La catedral que no fue

Biniamar es una pequeña aldea de trescientos habitantes al pie de la Sierra de Tramuntana, en Mallorca. Su nombre, como el de muchos otros lugares de Mallorca que comienzan por Bini, proviene del hecho de que durante el reino musulmán de Mallorca (902–1229) vivía aquí una familia o clan árabe o bereber que se consideraban hija (bani) de un antepasado común; en el caso de Biniamar, los hijos de Amar (bani Amar). En los siglos posteriores a la conquista catalana, los hijos de Amar (si quedó alguno vivo) se convirtieron en campesinos y buenos católicos. Su iglesia medieval fue dedicada a Santa Tecla, discípula de San Pablo y una de las primeras patronas de la autonomía femenina, cuya veneración estaba muy extendida entre los conquistadores catalanes. También la catedral de Tarragona, en Cataluña, está dedicada a ella, y allí se la celebra cada septiembre con una espectacular procesión de diez días (!).

En Biniamar, sin embargo, el santuario más famoso no es la iglesia de Santa Tecla, sino la llamada Esglèsia Nova, la Iglesia Nueva. Y no lo encontraréis marcado como iglesia en el mapa Aunque la placa conmemorativa atornillada a su fachada en 2010 celebraba su centenario, jamás fue realmente consagrada. Solo se puede entender el porqué al verla in situ: porque no tiene techo y jamás lo tuvo. Las nervaduras que deberían formar bóvedas de crucería, partiendo de las ménsulas sobre los arcos góticos de las naves laterales, se detienen inmediatamente después de comenzar, y el edificio queda a cielo abierto. Por eso también se la llama la Catedral Inacabada.

No es raro que catedrales góticas queden inacabadas, como la de Colonia —de la que se dice que «el día que se termine, el mundo acabará»—, o la catedral de Siena con su gran nave principal vacía, o la de Beauvais, donde el andamiaje de quinientos años se considera ya un monumento por derecho propio. Pero allí la razón era tan seria como el edificio mismo: guerra, peste negra, terremoto. Tan chusco como fue iniciar una catedral gótica en Biniamar, igual fue la razón banal y un poco absurda de su fracaso.

The village’s three hundred inhabitants would never have thought of building such a large church, if it had not happened that Antonio Maura (1853-1925), a six-time prime minister of pre-Franco Spain, born in Palma de Mallorca, spent his childhood summers with his uncle who lived here. Los trescientos habitantes del pueblo jamás habrían soñado en construir una iglesia de tal tamaño, si no fuera porque don Antonio Maura (1853–1925), seis veces primer ministro de la España prefranquista, nacido en Palma de Mallorca, pasaba sus veraneos de infancia aquí con un tío.

Antonio Maura. Retrato del fotógrafo Kâulak (Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo), en la doble página del número del 5 de mayo de 1917 de La Esfera.

Ya desde finales del siglo XIX, Maura veía con claridad los problemas estructurales del Estado español y los desastres a los que podían conducir (como de hecho condujeron). Durante sus seis gobiernos intentó cambiar esas estructuras de forma constante, mediante las reformas de su «revolución desde arriba» e intentando romper el caciquismo, el poder de los políticos terratenientes rurales (padrinos, oligarcas, o «caballeros NER», como los llamaríamos hoy en Hungría, beneficiarios del Sistema de Cooperación Nacional). En contraste —como pronto veremos— fue el primer gobernante de la España del siglo XX que tuvo que aplastar por la fuerza una revolución desde abajo, y el primer político que, como hijo exitoso de Mallorca, estuvo rodeado en la isla por un culto personal digno de un cacique. El monumento modernista mandado erigir por la ciudad de Palma en 1929 en la Plaça del Mercat, obra del escultor Mariano Benlliure, da testimonio de ello.

