Mesopotamia del Norte, minuto a minuto

El primer y más divertido libro que leí sobre Cataluña, mi país favorito por entonces, hace dieciséis años, fue el relato de viajes del expatriado Matthew Tree Un anglès viatja per Catalunya per veure si existeix (Un inglés viaja por Cataluña para ver si existe, 2008).

Ahora emprendo un viaje parecido, aunque bastante menos risueño, para ver si la Alta Mesopotamia, desde Gaziantep hasta los monasterios siríacos de Tur Abdin, sigue existiendo después del terrible terremoto de febrero.

Que existe geográficamente lo fío de manera virtual a las fotos recientes de Google Earth. Pero tengo que averiguar cuáles son las condiciones allí, si nuestro viaje se convertiría en un odioso turismo de catástrofes.

Tras los dos viajes a Mesopotamia de principios del verano pasado, ambos extraordinarios, anuncié otros dos para finales de mayo y comienzos de junio de este año. Todos mis compañeros de viaje habían comprado ya los billetes de avión de ida y vuelta –nada baratos– cuando nos llegó la noticia del terremoto. En vez de cancelar de inmediato, escribí a todos: esperemos a ver qué pasa en tres meses; yo recorreré la ruta prevista a finales de abril y os informaré honestamente de cómo están las cosas en Mesopotamia y de si vale la pena emprender el viaje.

 Y aquí empieza este viaje, en el aeropuerto de Bruselas.

Puertas de embarque. No hay deshollinadores para darme buena suerte en el avión. A cambio, ochenta jasidíes a mi lado garantizan que no puedo haber equivocado mi elección de vuelo.

El avión llega a Gaziantep pasadas las diez de la noche. Desde la ventanilla se ven las luces del casco antiguo que brilla con una iluminación plena, como una ciudad turística cool, donde todo va bien.

Nuestro alojamiento habitual, Anadolu Evleri, un antiguo palacio de comerciantes otomanos en el centro, queda a trece kilómetros del aeropuerto. Al entrar en la ciudad intentamos vislumbrar las huellas de posibles destrucciones, pero no vemos nada de eso. En los últimos años se han levantado aquí urbanizaciones nuevas y enormes torres residenciales. He ido y venido suficientes veces entre el aeropuerto y la ciudad como para recordarlas y no veo cambios, ni solares vacíos, ni ruinas. Aquí el terremoto no causó daños.

Tras dejar las maletas en el hotel damos un corto paseo por el centro, es casi medianoche. En los restaurantes instalados en los patios de los caravanseráis sigue sonando la música; en algunos sólo quedan los camareros pero la vida nocturna habitual no parece haberse perdido. Vemos los primeros daños. La punta aguda del alminar de la mezquita de Karagöz ha caído y unas vallas de aluminio rodean el edificio. Y en la muralla del castillo hay varios puntos con derrumbes, pero por lo que puede juzgarse, no se trata del muro original sino de los recubrimientos añadidos durante la restauración. Bien mirado, si este es el precio por cerrar de una vez la horrible exposición de figuras de plástico con los heroicos defensores turcos de Gaziantep frente a los codiciosos consejeros franceses y sus pérfidos ayudantes armenios, no estará mal.

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Por la mañana temprano el bazar despierta, los comerciantes más diligentes exponen ya su mercancía, toman sopa de callos o huevos duros con té delante de los pequeños puestos, charlan, se calientan al sol como lagartos y se desperezan; ni siquiera tienen fuerzas para llamar a un posible comprador. El famoso Bazar de los Caldereros y sus alrededores están exactamente como antes, la vida sigue igual. Sólo el Zincirli Bedestan, el corredor cubierto construido en 1719 que antaño vendía seda y ahora sólo tiene género chino barato, está cerrado por grietas en sus muros.

A la luz del día, hacemos un inventario de daños. El golpe más fuerte, sin duda, lo ha recibido el castillo. Pero de día se ve aún más claramente que lo que ha caído es el manto de sillares cuadrados adosado durante la restauración de hace diez años, mientras que la estructura original hitita-romana-bizantina-selyúcida se mantiene en buena medida intacta.

Algunas mezquitas pequeñas han sufrido daños menores, aunque algunos son espectaculares. Desde la ocupación otomana de las provincias árabes en el siglo XVI, Gaziantep ha sido la ciudad gemela comercial de Alepo, más abajo en el Éufrates, una parada importante para las caravanas que se disponían a cruzar el desierto sirio. Por eso el casco antiguo está lleno de caravanseráis de época otomana y de mezquitas de los siglos XVI y XVII fundadas en agradecimiento por los negocios fructíferos. Se ha derrumbado una esquina de la Mezquita de Şirvani Mosque (1677) bajo el castillo. Poco después del terremoto, el blog húngaro Járdasziget informaba en un post dramático –probablemente a partir de una fuente turca– sobre el derrumbe de otro lugar de culto importante, la mezquita Tahtani (1557), también mencionada por Evliya Çelebi. Sin embargo, la vemos completamente intacta. La que ha perdido la punta del alminar es la mezquita de Karagöz.

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Y hay daños más serios, de los que la prensa turca no habla, en parte por su ubicación algo más alejada del castillo y en parte porque se trata de una historia que es mejor no agitar. Es la mezquita de Kurtuluş («Independencia»), cuyo nombre de soltera era Iglesia de la Madre de Dios, expropiada a los armenios tras el genocidio y utilizada como establo y luego como prisión, antes de ser transformada en mezquita en 1986. La hermosa iglesia, diseñada por el arquitecto del sultán, Sarkis Balyan, en estilo neorrenacentista toscano, ha perdido la cúpula y la parte superior de los dos alminares. «Ganancia mal habida, nunca prospera». Junto a la iglesia-mezquita hay toda una zona en ruinas con sólo un muro en pie frente a la iglesia. Esta destrucción, sin embargo, no la causó el terremoto sino los hombres. Aquí se levantaban antiguamente edificios eclesiásticos y comunitarios armenios, construidos en un estilo igualmente refinado. Unos niños turcos rebuscan entre las ruinas.

