Ashura es la festividad más espectacular de Irán. En este día, los chiíes conmemoran la sangrienta batalla de Kerbala, cuando, en el año 680 d. C., el califa usurpador Yazid masacró al legítimo guía del islam, el nieto de Mahoma, Hosein, junto con setenta de sus compañeros. Entonces se dividió el islam en dos ramas: los suníes, que continuaron el califato, y los chiíes desposeídos, y fue también entonces cuando, según estos últimos, el gobierno de la Umma tomó definitivamente el rumbo equivocado.
Pero para los iraníes, mayoritariamente chiíes, esta conmemoración, al menos en la práctica, no consiste tanto en un duelo como en el fortalecimiento de los vínculos comunitarios mediante la preparación y vivencia conjunta de los ritos festivos, la reunión de parientes y compañeros de trabajo, cocinar juntos en los fogones de la mezquita para miles de personas y compartir la comida. En estos días, las comunidades también se abren al extraño –nadie puede quedarse solo en este día–, te invitan a entrar, te hacen preguntas, te dan de comer y muestran su bondad fundamental de un modo evidente. Por eso es una experiencia especialmente buena venir a Irán durante la Ashura, como han contado entusiasmados los huéspedes que han viajado conmigo para estas fiestas en los últimos años.
Sin embargo, como Ashura llega cada año dos semanas antes que la anterior, y ha ido deslizándose ya hacia los meses de un calor veraniego extenuante, no organizaré grupo de viaje para esta festividad hasta que vuelva a caer en los meses suaves de primavera. Yo, sin embargo, echo de menos la fiesta. Por eso este año Wang Wei y yo quedamos en venir en estas fechas, solo nosotros dos.
El primer objeto significativo que vemos desde el avión al salir de Bruselas es la sede de la OTAN. Después ya casi no vemos nada, porque Europa está en gran parte cubierta de nubes que solo se abren de vez en cuando mostrando de vez en cuando los ríos serpenteantes: ¿reconocéis alguno? Cuando ya sobrevolamos Irán, solo brillan en la oscuridad las redes viarias de las ciudades, como las constelaciones de una galaxia desconocida.
Recogemos el coche en el aeropuerto de Teherán al amanecer y ponemos rumbo a Kashan, a doscientos kilómetros de distancia. El amanecer nos alcanza, igual que el pasado noviembre, a los pies de las Montañas del Buitre.
A las ocho de la mañana, las calles de Kashan están casi desiertas. Sin embargo, ya lucen la decoración festiva: banderas rojas y negras que remiten a la sangre y al luto, así como sentencias piadosas y carteles con los símbolos de los mártires de Kerbala y la imagen de la Gran Mezquita de Kerbala. A menudo las banderas incluyen retratos de personas del lugar fallecidas en los últimos años. Delante de las mezquitas yacen los «dátiles», es decir, los ataúdes simbólicos de Hosein, que mañana serán llevados en la gran procesión. En la plaza mayor, algunos madrugadores fijan las inscripciones del escenario festivo.
Cuando salimos a pasear por el casco viejo, ya avanzado el día tras dormir un par de horas, asistimos a uno de los ritos preparatorios más importantes de la festividad: el sacrificio del animal para la cena delante de la mezquita cercana. De una vaca así se preparan tres mil raciones de pilav, arroz con verduras y carne, en el que apenas habrá carne, solo el sabor de su jugo. El hermoso animal es sacrificado en el matadero improvisado al modo halal, es decir, desangrándolo y luego descuartizándolo en cuestión de segundos por manos expertas. La operación la dirige el cocinero de la mezquita, que tiene una pierna rota, sentado en una silla, dando órdenes con pocos movimientos, como un padrino. El público, sobre todo los niños que corren de acá para allá y a quienes les llamamos mucho la atención, contemplam la escena embelesados.
La fiesta se expande desde los rincones del bazar y se concentra en una gran pulsación en los grandes espacios de los corredores y, al día siguiente, en las calles principales de la ciudad.
El bazar de Kashan es un corredor cubierto por una hilera de cúpulas a lo largo de todo el ancho del casco viejo, al que se conectan muchos otros corredores más pequeños, caravasares, tiendas y patios. Los miembros de un gremio o de un oficio se reúnen en una de estas tiendas o en los patios más amplios y luego salen al tramo de corredor que tienen delante para comenzar su propia ceremonia. El cantor –por así decir– entona por el altavoz las canciones de texto sencillo y largo estribillo sobre Kerbala, el heroísmo de Hosein y sus compañeros, el respeto que les profesamos y el dolor de su madre y de todos nosotros con ella. Los demás cantan con él, alzan las manos y se golpean el pecho al ritmo del canto.