Otro testimonio es la «catedral» de Biniamar, que solo pudo existir porque Maura quiso levantar un monumento acorde con la importancia que él mismo se atribuía en el escenario de su infancia. Durante su segundo mandato como primer ministro (1907–1909), el gran «reformador» de la política española «encontró» 100.000 pesetas para la nueva iglesia de Biniamar. La primera piedra se colocó el 25 de septiembre de 1910, dos días después de la fiesta de Santa Tecla, y aquella suma bastó para elevar los muros hasta el inicio de las bóvedas. Pero ya entonces se veía que habría problemas para continuar.

La llamada segunda guerra del Rif, que estalló en torno a la ciudad-enclave española de Melilla en Marruecos, no le fue bien a España, y Maura se vio obligado a llamar a filas a los reservistas. El servicio militar podía redimirse por 1.500 pesetas, el salario anual de un obrero. Así, los ricos se libraban, pero los pobres —muchos de ellos únicos sustentos de sus familias— eran arrastrados a una guerra que, a ojos del pueblo español, servía solo a los intereses de los poderoso propietarios de las minas en torno a Melilla. Estallaron manifestaciones y más tarde levantamientos contra la conscripción, sobre todo en Barcelona, que ya era un importante centro del anarquismo que desempeñaría un papel decisivo en la posterior Guerra Civil. Durante la Semana Trágica, a finales de julio, el gobierno reprimió la revuelta con las armas. En la ciudad murieron más de cien personas. Cinco organizadores, entre ellos su líder Francesc Ferrer i Guàrdia, pedagogo avanzado y fundador de las «Escuelas Modernas», fueron condenados a muerte. La sentencia y la ejecución provocaron una enorme protesta europea, y como resultado el rey Alfonso XIII sustituyó a Maura como primer ministro.

Francesc Ferrer i Guàrdia (1859-1909) librepensador, anarquista, pedagogo

Barcelona en llamas, 28 de julio de 1909, sobre la que Antonio Ribas filmó La ciutat cremada en 1976 —un año después de la muerte de Franco, cuando estos acontecimientos aún no querían ni recordarse—

Y todo transcurrió como siempre. Los proyectos de interés público continuaron bajo el siguiente primer ministro, Segismundo Moret: los combatientes bereberes del Rif fueron empujados fuera de las tierras por las que luchaban, expropiadas por las compañías mineras. Pero los proyectos privados se detuvieron de inmediato. Las siguientes 100.000 pesetas prometidas no llegaron jamás a Biniamar. Se iniciaron las bóvedas… pero no se cerraron. La iglesia quedó sin techo.

Y todo fue como siempre que los proyectos públicos se destinan solo al placer y al prestigio de un patrón poderoso, pero que la comunidad local no necesita ni espera. Los estadios se cubren de maleza, la finca familiar construida sobre monumentos destruidos se convierte en aprisco, los yonkis van a pincharse bajo los techos rotos de los palacios de la cultura.. * Como dramatiza Isaías:

“Sus fortalezas serán invadidas por espinos, sus baluartes por ortigas y zarzas. Será guarida de chacales, morada de avestruces. Las criaturas del desierto se encontrarán allí con las hienas, y las cabras salvajes se llamarán unas a otras. Lilit también descansará allí y hallará un lugar de reposo. Allí anidará el búho y pondrá huevos; los incubará y cuidará de sus polluelos a la sombra de sus alas. También allí se reunirán los halcones, cada uno con su pareja”

En Biniamar, la gran nave guarecida entre cuatro muros fue adaptada como campo deportivo y espacio comunitario, porque eso era exactamente lo que la comunidad local necesitaba. Asomándose por la puerta principal se ve la portería arrinconada, y por la puerta sur, el tablero de baloncesto en el crucero y las sillas de plástico del cine al aire libre apiladas.

Y hoy, en la víspera de San Antonio, cuando cada pueblo de la isla se prepara para el santo teatro de la tentación del viejo ermitaño y la posterior torrada comunitaria del cerdo, ya puede verse el enorme montón de troncos de la hoguera comunitaria frente a la iglesia, y sobre el portal la luminosa inscripción «¡Felices fiestas!».

Anochece. El sol se pone rojo sangre detrás de las casas. Hoy Dezső debe morir. *


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