Frente a estas ruinas se alza otra antigua iglesia armenia, cerrada, la basílica de tres naves de Aziz Bedros, dedicada a la Madre de Dios en 1723. Su fachada muestra el mismo embutido de basalto negro y mármol blanco que se difundió por todo Gaziantep desde la iglesia de Sarkis Balyan. Según la inscripción, hoy es el Ömer Ersoy Kültür Merkezi, es decir, centro cultural. Qué significa exactamente «centro cultural» lo ilustra el vigilante que sale del puesto vecino y nos echa sin decir palabra. Al rodear la iglesia vemos que las colinas de césped artísticamente diseñadas del jardín son pasto de las cabras. Hasta aquí llega nuestra averiguación de lo que significa «cultura» en el lugar.

Ümit Kurt, de Gaziantep, doctorando en la Universidad de Harvard, descubrió y luego reveló en su libro The Armenians of Aintab: The economics of genocide in an Ottoman province (2021) cómo los Jóvenes Turcos y después el gobierno de Atatürk permitieron a la élite turca de Gaziantep apropiarse de los bienes de los armenios locales, haciéndolos así partícipes y beneficiarios del genocidio y del sistema político posterior. En su libro ofrece también un mapa preciso del barrio, donde identifica a los propietarios armenios originales, explica la función de cada edificio y narra su historia. Estoy deseando tener tiempo para recorrer el barrio con este mapa y publicar su estado actual en un mapa interactivo.

Monograma del antiguo propietario armenio sobre la puerta del actual Café Papirus

Por cierto, también hay vacíos similares, no recientes y no causados por el terremoto, en el antiguo barrio judío bajo el castillo. El gobierno turco presume orgullosamente de sus excelentes relaciones con sus ciudadanos judíos y de cuánto protegió a los judíos durante el Holocausto. Pero el hecho de que, en esos mismos años, deportara a sus ciudadanos judíos a campos de concentración en el noreste de Anatolia por motivos de origen y riqueza sólo salió a la luz pública gracias a la exitosa serie turco-sefardí Kulüp (El club), estrenada el año pasado. El barrio judío de Gaziantep también se despobló entonces.

La sinagoga, fundada en el siglo XVI, ha sido restaurada, pero está permanentemente cerrada. En el otrora amplio barrio judío viven hoy unas cien personas judías.

«Aquí en Gaziantep apenas hubo daños y muy pocas víctimas», dice Özkan, el recepcionista de Anadolu Evleri, uno de mis mejores ayudantes para organizar viajes a Anatolia. «Y hacia el este, por donde vais a viajar, aún menos. No como hacia el oeste, hacia la costa, donde se derrumbaron ciudades enteras.» Repasamos con precisión por dónde vamos a pisar, dónde vamos a parar, qué queremos ver. Llamamos uno tras otro a los contactos, alojamientos, museos y demás puntos del itinerario. Todo está abierto, todo funciona. En realidad, podría volverme a casa en el vuelo de la tarde. Aun así, recorreré toda la ruta para verlo con mis propios ojos.

En Turquía siempre compro una tarjeta de teléfono en el aeropuerto, vale por un mes aunque hay que reactivarla a las dos semanas. No me preguntéis por qué, lo he apuntado en una larga lista de idioteces turcas. Ahora, sin embargo, Lloyd, con su práctico modo de pensar americano, me hace notar que el precio de unos 50 euros de la tarjeta en el aeropuerto no es mucho menor que los 7 euros diarios que tendría que pagar durante diez días si usara mi tarjeta alemana en Turquía. Así que probemos en Gaziantep; allí seguro que es más barata.

Es posible que en la tienda de Turkcell de Gaziantep nunca hayan visto a un cliente extranjero. Durante un rato comentan entre ellos qué hacer en este caso, y luego nos ponen en manos del tonto de la tienda. No me importaría que sólo pudiera mascullar turco entre dientes —yo sólo oigo consonantes, como si leyera una transliteración en escritura otomana, pero por duplicado—. El problema es que ante cada escollo le entra la agresividad, y con un pasaporte húngaro va a tener escollos de sobra. «¿En qué mes se expidió?» masculla al borde de la locura, o ya despeñado en ella. «En diciembre», señalo la casilla correspondiente. «Desember, desember… ¿qué es eso?» «Ah, aralık», recuerda. Le hace una foto al pasaporte por lo menos cinco veces. Esta es la operación que entiende, que ama y que le divierte. Después, sin embargo, entra en un bucle infinito hasta encontrar una salida: volver a hacer una foto del pasaporte.

Por fin aparece una dependienta con todas las neuronas. Manda a paseo al cretino pero ella también fotografía mi pasaporte. Luego rellena las casillas pertinentes en su tablet y, he aquí el milagro: tengo mi tarjeta turca en diez minutos. Pago 590 liras, unos 30 euros. He invertido una hora, así que he ganado veinte euros por hora. No estaría mal tampoco como tarifa en Berlín. Y lo hemos pasado de maravilla.

Lloyd dice que prefiere ahorrarse este espectáculo y compartir mi internet. Así que, todo sumado, nos hemos ahorrado cuarenta euros.

Invertimos parte del beneficio en una pequeña orgía gastronómica en el mejor restaurante de la ciudad, Imam Çağdaş. Es un restaurante familiar, a una manzana de nuestro alojamiento, con equipamiento moderno pero carta muy tradicional y excelente. Un kebab Âlâ Nazik –carne picada servida sobre una crema caliente y picante de yogur agrio– viene acompañado de sabzi, bandeja de hierbas y verduras, pita, ensalada y lahmacun, pan plano untado con carne picada especiada. Un banquete así dura hasta que anochece. El restaurante tiene también un precioso patio de época otomana, cubierto de parras y lleno del gorjeo de los canarios que viven en jaulas en el balcón.


Concierto de los pájaros del patio trasero del restaurante Imam Çağdaş. Grabación de Lloyd Dunn

Carquemis fue una de las más poderosas ciudades-estado neo-hititas del norte de Mesopotamia. Su nombre puede sonar al lector de la Biblia, ya que en el año 605 a. C. se libró aquí una de las batallas más decisivas de la Antigüedad, en la que el emergente imperio babilónico derrotó a las fuerzas unidas asirias y egipcias. Asiria dejó de existir como estado, Egipto fue expulsado por completo de Oriente Próximo y Babilonia ocupó y deportó a los antiguos vasallos de Egipto, como los habitantes de Jerusalén y Judea. Todo esto lo había anunciado Jeremías en su capítulo 46, pero como es el sino de los profetas, nadie le hizo caso.

