
Domingo por la mañana. Roma está abarrotada por la fiesta de la Inmaculada Concepción. La multitud fluye desde la estación; la policía debe dirigir el tráfico en el metro y no hay manera de subir a un autobús, así que camino bajo el brillante sol hasta la Piazza dei Santi Apostoli, al Palacio Odescalchi, donde, durante tres días, pueden verse los objetos preparados para la subasta de libros de Minerva Auctions. Entre ellos, uno que es de una importancia extrema tanto desde la perspectiva húngara como desde la orientalista: el álbum de viaje oriental del conde Fedor Karacsay.
Este álbum —como se lee en el catálogo de la subasta— incluye treinta y ocho dibujos coloreados de trajes populares anatolios y persas, soldados, ciudades. Lo que los hace especiales es su fecha y la persona que los reunió. La cubierta del álbum lleva la fecha «1853, 1854, 1855»: ésta es la época de la apertura de Persia a Occidente. Y su compilador, o, en realidad, como veremos, su artista, fue un aristócrata húngaro que desempeñó un papel destacado en esa apertura. Y además, una década antes del viaje de Ármin Vámbéry, se le considera por lo general el primer gran viajero persa.
En la biblioteca del palacio me recibe la experta de la casa de subastas, Silvia Ferrini. Ella me muestra personalmente el álbum, cuyos dibujos fueron montados sobre un cartón oriental de baja calidad, que se rompe incluso si se toca con demasiada fuerza. Para mi gran alegría, acepta que pueda tomar una foto de cada página del álbum. Aprecio la significación histórica del momento. Estas fotos, tomadas apresuradamente, darán testimonio de un documento histórico único, que emergió sólo durante tres días de la oscuridad de una colección privada en Roma, para, con toda probabilidad, desaparecer de nuevo, al menos durante una generación, en otra colección privada.
Mientras ordeno las fotos en la habitación de mi hotel romano, Dani Kálmán en Budapest está reuniendo la biografía del autor:
Los viajeros húngaros llevan mucho tiempo recorriendo los caminos de Persia. Al principio sólo con fines políticos, para forjar una coalición contra el emergente —y luego poderoso— Imperio otomano, pero más tarde a estos esfuerzos se unió también un nuevo interés científico. Sin embargo, mientras los viajes de orientalistas tan grandes como Ármin Vámbéry o Sándor Kégl están bien documentados, la historia de las conexiones húngaro-iraníes tiene también una figura clave menos conocida: el conde Fedor Karacsay de Vályeszáka.
Fedor Karacsay (1787-1859) es hoy quizá más conocido como pintor, si es que se lo conoce. Las diversas bases de datos artísticas en línea, copiándose unas a otras, cierran en corto su biografía mencionando su actividad como pintor y artista gráfico, que «ilustró obras etnográficas», y una acuarela suya la conserva la Galería Histórica Húngara. Sin embargo, también produjo mapas y fue un escritor fecundo. El lexicón multivolumen de autores húngaros de Szinnyei menciona ocho de sus obras en alemán y francés, pero buscando en la red también pueden encontrarse algunas otras que no figuran en Szinnyei. Entre ellas hay manuales militares, un tratado sobre el popular método de enseñanza Bell-Lancaster, y varias guías en francés sobre Sicilia, Roma, Nápoles, Londres y, por último pero no menos importante, Moldavia, Bucovina, Valaquia y Besarabia.
Sin embargo, de su vida no sabemos mucho más de lo que escribe Szinnyei. Se graduó en el Theresianum, la Academia Militar de Wiener Neustadt, y luego tuvo una carrera variada. En 1805 fue cadete del regimiento de húsares de Liechtenstein, y en 1813 sirvió como teniente en la batalla de Dresde que terminó con la victoria de Napoleón. Más tarde fue camarero mayor del archiduque Miksa József de Habsburgo-Este, más o menos de su edad; luego comandante de plaza del 1.º Regimiento de Lanceros en Mantua. En los años 1830 fue comandante de la ciudad de Cattaro (hoy Kotor, en Montenegro). En ese tiempo dibujó vedute de la bahía de Kotor, informó a la corte vienesa sobre la situación interna y, al parecer, mantuvo buenas relaciones con Petrović-Njegoš Petar II, Vladika (príncipe-obispo) de Montenegro. Su libro sobre Montenegro se publicó por primera vez en 1836, fuertemente censurado por razones políticas del momento. El 15 de julio de 1849, en los últimos días de la Guerra de Independencia húngara contra Austria, el gobierno húngaro lo envió como emisario primero al pachá de Belgrado, luego al gobierno serbio, y finalmente, a finales de septiembre, ya estaba en Estambul, como representante de la nación húngara.
Nuestro último informe europeo sobre Fedor Karacsay es la carta que él envió el 25 de mayo de 1853 desde Brünn al gran político húngaro Ferenc Deák, y que leyó el académico Ferenc Kubinyi en la reunión de la Sección de Historia de la Academia Húngara de Ciencias. La bibliografía alude a esta carta, pero su contenido no se conoce en detalle, sólo en el resumen que apareció en el anuario de 1853 de la Academia. Según éste, Karacsay estaba dispuesto a investigar y reunir cualquier material relativo a «los orígenes y antiguos representantes» de los húngaros». Para cuando se leyó, también había enviado su primer informe desde Teherán, mencionando que pronto sería enviado a Herat, Balkh y Bujará, y que también esperaba llegar a Samarcanda, que fue la sede de los uigures, a quienes consideraba los antepasados de los húngaros. No sabemos cuánto pudo realizar de estos grandes planes, ciertamente iniciados con gran entusiasmo, durante los seis años que tenía por delante. Lo que sí es seguro es que seis años más tarde murió con el rango de general, el 2 de julio de 1859 en Teherán.
El período Kayar, el «largo siglo XIX» de Persia, la época de la apertura a Occidente, que más tarde resultó tan fatal para el país, alcanzó su apogeo en los tres viajes europeos del sha Naser al-Din (reinó entre 1848-1896) en 1873, 1878 y 1889, durante los cuales también pasó por Budapest. Uno de los acontecimientos más importantes, que determinaron toda la vida cultural de la Persia de finales del siglo XIX, fue la fundación de Dar al-Fanum, la primera institución iraní de enseñanza superior, en 1851. La escuela politécnica fue fundada por Amir Kabir (1807–1852), el controvertido y efímero visir de Naser al-Din, que, durante sus cinco años (1848-1852) de ejercicio, resultó ser uno de los principales motores de la modernización. Aunque el sha, por intrigas cortesanas, permitió que lo mataran en 1852, el colegio pudo seguir funcionando. Además de la formación artística, se centró en las ciencias naturales. Los profesores, procedentes de Europa, al principio sobre todo de Austria, enseñaban medicina, matemáticas y geología, pero la fotografía también tenía su cátedra. Esta ciencia, que en Europa era considerada un «arte burgués», floreció en Persia apenas unos años después de su invención, y gozó del patronazgo personal del sha. Se puso un gran énfasis en la educación militar y de ingeniería, con el objetivo de reforzar las fortalezas iraníes y reformar el ejército. No sabemos exactamente la razón que llevó al conde Karacsay a Persia, pero su experiencia profesional desempeñó sin duda un papel importante. Es seguro que, además de sus tareas de organización militar, cartografía y enseñanza, en 1854 también fue nombrado Estado Mayor del sha. La historiografía iraní actual lo considera el organizador del ejército iraní moderno.
La característica especial del álbum es, pues, que fue reunido por alguien que conocía la Persia contemporánea desde dentro y a fondo, y sin embargo era capaz de observarla con los ojos del forastero y representarla con una perspectiva europea para el espectador europeo.