Después, la procesión avanza hacia el magnífico caravasar o más bien plaza de Timche-ye Amin od-Dowle, en el extremo occidental del bazar, donde cada grupo tiene una hora fijada para su actuación. Es el término más adecuado para una ceremonia en la que los cantores «rapean» en el escenario y sus seguidores balancean los brazos al ritmo de la canción: levantan los brazos por encima de la cabeza, se golpean el pecho, luego los bajan, una y otra vez.
Cuando en las televisiones occidentales se muestran de vez en cuando fragmentos de la ceremonia de Ashura, por lo general intentan transmitir la impresión de una multitud fanática. En mi experiencia personal, nada hay de fanático en estas ceremonias. Cualquier afición futbolística es más fanática. Y, desde luego, es mucho más trágica la Semana Santa sevillana, por ejemplo. Esto se parece más a los bailes en un concierto de festival. Tras el canto y el «baile», los participantes se dispersan para tomar un té, con gesto satisfecho y conversación alegre. Se dejan fotografiar encantados, incluso te invitan a hacer fotos, y al final hasta te dan las gracias por ello.
Una novedad es que el retrato del general Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria responsable de las operaciones militares fuera de Irán, muerto por un ataque selectivo de un dron estadounidense en Irak en enero de 2020, cuelga en el lugar más importante del escenario, en medio de los dos grandes ayatolás Jomeini y Jamenei. Como líder de la lucha de Irán contra el Estado Islámico, Soleimani era extremadamente popular en el país, y su asesinato fue condenado no solo por el régimen, sino por la mayoría de la población. En esta Ashura, sin duda por orden superior, ocupa el centro de la escena, como si asumiera el papel de Hosein como mártir, metiendo de oficio a Estados Unidos en el papel del califa malvado Yazid.
En estas imágenes se nota ostensiblemente la ausencia de mujeres. Son los hombres quienes llevan a cabo las celebraciones. Pero las mujeres también están presentes, se reúnen en las tiendas y talleres. Ahora somos solo dos hombres, así que no habría sido apropiado que entrásemos, por eso faltan en las fotos. Pero cuando hay mujeres con nosotros, siempre invitan a entrar a todo el grupo, nos dan de comer y entretenemos enseguida a los niños.
Un disidente en la ceremonia de Ashura. Cuando le pido permiso para hacer la foto levantando la cámara y asintiendo, sonríe, sabe por qué le fotografío.
En los pasillos del bazar, en las calles, en los patios de las mezquitas y a su alrededor, en todas partes ofrecen algo: té, refrescos, pasteles, chocolate, melones. Las mezquitas montan sus propios puestos de refrigerio en la entrada y en las esquinas cercanas. Una parte integral de la fiesta es que la gente se encuentre en estos puestos, coja un té o un refresco, intercambie fórmulas de cortesía durante largo rato mientras lo bebe, y luego siga su camino. Un elemento fundamental de la comunicación pública persa es que, cuando las personas se encuentran, se dirigen una serie de gestos cálidos y respetuosos. Cuando llegas al final de la calle, has recibido tantos gestos de este tipo que necesariamente te sientes bien y en tu lugar en el mundo. Este rito y este sentimiento contribuyen en gran medida al mantenimiento de la salud social en un mundo tan amenazado por todos los flancos como la vida del pueblo iraní. Y a ti, forastero, también te incluyen en ello. En cada puesto nos invitan, nos ofrecen comida y bebida, hacen preguntas, intentan encontrar un terreno común. No es difícil con Wang Wei: «De dónde eres». «De España». «Ah, ¡Barça, Messi!». Parece que todo el mundo conoce Cataluña, Barcelona y Messi. Los pocos hinchas del Real Madrid presentes son abucheados en común.
Cocinando arroz dulce con azafrán en el patio de una casa privada, junto a una mezquita. Es un entretenimiento masculino tan estupendo como cocinar un gulash en una fiesta húngara de jardín o la paella mediterránea de los domingos. Y aquí no hace falta vino para estar de buen humor.