Hoy Carquemis se halla en la frontera turco-siria, a orillas del Éufrates, en las afueras de la ciudad moderna de Karkamış, a setenta kilómetros de Gaziantep. De las excavaciones realizadas entre finales del siglo XIX y comienzos del XXI, varias bellas tallas fueron llevadas a los museos de Gaziantep y Ankara, por ejemplo el «álbum fotográfico real», del que ya he escrito en detalle. Las tallas mayores, sin embargo, se conservan in situ, en el yacimiento, que según la prensa fue transformado en museo al aire libre. Confiando en que así sea, decidimos hacer un pequeño desvío de camino al Éufrates para visitarlo.

En la ciudad moderna todavía vemos una oxidada señal de carretera con la inscripción «Karkamiş Antik Kenti», es decir, ciudad antigua de Carquemis. A esas alturas todavía no sabemos que ya no veremos nada más.

Al acercarnos al punto marcado por Google Maps y Organic Maps nos detiene una valla con un cartel que indica que hemos llegado a una zona militar donde la entrada está prohibida. Preguntamos a dos hombres que trabajan cerca y nos mandan al pueblo. En el pueblo nos señalan un camino que termina en otra valla militar. El guardia ya viene hacia nosotros con el arma lista para disparar. Volvemos al primer sitio y nos detenemos en una colina junto al cementerio, frente a la valla, desde donde se ve toda el área. Identificamos lo que vemos basándonos en el plano de la zona arqueológica.

La carretera asfaltada que corre de izquierda a derecha es la que en teoría debería llevarnos al yacimiento. La corta una alambrada en la que se distingue incluso el cartel rojo de advertencia. La colina elevada era la acrópolis de Carquemis; ahora hay en ella un puesto de observación militar. A la izquierda está el puente del ferrocarril Berlín-Bagdad, que cruza el Éufrates y que aquí coincide con la frontera turco-siria

Detrás de la colina que se alza a la derecha está la ciudad de Carquemis con sus grandes relieves. Esto significa que todo el territorio ha sido incorporado a la zona militar, y lo confirman también los tanques alineados a la derecha de la colina. Que el plan era distinto hasta hace poco, y que la puerta del lugar estaba abierta a turistas, lo prueba el gran letrero #KARKAMIŞ, pensado para fotos de Instagram

A la derecha de la colina corre el muro a lo largo de toda la frontera turco-siria. Detrás aparece la ciudad siria de Jerablus, en cuyo término municipal queda oculto parte del antiguo Carquemis

Y completamente a la derecha, a apenas cincuenta metros de las últimas casas de Karkamış, se abre la puerta de otra base militar. Es aquella de donde salió hacia nosotros el guardián con el arma en ristre

La historia probablemente sea esta: el museo al aire libre se inauguró efectivamente en 2019, pero luego Turquía emprendió una ofensiva contra las bases kurdas en Siria y reforzó los puntos fronterizos con ese país. De este modo, toda la zona arqueológica pasó a manos de los militares. En el plano de abajo marco con una línea roja aproximadamente dónde está ahora la valla militar. Se ve claramente que la ciudad antigua, señalada con dos ánforas, queda muy adentro de la zona militar. Y aunque los turcos no tienen con los neo-hititas el mismo conflicto que con los armenios o los judíos, no es tranquilizador imaginar qué puede pasar con los monumentos que hay dentro.

Se acerca un pastor desde el pueblo. Como contra-prueba, le preguntamos también dónde está la ciudad antigua de Carquemis. Señala las colinas. «¿Y cómo se entra?» «Yo no lo intentaría», responde.

Damos la vuelta. Para ver al menos algo de importancia histórica mundial paramos más adelante, donde cruza el ferrocarril Berlín-Bagdad.

Hacia allí está Berlín. Tras la curva ya podría verse la Alexanderturm:

Y hacia allí, Bagdad. El viento arrastra hasta aquí el aroma de los jardines colgantes de Semíramis:

Seguimos hacia la siguiente etapa prevista del viaje, el puerto de Halfeti, desde donde navegaremos hasta el castillo romano-bizantino-armenio de Rumkale, que se adentra en el Éufrates. La carretera discurre entre el mayor orgullo de la región de Gaziantep, los campos de pistachos que se extienden hasta el horizonte. En Birecik, bajo el antiguo castillo cruzado, pasamos de la margen derecha del río a la izquierda. A partir de aquí vemos una y otra vez el río fluyendo en el profundo cañón a nuestra izquierda.

Hoy hay dos Halfetis: la nueva, asentada diez kilómetros más arriba por la inundación causada por la presa del Éufrates, y la vieja, cuya parte baja de casas y mezquita está sumergida a medias en el río. Desde aquí salen los barcos turísticos. Desde lo alto del cañón se les ve todavía subiendo y bajando. Descendemos al puerto para comprobar que sería posible embarcarnos.

Continuamos al norte siguiendo el cauce del Éufrates, y como esta vez vamos en coche y no con el minibús que tanto dificulta meterse por malos caminos, nos desviaremos unos siete kilómetros. El sendero nos deja ante la iglesia de Nuhrut.

La iglesia de Nuhrut se levanta solitaria en el campo, cerca del pueblo de Gürkuyu (conocido como Nixrût por sus habitantes kurdos, y como Nuhrut por sus antiguos habitantes armenios). A juzgar por su portada tallada y su arco triunfal, es tardoantigua, quizá del siglo V o VI, aproximadamente de la misma época que las iglesias similares de Ziyaret, Zerzevan o las más antiguas iglesias monásticas siríacas. Su fachada, de contundentes sillares y rematada en frontón, tiene una puerta con dintel recto y tres ventanas semicirculares. Curiosamente, la puerta lateral no da al sur, sino al norte. Al sur se abren dos arcos supervivientes. Esto sugiere que pudo tener una nave lateral –quizá se trataba de una iglesia doble, como es frecuente en la arquitectura tardoantigua y siríaca–, o un anexo, tal vez un monasterio. De hecho, este doble arco y el arco triunfal del santuario son lo más asombroso de toda la iglesia, intactos como han sobrevivido durante mil quinientos años sin apoyos ni restauración. Cuando uno se acerca desde el pueblo, hacen que la iglesia parezca el esqueleto de un gran animal –una ballena o un dinosaurio– tendido en el campo.

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Como la iglesia es tan antigua, y por tanto no está ligada a los armenios sino más bien a los romanos que vivían aquí antes que ellos y cuyo legado el gobierno turco reivindica gustoso como propio, la administración provincial y local está presionando para restaurarla e integrarla en el turismo local. De hecho, la restauración es muy necesaria. Si algo van a hacer, habría que empezar por asfaltar el camino.

