Irán, minuto a minuto

Escribí la versión original húngara de esta entrada en noviembre de 2022, cuando guié a un grupo por el turbulento Irán. En el torbellino de acontecimientos, no tuve tiempo de publicarla en castellano. Pero ahora, antes de volver a llevar allí a un grupo en septiembre de 2023, quiero traducirla al mismo ritmo en que la escribí, unos pocos párrafos al día. Volved de vez en cuando.

El propósito fundamental de las entradas «minuto a minuto» que escribimos durante nuestros viajes es compartir rápidamente las pequeñas historias, impresiones y conexiones que más tarde serían olvidadas. Sin embargo, esta tiene ahora otro fin especial: mostrar que no solo es posible viajar a Irán, presentado como una zona prohibida por periodistas sensacionalistas, desinformados e irresponsables. Sino que además vale muchísimo la pena, porque allí se encuentra tanta belleza y bondad como en ningún otro lugar. Y esto se aplica incluso a la situación tensa actual, si uno obtiene información de fuentes fiables, es suficientemente cauteloso y no sucumbe a la histeria colectiva.

Siempre fue una aventura conseguir el visado. En el pasado, solo podías solicitarlo en las embajadas iraníes, donde solían rechazarlo y te obligaban inscribirte en visitas turísticas ficticias en oficinas de turismo iraníes, tras lo cual te lo concedían. Después, desde el acuerdo nuclear de 2015, ya fue posible solicitarlo en el aeropuerto de Teherán, y tras una o dos horas de espera allí siempre te lo concedían. Ahora, sin embargo, no quiero correr riesgos, y nuevamente solicito el visado para todo el grupo a través de una oficina turística. Con los visados recibidos por correo electrónico vamos al control de pasaportes nada más aterrizar, pero nos lo rechazan de plano. Resulta que lo que tenemos es solo un comprobante y el visado de verdad todavía lo expide la oficina del aeropuerto. Les lleva media hora comprobar los códigos con su equipamiento digno de museo, cobrar la tasa y emitir por fin los visados reales. El funcionario cambia de repente a una voz humana y nos da las gracias cálidamente por haber esperado con paciencia.

Ahora nos queda presentar nuestros certificados de vacunación covid antes del control de pasaportes. Galina solo lo tiene en su correo electrónico, pero su móvil obviamente no se conecta a internet en Irán. Tras unos minutos intentándolo, la empleada solo le pide que diga exactamente qué vacunas recibió, y le cree. Puede pasar.

I have already philosophized once, twice or thrice about the natural history of various – German, Italian, Russian, Soviet – bureaucrats. These two examples now add to the taxonomy of the Persian subspecies, which acts brusquely and harshly to assert his authority, but afterwards he has duely received it, he behaves in a very humane and amiable manner. Ya he filosofado una, dos y tres veces sobre la historia natural de varios burócratas –alemanes, italianos, rusos, soviéticos...– Estos dos ejemplos se añaden ahora a la taxonomía de la subespecie persa, que actúa de manera brusca y severa para hacer valer su autoridad, pero después de haberla afirmado debidamente, se comporta de manera muy humana y amable

A un lado de la carretera del aeropuerto de Teherán hacia Kashan está el desierto, y al otro los Montes del Buitre, la cordillera profundamente erosionada de un antiguo sistema montañoso, con crestas dentadas y picos de colores. Mañana nos aventuraremos en él.

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Tras dejar el Aeropuerto Internacional Jomeini, apenas habíamos conducido una hora cuando miembros de la Guardia Revolucionaria vestidos de blanco detuvieron y rodearon nuestro autobús. Entre gritos de «¡Muerte a América!», nos obligaron a entrar en un bar de desayunos al costado de la autopista, donde nos utilizaron para fotos propagandísticas promocionando la prosperidad de Irán. Fotografían cómo en en el tonir u horno persa tradicional, se está cociendo pan con los últimos kilos de harina del país.

¿Conocéis la película Bienvenidos al Sur? Un jefe de correos de Milán es trasladado al sur de Italia, y aunque escribe a casa sobre sus experiencias positivas, su esposa sabe mejor cómo es el Sur y piensa que su marido solo quiere tranquilizarla con mentiras bienintencionadas. Así que, cuando ella lo visita, el marido tiene que crear artificialmente junto con sus amigos locales las condiciones de un Sur mafioso y criminal, para que ella crea que está en el lugar correcto.

