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La sinagoga Slat al-Azama, o Lazama, de Marrakech fue fundada en 1492, lo cual sugiere que sus fundadores fueron los judíos sefardíes que acababan de ser expulsados de España en ese año. Hoy, la sinagoga se alza en la calle Talmud Torá, en la Mellah, el barrio judío, pero originalmente no fue construida allí. No es que trasladaran allí la sinagoga, sino que trasladaron el propio barrio judío. En 1557, la dinastía saadí entonces reinante comenzó la construcción de la Marrakech «renacentista», edificando una hermosa mezquita en medio del bazar y rodeándola con un amplio desarrollo urbano, el acaudalado distrito de Mouassin. Y para los judíos que hasta entonces vivían allí, crearon aquí la Mellah, alrededor de la Lazama, justo junto al palacio real: en parte para una protección más eficaz, y en parte para que el sultán tuviera siempre a mano su billetera particular.
Los judíos reasentados aquí eran principalmente judíos bereberes, los habitantes judíos más antiguos de Marruecos, sobre quienes ya he escrito antes. Hoy, una exposición fotográfica organizada en la antigua yeshivá de la sinagoga da testimonio de su cultura tradicional, y especialmente de sus escuelas activas en los pueblos del Atlas. Estas empleaban a menudo a rabinos jasídicos askenazíes como maestros, quienes se establecieron en Marruecos desde el siglo XIX, y recibían apoyo financiero de judíos franceses desde comienzos del siglo XX.
La sinagoga, que es la única en funcionamiento en Marrakech después de la aliyá de los años 1950 y 1960, ya no es un recordatorio de aquellos tiempos. En las décadas de 1930 y 1990, fue renovada con el apoyo de judíos estadounidenses e israelíes, en el estilo moderno poco característico habitual allí.
En estos meses, esta mezcla judía se enriquece con un nuevo y exótico matiz. En dos salas de la yeshivá se inauguró una exposición fotográfica con imágenes de Dorit Lombroso, de Israel, que presenta a un grupo judío muy interesante de la India, los Bnei Menashe, los hijos de Manasés.
Los hijos de Manasés, escribe la introducción de la exposición, viven en el noreste de la India, en los pantanos entre Mizoram y Manipur. Hablan diversas variantes de las lenguas tibeto-birmanas locales. Antes del siglo XIX, eran animistas y temidos cazadores de cabezas. Fueron convertidos al cristianismo por misioneros británicos, y a partir de los paralelos entre su propia mitología y la Biblia, llegaron a la conclusión de que en realidad eran judíos, y que su antepasado mítico, Manmási, no era otro que Manasés, el hijo del patriarca José.
Hasta ahí la introducción. Sin embargo, los antropólogos israelíes * añaden que la principal prueba de los paralelos fue que en 1951 uno de los líderes de las entonces ya cristianas tribus Mizo-Kuki-Chin tuvo un sueño que le reveló que su pueblo venía de Israel. Con sus seguidores, fundó un movimiento presbiteriano sincrético de avivamiento que reconocía a Jesús como el Mesías, pero adoptaba varios preceptos de la ley judía y también incorporaba muchos elementos del folclore local precristiano en su culto.
El despertar hacia las raíces judías, escribe Shalva Weil, probablemente no habría ocurrido sin los misioneros cristianos británicos, quienes, dondequiera que aparecían en el siglo XIX, intentaban señalar rastros de las «diez tribus perdidas» desplazadas por los asirios en la población local. Su logro más espectacular es la Iglesia Mormona, que, según la segunda temporada autoproducida de la Biblia, El Libro de Mormón, desciende de las diez tribus que huyeron a Sudamérica. Es bastante irónico que las tribus Mizo-Kuki-Chin encontraran su identidad judía guiadas por misioneros cristianos lunáticos.
El movimiento probablemente habría permanecido como un culto protestante local, de no ser porque el rabino Eliyahu Avichail, fundador de la organización Amishav que trabaja para reasentar las tribus perdidas en Israel, los descubrió en 1983. El rabino Avichail conoció el sensacional hallazgo a través de un agente de seguros mizo, y viajó inmediatamente al lugar. Durante su investigación local, encontró que las leyendas del lugar contenían en efecto algunos elementos que podían carearse con la Biblia. Basándose en ellos, reconoció gustosamente al grupo étnico como judío e introdujo entre ellos las enseñanzas del judaísmo ortodoxo. Incluso obtuvo dinero —de organizaciones cristianas fundamentalistas que trabajan para promover la Segunda Venida— para trasladarlos a Israel, pero el gobierno israelí no reconoció a los hijos de Manasés como elegibles para la aliyá.
Mientras tanto, como suele suceder, se creó también otra organización judía, Shavei Israel, para repatriar a las tribus perdidas bajo la dirección de Michael Freund, columnista de The Jerusalem Post, y los dos hombres se enemistaron a muerte. Contribuyó a ello que los hijos de Manasés también se pelearon entre sí por cuáles clanes debían detentar el poder —si no hubiera nada más, esto ya sería una evidencia absoluta de su judaísmo—. Para 2005, Shavei Israel logró que Shlomo Amar, el rabino jefe sefardí de Israel, declarara el origen judío de este grupo étnico y su elegibilidad para la aliyá. A partir de entonces, unos 3.000 miembros del movimiento se trasladaron a Israel, donde fueron enviados a Gaza y a los territorios ocupados de Cisjordania como colonos judíos, para aumentar la población judía, como carne de cañón y, a falta de otras cualificaciones profesionales, como soldados. Ésta fue probablemente la principal motivación de la política judía derechista para reconocer a los Mizo-Kuki-Chin como judíos.
También hubo muchos opositores a este reconocimiento. Se hicieron pruebas de ADN, y académicos israelíes testificaron en contra del origen judío del grupo. La iglesia presbiteriana local y las organizaciones hindúes, las otras tribus Mizo-Kuki-Chin que niegan que los hijos de Manasés sean distintos de ellas, y el gobierno indio, que mira con sospecha a otro pueblo conflitivo en una región fronteriza ya aquejada por numerosos movimientos separatistas, han alzado la voz contra las actividades proselitistas de los rabinos israelíes.
Las fotografías de Dorit Lombroso empujan voluntariosamente hacia la esencia judía del grupo. La fotógrafa retrata a los portadores de esta exótica renovación de la sangre judía en el estilo porno blando de los retratos orientalizantes idealizados que caracterizan su web. En el seno de una naturaleza edénica, los jóvenes judíos de los pantanos realizan ceremonias judaicas o tareas tradicionales parangonables a las de los judíos bíblicos, ataviados con sus vestidos mejores —que a menudo son tan nuevos que probablemente sean disfraces prestados para la ocasión— y delante de bellos decorados con ricos tejidos, pilas de libros sagrados y objetos de culto cuidadosamente dispuestos. Muchachos y muchachas de aspecto serio, con la mirada puesta en el futuro, bailando en campos de flores y bajo árboles en flor, practicando los roles tradicionales masculinos y femeninos. Una generación en auge de nuevos colonos judíos. Es como ver fotos de propaganda de la colonización de Palestina de los años veinte y treinta. Y probablemente sea exactamente eso.


























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