Entierro en el cielo

De viaje por Kham:

Jashideley!
Burial in the sky
 

 

Kangding, the gateway of Tibet
The Love Song of Kangding
The monastery of Tagong
The Buddhas of Drakgo
 

 

The towers of the Himalayas
Nomadic wedding in Tibet
On the border of two Tibets. Dzokchen Monastery
 

Me encantan los cementerios, esos museos que no aparecen en las guías y que a menudo cuentan una historia distinta de la oficial. Sus piedras se han grabado muchas veces con otros alfabetos, en otra lengua, con otros términos, y se han sacralizado con símbolos religiosos diferentes a los habituales en las ciudades de hoy. Su estilo y sus motivos siguen un repertorio estandarizado de formas, que sin embargo llegan casi a volverse privados e íntimos si se les observa atentamente, y cuentan pequeñas historias que no siempre figuran en la Historia. Los visito siempre que puedo.

También lo habría hecho en la Garzê kham-tibetana. Cuando pregunté a los monjes del monasterio de Kandze dónde estaba su cementerio me miraron espantados y luego señalaron hacia arriba. «¿Enterráis en el cielo?» «Sí.» Recordé lo que había leído sobre el «entierro celeste» de los monjes tibetanos: que entregan los cadáveres a los buitres, más arriba de los monasterios, en medio de las montañas, solo con la participación de los monjes y los familiares. Como hacían los zoroastrianos hasta que el régimen islámico de Irán se lo prohibió. O sus sucesores, los parsis indios, hasta que el diclofenaco, un antiinflamatorio que se administraba al ganado, acabó con toda la población de buitres de la India. Este ritual se sigue practicando en el Tíbet, pero en los últimos años el gobierno chino —en un gesto de buen gusto— prohibió a los turistas participar en él, filmarlo y luego difundir las imágenes en las redes sociales.

A falta de grabaciones propias, incluyo aquí un testimonio de hace cuarenta años. Uno de los mejores autores chinos contemporáneos, Ma Jian (1953-) vivió una juventud turbulenta y errante durante la Revolución Cultural china. En 1979 se convirtió en fotoperiodista en Beijing y parecía que empezaba a asentarse pero un divorcio lo empujó de nuevo a los caminos. Marchó al Tíbet, donde pasó tres años en aldeas de montaña vagando entre monasterios y campamentos de nómadas. De aquel período surgió el pequeño volumen de relatos Saca la lengua, en el que narra con una franqueza sin tapujos las condiciones inhumanas que imperan en el campo tibetano. El libro fue prohibido en China nada más publicarse, en 1987, por «perjudicar la solidaridad fraterna entre los grupos étnicos del país».

Los relatos, como siguiendo un proceso de caída, se vuelven poco a poco más oscuros, dando testimonio de unas condiciones cada vez más crueles. Aunque ya el primero, que habla del «entierro celeste» de una muchacha, es suficientemente sobrecogedor.

La portada de la traducción italiana del libro ilustra con gran precisión su contenido. Un muchacho tibetano sostiene el cráneo de un yak sacrificado ocultando su propia cabeza. El título de la traducción —Saca la lengua— podría interpretarse también como una alusión lúdica a la forma típica tibetana de saludar, pero el título original es más largo y más serio, y da fe de la determinación del autor de retratar la realidad sin idealizarla: 亮出你的舌苔或空空荡荡, liàngchū nǐde shétāi huò kōngkōng dàngdàng, «saca la lengua [para diagnosticar tu enfermedad], o calla». 

Este libro no ha sido traducido al español. Damos a continuación nuestra traducción del primer relato desde la edición italiana.

 

La mujer y el cielo

El autobús de línea trepaba por el paso del Kambala, a cinco mil metros de altura. Detrás de nosotros algunos camiones del ejército se esforzaban aún en el inicio del ascenso. Cuando las últimas nubes se deshilacharon contra las rocas y contra los molinos de oración, resbalando luego por las barrancas, se hizo visible el lago Yamdrok. El cielo se reflejaba en su superficie junto con las lejanas cumbres nevadas que se precipitaban allí cabeza abajo. Me asaltó un deseo repentino de estrechar a alguien entre los brazos. Recorríamos la carretera de montaña hacia el Tíbet Central.