Los puntos culminantes de la ofrenda son las comidas: al mediodía y a la noche. Por la mañana se han sacrificado animales en cada mezquita con los que se cocinarán en dos turnos miles de raciones de arroz con verduras y carne. Se reparten en recipientes de porexpán entre la comunidad de cada mezquita y a cualquier transeúnte que se acerque. La gente o bien lo come allí mismo, charlando, o bien se lo lleva a casa. Uno puede llevarse cuanto quiera –los hay que cargan siete u ocho recipientes– y nadie dice nada. Probablemente saben cuán grande es su familia. Este gesto de caridad es tan ilimitado que, siempre que traigo un grupo para Ashura, nos plantamos sin dudarlo quince o veinte personas delante de la cocina de una mezquita, y nos dan de comer encantados. Nos viene muy bien, entre otras cosas, porque esos dos días todos los restaurantes están cerrados. La primera vez que vinimos, los veinte europeos hambrientos delante de la cocina de una mezquita causamos tal revuelo que la televisión de Kashan vino a entrevistarnos.
El sentido de Ashura y de otras fiestas chiíes se parece mucho al de las festividades judías: «Intentaron matarnos, pero no lo lograron, ¡así que vamos a comer!». En una de nuestras visitas de Ashura, después de la cena, el mulá local nos invitó a todo el grupo a la mezquita, con los fieles que velaban aquella noche, y me preguntó: «Agha Tumas, ha venido usted a Ashura varias veces. ¿Qué ha aprendido del comportamiento del Imam Hosein y de sus compañeros?» A lo que respondí: «Aún tengo que profundizar más en el comportamiento de Hosein y sus compañeros. Pero esto es lo que he aprendido del comportamiento de los persas. La mayoría de los países del mundo celebran un acontecimiento glorioso como fiesta nacional: el día de la independencia, la victoria sobre el enemigo, una revolución. La fiesta nacional de Irán es una gran derrota. Una derrota que lleva mil quinientos años enseñando a los persas que de toda derrota se puede levantar uno». Más tarde, mis amigos iraníes menos religiosos, que también estaban presentes, me dieron las gracias por haberles hecho la fiesta significativa.
Y otra historia: estoy sentado en un callejón abovedado de Yazd. Ante mí pasan, desde la mezquita cercana, tras la larga ceremonia posterior a Ashura, mujeres, hombres y niños vestidos de negro, llevando en un recipiente de plástico la comida festiva gratuita distribuida en la mezquita, una especie de potaje o más bien puré de guisantes. Los miro pasar. Se acerca un hombre bajito, joven y sin embargo impedido, con una mujer muy joven –tal vez su esposa, tal vez su hija– y un niño pequeño detrás. Lleva dos cuencos de plástico en las manos. Justo estoy pensando cuánto necesitará esa comida gratuita cuando pasa delante de mí, me sonríe y me ofrece uno de los dos cuencos: «Befarmâid», por favor. Le devuelvo la sonrisa y me inclino un poco, con la mano en el pecho, en señal de rechazo cortés: «Motshakkeram», muchas gracias. Él asiente y siguen su camino.
En las fotos de abajo, el cocinero de la mezquita de mi amigo Mehdi nos muestra orgulloso la cocina donde se preparan cinco mil comidas cada uno de los dos días de la fiesta.
Los ganadores absolutos de la fiesta son los niños. Si vienen con sus padres, están en el centro de la compañía, pero en su mayoría incluso los más pequeñitos se independizan, andan juntos, visitan los puestos y organizan sus propias pequeñas procesiones. También se relacionan con valentía y espontaneidad con los desconocidos.
El primer día —preparatorio— de la fiesta, Tasuʿa («el noveno», porque es el noveno día del mes islámico de Moharram), va llegando a su fin. En la mayoría de las mezquitas realmente no termina porque los fieles imitan a Hosein y a sus compañeros, que velaron y rezaron toda la noche antes de la batalla del día siguiente. Esto es lo que hacen en las mezquitas y en muchas casas privadas: se turnan cantando y escuchando a los narradores que van de casa en casa relatando con todo lujo de detalles la batalla y el martirio de los héroes..
A primera hora de la mañana siguiente salimos hacia las Montañas del Buitre, a la ciudad histórica de Abyaneh, donde queremos participar en la gran celebración de Ashura (Ashura = «el décimo»). Atravesando el laberinto del casco viejo de Kashan en dirección al coche, nos vemos envueltos en el ritual matutino de una mezquita. Nos invitan a un refresco con hielo. Si la procesión de ayer era de hombres, la ceremonia matinal es sin duda de mujeres, que acuden a la mezquita desde todas direcciones sobre las ocho. En el patio, tocan y besan el ataúd simbólico de Hosein, luego entran en la mezquita, donde suenan las mismas canciones que cantaban anoche los hombres, aunque esta vez interpretadas por mujeres.