Ya está oscureciendo. Una tropa de niños rodea nuestro coche, aparcado a la entrada del pueblo. Un hombre corpulento, su padre, intenta mantener el orden entre ellos en kurdo. Nos saluda cordialmente, nos invita a tomar un té y luego a cenar pero tenemos que salir del laberinto de malas pistas de tierra antes de que anochezca. Llama a sus hijos para una foto de grupo. La imprimiré y se la llevaré la próxima vez que venga. Los otros niños sonríen indicando que están dispuestos a posar por cinco liras.

En las dos orillas del Éufrates, donde se han superpuesto tantas culturas distintas, aún se encuentran restos de épocas completamente diferentes: una iglesia bizantina, un puente selyúcida, una ciudad rupestre persa, una tumba armenia. Uno de los restos más enigmáticos son los nueve arcos –tres por tres– en el pueblo de Kantarma, llamado «caravanserái selyúcida», aunque sus arcos y detalles arquitectónicos muestran claramente un parentesco estilístico con la iglesia de Nuhrut, a diez kilómetros, construida en los siglos V o VI, es decir, medio milenio antes de los selyúcidas. Y por su estructura resulta difícil imaginar que fuera un caravasar. Más bien se trata de un edificio de finalidad ignota de época tardoantigua-bizantina. Sus arcos se mantienen en pie sin apoyo, igual que los de la iglesia de Nuhrut. Pero que lo llamen selyúcida no me importa si eso es la clave de su supervivencia en estos tiempos nacionalistas.

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Adıyaman, situada al norte del Éufrates, queda en realidad fuera de nuestra ruta prevista. Sólo pasaremos aquí una noche antes de dirigirnos a una de las regiones más espectaculares del viaje, el antiguo reino de Commagene, del que ya he escrito mucho en el post de descubrimiento de 2019 y sobre el que desde entonces he dado varias conferencias. Cuanto más leo, más aprecio este pequeño reino tan extraño, con su arte excepcional y sus aspiraciones imperiales

Por eso ahora, que tenemos tiempo, quiero por fin visitar el pequeño museo de Adıyaman, fundado en 1973 para presentar los materiales antiguos recogidos en la región.

La puerta del museo está abierta, los vigilantes toman té en el jardín. Pero el portero nos informa de que lamentablemente la exposición está cerrada porque la pared del museo se agrietó con el terremoto y la están reparando.

Podemos, eso sí, ver y fotografiar las esculturas expuestas en el jardín entre la rosaleda en flor. Esta colección también es rica: un león parto, un sarcófago griego y estelas con inscripciones romanas, siríacas y árabes. Si hay tanto fuera, ¿qué no habrá dentro? Lo veremos el año que viene, inshallah.

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Aquí, en el centro de Adıyaman, nos topamos por primera vez –y también por última– con unos serios estropicios del terremoto. En el centro de la ciudad varios edificios altos se han agrietado o se han derrumbado parcialmente. Llama la atención que todos son edificios de construcción reciente, algunos aún sin habitar. Hay que saber que la ciudad, originalmente llamada Semsûr, se vio saturada por el aluvión de cientos de pueblos kurdos tragados por las aguas del Éufrates tras la construcción de las presas en las dos últimas décadas. El gobierno turco –y Erdoğan personalmente– consideró la reubicación de los kurdos una prioridad tan alta que concedió a las constructoras una exención de la costosa normativa antisísmica. Es lógico que estas casas se vinieran abajo primero, mientras que los edificios más antiguos en su mayoría quedaron en pie. Frente al museo están demoliendo ahora mismo los restos de alguno de ellos. En la fachada de la oficina electoral vecina, un enorme retrato de Erdoğan mira con benevolencia los resultados de su acción. En un pequeño parque entre los edificios, decenas de hombres locales se sientan en los bancos de la casa de té bajo una multitud de banderines de colores del partido gobernante e, ignorando el polvo que todo lo cubre y enturbia el aire, observan cómo desaparece alrededor su joven centro urbano.

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En el patio de la escuela hay un campamento de tiendas de la Media Luna Roja turca para los que han quedado sin casa. Nada más entrar, un hombre menudo, de aspecto agradable y sensible, nos invita a su tienda a tomar un té. Cinco o seis tiendas rodean un pequeño patio; la entrada es una gran manta, y la de Ahmed está decorada con calaveras y huesos. Ahmed entra primero para avisar a las mujeres de que se cubran ante los extraños, y luego nos invita al cuarto de huéspedes.

Ahmed huyó a Turquía desde Alepo, destruida por los rusos, con su familia: sus dos hermanos y una hermana, su esposa y cinco hijos, su padre y su madre. En su tierra era profesor de historia; en Adıyaman se convirtió en panadero. Alquilaban un apartamento en el tercer piso de un edificio de reciente construcción. «Aquel día, como siempre, me fui a la panadería a las cuatro de la mañana. Pocos minutos antes de empezar a trabajar, la tierra empezó a temblar. Llamé enseguida a mi hermano, pero su teléfono no respondía. Corrí a casa y durante unos veinte minutos estuve llorando y rezando. El lado de la casa donde vivíamos se había derrumbado. Los dos pisos de abajo quedaron aplastados, murieron diecinueve personas. Nuestro piso colgaba en el aire. Pero cuando llegué, todos estaban ya de pie en la calle, sanos y salvos.»

¿Qué harán ahora? «Primero tengo que encontrar trabajo porque la panadería quebró. Luego tenemos que encontrar un piso, y eso no es fácil ahora en Adıyaman, porque todo el mundo busca. A los ciudadanos turcos el Estado todavía les cuida un poco, pero no creo que se preocupen por nosotros.»

Los dos chicos, Hassan y Hamid, participan también en la conversación de los adultos. «¿Qué haréis cuando seáis mayores?» «Hassan quiere ser médico, pero la universidad cuesta dinero en Turquía, a diferencia de nuestra patria. Seis mil euros por semestre, no podemos pagar tanto. Así que aprenderá un oficio que dé para vivir, quizá será técnico de ordenadores». «¿Y Hamid?» «Es más pequeño, acaba de comenzar la escuela. Espero que cuando sea mayor la guerra haya terminado y pueda ir a la universidad en casa, en Alepo, inshallah

En el colegio los niños sólo aprenden turco, pero Ahmed organiza por las tardes una escuela nocturna para ellos y les enseña árabe e inglés. Su padre y su madre están muy enfermos y no hablan ni una palabra de turco, así que son los niños quienes tienen que interpretar en el hospital y en el mercado. «Tienen que saber leer y escribir en árabe para cuando volvamos, y también en inglés, porque sin eso no tienen futuro.» Deja que Hassan traiga la pizarra y le pide que escriba veinte palabras en inglés, turco y árabe. Hamid contempla admirado el desempeño de su hermano.