Durante mi mes en Lhasa había visitado muchos monasterios y templos antiguos, pero solo al templo Jokhang regresaba a cada poco. El Jokhang es el lugar más venerado del budismo tibetano. Peregrinos de todos los rincones del Tíbet circunvalan sus muros en un flujo constante, haciendo girar los molinos de oración, rezando para que sus sufrimientos terminen en esta vida y por un próspero renacimiento en la próxima. En tropel se postran ante la entrada y parecen atletas profesionales cuando se dejan caer al suelo, se yerguen con las manos juntas y vuelven a tirarse para abajo. Estas manifestaciones de fervor religioso gustan a los viajeros extranjeros, pero las «sepulturas» celestes suscitan todavía más interés. Desde Lhasa me había aventurado a pie hasta una plataforma de sepelio armado con mi cámara de fotos, pero nunca había logrado ver el rito: o acababa de terminar o, al verme llegar, los parientes del difunto me ordenaban no acercarme. En algunas ocasiones incluso me habían apedreado, y al final, de un modo u otro, siempre volvía a Lhasa de mal humor..

Me habían contado que cuando un tibetano muere los parientes conservan el cuerpo en casa durante tres días y luego lo llevan al lugar de la sepultura, cuidándose mucho de no volverse durante el trayecto. Al llegar a las puertas de la aldea o a un cruce rompen una vasija de barro estrellándola contra el suelo para impedir que el alma del difunto regrese. En la plataforma funeraria el maestro de sepelio enciende un fuego con ramas olorosas de enebro. Las familias acomodadas hacen venir a un lama para que recite las escrituras sagradas y transmita a los guardianes del Reino de Buda los méritos y logros del difunto. En función del grado de esos logros, el difunto volverá al mundo de los hombres o permanecerá por la eternidad en el Reino de Buda. Luego el maestro de sepelio procede a desollar la carne y cortarla en pedazos. Muele los huesos hasta reducirlos a un polvo fino al que añade un poco de agua para formar una pasta. (Si los huesos son jóvenes y blandos, espesa la mezcla con harina de cebada). Después ofrece esa pasta, junto con la carne, a los halcones y a los buitres. Si el difunto era budista, se graba una esvástica sagrada en el pecho del cadáver. Cuando las aves de rapiña han terminado su banquete, el maestro ofrece el cráneo a los parientes, y la ceremonia de sepelio se considera concluida. A partir de entonces, para comunicarse con el difunto habrá que ir al templo a rezar.

Recorría ahora las remotas campiñas del Tíbet Central. Cuando el autobús llegó a las laderas de una montaña y se lanzó, ruidoso, bordeando las orillas del lago Yamdrok, sentí que se me iba la cabeza. Abrí la ventanilla. El lago estaba en calma, en el aire no flotaba ni una mota de polvo. El autobús iba abarrotado de gente y cosas, y el hedor a piel de oveja mojada que llegaba a ráfagas desde el fondo me hacía difícil respirar. Cuando ya no pude aguantar, le pedí al conductor que se detuviera y salté a tierra.

Era agosto. El mes dorado para la meseta tibetana. El cielo era tan azul y transparente como si no hubiera aire. Me acerqué al lago, dejé la mochila en el suelo, humedecí un pañuelo y me lavé la cara. A lo lejos, al pie de una montaña, veía la aldea de Nangartse. Un centenar de casas de barro alineadas a lo largo de las laderas, y en cada techo una pequeña bandera de oración. Más arriba, a medio camino de la cumbre, había un pequeño templo budista con los muros pintados a franjas rojas y blancas y una tira azul bajo los aleros. Junto al templo estaban las ruinas de un monasterio, y una estupa que albergaba las cenizas de un santo, recién encalada, brillaba al sol.