Lo mismo les ocurrió a varios de mis lectores cuando publiqué originalmente este párrafo sobre nuestro primer desayuno como una entrada independiente en Facebook. Pensé que era irónico, pero no se interpretó así. Muchos lectores, que ya sabían mejor por la prensa las terribles condiciones en Irán, lo leyeron como una confirmación de sus propios prejuicios, y reaccionaron con emoticonos de profunda tristeza y correos electrónicos suplicándonos que volviéramos a casa. Aconsejo a tales personas que no lean Puck, porque solo les alterará. Lección: nunca subestimes hasta qué punto la histeria puede convertir a la gente en rebaño.

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Hacemos cola para las tarjetas telefónicas en el Irancell de Kashan, algunos dentro de la tienda, la mayoría en la calle. Los iraníes que esperan dentro nos dejan pasar gustosamente, aunque somos veinte. Ellos tienen tiempo infinito aquí, mientras que nosotros somos huéspedes y nuestro tiempo es precioso. Pasa una mujer y le da a Galina el puño. Galina lo choca, la mujer lo gira hacia arriba y lo abre. Dentro hay un pequeño bombón de menta. Se lo da a Galina. Nos encontraremos luego otras veces este gesto, la señal secreta del movimiento por la libertad.

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Hay una frutería junto al bazar, con unos jóvenes dependientes delante. Mientras esperamos ante el paso de peatones, uno de ellos toma veinte naranjas y nos da una a cada uno. Es pura amabilidad.

«El Señor Dios plantó un jardín en el oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. En medio del jardín estaban el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Un río salía de Edén para regar el jardín, y de allí se dividía en cuatro brazos. El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara.» (Gen 2:8-15)

Si ocurrió así, el primer hombre hablaba persa. Ese «jardín» es פרדש pardes en hebreo. Viene del antiguo persa pairi-daêza, «rodeado por un muro». ¿Por qué un jardín debía estar rodeado por un muro? Para que los animales del desierto no entren a pastar ni a beberse el agua. En realidad, el pairidaêza necesariamente se encuentra en el desierto, en el desierto persa, cuyo suelo es muy fértil debido a millones de años de aluviones, pero carece de agua para hacerlo productivo. Esta agua la han traído desde las montañas los persas y sus predecesores mediante largos canales subterráneos abovedados, los llamados qanats, durante muchos miles de años. El qanat es el «río que nace en Edén», que brota en forma de fuente en medio del jardín y se divide en cuatro brazos, partiendo el jardín en cuadrantes. Esta estructura, el hortus conclusus dividido en cuatro partes, vista por primera vez por los judíos cautivos en el desierto persa, ha sido el arquetipo del jardín en el mundo europeo e islámico desde entonces.

El pairidaêza más antiguo conservado es el Jardín de Fin, Patrimonio de la Humanidad, cerca de Kashan, construido por el sah Abás I en 1590. Su «río» es traído desde la cercana colina de Sialk a través de un qanat, emerge en medio del jardín y se divide en cuatro canales, que luego se reúnen fuera del jardín y fluyen entre las mesas de las casas de té alineadas junto al camino. Pero las encantadoras escenas casi rococó del pabellón del jardín, imitando la loza de Delft, son un siglo y medio posteriores. Ruiseñores conversando con rosas (gol va bolbol), príncipes kayar, motivos geométricos.

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Nos encontramos con una clase de chicas. Se hacen fotos con alegría y charlan con nosotros. «¿Hay covid en vuestro país?», preguntan. «Lo había, pero ¡puf! voló», les digo. «¿Y aquí?». «No sabemos, el gobierno no dice nada al respecto.» Más tarde leo que el nivel de vacunación de la población iraní es del 81%.

Una joven pareja kurda de Kermanshah pasa junto a nosotros. El hermoso cabello suelto de la chica no lo cubre ningún pañuelo pero nadie dice nada en el jardín. A la salida pregunta a las mujeres húngaras: «¿Por qué lleváis pañuelo?» «Porque si no, nos expulsarían del país.» «Nosotras debemos llevarlo», dice ella, «es algo muy malo contra nosotras.» Otra pareja casada oye la conversación e interviene: «No, es bueno para nosotras.» Dejamos con tacto que continúe el debate religioso.

