Llegan los húngaros

Primero veo las copias en resina a escala reducida de las estelas del Orkhon, con inscripciones en antiguo túrquico, en la puszta de Bugac, y solo entonces reparo en el guerrero nómada que posa delante de ellas. «¿Qué bandera es esta?», le pregunto, señalando el estandarte con una cabeza verde de lobo que blande tan serio. Me responde en alemán. Había supuesto erróneamente que era un antiguo guerrero húngaro. Me dice que él es alemán —pero tiene acento turco– y que es la primera vez que viene a Hungría; por lo demás, ha asistido a reuniones similares de recreación histórica en Turquía y en Mongolia —la patria de las estelas del Orkhon— con esta apoteosis portátil de la imaginería turca. El lobo verde es la bandera inventada de los göktürks, que gobernaron Orkhon en los siglos VI y VII. Fue allí donde este sistema de escritura rúnica, adaptado del alfabeto arameo a la lengua túrquica, se utilizó por primera vez para registrar la historia del imperio. Me despido en turco; la cabeza plateada del  pequeño animal simbólico asiente en señal de gratitud desde lo alto del bastón.  

Un arquero kazajo nómada saca de debajo de su silla de montar una cámara Canon y realiza un largo reportaje del hombre que muestra las antiguas técnicas de la herrería húngaras. El maestro herrero, sentado en un banco cubierto con una ruda alfombra, comenta los golpes magistrales de su aprendiz haciendo girar en la mano una taza vacía. «¿Es una taza de época de la Conquista?», pregunta con reverencia uno de los espectadores. «En realidad es un souvenir tunecino para los turistas, pero podría colar como de la Edad de Hierro tardía».

El punto culminante de la jornada llega al mediodía, cuando se alza en la estepa de Bugac una nube de polvo en la que se van distinguiendo lentamente los contornos de una columna de caballería. Ahora sí son los húngaros que, tras más de mil años, recrean cómo se asentaron aquí sus antepasados, en la Cuenca de los Cárpatos. Cabalgan hombres y mujeres de mirada decidida; detrás va la infantería pesada; entre ellos, carros para los ancianos y la gente menuda. Puedo sentir cómo esta visión pudo helar las entrañas a los observadores eslavos de entonces. Del mismo modo que se la helaría a los húngaros cuando unos siglos después nuestros hermanos nómadas marcharon aquí en columnas militares parecidas. A medida que se acercan, y puedo percibir con claridad que son de los nuestros, aprecio bien su entusiasta participación y su homenaje rendido a la memoria de nuestros antepasados. Solo una cosa me molesta: he estado en muchas convenciones de recreación histórica, y que la indumentaria sea adecuada es siempre esencial. Los participantes comentan de forma sutil pero firme los posibles rasgos anacrónicos que puedan ver en la ropa de los demás. Este desfile, donde vale todo, desde trajes imaginados de la dinastía Árpád hasta la vestimenta de los csikós y los uniformes militares de 1848, es, por lo tanto, menos una recreación histórica que una procesión ritual, para la cual cada uno se ha puesto sus mejores galas históricas de domingo. Para una experiencia perfecta, quienes entiendan húngaro deberían desactivar el sonido y ahorrarse el comentario untuoso del celebrante:

En Irán, el segundo día de Ashura, hay una procesión en Nushabad en la que representantes de todas las regiones del país marchan desde el desierto a través de la ciudad de adobe, vestidos con atuendos guerreros del siglo VII, armaduras exóticas y montando diversos animales de guerra para combatir por el imán Huséin, que cayó en este día, contra los vergonzosos sunníes. Una gran ventaja visual de este desfile es que avanza por un corredor de dos metros dejado libre entre los espectadores, de modo que todos pueden examinar los ornamentos del caballo o del camello, las armas y el atuendo de los niños pequeños, puesto que muchos de los guerreros llevan un niño hermosamente vestido en su regazo, en recuerdo del hijito del imán Huséin que sobrevivió a la masacre. En Bugac, mantienen a los húngaros conquistadores lejos de sus tardíos sucesores; pero luego, los elementos incompatibles con una imagen de época —los peatones, los carros y los camellos— se deslizan silenciosamente entre las yurtas tras el desfile. Allí se pueden observar más de cerca y los espectadores aprovechan encantados la oportunidad. Solo hay que tener cuidado de que no te muerda un camello: este peligro es una de las metáforas centrales del orador principal del evento, miembro fundador del partido gubernamental de derechas.

Representantes de veintisiete pueblos de raíces nómadas participan en esta edición del kurultay a caballo y con trajes históricos. Tras el desfile de los húngaros conquistadores, un jinete de cada pueblo galopa alrededor del campamento húngaro con su estandarte (moderno). Esta ceremonia quizá se tomó de las fotografías del espectáculo que acompañaba a la famosa Llegada de los húngaros (1894) de Árpád Feszty en la Exposición de Gran Bretaña entre 1899 y 1909. Los kirguises y los mongoles se caen de sus caballos, ¡vaya deshonra! Probablemente los decapiten al volver a casa. Aquí vemos a los portadores de las banderas de los tártaros de Crimea y de los székelys de Transilvania. La eterna e irrompible amistad tártaro-transilvana se remonta a los siglos del Principado de Transilvania, cuando los tártaros a veces realizaban viajes de estudio a las ricas ciudades transilvanas, del mismo modo que los transilvanos lo hacían a las tenerías de Crimea, como describe vívidamente Mór Jókai en A Damokosok (lo comentamos en otro post). Su última empresa conjunta fue en 1717, cuando los antiguos insurgentes húngaros del príncipe Rákóczi y los tártaros de Crimea, en nombre del sultán, irrumpieron y saquearon Transilvania, ya gobernada por los Habsburgo. La ciudad de Szék / Sic también fue destruida entonces, y sus habitantes lo lloran cada año el 24 de agosto. Estuvimos allí hace unos años y ya sugerí que quizá debiera invitarse también a los tártaros de Crimea para el próximo 300 aniversario, en 2017, como símbolo de reconciliación. Los presbíteros calvinistas de cabeza pétrea de Szék solo se encogieron de hombros. «Aún no ha llegado el momento».

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