Un lugar bellísimo. Las orillas del lago estaban limpias, el agua tan transparente que distinguía cada cantillo. Los rayos del sol la atravesaban hasta el fondo. Las banderitas en los lejanos tejados ondeaban al viento, susurrando la belleza del Reino de Buda. Bajo las casas, cerca del lago, había una caseta de cemento con techo de tejas rojas. Pensando que se trataba del puesto de policía del pueblo, saqué de la mochila una carta de presentación falsa con su sello rojo. Al acercarme descubrí que una simple caseta de ladrillo. Salió un soldado y por su acento vi que era de Sichuán. Como me invitó a entrar y sentarme, le seguí al interior. La caseta era un puesto militar y el soldado estaba allí para vigilar el funcionamiento de la línea telefónica del ejército. Si todo funcionaba bien, se iba a pescar al lago, o leía novelas de kung-fu, a juzgar por la pila ordenada en el suelo. Cuando le pedí permiso para quedarme, pareció contento. Llevaba cuatro años viviendo en aquel lugar y hablaba bien la lengua. Iba a menudo al pueblo a beber con los tibetanos. De un clavo en la pared colgaba un fusil. El caótico local parecía más un almacén que un refugio habitable.

Le pregunté si por allí cerca no habría algún lugar de sepelio y me respondió que sí. Entonces quise saber si no había habido algún fallecimiento reciente. Tras permanecer un segundo como congelado, dijo que una mujer de la aldea había muerto hacía poco. Indagué, cada vez más excitado, pero después de balbucear algo ininteligible anunció que iba a comprar unas cervezas. Le ofrecí dinero, que rechazó con un gesto. Salió. Pensaba que aquélla era mi última oportunidad de ver una sepultura celeste: era improbable que en los pocos días siguientes se presentara otra ocasión, y no podía dejarla escapar.

A su regreso descorchamos las cervezas charlando de las últimas novedades chinas. Yo quería ganarme sus favores. Como le gustaba pescar, dije que a mí también, y le prometí que, al volver a Beijing, le mandaría una caña de pescar de acero inoxidable, de las de importación. Le di mi dirección, jactándome de tener por vecino al primer ministro Zhao Ziyang. Inútil decir que la dirección que le dejé escrita no se encontraría ni peinando la ciudad durante días. Luego empecé a hablarle de mujeres. Él escuchaba ávidamente, fumando con ansiedad. Le conté historias disparatadas sobre mujeres modernas y liberadas y, en dialecto de Sichuán, le aseguré que, si venía a visitarme, le permitiría acostarse con mi novia. «No hay problema», dije. Pasó la mano por la mesa y, tras una pausa, me contó que la mujer muerta tenía solo diecisiete años. No podía creerlo. Tan joven. «Murió desangrada durante el parto», explicó. «Todavía tiene el feto dentro.»

Apagué enseguida el cigarrillo. Los dos quedamos en silencio. El suelo de la estancia estaba húmedo, contra la pared había una camita de madera pintada de amarillo; en el cabecero, una estrella roja y el número de un regimiento. Las paredes de la sala estaban empapeladas con páginas arrancadas de revistas en color. Bajo el lavabo detrás de la puerta había un montón de ganchos y cables eléctricos. Solo había una ventana, y la parte inferior del cristal estaba cubierta con una hoja de periódico. Por la parte acristalada de arriba vi cómo el cielo pasaba del azul oscuro al negro. Hacía mucho que no oía pasar un camión por la carretera.

El soldado se levantó, se apoyó en la cama y dijo:

—Puedes ir al sepelio, si quieres. La gente de aquí no se va a fijar. Casi nadie ha visto nunca una cámara de fotos. Seguro que no la han visto los dos maridos de Myima.

—¿Los maridos de quién? —pregunté.

—De la mujer muerta.

—¿Cómo es que tenía dos maridos?

—Se casó con dos hermanos, eso es todo —contestó en voz baja.

Después de otro rato en silencio le pregunté por qué se había casado con dos hermanos, pero nada más formular la pregunta me di cuenta de que sonaba irrespetuosa. La mujer había muerto. No era asunto mío las razones por las que se había casado con dos hombres.

El soldado, sin embargo, respondió igual:

—Myima no era de por aquí. Había nacido en Nathula. Una niña enclenque, la última de once hijos. Cuando tenía seis años, sus padres la vendieron a una familia a cambio de nueve pieles de oveja.

—Así que esas cosas siguen pasando —dije.

Continuó, ignorando mi pregunta:

—Cuando llegó aquí se convirtió en una chica fuerte y robusta. Incluso fue a la escuela en Lungmatse. Eso antes de que muriera la madre adoptiva, claro.