Cuando llegamos a la carretera principal, somos testigos de un maravilloso flashmob. En la calle todavía desierta se detiene de golpe un camión lleno de hombres vestidos de negro, luego otro y otro. Saltan al suelo, se alinean y comienzan la ceremonia de duelo por Hosein. Cinco minutos después vuelven a saltar a las cajas de los camiones y, como si nunca hubiesen estado allí, la calle vuelve a quedar vacía.
El segundo día de la fiesta de Ashura, el día propiamente dicho, está dedicado al recuerdo del martirio de Hosein y sus compañeros en Kerbala. El símbolo más importante es el nakhl, el «dátil», el ataúd simbólico de Hosein, una gran estructura de madera en forma de dátil, recubierta de sudarios de luto, que se transporta mediante unas angarillas cuyos mangos sobresalen por delante, detrás y a los lados. Mientras que el día anterior, preparatorio, la conmemoración tenía lugar en pequeños grupos, en espacios cerrados –el bazar, las mezquitas y los hogares–, hoy toda la comunidad sale a la calle y recorre el centro de la ciudad en una enorme procesión conjunta. La procesión de Ashura tiene su propia tradición específica en cada ciudad. Ya hemos estado varias veces en Kashan. Esta vez vamos a participar en la de Abyaneh.
He escrito varias veces sobre Abyaneh, el Pueblo Rojo escondido en el corazón de las Montañas del Buitre: primero un resumen, luego un breve informe sobre nuestra visita al complejo de mezquita y templo zoroastriano, cerrado a los extranjeros, y una vez específicamente sobre las celebraciones de Ashura en el pueblo, con fotos de fotógrafos iraníes. Ahora por fin queremos ver esta colorida festividad con nuestros propios ojos.
Abyaneh lleva años cerrada a los extranjeros en este día. Solo los habitantes del pueblo y sus descendientes pueden entrar y participar en la ceremonia, preservando así la intimidad de la fiesta. Pero cualquiera puede reservar una habitación en los dos hoteles locales para este día. Lo hicimos con suficiente antelación, y enseñamos la reserva a los policías que custodian el control improvisado en la carretera de montaña que sube desde la carretera de Natanz hacia Abyaneh.
Mientras subimos por el valle, desde la ladera de la montaña nos encara una fortaleza imponente. Es la fortaleza de Hanjan, construida por los gobernadores sasánidas para proteger el valle. Una verdadera fortaleza de El desierto de los tártaros –por cierto, Zurlini rodó la película El desierto de los tártaros en una fortaleza iraní similar–: ha protegido con firmeza el valle del enemigo durante mil quinientos años, pero el enemigo nunca ha querido venir. Los árabes que conquistaron Persia no imaginaron que pudiese haber nada de interés en la montaña árida que se alza en medio del desierto, así que no penetraron en el valle durante mil años. Durante siglos, los habitantes la mantuvieron en buen estado, la usaban para almacenar sus cosechas y proteger los objetos de valor, pero empezó a arruinarse tras la Revolución Islámica. Por desgracia, este fenómeno es muy común en Irán. Siguen en pie por todo el país muchos miles de fortalezas similares, pero se las declaró símbolo del régimen caído y nadie las cuida. Como están hechas de barro, bastan unas pocas décadas para que el legado de dos mil años se desmorone en polvo. Parece que la gente de aquí está empezando justo ahora a restaurar las ruinas de la fortaleza de Hanjan: con ladrillos y hormigón en lugar de las técnicas tradicionales, pero al menos no se perderá. En la plaza mayor del pueblo cercano de Hanjan, el monumento rústico y el cartel islámico que exhorta al uso del velo señalan el estándar cultural actual.
Ya nos cruzamos con una procesión antes de llegar a Abyaneh. En la carretera de acceso al pueblo anterior, Tareh, se alza sobre un elevado pedestal un caza bombardero de tiempos de la guerra entre Irak e Irán. En el zócalo hay fotos y nombres de los hombres del lugar que perdieron su vida sobre todo en la fuerza aérea. El monumento se llama oficialmente «Museo conmemorativo de los mártires de Tareh». La procesión de Ashura del pueblo comienza allí, enlazando la memoria de los antiguos mártires con la de los años ochenta, igual que en todo Irán. Me encantaría hacer fotos de ellos junto al avión, pero cuando conseguimos parar y bajar del coche, la procesión ya ha comenzado a descender hacia el pueblo.