«El pañuelo y la pureza garantizan la perdurabilidad de la belleza y la virtud.» Escrito a mano sobre este cartel de la policía moral aparece el nombre de Mahsa Amini, asesinada a causa del pañuelo. Según los locales, un cartel con el lema de las protestas: «Zan, zendegui, âzadi» – Mujer, vida, libertad – se pega cada noche encima del cartel, y es retirado por la policía cada mañana.

Mi amigo armenio cristiano parece estar totalmente de acuerdo con el mensaje del cartel de la policía moral [¡ES BROMA!!!]

Un cartel en solidaridad con Irán en la puerta de una tienda de disfraces en Venecia, una semana después de nuestro viaje. La imagen es una caricatura de Marjane Satrapi, la autora de Persépolis: una mujer iraní peinándose con unos mulás como piojos. El pie de foto es un juego de palabras: «Con las mujeres que están desencadenando la ira de Dios» (pero en lugar de «ira» dice Irán)

El bazar de Kashan ha estado en construcción continua durante mil años. En su rica y compleja estructura están presentes elementos de las épocas selyúcida, safávida y kayar. Su parte más hermosa es el enorme caravasar, o más bien plaza, llamado Timche-ye Amin od-Dowle, construido en 1863 por el gran arquitecto de Kashan Ustad Ali Maryam, con una piscina en el centro rodeada de pequeñas tiendas de alfombras y antigüedades, cafés y más plazas. La tienda de alfombras Zhee tiene una oferta de una calidad asombrosamente alta –casi de museo– a precios sorprendentemente bajos. En el centro de la exposición hay una gran alfombra de la época de la guerra afgano-soviética, con tanques, helicópteros y soldados soviéticos mutilados. «Esta no está a la venta», dice el joven vendedor, «normalmente la prestamos a exposiciones».

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Las familias mercantes de Kashan que construyeron las tiendas y caravasares del bazar, así como las ricas casas mercantiles de la ciudad vieja alrededor del bazar, se fueron hace tiempo, ya sea a la capital o al extranjero. Cuatro o cinco de sus casas se han convertido en museos, pero la mayoría de las otras están abandonadas y echándose a perder. Mi amigo Mehdi invirtió esta tendencia al renovar la hermosa Casa Kamal-ol-Molk como casa de huéspedes hace quince o veinte años. Gracias al éxito de aquella casa de huéspedes, muchos otros siguieron su ejemplo y ahora ochenta de las casas antiguas más bellas de Kashan tienen su nueva oportunidad de vida como casas de huéspedes. Sin duda que otras tantas podrían resucitar igualmente.

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Y es en algún lugar de aquí, en el laberinto de casas comerciantes, en el bosque de rostros muy sencillos y amables, donde Dios vive en una pequeña casa de adobe

En Irán, el dinero tiene tan poco valor que casi nunca se usa efectivo porque habría que llevarlo en una mochila para hacer la compra. Tampoco lo guardan en las tiendas. Cuando pagas en efectivo, el cambio te lo dan en chocolate o bolígrafos. Los tiempos idílicos sobre los que escribí en la entrada El billete persa han pasado. Hoy, una taza de buen café cuesta trescientos mil riales, el equivalente a un euro. El país ha pasado casi completamente a pagos con tarjeta. Sin embargo, solo los iraníes pueden obtener una tarjeta, y nuestras tarjetas bancarias no son válidas aquí. Los extranjeros aún deben conseguir efectivo pero resulta que los bancos ya casi no tienen. Mehdi pasa toda una tarde reuniendo suficientes riales de un número desconocido de bancos para que cada uno de nosotros reciba al menos cien euros. Por la tarde, cocinamos y cenamos en casa de la familia de un amigo. El envío de dinero llega allí. Lo vertemos en un gran montón en medio de la habitación y lo contamos.

Nuestros lectores escribieron que hay una forma para que los extranjeros obtengan una tarjeta de pago iraní, la Mah Card. Lo intenté, no funcionó en absoluto. Me registré, prometieron traerla al hotel, pero no vinieron, y desde entonces no han respondido a ningún correo.

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Neftalí, Simeón y menorá: baldosas judías en una tienda de antigüedades en Kashan, junto a la Casa Histórica Ameri. La población judía de Kashan, esta importante ciudad comercial de la Ruta de la Seda, también llamada «la pequeña Jerusalén», fue particularmente importante hasta la revolución islámica de 1979, cuando algunos emigraron y otros se mudaron a las grandes ciudades. En el siglo XVII, algunos de ellos fueron islamizados por la fuerza. Muchos de los grandes ayatolás actuales reconocen su origen judío. Ya he escrito sobre los judíos iraníes antes, y continuaré haciéndolo más adelante.