—El padre adoptivo es un borracho. Cuando bebe demasiado se pone a cantar y a meter mano a las mujeres. A veces también le ponía las manos encima a Myima. Después de morir la esposa empezó a comportarse cada vez peor. ¿Cómo podía una cría defenderse de un bruto así?

La voz del soldado temblaba. Estaba seguro de que iba a ponerse a soltar maldiciones. Antes, cuando había intentado impresionarme, se había lanzado en un torrente de palabrotas.

—¡Maldito cabrón! ¡Ya verás cuando me quite el uniforme del ejército!

Del rojo pasó a morado, con esa expresión tozuda y arisca típica de los hombres de Sichuán. No dije nada, esperando a que se calmara

Fue hasta la puerta y comprobó la dirección del viento. La línea telefónica estaba muda. Terminé la cerveza y di cuatro pasos en círculo por la habitación. A pesar de ser verano no había mosquitos a aquella altitud. El aire húmedo del lago que entraba en la sala me calaba los huesos..

—¿Me llevas a conocer a los dos hermanos? —pregunté.

Sin volverse, agarró del tablero un manojo de llaves y una linterna.

—Vamos —dijo.

Subimos hacia la aldea por estrechos pasos de barro oscuro y ladrillo. Era un sendero desigual y pedregoso. La paja y el estiércol parecían estremecerse bajo el haz de la linterna. Detrás de cada muro ladraba un perro.

El soldado abrió un portón y gritó unas palabras en tibetano hacia una casa con una ventana iluminada. Entramos..

Los hombres sentados alrededor del fuego se volvieron y se quedaron mirándome boquiabiertos. El más viejo se levantó y empezó a hablar en tibetano con el soldado, mientras los otros seguían mirándome asombrados. Saqué el mechero y lo encendí, luego ofrecí un cigarrillo a todos. En la oscuridad solo se veía el blanco de sus dientes. Hice chasquear otra vez el mechero, manteniendo la llama alzada. Abrieron la boca aún más. Le tendí el mechero al hombre que estaba de pie, lo tomó y se sentó. Todos tenían los ojos fijos en el mechero; se lo pasaban de mano en mano, alzando de vez en cuando los ojos para mirarme y sonreír. Al final me sentí autorizado a sentarme. El joven a mi lado cogió un trozo de carne seca de carnero y me cortó una loncha. Como ya había probado algo parecido en Yangpachen, tomé el cuchillo que llevaba en el cinturón y corté una lámina más fina. Parecieron satisfechos y me ofrecieron una taza de vino de cebada. Aún estaba verde, con las pieles flotando en suspensión. Mis pensamientos volvieron a la muchacha muerta.

El olor del estiércol quemado era sofocante. Miré alrededor. Era una estancia austera, como casi todas las casas tibetanas: pañuelos de oración dispuestos sobre la mesa de madera, las paredes encaladas. A la derecha de la puerta había una abertura que conducía a una habitación sumida en la oscuridad. Imaginé que sería la habitación de Myima, o tal vez la despensa. Frente al hogar, un armario tradicional y un thangka, una pintura enrollable que representaba a Yama, señor de la Muerte, sujetando la Rueda de la Vida entre las manos y mostrando los dientes con ferocidad. Era una pintura antigua, con el marco montado en papeles de colores cubiertos de palabras de las escrituras.

Imaginaba que los hombres estarían discutiendo mi petición de asistir a la sepultura celeste. Algunos hablaban en tibetano, me señalaban y asentían. El soldado se levantó y me hizo un gesto para que lo siguiera. Me llevó a la habitación oscura y dirigió la linterna hacia un gran saco de cáñamo atado en su parte superior con una cuerda, descansaba sobre una plataforma de ladrillos de barro..

—Es ella —dijo.

Enfocando con la linterna el saco, parecía que estuviera sentada mirando hacia la puerta, la cabeza inclinada. Sospechaba que los hombres habían tenido que empujarle la cabeza hacia abajo para poder cerrar el saco.

De vuelta en la caseta del soldado me tendí en la cama con los ojos abiertos, imaginando a la chica. Seguro que sabía cantar, como las tibetanas que había oído en los bosques o por los altos senderos de montaña. Al mediodía se ceñían el manto de piel de oveja a la cintura para agacharse en los campos, las largas trenzas resbalando por encima de las orejas. La imaginé con el rostro de una muchacha que había visto una vez en el autobús: cara plana, mejillas rojas, nariz pequeña y, en los ojos enmarcados por unas pestañas negrísimas, una mirada firme. El cuello suave y claro. De pie junto a ella, había reparado en el hueco oscuro entre sus pechos, que temblaba con cada sacudida del autobús.