En Abyaneh han montado el puesto de té en la calle principal. La gente del pueblo se sienta a su alrededor y charla. Aunque solo hay cuatrocientos residentes permanentes, quienes viven en Isfahán, Teherán e incluso en el extranjero regresan al pueblo para esta festividad. Hablamos con personas cuyos padres ni siquiera nacieron aquí, pero que desde la infancia vuelven cada año a todas las grandes fiestas y mantienen viva la imagen de la población virtual y la casa de los ancestros; por eso el patrimonio edificado del pueblo no se deteriora de forma significativa a pesar de los pocos y envejecidos habitantes. En estas ocasiones también suelen vestir el traje local: los hombres, amplios pantalones rectos de seda negra; las mujeres, faldas estampadas y un pañuelo blanco salpicado de rosas, vestigio del antiguo atuendo zoroastriano. Además de té, vuelven una y otra vez ofreciendo refrescos, chocolates y trozos de sandía.
Abyaneh no tiene una, sino dos procesiones. Los hombres adultos llevan un gran dátil, el ataúd de Hosein, seguido de otro pequeño —pero pesado— que portan los niños. Por la mañana, parece que los pasean arriba y abajo solo por una calle estrecha del casco viejo a modo de calentamiento y espectáculo, acompañados por grupos que cantan las canciones de Ashura. Por la tarde, sin embargo, se les une también el «ejército de Hosein», una gran decoración metálica cuyas plumas individuales simbolizan a los soldados. La llevan los hombres por turnos, seguidos de una procesión de autoflagelantes. Hasta el siglo XIX era un culto bastante sangriento, pero hoy ni siquiera el creyente más fervoroso puede hacerse ningún daño con el pequeño látigo simbólico. Los dátiles y el ejército empiezan a la una de la tarde aproximadamente a rodear el casco viejo y sus alrededores. Es una visión extraña ver cómo el ataúd de Hosein avanza oscilando por las callejuelas, como un elefante con su cuidador en la silla. Mientras tanto, los miembros de cada familia reparten las habituales golosinas a todos los presentes.
El «ejército» y las paredes de las casas se decoran con retratos de gente próxima que murió a lo largo del año anterior. El cantor también recuerda a estos difuntos en cada parada. Este tipo de identificación con los mártires hace personal la conmemoración para los participantes y les da la oportunidad de expresar su duelo individual y su memoria familiar a través del luto por Hosein.
Al anochecer, todo el pueblo vuelve a reunirse en el centro. La cena se sirve ahora en la cocina de la mezquita. Aquí cada vecino come su ración sentado y charlando con los demás, ya que se ven tan pocas veces. Identifican enseguida al forastero desamparado y nos escoltan en cadena cinco hombres hasta la cocina, donde también nos dan dos raciones. Y nos proporcionan interlocutores. Dos chicos de unos veinte años quieren practicar su bastante buen inglés. Son arquitectos, pero les interesa la historia; de eso hablamos. Es lamentable hasta qué punto el Estado islámico les cierra las fuentes de información. Lo poco que saben de historia mundial lo sacan del juego Assassin’s Creed, y es sorprendentemente correcto. Pero se sienten por completo perdidos ante cuestiones muy básicas, y por tanto se inclinan a simplificaciones, atajos y teorías de la conspiración. La limitada edición de libros y el mísero Internet iraní tampoco ayudan. Más tarde, en algunos museos, jóvenes guías dan muestra de sus conocimientos, y también ahí domina la ausencia de información sólida y la rápida elaboración de grandes conexiones metafísicas. Esto puede dar un impulso al arte, al cine, a la fotografía y a las artes visuales –campos en los que Irán es ahora puntero–, pero pasa factura de todos modos.
«¿Sabes por qué el gobierno iraní coopera con el ruso?», pregunta uno de los chicos a propósito de la guerra ruso-ucraniana actual, sobre la que el régimen guarda silencio y de la que los iraníes saben poco. «Porque ambos son laicos.» Quizá sea comprensible que la noticia de que la dirección soviética atea ha sido sustituida por la ruso-cristiano-fascista no haya llegado todavía a Irán. Pero para llamar laico al primer gobierno teocrático del siglo XXI hace falta la experiencia diaria de la hipocresía del sistema iraní de cooperación nacional. Y hace falta la capacidad de conexión de una imaginación liberada de lastres informativos para encontrar en ambos sistemas un denominador común.