Lo más hermoso es la calma, la serena fortaleza con que soportan esta situación, esa multitud de variantes de desgracia por la que llevan años pasando. «Nosotros solos no podríamos llegar muy lejos, pero Dios siempre nos envía a buenas personas que nos ayudan a seguir adelante.» Intercambiamos números de teléfono; le pido que me escriba si algo cambia en su vida. Volveré a Adıyaman a finales de mayo e intentaré llevarles algún apoyo. Si alguien quiere colaborar, por favor, será muy bien venido. Escribid a wang@studiolum.com.

Los monumentos históricos más importantes de Commagene son el monte Nemrut, con su tumba monumental de Antíoco I, «dios justo y excelente», y la ladera de Arsameia, donde, con el pretexto de la tumba de su padre, da la mano en varias estelas a sus colegas, las principales figuras del panteón greco-persa. Ya he escrito sobre ellos en detalle, ilustrado con muchas fotos. Pero llegando desde Adıyaman, el primer monumento es el llamado túmulo de Karakuş, la colina que esconde la cámara funeraria que el hijo de Antíoco, Mitrídates II, preparó alrededor del año 25 a. C. para las mujeres de su familia: su madre, su hermana y su hija. Desde la colina hay una vista magnífica sobre los campos de Commagene, la confluencia del Kahta, principal río del antiguo país, con el Éufrates y los montes Tauro de Commagene, con el monte Nemrut alzándose en medio hasta 2.134 metros.

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La colina estaba originalmente rodeada por tres pares de columnas en tres de sus lados, pero algunas ya se han derrumbado. Al acercarse por la carretera, sobre la columna superviviente del primer par se alza un águila –esta figura dio al monumento su nombre turco, Karakuş, «pájaro negro».

Del siguiente par, las dos columnas siguen en pie, pero sólo sobrevive en una la estatua de un toro recostado.

Del tercer par, una columna cayó hace mucho y sus sillares prácticamente han desaparecido. Sólo la cabeza del león que antes se alzaba encima sigue ahora de pie en el suelo. La otra columna todavía estaba en pie el año pasado, con un relieve en la parte superior que mostraba a Mitrídates II y a su hermana Laódice –esposa del general parto Orodes, que destruyó el ejército romano en el 53 a. C.– dándose la mano. Sin embargo, esta columna también se derrumbó en el reciente terremoto y sus anillos bloquean en cruz el camino que rodea la colina. El león le da la espalda como un gato que vuelve su trasero contra el daño que ha causado. Mira fijamente hacia el lejano monte Nemrut, como pensando: «menos mal que yo me bajé de allí a tiempo».

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Al continuar hacia el interior de Commagene, se alza ante nosotros un profundo cañón por el que corre un río de montaña muy rápido, el Cendere (llamado Chabinas en la Antigüedad). Por suerte, los romanos pensaron en todo y construyeron un puente de piedra sobre el cañón hace 1.800 años. Según la inscripción de la columna, la obra fue realizada por la Legio XVI Flavia estacionada en Samosata –la capital de Commagene, hoy sumergida por el Éufrates– bajo la dirección del centurión Marius «Matarratas» Perpetuos y bajo la supervisión personal del pretor imperial Alfenius «Pisaverde» Senecio, lo que muestra la importancia que tenía para el emperador militar Septimio Severo (193-211), que intentaba preparar el terreno para atacar el imperio parto con multitud de puentes y carreteras. Los muchachos hicieron un buen trabajo. Los imperios romano y parto desaparecieron hace mucho, y este puente seguía sirviendo al tráfico público en 2002 sin ninguna restauración. Sólo entonces se construyó un puente moderno algo más allá. Desde entonces, el puente de Septimio Severo sirve únicamente como parada turística y telón de fondo para fotos de boda.

Septimio Severo dominaba la comunicación visual con maestría para representar la unidad y el poder de su familia. Originalmente había dos columnas en cada extremo del puente, que representaban a los cuatro miembros de la familia imperial: el emperador y su esposa, así como sus dos hijos, Caracalla y Geta. Cuando Caracalla asesinó en 211 a su hermano menor y corregente, después de la muerte de su padre, ordenó también la damnatio memoriae contra él, es decir, que su imagen y su nombre fueran eliminados de todas las representaciones públicas y las inscripciones. Ya tengo una pequeña colección de monumentos mutilados de este tipo que publicaré pronto. Uno de los ejemplos más asombrosos es este mismo puente, donde los legionarios no se molestaron en lijar las inscripciones, sino que simplemente arrancaron toda la columna de Geta. Desde entonces el puente es asimétrico, lo que contradice los principios básicos de la estética romana. Pero para el campo así también vale.

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En las otras atracciones de tres estrellas de Commagene –el castillo de Kahta, la Via Sacra de Arsameia y el monte Nemrut– no nos detenemos ahora. Están abiertas y las veremos con el grupo. Quiero decir, Arsameia está cerrada, pero Junus, el dueño kurdo de Café Roma, nos la abrirá.

Aun así, ya es de noche cuando llegamos a la frontera oriental del antiguo Commagene, en el Éufrates. Y aún nos espera una hora y media hasta Diyarbakır.

En Diyarbakır, a las diez de la noche, todavía hay mucha vida. Las casas de té, cafés, pastelerías, restaurantes y terrazas de los caravasares van llenos; la gente charla tomando té en las mesitas de la plaza frente a la Gran Mezquita; músicos kurdos tocan, cantan y bailan en las calles. El terremoto no llegó hasta aquí. De hecho, se detuvo en la frontera occidental de Commagene. La columna caída de Karakuş fue la última señal que vimos de él. Diyarbakır ya tuvo bastante con lo que le cayó encima del ejército turco en 2016. Pero incluso esas heridas están cicatrizando bien.

