El canto de la tortuga

En el lapidario de Apolonia —donde ya antes habíamos visto estelas antiguas— un magnífico torso masculino se apoya en una columna. En realidad, la «columna» es un trípode alrededor del cual se enrosca una serpiente. Esto revela de inmediato la identidad del personaje: es Apolo, que dio muerte a la serpiente Pitón, guardiana de Delfos, y convirtió aquel lugar en su propio oráculo. El trípode era el asiento de la Pitia —no el pequeño aro de su parte superior, sino el amplio disco circular colocado sobre él— desde donde pronunciaba sus oráculos tras inhalar los vapores embriagadores que emanaban de la tierra.

Pero aquí hay otro atributo: una tortuga que, erguida sobre sus patas traseras en lo alto del trípode, parece frotarse cariñosamente contra Apolo.

Las apariencias engañan. Del mismo modo que imaginamos los brazos y la cabeza perdidos de la estatua de Apolo, también imaginamos la cabeza y las extremidades de la tortuga unidas a su caparazón. En realidad, las había perdido mucho antes de que el escultor tallara la estatua.

Fue Hermes quien la despojó de ellas cuando apenas tenía unos días de vida: el hijo de la ninfa Maya y de Zeus, hermanastro de Apolo. Hermes cubrió el caparazón vacío con piel de buey, le tensó cuerdas y tocó el nuevo instrumento con tal maestría que incluso enterneció el corazón de su hermano mayor cuando este irrumpió para pedirle cuentas por el robo de su ganado. El relato aparece con todo detalle en el IV Himno Homérico a Hermes (siglos VII-VI a. C.), mientras que el propio Apolo lo resume en los cómicos Diálogos de los dioses de Luciano, donde conversa con Hefesto sobre todo lo que el pequeño Hermes había conseguido robar siendo apenas un recién nacido:

«Encontró por ahí una tortuga muerta y fabricó con ella un instrumento. Le añadió unos cuernos unidos por un travesaño, colocó clavijas de afinación, insertó un puente y consiguió arrancarle una música tan dulce y melodiosa que hasta un viejo tañedor de lira como yo sintió una profunda envidia.»

Se llega a un acuerdo: nunca más se vuelve a hablar del ganado robado, Apolo recibe el instrumento llamado lira y los poetas bajo su protección divina recitan sus versos acompañándose con él, otorgando así a todo el género literario que lleva su nombre un pedigrí cuanto menos discutible.

En la estatua, la tortuga es también un torso: solo se conserva el caparazón, mientras que el armazón de madera del instrumento se ha roto. Únicamente en la parte inferior del caparazón puede verse el resto del soporte de madera que sostenía aquella estructura.

Pero, por suerte para nosotros, se han conservado como ajuares funerarios dos liras que han mantenido más o menos su estado original y que nos permiten interpretar el fragmento de Apolonia. La más completa, la lira de Elgin de los siglos V-IV a. C., hallada en una tumba ateniense, se conserva en el Museo Británico. Sin embargo, en este caso el caparazón de tortuga es en realidad una imitación de cerámica, algo que era habitual en la antigua Grecia: de este modo podían fabricar una caja de resonancia más grande, con un sonido más rico y con mayor resistencia.

La otra, en cambio, que ayer pude ver en un estado menos completo en el Museo Arqueológico de Tarento, está hecha con un auténtico caparazón de tortuga. Este caparazón reseco fue reforzado con una banda de hierro para protegerlo de las grietas que amenazaban con abrirse, y esa banda se ha conservado hasta nuestros días.

El caparazón de una tortuga muerta, con el armazón de madera fijado a su alrededor, produce una impresión bastante primitiva, que no coincide con nuestras elevadas ideas sobre la cultura griega. Y nuestra intuición es correcta. La palabra griega λύρα tiene un origen mediterráneo antiguo, preindoeuropeo: los griegos inmigrantes pudieron encontrar ya preparado este instrumento entre los pueblos autóctonos a los que llamaron pelasgos, a quienes después sometieron y saquearon del mismo modo que Hermes hizo con la tortuga.

El museo de Tarento ofrece también información visual sobre el uso de la lira en una vasija de figuras negras, pintada en Atenas en la misma época, entre el 500 y el 475 a. C., por el llamado Pintor de Diosphos, cuando la lira de Elgin también se utilizaba allí. El taller del Pintor de Diosphos tuvo un enorme éxito en el mercado de exportación; sus obras se enviaban masivamente a la Magna Grecia, es decir, al sur de Italia, entre ellas esta elegante vasija que acabó formando parte del ajuar de una tumba aristocrática.

En la vasija, el propio Apolo toca la lira ante su hermana gemela Artemisa, que con el oinochoe (jarra de vino) que sostiene en la mano está a punto de realizar una libación o de servir una bebida a su hermano, un gesto que desde entonces quedó estrechamente asociado con el género lírico. Entre ambos se encuentra un joven cervatillo. Por un lado, es compañero de Artemisa, símbolo de la naturaleza y del bosque; por otro, representa la naturaleza salvaje domesticada por el arte de Apolo. Su presencia alude a un estado de armonía divina, a una epifanía. En cualquier caso, tuvo mucha más suerte gracias a la poesía que la pobre tortuga.

Dúo reconstruido de lira y aulós de la antigua Grecia, interpretado por Callum Armstrong y Rosa Fragorapti, quienes también colaboraron en la música de la película Odiseo de Nolan

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