A primera hora de la mañana siguiente, las calles del pueblo están aún desiertas, pero completamente limpias. La enorme cantidad de basura y plástico ha desaparecido, los cubos están vacíos, solo permanecen en los muros las decoraciones de Ashura. Los pequeños flagelos ya están cuidadosamente amontonados en la parte trasera de una furgoneta. Una anciana abre la puerta al oír nuestros pasos en la calle principal. Intenta vendernos un kilo de albaricoques por unas monedas, con éxito..
A diferencia del resto de Irán, donde no se apoyan las lenguas locales, en Abyaneh todo está escrito junto al persa, e incluso por encima de él, en el habla local, cercana al medio persa sasánida de los primeros siglos d. C., que aquí se llama zabân-e Zartosht, la lengua zoroastriana. Puerta es darvâze en persa moderno, y bardarvâzâ en la lengua milenaria.
Queremos visitar el santuario zoroastriano a las afueras del pueblo, entre las montañas. Hace tiempo que sé de su existencia (aunque no figura en los mapas), pero en mis visitas anteriores a Abyaneh nunca había tenido dos horas libres para ir y volver andando. Esta mañana por fin las tengo.
Abyaneh, escondida en medio de las áridas Montañas del Buitre que se alzan en pleno desierto, nunca fue atisbada por los conquistadores árabes, y los habitantes del pueblo tuvieron buen cuidado de no dar señales de vida durante siglos. Así conservaron su lengua arcaica, su vestimenta y su religión zoroastriana. Los primeros predicadores musulmanes –ya persas– solo llegaron en el siglo XVI, y sus santuarios zoroastrianos aún funcionaban en el siglo XIX.
La religión zoroastriana toma su nombre de su fundador, el iranio oriental Zarathushtra (Zoroastro en griego). Vivió en algún momento entre los siglos XII y VI a. C. y transformó la versión local de la antigua religión indoeuropea de doce dioses supremos bajo un dios supremo en el primer monoteísmo. En su enseñanza, los dioses supremos no son más que arcángeles –los doce meses persas llevan todavía sus nombres–, y solo hay un dios, Ahura Mazda (que significa el más grande y el más sabio), que también los creó a ellos. Ahura Mazda creó el mundo para que fuera bueno, pero no perfecto: desde el principio contiene el mal en forma de decadencia (entropía), que más tarde se personificó como el maligno Ahrimán. La misión principal del ser humano es trabajar contra la entropía como si fuéramos personal de mantenimiento: restaurar el mundo que se deteriora, llevarle alegría y felicidad. De ello no deriva ninguna recompensa habrá castigo si el mantenimiento es negligente. La gente hace el bien por el bien mismo, porque es la única acción correcta y con sentido. El zoroastrismo no tiene ni cielo ni infierno. Al final de la tarea de mantenimiento –es decir, en la muerte–, el mono de trabajo del hombre, es decir, su cuerpo, lo limpiarán los buitres, y su alma –el alma de todos– vuelve a Ahura Mazda.
Así como el concepto central del cristianismo es el amor, el del zoroastrismo es la verdad. Mentir incrementa la entropía del mundo, así que es una acción sin sentido y dañina, contraria a los propios fines. Según Heródoto –que ofrece una antropología detallada de los persas y su religión en sus Historias (1.136)–, el joven persa solo tenía que aprender tres cosas antes de los veinte años: montar bien a caballo, tirar con arco y decir la verdad.
Aunque el islam reconoció el zoroastrismo como una de las religiones del Libro, tras la conquista árabe sus seguidores fueron forzados a convertirse al islam. Hoy quizá haya entre 100 000 y 200 000 creyentes zoroastrianos, sobre todo en el centro de Irán, en torno a Yazd, y en el oeste de la India, adonde huyeron muchos de las campañas de conversión violenta.
En este pueblo hay agua abundante y está rodeado de huertos. Se riegan mediante una red de canales y los árboles aún se doblan bajo la cosecha de manzanas, ciruelas y nueces. Aunque todavía es temprano, ya vemos a varias personas regresar con la recolección matutina. Al volver la vista desde las primeras colinas áridas más allá de los huertos, se ve el pueblo rojo trepando por la ladera.
El santuario se alza aislado entre las montañas rojas desnudas, en un punto donde un arroyo caudaloso se abre paso por una dramática pared rocosa.
