Quienquiera que se ocupe de la letra impresa, ya sea de su reproducción como autor o editor, o de su consumo como lector, ha tenido que tratar (lo sepa o no) con el diablillo de imprenta, y ha tenido que combatir su sacrificada e incansable actividad. Ayer pude saludarlo personalmente en York.
El diablo, el mismísimo Titivillus, estaba sentado en lo alto de la columna de un portal renacentista en la esquina de Stonegate y Coffee Yard. No vestía de Prada su cuerpo color tomate, sólo una recia cadena negra de hierro alrededor de la cintura, como si hubieran querido tenerlo ahí atrapado. Sus piernas abiertas muestran a los transeúntes la ausencia de órganos sexuales. Llevaba allí sentado desde antes de que los juicios de brujas –que pronto comenzarían en la ciudad y en toda Inglaterra– lo confundieran con algún hermano suyo como corruptor de aquellas desdichadas mujeres que arrastraron a los tribunales o directamente a la hoguera. Llevaba una barba redonda y cuidadosamente recortada, de humanista, y escudriñaba con atención a los viandantes. Me fijé en que ninguno le devolvía la mirada, porque en York incluso los niños saben que quien mire a los ojos del diablo rojo ese mismo día tendrá problemas.
La tienda de Stonegate 33, cuando el diablo se sentó sobre su portal, era una imprenta. La industria de impresión de libros arraigó en la importante ciudad universitaria y episcopal de York en el siglo XVI, y la mayoría de las prensas funcionaban en esta calle. Titivillus, pues, campaba por allí a sus anchas. La impresión de libros, en sí misma, se consideró al principio un invento algo oscuro y ligado a los designios del diablo. A los chicos, muchas veces niños, que los maestros impresores contrataban para el duro trabajo de mezclar la tinta, extenderla sobre las letras de plomo, luego desmontar las cajas, ordenar los tipos y, si era necesario, volver a fundirlos, preparar las resmas y trabajar con poca iluminación de sol a sol se les llamaba también diablos de la imprenta. Y si había un error en la composición tipográfica, que podía echar a perder muchas horas de trabajo, o simplemente erratas –sobre las que luego se fundaban a veces sesudas interpretaciones y comentarios–, el maestro sabía que Titivillus había pasado por ahí, pues él había supervisado personalmente que los aprendices lo hubieran hecho todo correcto. Titivillus se convirtió poco a poco en un ser misterioso e escurridizo, un habitante invisible del taller tipográfico que deja sus huellas incluso en el texto más cuidadosamente compuesto y corregido dos veces, precisamente en la página donde el lector abre el libro por primera vez. Por eso vale más tenerlo atado con una cadena.
En aquella época aún no se numeraban los portales de las casas. Las entradas se marcaban con letreros coloreados, como todavía vemos hoy en la Ciudad Vieja de Praga. Pensemos con cuánto orgullo el maestro de Stonegate cazó y puso como trofeo y enseña de su oficio al maldito creador de errores de imprenta, considerados anomalías incorregibles. Al hacerlo así, también corría ciertos riesgos, pues si no había sido Titivillus el responsable, ¿a quién habría que echar la culpa?.





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