La colección, encuadernada en terciopelo azul y titulada «ALBUM» con letras metálicas, consta de cuarenta páginas numeradas. La primera página es el frontispicio, que muestra el título en persa y en francés: یادآوری برای ولایت شرقی, Yâdâverî-ye barâye vilâyet-e sharkî (Recuerdo de la(s) provincia(s) oriental(es)), y Souvenirs d’Orient, y el nombre del autor: dessinés par le Comte F. Karacsay en 1853, 1854, 1855. La segunda página es el índice del volumen en francés. La tercera página, el primer dibujo del volumen, representa al joven sha Naser al-Din, como para aumentar el carácter «oficial» del volumen. Esto se refuerza aún más añadiendo también la leyenda en persa: ناصرالدین شاه ایران, Nâsir al-Din Shâh-e Îrân, Naser al-Din, rey de Persia. No sabemos si fue dibujado por Karacsay. Le falta la firma «Ky», que figura en todos los demás dibujos, y su estilo también es distinto del de ellos. Esto puede deberse también a que el retrato no se hizo del natural, sino copiado de una miniatura persa, una versión del reciente retrato monárquico de Muhammad Isfahani. Una diferencia importante es que, en el dibujo del álbum, lleva las insignias del jefe militar supremo persa: una cinta azul claro.

Los catorce dibujos siguientes y luego tres más (4-17 y 23-25) representan tipos etnográficos que Karacsay debió de encontrar en su camino desde Constantinopla a Persia, o más tarde en el país: turcos de Constantinopla, Trebisonda y Sinope; kurdos anatolios y persas; asirios nestorianos de la Gran Armenia (que, durante el genocidio de 1915, acabarían huyendo a Persia, en torno al lago Urmía); persas; turcomanos de Teherán.
Los cinco dibujos siguientes (18-22) representan las figuras del nuevo ejército, de tipo europeo, cuya modernización era la tarea asignada a Karacsay.
Y finalmente los quince dibujos restantes (26-40) muestran ciudades desde Trebisonda a través de las montañas de Anatolia hasta Teherán, y uno (39) de Jorasán, que, junto con el núm. 23, que representa a un guerrero afgano de Herat, se refiere al hecho de que Karacsay, inmediatamente después de llegar a Persia, fue a las fronteras orientales del país. Es interesante que Ármin Vámbéry recorriera el mismo camino, descrito con detalle en su relato de viaje persa, y también informe de su encuentro con el sha Naser al-Din, pero no menciona ni una sola palabra sobre Karacsay, aunque no debió de serle indiferente el hecho de que, desde el punto de vista de esa recepción, el nombre de los húngaros ya había sido introducido en la corte de Persia.

El precio de salida de este extraordinario documento de los estudios orientales y húngaros está fijado en 3-4 mil euros en el catálogo de la subasta. Sería muy bueno que encontrara su lugar merecido en una colección pública húngara. Por improbable que esto sea, queremos darle una oportunidad con esta entrada.






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