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En Diyarbakır la vida es intensa no sólo de noche. El centro del casco antiguo, en torno a la Gran Mezquita pero en realidad en todas partes, está lleno de casas de té, cafés musicales y locales alternativos. Sobre todo las antiguas casas de comerciantes siríacos y armenios con grandes patios, cuyas paredes de toba negra se decoran con incrustaciones de caliza blanca. En general, dondequiera que haya un pequeño hueco para colocar una mesa con algunas sillas, allí hay sentados cuatro o cinco jóvenes kurdos tomando té, charlando y haciendo música. En un paseo corto vimos al menos diez carteles de conciertos sólo para el mes de junio, y nosotros también nos sentamos a tomar té en un local con música en vivo. Me pregunto cómo será la vida aquí cuando uno está al menos una semana.

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Si Mesopotamia es la cuna de la civilización, entonces los tramos altos del Éufrates y el Tigris, la parte más meridional de la meseta anatolia, son el vientre que la gestó. Aquí, en las colinas de los valles fluviales, por una u otra razón se concentró suficiente gente como para crear algo más grande que el individuo solo. Todo esto a partir del milenio XI a. C., es decir, al menos cinco mil años antes del nacimiento de la agricultura. Esto significa que no eran comunidades agrícolas, sino lugares de encuentro de cazadores-recolectores. Según las teorías más recientes –que intentan explicar el desarrollo de los santuarios de Göbeklitepe, el mayor de estos lugares–, no fue la agricultura la que hizo posible este tipo de concentración de población, sino al contrario: fue la necesidad de abastecer a un gran número de personas reuniéndose continuamente lo que hizo necesaria la invención de la agricultura. De un modo u otro, estos lugares a lo largo del Tigris produjeron un arte figurativo estilizado fascinante, con insólitos animales fabulosos (lo que sugiere que aquí también floreció el arte de contar historias), cuya muestra más rica está en el Museo Arqueológico de Diyarbakır. Aquí sólo muestro algunos ejemplos, pero les dedicaré también una conferencia y una entrada.

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Así como en Erzurum dominan los çorbacı, los sopistas, en Diyarbakır dominan los ciğercı, asadores de hígado, es decir, de diversas carnes asadas en brocheta. Uno de los mejores es Kemikli Ciğerci, en medio del bazar, que sirve sus exquisiteces en tres plantas.

Vale la pena observar cómo preparan la mesa incluso para un sencillo kebab. Antes de que pidas nada, te sirven el apetitoso sabzi, es decir, tomates, cebolla espolvoreada con zumaque, hojas de lechuga o de espinaca, luego una ensalada aderezada con densa salsa de granada, y, aparte, una salsa de tomate, pepino y pimiento. Y para todo esto, pita recién horneada en una pequeña caja de madera..

Y luego llega el Adana kebab, carne picada de cordero con pistachos, y etsis, que literalmente significa «carne en brocheta». Porque et, «carne», implica cordero, ¿qué si no? Lo acompaña un pimiento rojo asado hasta quedar algo chamuscado, pero no demasiado amargo. Lo que no se ve en la foto es el ayran, bebida de yogur clara, y el té negro fuerte.

La Gran Mezquita de Diyarbakır es, según la tradición, el quinto lugar más santo del islam. Originalmente fue la iglesia siríaca principal de la ciudad, la iglesia de Santo Tomás, que tras la conquista árabe de Diyarbakır en 639 fue utilizada durante un tiempo de manera conjunta por cristianos y musulmanes. En aquellos primeros decenios del islam, todavía no se había establecido la tradición según la cual la iglesia en la que rezaba por primera vez el jefe del ejército conquistador quedaba inmediatamente convertida en gran mezquita, como ocurrió con la Hagia Sophia o la iglesia de Buda. Más tarde la reconstruyeron varias veces, tomando de uno u otra modo como ejemplo la Gran Mezquita de Damasco, pero alrededor del patio se ha conservado la fachada tardoantigua ricamente decorada, enriquecida después con versículos coránicos en cúfico e inscripciones fundacionales en los huecos sobre arcos y ventanas.

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La fachada de la mezquita sigue guardando la memoria de la antigua iglesia cristiana. El interior, en cambio, se amplió longitudinalmente por ambos lados, y se dividió en tres naves por dos filas de columnas con arcos. Sin embargo, el punto focal del espacio sigue siendo el antiguo santuario, que excepcionalmente ya miraba hacia el sur y no hacia el este, de modo que pudo transformarse fácilmente en mihrab, el nicho de oración de mármol blanco orientado a La Meca.

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La gran portada de arco del patio, que se abre a la plaza delante de la mezquita, está flanqueada por dos relieves de leones atacando toros. Este motivo, de origen persa, era el escudo de la dinastía artúquida. El bey artúquida, Artuq, era el gobernador selyúcida de Jerusalén entre 1085 y 1091, justo antes del inicio de las cruzadas, y sus hijos fundaron la dinastía que gobernó la región de la Alta Mesopotamia que abraza Diyarbakır (marcada como Amid en los mapas), Hasankeyf y Mardin entre 1102 y 1409. El león de la dinastía –apodado aquí cariñosamente Artuklu kedisi, el gato artúquida– puede hallarse en las tres ciudades; quiero decir, en Hasankeyf ahora sólo bajo el agua. En Diyarbakır hay tres ejemplares en la puerta y el patio del castillo. En Mardin, sus hermanitos de formas más fieras flanquean la entrada al museo de la ciudad, instalado en el palacio del obispo siríaco caldeo. Sus réplicas a menor escala son artículos muy populares en las tiendas de recuerdos locales.

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Gato artúquida con balón de fútbol confiscado en la fuente del patio del castillo

Ya he escrito con detalle sobre Hasan Paşa Hanı, el caravasar en pie más antiguo de Turquía, construido en 1572, pero siempre es un placer volver a este exuberante escenario de la vida urbana, donde los pocos parroquianos de siempre se sientan como rocas inmóviles entre la multitud que va y viene.

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¿Os acordáis todavía de nuestra visita a Hasan Paşa Hanı hace cuatro años? Fue entonces cuando vimos en la tienda de antigüedades de Hüseyn, en el piso de arriba, el tetradracma ateniense de Pericles decorado con un búho, la moneda emblemática de la edad de oro de la democracia griega. Lloyd quiso comprarla, pero cuando volvimos la tienda ya estaba cerrada. Ahora, cuatro años después, vuelvo, y el búho sigue esperándole fielmente. Así que lo compro para Lloyd.