Heródoto escribe que los persas no construyen sus templos en las ciudades, sino en la naturaleza, en cumbres y junto a manantiales y otros lugares donde se manifiestan las fuerzas de la naturaleza o, en general, la esencia de la realidad. Károly Kerényi llama a tales manifestaciones epifanías y considera que su culto es la esencia de las religiones antiguas. El zoroastrismo fue también una religión epifánica, aunque no personificó las fuerzas manifestadas de este modo –a diferencia de los griegos–, sino que las remitió a Ahura Mazda. En la época sasánida (siglos II-VII d. C.), cuando el zoroastrismo tenía que competir con religiones cada vez más urbanas –cristianismo, judaísmo, maniqueísmo–, empezaron también a construir santuarios en las ciudades. En Abyaneh lo son el pequeño santuario sobre el que se erigió luego la mezquita local, así como el antiguo templo de fuego, cuya construcción se atribuye a Harpak, gran visir del gran sah Cosroes II (590-628), que según se dice era originario de Abyaneh. Estos ya no se utilizan desde el siglo XVIII, pero el santuario extramuros –renovado en 1881 según reza su inscripción, aunque probablemente el más antiguo de todos– estuvo vivo incluso hasta bien entrado el siglo XX.
Desde fuera, el santuario actual es un cubo anodino al pie de la pared rocosa, junto al arroyo. Al entrar, te recibe un patio porticado, con estuco de estilo cadjar decimonónico en el lado opuesto: dos ángeles sostienen una inscripción fundacional, flanqueados por un ciervo y un carnero. En el patio crece un enorme plátano oriental (Platanus orientalis) de muchos troncos. Es bastante viejo, pero probablemente esté formado por brotes laterales de un árbol aún más antiguo.
El plátano era el árbol sagrado de los zoroastrianos. Antiguos plátanos se alzan delante de la mayoría de los viejos santuarios zoroastrianos convertidos en mezquitas, así como en el santuario zoroastriano de Chak Chak, todavía en uso. Vimos uno enorme frente a la mezquita de Natanz, antes de subir a Abyaneh. Heródoto menciona que Jerjes, de camino con su ejército hacia Grecia,
«…vio un plátano de belleza maravillosa. Lo adornó con ornamentos de oro y puso a uno de sus inmortales a su cuidado.» (Historias, 7.31)
Sin embargo, el patio no es más que la antesala del santuario propiamente dicho, al que da acceso una puerta decorada con estuco e incrustaciones de espejo, a mano izquierda. El santuario es en realidad una cueva en la roca, con un hogar para el fuego eterno, y al parecer un estrecho ramal del arroyo –desviado desde entonces– también era conducido hasta aquí para que los cuatro elementos sagrados –fuego, agua, tierra y aire– estuvieran presentes. Sin duda este fue el santuario original, consagrado muchos siglos antes de Cristo, y el patio frontal, renovado en 1881, se añadió más tarde.
El templo está abandonada pero en un estado aún relativamente bueno. Quizá solo dejaran de visitarlo tras la Revolución Islámica. Sus muros están garabateados con grafitis, pero por lo demás lo mantienen limpio y no lo destruyen. El cartel de plástico extendido en la pared del fondo del patio también llama a su protección. Es una gran experiencia estar aquí, en una isla del pasado vivo. ¿Cuánto tiempo seguirá así?
De regreso damos un pequeño rodeo pasando por la fortaleza de barro de época sasánida frente al pueblo. La fortaleza no es ahora más que cuatro torres redondas unidas por muros de barro. «No se usaba para acuartelar a un ejército –nos explicó la noche anterior un vecino–, sino para que la gente y los animales pudieran refugiarse unos días en caso de ataque.» «¿Quién iba a atacar el pueblo aquí, entre las montañas, adonde el enemigo nunca entró?», le pregunto. «Bueno, al enemigo lo producíamos nosotros mismos. Los bandidos, los proscritos.»
Al pie de la fortaleza se alinean edificios de barro de antiguas granjas, con techos resquebrajados y muros desmoronados. A los dueños que viven en grandes ciudades les basta con mantener la casa antigua del casco viejo de Abyaneh, no tienen fuerzas para los edificios de labor. Desde aquí se ve todo el pueblo, al pie de las grandes rocas rojas y de las aún mayores rocas grises que se elevan detrás.