Terminada la inspección nocturna de la línea telefónica, el soldado regresó y encendió la luz. Tenía una expresión impenetrable. Encendió un cigarrillo y se tumbó a mi lado. Ninguno de los dos tenía ganas de dormir.

Al final habló:

—Te lo puedo contar. Total, dentro de unos días te irás. Y además ya no puedo seguir guardándomelo, duele demasiado.

Apoyé la almohada en la pared y me incorporé.

—Myima y yo estábamos muy unidos —prosiguió—. Por eso me quedé. Cualquiera otro habría pedido el traslado hace tiempo. La conocí en la montaña. Fui a reparar la línea dos montañas más allá. Ella había subido las ovejas al pasto y estaba sentada en la hierba. De vuelta traía un rollo de cable que pesaba una tonelada. La saludé y me senté a su lado. Su perro me lanzó una mirada y volvió a dormirse. Era una tarde calurosa y las ovejas se habían ido a pastar a una pradera con más aire. Ella sonrió y me miró a los ojos sin vergüenza ni incomodidad. Le expliqué que trabajaba en la caseta militar de abajo. Como no me entendía, le señalé la línea telefónica hasta nuestra casa. Ella se rió y miró hacia el paso del Kambala. Había dos camiones subiendo, demasiado lejos para que el ruido del motor llegara hasta nosotros. Myima dijo que ya me había visto y me preguntó por qué llevaba tanto tiempo allí. Tenía un acento distinto al de los tibetanos de la aldea. Antes de despedirme corté un trozo largo de cable y se lo regalé, diciéndole que podía usarlo para tender la ropa o para atar algo.

Desde entonces subía a menudo a la montaña para encontrarme con ella. Siempre estaba allí sentada esperándome, con carne seca de carnero y vino de cebada caseros. A veces me preparaba ginebra con dátiles y peras silvestres. Me quedaba con ella hasta el atardecer. Era más limpia que la mayoría de tibetanas, y el olor a carnero y leche de su piel empezó a gustarme. Un día alargué la mano para desabrochar el cinturón que sujetaba el manto de piel de oveja. Al ver que no me rechazaba, le pasé el brazo por los hombros. Era la primera mujer que tocaba. Después, cuando me acercaba o si mi mano le rozaba el vestido, me entraba el pánico. Entendía que ella querría que metiera la mano bajo el manto, pero yo tenía demasiado miedo. Me contó que su padre adoptivo intentaba tocarla siempre y que muchas veces había huido, demasiado asustada para volver a casa. En la aldea todos sabían que él la había violado, y los muchachos la miraban con desprecio.

—El año pasado, más o menos a esta misma hora de la noche, entró aquí y se metió en mi cama. No sé cómo, pero conseguí hacer el amor con ella. Pasamos juntos toda la noche. Por la mañana me apartó diciendo que tenía que irse. La ayudé a vestirse y luego volví a la cama. Antes de salir, se quitó el collar que llevaba desde pequeña y lo metió bajo la almohada. No fue hasta el día siguiente cuando me enteré de que había aceptado casarse con los dos hermanos.

Se interrumpió para mirarme.

—Si se sabe, estoy acabado. Mis superiores me matan.

Asentí solemnemente y, con un gesto, le hice entender que guardaría silencio. Por eso, en esta historia, lo llamo «el soldado».

Sacó el collar de un cajón. Lo examiné con atención bajo la lámpara. Era un hilo de cuentas de ágata y bolitas de madera de sándalo, con un gran turquesa en el centro. La piedra estaba pulida y oscura y aún desprendía el olor lechoso de la piel de la chica. Pensé en cómo estaría ahora, sentada dentro del saco de cáñamo sobre la plataforma de ladrillos de barro.

—¿Volvió a verte después? —pregunté.