El libro sobre el que la he fotografiado –el de Babamın Tüfeği sobre el director de cine kurdo Hiner Saleem– estaba sobre la mesa de la tienda de artesanía y libros kurdos Ilkiz. Este pequeño patio es un oasis encantador en el casco antiguo, justo al lado de la Casa de los Dengbêj. El joven propietario lo está reconstruyendo por segunda vez después de los bombardeos turcos de los últimos años. Vende hermosas prendas hechas a mano, pinturas y cerámicas con motivos emblemáticos de la mitología kurda, como la Reina Serpiente o el zoroastriano Ahura Mazda, así como obras de la literatura universal traducidas al kurdo, como el Ulises, ya bastante difícil de interpretar en el original así que imaginaos en kurdo. Aquí encuentro Romeo y Julieta en traducción kurda, y le pido al dueño que lea en voz alta el famoso monólogo de Julieta. Luego me enseña a la célebre pareja kurda de Romeo y Julieta en una cerámica. Por la tarde, Verona resuena todavía en algunos grafitis de Diyarbakır.

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Cuando aún no sabíamos lo bien que estaba la situación en la ruta prevista del viaje de Gaziantep a Mardin y vuelta, planeamos también una ruta B. Si la Alta Mesopotamia sólo ofreciera turismo de desastre, recorreríamos en su lugar la región del lago Van, que ya hemos visitado varias veces. Aunque, afortunadamente, resultó que todo estaba en orden en la zona incluida en el plan inicial, habíamos reservado ya alojamiento cerca del lago Van para este viaje de reconocimiento, y de todas formas tenemos curiosidad por los tramos de la carretera donde aún no hemos estado

Desde Diyarbakır, la carretera atraviesa una extensa región cárstica, entre suaves colinas cubiertas de hierba verde, abruptos cortados, dolinas y arroyos kársticos. Aquí y allá nos desviamos de la carretera principal en busca de valles más interesantes. Los pastores kurdos nos interrogan al principio con suspicacia, pero luego se vuelven más amistosos. A mitad de camino, después de Silvan, se alza un gran macizo de piedra caliza a cierta distancia de la carretera, y un estrecho valle conduce a él. Incluso desde la carretera principal se ve la multitud de aberturas rectangulares de las cuevas artificiales. Se trata de la ciudad rupestre de Hasuni, habitada desde el milenio XVI a. C., es decir, en los mismos milenios de los que proceden las figuras fantásticas del Museo Arqueológico de Diyarbakır. Se desconoce cuándo se despobló, pero allí se han hallado incluso inscripciones siríacas cristianas.

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Al seguir hacia el lago Van, las montañas empiezan a alzarse de manera dramática. Se percibe claramente que hemos alcanzado la meseta armenia. El paisaje, las montañas, las formaciones geológicas son ya las mismas que en la actual Armenia. La carretera corre por un lecho fluvial profundo. Openstreetmap llama al río Başur Çayı, es decir, Río del Sur, mientras que Google Maps lo llama río Bitlis, por la cercana ciudad de Bitlis. El nombre original de la ciudad, en las lenguas de sus habitantes mayoritarios siríacos y armenios, exterminados en 1896 y 1916, era Beth Dlis y Baghesh. Pero antes de llegar a la ciudad vemos un precioso puentecito doble de época otomana sobre el río. El puente más largo, con cinco arcos, pasa sobre el Başur Çayı, y el más pequeño, adyacente, sobre el pequeño afluente de montaña que desemboca en el Başur. Curiosamente, este río de montaña no figura en ningún mapa, a pesar de ser bastante ancho y llevar un caudal importante. Allí donde desemboca en el Başur de color turquesa, su llamativo color gris muestra cuánta sedimentación arrastra de las montañas. Los mapas tampoco señalan el puente doble. Una señal local indica que se llama Çarpıra Köprüsü, que en kurdo significa «cuatro puentes», mientras que un cartel de restauración de 2018 en el puente pequeño lo llama Dört Ululari Köprüsü, es decir, «Puente de las Cuatro Naciones». No he encontrado explicación para este nombre. Curiosamente, la monumental topografía Eastern Turkey (1987) de T. A. Sinclair, en cuatro volúmenes muy detallados, tampoco lo menciona. 

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El puente era realmente necesario en su momento, porque esta es una sección de la Ruta de la Seda que conducía desde Persia a través de las montañas armenias hasta la Alta Mesopotamia. La rotonda antes del cercano pueblo de Ziyaret lo recuerda de un modo singular. En la instalación, además del camello cargado de mercancías orientales, llaman especialmente la atención las grandes coronas imperiales de plástico (Fritillaria imperialis). Proclaman con orgullo que esta magnífica flor del Renacimiento y el Barroco europeos procede de esta región montañosa, como ya escribí con detalle. A partir de aquí vemos cada vez más campamentos de tiendas de nómadas kurdos a lo largo de la carretera.

En la orilla sur del lago Van pasamos simplemente delante del puerto desde donde sale el barco hacia la isla de Akhtamar. La visitamos hace tres años, haciendo una detallada documentación fotográfica. En breve prepararé una conferencia y una entrada sobre la rica e insólita iconografía de los relieves de la iglesia monástica, construida entre 915 y 921, que fue sede de la Iglesia armenia durante mil años.

En la ciudad de Van no esperamos encontrar demasiado, pues sabemos que fue destruida por completo por el ejército otomano en 1915, durante el genocidio armenio. Aun así, rodeamos la impresionante roca fortificada. Y en el pastizal pantanoso al sur del castillo, en el solar vacío de la antigua ciudad vieja, nos topamos con tantas cosas interesantes que la visita, prevista para una hora, se alargará toda la mañana. Del mismo modo, los dos párrafos que pensaba escribir sobre ella han acabado convirtiéndose en una descripción tan larga, con más de cien imágenes seleccionadas, que al final la he publicado como entrada aparte: La Van desvanecida.