La Casa Tabatabaei de Kashan es una de las famosas casas mercantiles de la ciudad. Fue construida hacia 1840 por Seyyed Jafar Tabatabaei, un rico comerciante de alfombras de la Ruta de la Seda, con el mayor arquitecto de Kashan de la época, Ustad Ali Maryam, quien también construyó la plaza Timcheh-ye Amin od-Dowleh en el bazar que acabamos de ver. La casa está organizada como un conjunto de pequeños patios a ambos lados cortos del patio mayor, con un gran estanque y dos arcos (eivanes) abiertos al patio. Las paredes están ricamente decoradas con estuco y mosaicos de espejo típicos de la época kayar.

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Cuando Mehdi Borujerdi pidió la mano de la hija de Seyyed Jafar Tabatabaei, su futuro suegro le mostró la casa que acabábamos de ver y le dijo: «ves, mi hija está acostumbrada a esto». Borujerdi no solo era un comerciante rico, sino también inteligente, y entendió la indirecta. En 1857 construyó la casa mercantil más prestigiosa de Kashan con el mismo Ustad Ali Maryam. Esta casa es más pequeña que la de su suegro, pero su decoración –diseñada por el principal pintor de la época, Kamal ol-Molk, también de Kashan pero al servicio de la corte kayar– es mucho más sofisticada. En los estucos y pinturas murales aparecen una y otra vez símbolos y motivos de la monarquía y del ejército, ya que Borujerdi era proveedor de la corte y del ejército. El salón de recepción está decorado con imágenes del sha Naser ad-Din y sus dos hijos. Los rostros del sha y del heredero al trono se dejaron en blanco, lo que alude a la representación respetuosa obligatoria de Mahoma y su familia, halagando así al sha.
 

El salón de recepción también tiene cuatro relojes de cuco hechos de estuco, algo habitual en el arte persa del siglo XIX, que sustituía a los relojes reales importados de Occidente, mucho más caros.

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La tercera casa mercantil más famosa de Kashan, la Casa Âmeri, fue construida por Âmeri Khan, el gobernador de Kashan, en la segunda mitad del siglo XVIII. Por tanto, es la más antigua de las tres y también sirvió como modelo para la Casa Tabatabaei. La enorme casa de siete patios ha sido bellamente restaurada como hotel y café exclusivos.

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El baño público de la época safávida (siglo XVI) en la ciudad vieja de Kashan lleva el nombre de un descendiente (imamzadeh) del imán Sultán Amir Ahmad, cuyo mausoleo está cerca. A la magnífica sala octogonal de vestuarios le sigue una sala rectangular de baños con varias cámaras menores a los lados. En el tejado, las cúpulas con claraboyas se alzan una junto a la otra, recordando a Gaudí.

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El Museo de Marionetas de Kashan está en una casa de comerciante más pequeña cerca de las otras casas históricas. En Oriente, el teatro de marionetas del mercado no solo es un medio para entretener al pueblo, niños y adultos por igual, sino también quizá el único género tolerado de sátira política pública. Una marioneta no puede ser decapitada por decir que el pachá roba o que el padishá pierde batalla tras batalla. Esta tradición permitió a Rezo Gabriadze dirigir un teatro de marionetas clandestino en Tiflis en los años ochenta, caricaturizando los vicios del sistema soviético. Y esto explica las muchas marionetas, espléndidamente simples, de soldados, kanes y funcionarios en este museo.

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En la mañana del 15 de diciembre de 1778, exactamente 187 años antes de que yo naciera, Kashan fue sacudida por un fuerte terremoto, una rareza en esta región al margen de los grandes movimientos geológicos. Los edificios principales quedaron en ruinas. Aparte de algunos fragmentos anteriores, la historia arquitectónica de Kashan comienza por tanto en el siglo XIX, que aquí es una época de riqueza, innovación y desarrollo, mientras que en otras ciudades de Irán lo es más bien de decadencia. Los edificios están marcados por la nostalgia de las construcciones perdidas de siglos anteriores. Están llenos de motivos de la era safávida, aunque realizados de manera más simple y rápida, por ejemplo, con estuco o azulejos coloreados en lugar de piedra tallada. Así son las casas mercantiles que ya hemos visto, pero también la Gran Mezquita Agha Bozorg, que fue construida por el rico comerciante Hajj Mohammad Taghi Khanian como mezquita principal de Kashan entre 1834 y 1849. Agha Bozorg, es decir, el Gran Aga, el famoso predicador y maestro de la mezquita, era su yerno. El patio de la mezquita, como el de la mayoría de las casas mercantiles, se rebajó dos niveles para que la tierra lo enfriara en el clima local seco y caluroso. Los encantadores rostros de muchachas en los arcos ocultos al fondo de la mezquita probablemente fueron rayados por jóvenes estudiantes clérigos. Bajo los arcos que dan a la calle, la población local busca refugio del calor.  