—No. Después de la boda estaba ocupada con sus cosas y salía poco. Se ve que a los dos hermanos les gustaba mucho. Cuando los dos bebían, en la aldea se oían sus gritos hasta altas horas de la noche. Al hermano menor incluso lo vieron hacer el amor con ella a caballo mientras volvían del templo de Wangdan. Myima ya estaba embarazada. Los hermanos rondaban los cuarenta y nunca se habían casado.

—¿Por qué no volvió a verte?

—Volvió —replicó el soldado—. Solo que no quiero contártelo todo.

Cuando llegué al lugar de la sepultura celeste el sol ya había salido. No era la amplia cornisa plana de un risco, como en Lhasa, sino una terraza de grava a medio camino entre las laderas y los pastos altos de la montaña. De los postes metálicos clavados en las grietas de la roca colgaban cuerdas mugrientas. Cerca había algunos cuchillos herrumbrosos, dos martillos y un hacha con el mango roto. Entre la grava estaban esparcidas astillas de hueso, mechones de pelo, anillos aplastados, cuentas de vidrio y excrementos de ave salpicados de uñas humanas. La montaña estaba silenciosa. Halcones y buitres permanecían posados en la cumbre. En el valle, cintas de niebla subían del Yamdrok y se unían para formar un único banco que poco a poco fue cubriendo todo el lago. La bruma se espesó, se extendió moviéndose como el pecho de una mujer al respirar, se elevó cada vez más hasta velar el sol rojo sangre. La niebla que aún se aferraba al lago tembló, luego se soltó y se arremolinó hacia las laderas.

Surgieron lentamente de la bruma. El hermano mayor arrastraba el saco. Imaginé que no podían permitirse contratar a un maestro de sepelio, o que no lo hubiera en la zona. El hermano menor llevaba una bolsa de fieltro, un termo y un cazo. Los seguía un lama. Lo reconocí como el hombre junto al que me había sentado la noche anterior, en casa de Myima. A sus espaldas se combaban los bancos de niebla.

Me sonrieron. Abrieron el saco y sacaron el cuerpo. Myima estaba encogida en posición fetal, las rodillas pegadas al pecho. La esvástica propiciatoria que le habían grabado en la espalda se había resecado. Cuando cortaron la cuerda del saco, ella cayó al suelo. La ataron por la cabeza al poste de metal y la enderezaron. Ahora yacía boca arriba, con los ojos muy abiertos hacia el cielo y las nubes.

El hermano pequeño encendió un fuego con ramitas de enebro y echó algo de cebada tostada sobre las llamas. Un denso humo se elevó entre la bruma. Luego se acercó a un segundo fuego y echó un trozo de mantequilla de yak en la sartén colocada sobre una estructura de madera. El hermano mayor añadió pellas de estiércol a las hogueras y miró hacia la cumbre de la montaña. El lama estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una piel de oveja, repasando el rosario sobre un libro de oraciones abierto. Estaba muy cerca de las llamas.

Estudié el cuerpo desde lejos y luego, poco a poco, me acerqué. Tenía los brazos y las piernas abiertos, como si estuviera a punto de echar a volar. Los pechos eran más pálidos que el resto del cuerpo y caían blandamente a ambos lados de la caja torácica. Tenía el vientre abultado, con el niño no nacido dentro. Me pregunté si no sería el soldado el padre.

Ajusté el objetivo de la cámara y me acuclillé a su lado, listo para disparar. Al fondo, los bancos de niebla y los picos nevados se empapaban del sol naciente. A través de las lentes del objetivo, Myima parecía una niña, y la imaginé con seis años, cuando llegó a caballo. Incluso entonces debía de ir desnuda bajo el manto de piel de oveja, mirando por entre las pieles para ver por primera vez el paso del Kambala. Años más tarde, mientras apacentaba aquí arriba su rebaño, tuvo que mirar a menudo en dirección al paso pensando en su casa natal, al sur.

Parecía dormida. Tomé una panorámica del cuerpo. Brazos suaves, palmas de las manos hacia el cielo, un lunar rojizo bajo uno de los pechos, muslos lisos. Pensé en la cama chirriante de madera del soldado y en los dos hermanos apurando vino de cebada. Me concentré en los pies. Las plantas eran blanquísimas, los dedos contraídos; los meñiques tan pequeños que no había espacio para las uñas. Retrocedí para tener una visión mejor y abrí el obturador, pero no ocurrió nada. Comprobé y apreté el botón de nuevo. Estaba bloqueado. Las piernas me fallaron. Me senté en el suelo, rebobiné el carrete y cambié la batería. Esta vez me concentré en el rostro de Myima y presioné, pero el botón parecía paralizado por el frío. Entonces, al levantar la vista, vi que una comisura de la boca de Myima se contraía. No era una sonrisa ni una mueca, pero la boca se había movido, sin duda.

