Pasquino una vez fue rey. Se llamaba Menelao, y llevó el cuerpo de Patroclo desde debajo de las murallas de Troya, muerto por Héctor, tal como se ve en la copia romana hecha a partir del original de Pérgamo, bajo las arcadas de la Loggia dei Lanzi, en Florencia.

Roma, sin embargo, no tolera a los reyes, y la estatua de Menelao que aquí se encuentra fue mucho menos afortunada. Para cuando salió a la luz durante las obras de cimentación del palacio Orsini –
en cuyo muro se alza hasta el día de hoy–, la tierra de Bruto la había privado de sus miembros, de su rostro y de su identidad.

El pueblo de Roma, sin embargo, que se acurruca sobre su propia historia tan cómodamente como lo hace bajo las arcadas de los monumentos antiguos, le dio una nueva identidad. Lo llamaron Pasquino –o, en latín, Pasquillus, «Pasquale pequeño»–, por el sastre del barrio, que era tan pequeño y encorvado como la estatua, y cuyo principal mérito fue –según describe su contemporáneo Lodovico Castelvetro– que, gracias a su clientela vaticana, volvía a casa día tras día con los chismes más jugosos y los transmitía con el comentario más mordaz a la comunidad local. Tras su muerte, esta función la asumió Pasquino, en cuyo pedestal, noche tras noche, panfletos políticos en verso de mordacidad salvaje –pasquines, pasquinades o pasquils– veían la luz de la luna, y el pueblo de Roma se levantaba ávido antes del amanecer para leerlos, memorizarlos y difundirlos, sin dar tiempo a que la patrulla matutina los arrancase.
Piazza Navona y su entorno en el mapa de 1748 de Giambattista Nolli. El número 620 es Piazza Pasquino (por entonces aún Piazza Parione), y el 621 el palacio Orsini, con la estatua de Pasquino marcada en rojo en su esquina. Abajo: estatua de Pasquino en Google Street View

Los pasquils, estas tempranas Romaleaks, eran filtrados, evidentemente, por cortesanos bien informados y cultos de la corte papal y vertidos en forma artística en romanesco, la lengua vernácula romana, y también se publicaban luego en volúmenes regularmente actualizados más allá de los Alpes. Irritaban con contundencia a su principal objetivo: los dirigentes de la ciudad y del Estado pontificio. El neerlandés Adriano VI, el último papa septentrional antes de Juan Pablo II, que a comienzos del siglo XVI esperaba poner orden en Roma, quiso arrojar la estatua al Tíber, pero sus consejeros –entre ellos, sin duda, un buen número de autores de pasquines– lo convencieron de que esta seguía siendo la más eficaz de las válvulas de seguridad para drenar el descontento del pueblo de Roma. Dos siglos más tarde, Benedicto XIII impuso la pena de muerte a los autores de poemas, pero en vano. Pasquino se convirtió en el rey sin corona de Roma, un tirano temido por papas, políticos y celebridades.
Hitler y Víctor Manuel III son conducidos a la recepción ceremonial en el Capitolio, 8 de mayo de 1938
En 1938, Hitler, que había alcanzado la cumbre de su reconocimiento internacional, realizó una solemne visita a la Italia aliada, que incluyó Roma, Florencia y Nápoles. En la estación de ferrocarril de Roma lo recibieron el rey Víctor Manuel III y el primer ministro Benito Mussolini. Hitler tomó asiento junto al rey en el carruaje ceremonial, y el cortejo avanzó bajo arcos triunfales de cartón piedra por la Via dei Fori Imperiali, junto al Coliseo. Esta zona había sido «limpiada» poco antes por el urbanismo fascista de toda adición medieval y renacentista viviente, y convertida en esa zona que vemos hoy, tan solemne como muerta, desierta de monumentos antiguos en medio de Roma; proceso descrito gráficamente por el nombre popular que recibió: lo sventramento di Roma, «el destripamiento de Roma».


Pero si los gobernantes se reúnen en Roma, Pasquino también debe estar allí. La mañana de la visita, el rey sin corona de Roma saludó a su colega con una redondilla sobre su pedestal:
vestita de cartone,
saluta l’imbianchino
suo prossimo padrone!
Roma, de travertino
travestida en cartón,
saluda al encalador,
su próximo patrón.
No sabemos cómo devolvió Hitler el saludo. Tampoco sabemos cómo previó Pasquino los acontecimientos de septiembre de 1943. Pero en dos mil años debió de haber visto suficiente del pasado como para vislumbrar el futuro incluso sin tener rostro, y tan bien como su compañero, el Jano bifronte del puente sobre el Tíber, a la entrada del gueto. De quien hablaremos en una nueva entrada.








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