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Irán es como una gran bandeja rodeada de altas cadenas montañosas. Las nubes descargan su peso en el borde y no llegan al centro. El agua desciende por las pendientes pero va a morir en el desierto que cubre todo el centro del país. Las ciudades históricas se establecieron en los bordes del desierto, donde se podía obtener el agua de las montañas con el sistema de qanats, y los caminos que las conectan tienen las montañas a un lado y el desierto al otro. Solo comerciantes y nómadas aguerridos cruzaban la extensión desértica de ochocientos kilómetros de ancho. Ya he escrito sobre el desierto persa con fotos de Nasrollah Kasraian, pero ahora nosotros mismos nos hemos aventurado al menos veinte kilómetros tierra adentro para ver las dunas de arena, las celdas blancas y crestadas de los lagos salados estacionales y las palmeras datileras que ahora están en flor.  

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Cena en el restaurante tradicional Mozaffer, junto a las casas mercantiles de Kashan. Seis tipos de kebab (alitas de pollo, kubideh = cordero picado, bakhtiari = pollo y cordero mixtos, pollo, cordero, soltani = cordero especiado), dizi (judías con cordero), tah dig (arroz que queda en el fondo de la olla, frito con huevo). 

Ya he escrito en detalle sobre Abyaneh, el pueblo rojo escondido en las Montañas del Buitre. Ahora lo visitamos de nuevo. El pueblo, con su lengua medio persa de hace mil quinientos años, sus tradiciones zoroástricas y sus trajes populares coloridos, es un destino del turismo nacional iraní, pero ahora no hay ni un solo visitante aparte de nosotros. Los iraníes tienen cosas mejores que hacer y los extranjeros han sido disuadidos por los informes apocalípticos de la prensa sensacionalista occidental. Los ancianos del pueblo –los jóvenes se han mudado todos a la ciudad– nos reciben con una alegría inusual. A la entrada del pueblo van rápidamente a por una bolsa de manzanas o de jalea de granada, pero cuando llegamos al final todas las pequeñas tiendas están ya abiertas esperando compensar los ingresos perdidos durante el covid y las protestas.

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Abyaneh tiene dos Grandes Mezquitas. Una es pública, y ya he escrito sobre ella.La otra está reservada a los residentes del pueblo. Solo ellos pueden entrar y solo en las festividades. He estado muchas veces en Abyaneh, ahora conseguimos verla por primera vez.

Aparte de puerta de época safávida, ricamente tallada, pintada y chapada en cobre, prácticamente no hay otra decoración en la mezquita. Sus vigas del techo las sostienen unas simples columnas de palmera datilera, solo sus capiteles y los cuadrados del techo están tallados. Precisamente esta simplicidad es lo que nos fascina, junto con la luz que se derrama desde arriba y por las pequeñas ventanas en el austero interior oscuro de la estructura de madera. En uno de los pilares, nombres y palabras talladas. Puedo leer el de Mohammed, quizá también comienza un alhamdulillah, lo demás solo Alá lo sabe.

Pero lo que más impresiona es una pequeña puerta que se abre en la pared lateral de la mezquita, tan pequeña que hay que agacharse para entrar. Luego una escalera desciende a una habitación aún más austera, aún más arcaica, con columnas y vigas. Este fue el templo zoroástrico del pueblo –conocido popularmente, pero de manera equívoca, como «templo del fuego»– hasta la época safávida. Cuando, en el siglo XVI, el islam llegó por primera vez a este pueblo cerrado entre montañas y olvidado durante mil años, se insertó un mihrab repujado en cobre en la pared del templo y se colocó un mimbar de madera tallada a su lado. Pero luego se construyo encima la mezquita actual, y después del breve intermedio islámico, el templo del fuego sigue soñando con Ahura Mazda su sueño de Bella Durmiente.

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Continuará


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