Me levanté. El grito que resonaba en mi cabeza se desvaneció con una ráfaga de viento. Un águila descendió en picado, dio una vuelta alrededor del cadáver y se posó sobre una roca para sacudirse las plumas.

Volví hacia el fuego con pasos pesados. El hermano menor hurgaba en la bolsa de fieltro; sacó otro pan de estiércol y lo arrojó a las llamas. Luego extrajo un bloque de cebada tostada y me separó un trozo. Lo mastiqué con ansia. Tenía pasas dentro. Después me pasó también carne seca de carnero y llenó el tapón del termo de vino de cebada. Lo agarré y lo apuré de un trago. Me preguntaba si sería Myima quien habría preparado aquel carnero. La miré. Tenía los genitales expuestos ante mí; de la vagina manchada de sangre colgaba una cuerda. Probablemente alguien se la habría atado dentro durante el laborioso parto en un intento de extraer al niño. Hundí el cuchillo en el carnero seco y los hermanos me sonrieron. Tal vez sonreí yo también, pero mantenía el rostro vuelto hacia las lejanas cumbres nevadas que se enrojecían al sol. La bruma había desaparecido y, a aquella distancia, el Yamdrok parecía tan tranquilo como el día anterior, turquesa como la piedra del collar de Myima.

El hermano mayor se levantó, arrojó más estiércol al fuego y luego fue hacia el lama para servirle vino. El lama rechazó la taza y anunció que el alma de Myima había ascendido al cielo. El hermano menor se alzó y sacó de su bolsillo un cuchillo afilado. Seguí a los dos hermanos hacia el cuerpo. De golpe el cielo se ennegreció de buitres que volaban en círculo, lanzando estridentes graznidos. Los hermanos giraron el cuerpo de Myima, clavaron el cuchillo en la protuberancia de una nalga y lo arrastraron hasta el pie. El hermano menor arrancó un pedazo de muslo y lo fue cortando en lonjas. De la pierna derecha no tardaron en quedar solo los huesos. Como tenía el vientre aplastado contra el suelo, un líquido orgánico y pegajoso empezó a rezumar entre las piernas. Tomé la cámara, ajusté el objetivo y esta vez el botón disparó con un chasquido seco.

Los buitres nos rodearon disputándose los jirones de carne. Detrás de ellos aterrizó una bandada de cuervos. Tal vez se consideraban una especie inferior, porque ninguno se atrevió a avanzar. Se mantuvieron a distancia, olfateando el aire, esperando su turno.

El sol de la mañana ya inundaba de luz el lugar de la sepultura. El hermano menor ahuyentó a los buitres más cercanos blandiendo trozos del cuerpo de Myima. Yo agarré el hacha y una mano cercenada, bajé la hoja y luego lancé un pulgar a las aves rapaces. El hermano pequeño sonrió, tomó la mano y la colocó sobre una roca, golpeó los otros cuatro dedos hasta aplastarlos bien y los echó a los buitres.

Cuando el hermano mayor hundió el cuchillo en la barbilla de Myima empujándolo hacia arriba a través de la cara, de golpe olvidé su aspecto. Mientras los hermanos seguían despojando los huesos, sus ojos continuaban fijos en el cielo hasta que cada parte de ella hubo desaparecido por completo.

El hermano mayor arrancó las trenzas de Myima, todavía atadas con la cinta roja, y las hizo girar contra los buitres, luego volvió tambaleándose hacia el fuego. Ahora los cuervos se habían unido a los buitres alrededor de los postes de metal y picoteaban la cebada mezclada con trocitos de cerebro.

Miré el reloj. Llevaba ya dos horas allí arriba. Era hora de bajar. Sabía que el soldado me estaría esperando en su cuarto. Por la tarde había prometido pedir prestada una barca para llevarme a pescar al lago.


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