevados de alrededor: allí está el Pietros, el Shesa, a la derecha la Chorna Kleva —y señala con profunda reverencia detrás de ellos—: y allí, ¡la Bliznitsa!
La Bliznitsa —el nombre significa “gemelos”— son dos hermosos, majestuosos y enormes picos nevados, los favoritos de Nyumi. Aparentemente, la Bliznitsa es para él lo que la oficina de correos era para József Kovács en Huszt. Nyumi se detiene cada cuarto de hora, se vuelve y señala hacia ellos: ¡Bueno, ahora la Bliznitsa está hermosa! — ¡Desde aquí se ve bien la Bliznitsa! — ¡Ahora, dentro de poco, desde allí, desde la curva!
Kőrösmező/Yasinya, la Bliznitsa. Esta postal fue enviada desde Máramarossziget/Sighetu Marmației poco después del viaje de Sándor Török y al mismo tiempo que el trágico último viaje de los “judíos apátridas”, en agosto de 1941, por un soldado húngaro en camino al frente ruso: “Mi querida y buena madre y padre. Esta mañana llegamos a Máramarossziget, y pronto seguiremos camino. Quizá esta noche ya dormiremos en tierra rusa…”

Aquí ya sólo se mueven las aguas… de vez en cuando un pájaro… o una ligera brisa acaricia el bosque… allá abajo, muy lejos, el cencerro de las vacas montesas de pequeños cuernos y de las ovejas… y el viajero escucha el golpeteo de sus propios pasos.
—Allá arriba —señala Nyumi hacia un tejado rojo que emerge de entre los árboles—, ya está la tselnitsa, la aduana. Roja bonita, ¿verdad?
—Bonita.
—Allá arriba ya no es tan roja. Sólo parece tan roja desde aquí, sobre este verde tan oscuro. —¡Nyumi sabe mucho! Y también conoce cada hierba y cada árbol, las huellas de los animales, todo lo que pertenece aquí, en el bosque. ¡Un milano! —señala al cielo—, está cazando. Una urraca… ¿la oye?
Pero ya hablan poco, el viajero y su guía. Hace tiempo que dejaron atrás el camino, suben por barrancos y senderos, cada vez más alto… ya no oyen el cencerro de las vacas y las ovejas, sólo el rumor del agua y de los árboles. De pronto, un leve ruido… y una bonita piña gruesa cae rodando a los pies del viajero. Nyumi no señala hacia arriba, sino hacia la piña, afirmando: ¡una ardilla! Una ardilla la ha tirado. —El viajero se inclina para recoger la piña, luego levanta la vista, y en efecto, allí está la ardilla escabulléndose; ahora salta y se va, despidiéndose con su cola frondosa antes de desaparecer en el bosque. El viajero guarda la piña en el bolsillo de la chaqueta, entre bellotas, piedrecillas y otras cosas por el estilo. Gracias —dice tras la ardilla—, gracias, joven. Y ni la ardilla ni el viajero saben aún qué honor aguarda a esta piña, muy lejos de allí, en Kassa/Košice.
Kőrösmező, del 16 de marzo de 1939 al 17 de septiembre de 1939 frontera húngaro-polaca, y tras la división de Polonia frontera húngaro-soviética• Estamos en Yablonitsa. Más allá, Polonia. Aquí las cosas se hacen sin ceremonias. El comandante húngaro mira los papeles del viajero, aunque no se los había pedido. Fue el propio viajero quien los sacó. Mientras tanto llegan del pueblo dos agentes de aduanas en motocicleta. No tienen aquí ninguna tarea oficial; sólo han venido por lo que quiere el viajero: pasar un rato al polaco. De acuerdo, vamos al polaco. Los aduaneros dejan las armas en el suelo y cruzan juntos la barrera con el comandante. El comandante polaco ya viene hacia ellos. Igual de acogedor e informal, más bien como un anfitrión que recibe a sus invitados.
La frontera —como frontera— aquí no se siente. El viajero obliga al comandante polaco a echar un vistazo a sus papeles. Pero éste rehúsa galantemente. Se lo toman literalmente… o más bien sentimentalmente, aquello de que polaco y húngaro, dos hermanos. Reciben a todos los húngaros con los brazos abiertos.
Encuentro de soldados húngaros y polacos en la frontera subcarpática reincorporada a Hungría el 16 de marzo de 1939. Life Photo Archive. Véase también el noticiario húngaro-polaco de la época.
Con los brazos abiertos y en un alemán destrozado. Y como el viajero tampoco sabe alemán, la conversación consiste sobre todo en gestos que sugieren “gracias”, “qué hermoso es todo aquí”… “¡Oh, vamos, vamos!” —Conducen al viajero a la pulcra casa de turismo, donde las paredes están decoradas con ramas de pino, y en el lugar principal está el retrato del regente húngaro Miklós Horthy, y al otro lado Moscicky, con Pilsudsky y Ridz-Smigly.


El viajero compra aquí cigarrillos polacos Mewa, los aduaneros chocan sus vasos con vino polaco, y el administrador de la casa de turismo, que también es el jefe de correos, saca postales y sellos, y se encarga de enviarlos a casa desde el otro lado, el polaco. Luego, tras despedirse de los polacos, el viajero permanece de pie en Yablonitsa. Allí está la Hoverla, con la fuente del Lazeshtina, dice el oficial polaco mostrándoles el paisaje. Allí, el Pietros y la Bliznitsa. Y aquí, nuestras montañas, la Svinitsa, la Chomniak, la Gorgon…
—Gracias… —dice el viajero, y no sólo al oficial polaco.
• De regreso por el bosque, el viajero y su guía entran en un cementerio. Dos hileras de pequeñas cruces de hormigón son cuidadas por un enorme pino. Bajo las cruces sin nombre duermen desde hace más de veinte años soldados desconocidos. Cayeron aquí, en el paso Tártaro, en los primeros años de la guerra mundial. Sobre la primera cruz que da al sendero, una vela se ha consumido hasta el fondo. En la gran cruz común, una inscripción: Valaji K Vam: “Zachorejte mir”. Desde entonces el viajero habría tenido ocasión de averiguar qué significa —considera estas cosas su deber—, pero esta vez no lo hizo. Según Nyumi, esto significa simplemente: que haya paz… —Y el viajero lo acepta y transmite esta traducción.
La ficha de Nyumi —Artúr Blutreich— en los registros de defunción del campo de concentración de Mauthausen














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