El calendario pascual sardo resulta extraño para un católico del norte. El Viernes Santo no hay Pasión, sólo un Descendimiento de la Cruz al anochecer. El Sábado Santo no hay absolutamente nada, sólo espera, y en la mañana del Domingo de Pascua tiene lugar el encuentro entre Cristo resucitado y su madre, que se celebra en la plaza mayor de cada pueblo y ciudad.
La ceremonia del encuentro, s’incontru, se celebra quizá de la manera más tradicional en Oliena, de la que escribí exactamente hace siete años. El trasfondo sonoro y ambiental lo ponen los descendientes de los bandoleros de Oliena, que se colocan en las azoteas desde primera hora de la mañana y disparan salvas. En ello se puede ver el ruido ahuyenta-males del Carnaval, o la escenificación de los hombres como valientes seguidores de Cristo, pero quizá sobre todo una magia fálica de fertilidad. Un cambio interesante (porque la tradición también cambia) es que, mientras hace siete años se disparaba desde cada azotea y balcón en todo el pueblo para subrayar la autoridad de cada clan, hoy esto se limita a la galería porticada de la iglesia de Santa María en la plaza mayor, de modo que se ha convertido en un acto puramente comunitario, organizado específicamente en honor de s’incontru.
En el lapso entre el descendimiento de la cruz y la mañana del domingo, la estatua de María ha estado esperando en la iglesia de San Francisco, y la de Jesús en la de la Santa Cruz, de donde las sacarán en procesión hacia el encuentro después de las diez de la mañana.
Nos infiltramos en la iglesia de la Santa Cruz, donde los chicos y chicas con trajes tradicionales que formarán la procesión están bailando. Hace siete años cantaban canciones sardas a cuatro voces como preparación. Hoy simplemente reparten pastas y se arreglan mutuamente la indumentaria antes del gran momento.
Nuestra procesión llega a la esquina de la plaza mayor antes que la de María. Nos detenemos y esperamos.
Por fin aparece la procesión de María en la esquina opuesta de la larga plaza. Entra sin detenerse porque debe recibir allí a Cristo resucitado. Nuestra procesión también se pone en marcha. Cuando ella pisa la alfombra de lavanda silvestre en flor que han extendido sobre la plaza, los hombres y mujeres con trajes tradicionales apostados en fila a ambos lados se suman tras ella para ser los primeros testigos del encuentro entre madre e hijo. La campana repica en la torre de la iglesia de Santa María. Los bandoleros disparan sus armas.
Después toda la comunidad avanza en dos filas hasta la antigua iglesia jesuítica de San Ignacio, donde la misa solemne ha comenzado al tañido de las campanas durante el encuentro.
Es curioso que en la misa haya apenas fieles con traje tradicional. Tienen que lucirse fuera. Quienes visten el traje típico se dispersan por la calle de la iglesia y la cercana plaza Aldo Moro, se saludan, se dedican brindis entre ellos dentro y fuera de los bares, acarician a los niños ajenos, posan y hacen fotos, se maravillan de la belleza de los demás y de la suya propia. Y se alegran de que los forasteros les hagan fotos y lo agradecen con una sonrisa sincera. Los niños también practican todo esto con naturalidad. Nadie aparta la cara de la cámara, todos dan por hecho que, con este traje, les toca representar la identidad común. De individuos, pasan a convertirse en componentes de un espectáculo ritual creado entre todos. Juntos exhiben y refuerzan la identidad tradicional y la cohesión del pueblo, tanto para sí mismos como para el observador externo.
Acabada la misa las mujeres empiezan a ofrecer pastas y vino a todos los presentes. Una muchacha con un acordeón se sienta en la plaza Berlinguer, y comienza la danza en corro. Poco a poco se suma todo el mundo, lleve traje tradicional o no. Esta danza en círculo es tan importante para las comunidades sardas tradicionales que ya aparece en la disposición de sus menhires milenarios, y probablemente bailaban alrededor de ellos del mismo modo para experimentar la comunión con los muertos.
Hacia la hora de comer, la comunidad empieza a dispersarse. Al cruzar de vuelta la plaza mayor, cada cual se lleva un ramillete de la lavanda silvestre con las huellas de María y de Jesús marcadas en ella.


















Add comment