• Si el mapa interactivo no es visible, sustituye https por http en la url de esta entrada •

La ciudad de Van y la región del lago Van han sido el área central de la cultura armenia durante miles de años. A finales del siglo XI, con la llegada de los turcos selyúcidas, el reino armenio independiente se desmoronó y sus provincias intentaron sobrevivir como principados separados. La zona alrededor del lago Van era el territorio del principado de Vaspurakan, sobre el que ya he escrito, incluyendo sus mapas. Los cientos de pueblos armenios de la región, junto con sus cientos de miles de habitantes, fueron arrasados por el genocidio de 1915. Sus iglesias fueron saqueadas e incendiadas y, en las décadas siguientes, sus piedras, dispersadas. Aun así, las dos mayores monografías sobre ellos, los dos volúmenes de Paolo Cuneo, Architettura armena dal quarto al diciannovesimo secolo (1988), y los cuatro volúmenes de T. A. Sinclair, Eastern Turkey: An architectural and archaeological survey (1987), mencionan más de ciento veinte iglesias en la región, de las que al menos se conserva el recuerdo, alguna foto o a veces incluso ruinas. Encontrarlas y llegar hasta ellas no es fácil. Esta tarde sólo nos proponemos visitar el monasterio de Varagavank, el más cercano a Van, porque todavía conserva elementos visibles, y porque no requiere un largo ascenso por sendas de montaña, sino que se puede llegar por carretera asfaltada, ya que se halla en el centro del pueblo kurdo de Bakraçlı (en kurdo Yedîkilise).  

Este pueblo se encuentra en la ladera del monte Erek, de 3.200 metros –Varag en armenio, de ahí el nombre Varagavank, es decir, el monasterio del monte Varag–, lo suficientemente bajo como para ahorrarnos muchas curvas cerradas, y lo suficientemente alto como para que la cumbre cubierta de nubes proporcione un fondo majestuoso a las ruinas del monasterio. Los indicadores de altura a lo largo de la carretera muestran hasta dónde suele llegar a cubrir la nieve en invierno.

El monasterio fue construido por Senekerim-Hovhannes Artsruni, rey de Vaspurakan (1003-1021), como iglesia real sepulcral en el lugar donde, según la tradición, la mártir de siglo III Santa Hripsime llevó desde Roma un fragmento de la Santa Cruz. En los siglos siguientes el monasterio se convirtió en sede eclesiástica de Vaspurakan, así como en un importante centro de vida monástica armenia y de copia de manuscritos. A lo largo del tiempo se levantaron junto a la iglesia central de Nuestra Señora otras seis iglesias, de modo que la población turca y kurda de la zona la conocía como Yedi Kilise, «las Siete Iglesias».

El monasterio y su planta en 1913, de Kirchen und Moscheen in Armenien und Kurdistan, de Walter Bachmann. Las iglesias de Surp Astvatsatsin (3), Surp Gevorg (4) y Surp Sion (7) siguen en pie, aunque en ruinas, así como el ábside de Surp Sopia
 

El 20 de abril de 1915, cuatro días antes del inicio oficial del genocidio armenio, las tropas de Djevdet Pachá irrumpieron en el monasterio y asesinaron a los monjes. Tras diez días se retiraron, y entonces se refugiaron allí seis mil armenios supervivientes de las aldeas vecinas, que también organizaron una resistencia armada. Al enterarse de ello, los soldados de Djevdet regresaron y bombardearon el monasterio con cañones, luego lo incendiaron. La mayor parte de los restos fueron demolidos en la década de 1960.

Al entrar en el pueblo, desde las humildes casas kurdas llama en seguida la atención la parte inferior de la fachada de la iglesia central de San Jorge. Se dice que dentro hay frescos de 1779, pero la puerta está cerrada con candado y cadena. El hombre que tiene la llave vive en la casa de enfrente, pero no está, y los vecinos no saben cuándo volverá. La próxima vez, inshallah. Junto a la iglesia, a la derecha, se extiende un espacio abovedado y alargado, la antigua iglesia de la Santa Cruz, que hasta hace poco se usaba como establo. Podemos bajar a ella. Y más al fondo, aislado, permanece el ábside del antiguo templo de Santa Sofía.

Es conmovedor quedarse aquí, ante el casi único vestigio de la grandeza y destrucción de una cultura.

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Al regresar por la orilla norte del lago, grandes nubes de tormenta llegan desde el este, el color del lago se vuelve de un verde airado y se desencadena un tiempo infernal. Un granizo denso golpea el parabrisas y cubre de blanco la carretera. Las nubes y el lago se tocan; sólo la cresta aún iluminada de las montañas nevadas se recorta al otro lado.

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Ahlat (Khlat en armenio, Xelat en kurdo) fue un importante centro comercial en la Ruta de la Seda, en la orilla norte del lago Van. La ciudad fue un centro principesco más o menos independiente, desde el reino armenio a través de árabes, kurdos, selyúcidas, mongoles y otomanos, hasta bien entrado el siglo XIX. A ello debe sus numerosos mausoleos principescos y cementerios aristocráticos. Las lápidas de los cementerios –aunque ninguna inscripción local ni guía lo mencione– se parecen muchísimo a los khachkars armenios que ya hemos visto, por ejemplo, en los cementerios de Noratus o Julfa. No es de extrañar, puesto que Ahlat tuvo mayoría armenia en la Edad Media, y ¿quién habría tallado las piedras para los conquistadores nómadas sino ellos? Es cierto que no encontramos en ellas motivos cristianos; su lugar lo ocupan decoraciones entrelazadas que llenan grandes marcos curvos y forman estrellas, pero la forma y la estructura básica de las piedras son las mismas que las de las armenias. Si el cementerio de Julfa fue destruido, al menos este conserva, de manera intangible, la memoria de los antiguos maestros armenios.  

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En agosto de 2019, cuando Lloyd y yo visitamos por primera vez el sureste de Anatolia, tuvimos el privilegio de estar entre los últimos en ver Hasankeyf, una de las ciudades históricas más importantes de la región, antigua sede de las dinastías selyúcida artúquida y kurda ayubí, con sus iglesias y ciudad rupestre armenias y siríacas, sus mezquitas y palacios, y el puente medieval artúquida. A día de hoy, la presa de Ilisu, construida sobre el Tigris en 2006, se ha llenado y ha inundado la ciudad. Nos detenemos junto a la carretera y la contemplamos por entre las casas de la ciudad nueva. Sólo la fortaleza romana sobre la ciudad antigua sobresale del agua, todo lo demás está sumergido. «Han sacrificado diez mil años de historia por una central hidroeléctrica que funcionará cincuenta años», decía hace unos años la oposición. Google Maps sigue mostrando los monumentos bajo el agua.

Hace cuatro años daba vértigo el puente, que salvaba a una altura inimaginable el valle del Tigris, y se veían los otros puentes. Hoy el nivel del agua elevado lo ha traído a una altura normal y ha quedado como único enlace. Pero la vida continúa. Cuando los pastores kurdos tienen que pasar sus rebaños al otro lado, se detiene durante media hora el tráfico en el puente de la carretera Van–Diyarbakır

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Continuará

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