En el camino de vuelta de Abyaneh a la carretera de Natanz-Isfahán nos detenemos dos pueblos más allá, en el cementerio arcaico de Komjan. Sobre cada tumba hay dos piedras planas triangulares, a la cabecera y a los pies, con inscripciones y algunas figuras esquemáticas. Estas representan el sol y la luna, cipreses –los árboles del cementerio–, pero lo más interesante es que en algunas piedras de cabeza aparecen rostros humanos esquemáticos. No conozco esto de ningún otro cementerio iraní, debe de ser una tradición única de este valle.
We reach down to the foot of the Vulture Mountains. If I just compared the fortress of Hanjan to that of the Desert of the Tartars: well, then this is the Desert of the Tartars itself, the exemplary desolate plain at the foot of the menacingly jagged barren mouontains, on the edge of which the enemy’s fur-capped, spear-shaking horsemen can appear at any time, but they never will, because they too consider such theatricality a useless effort. Only small whirlwinds sweep from time to time among the dried-up succulent bushes, which store life in their roots for the one or two short rains a year. If I turned back now – which I won’t do –, I would see the above-ground buildings of the Natanz uranium enrichment plant behind me, surrounded by the guns of the dug-in tanks facing the four winds. Descendemos al pie de las Montañas del Buitre. Si acabo de comparar la fortaleza de Hanjan con la de El desierto de los tártaros, entonces este es exactamente el porpio desierto de los tártaros, la llanura desolada por antonomasia al pie de las montañas áridas de crestas amenazadoramente dentadas, en cuyo borde los jinetes enemigos, con gorros de piel y lanzas alzadas, pueden aparecer en cualquier momento, pero nunca lo harán, pues también ellos consideran tanta teatralidad un esfuerzo inútil. Solo remolinos de polvo barren de vez en cuando los arbustos resecos que almacenan precariamente la vida en sus raíces esperando una o dos breves lluvias al año. Si ahora me diera la vuelta –que no lo haré–, vería detrás de mí los edificios superficiales de la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz, rodeados por los cañones de los tanques atrincherados apuntando a los cuatro vientos.
La antigua calle principal de Natanz está cubierta por una masa de banderas rojas y negras. Incluso antes de llegar a la gran mezquita, la visión de un magníficamente decorado hosseiniye nos impulsa a detenernos. Los hosseiniye son patios o plazas espaciosos rodeados de arcadas, usados para ceremonias chiíes con gran asistencia –principalmente Ashura, la fiesta funeraria de Hosein, como indica su nombre–. En su centro suele alzarse un dátil como memorial, el ataúd simbólico de Hosein, que solo se mueve y se transporta en este día. Para la vigilia antes de Ashura se adorna ricamente, y en las diez noches siguientes a la fiesta se representa aquí el teatro sagrado de la taʿziye, que dramatiza la vida de los doce imanes. Toda mezquita ha de tener un hosseiniye, aunque sea una plaza pública apropiada para la fiesta. La gente de cada mezquita rivaliza en la decoración de sus hosseiniye.
La forma actual de la decoración de Ashura se desarrolló en gran medida en la época cadjar (1794-1925) y ha heredado las fórmulas pictóricas de ese periodo. Un ejemplo es el león portador de espada en la cubierta de lona de este hosseiniye, el shir-e khorsid, que fue el escudo de armas de los shas durante muchos siglos. Figuró también en el centro de la bandera nacional hasta que la revolución islámica lo desterró. Resulta asombroso que, sin antecedentes religiosos, haya podido permanecer en la decoración de la fiesta más sagrada. Y las figuras de época cadjar se colocan en el elemento más importante de la decoración, el alamat metálico, que se lleva en la procesión de Ashura y luego se planta en el centro del hosseiniye hasta que se desmontan los adornos. Alam significa originalmente bandera, en este contexto, la bandera de Hosein, en la que suele leerse la inscripción يا حسين «ya Hosein», ¡oh Hosein! (o más bien: ¡Hosein, ayúdanos!), acompañada de citas coránicas o de imágenes de los principales mártires de Kerbala. La forma plural árabe alamat designa una compleja estructura de metal en la que, además de plumas de cobre, de pavo real y de avestruz que simbolizan a Hosein y sus guerreros, figuran también los animales del imaginario visual del folclore cadjar: pájaros, leones, ciervos, gacelas, dragones y, lo más insólito, el shirin de cuerpo de pájaro y rostro humano.
La procesión de Ashura suele ir acompañada de cuadros vivientes que escenifican la batalla y sus personajes. Un ejemplo es la instalación simbólica del campamento de Hosein junto a este hosseiniye, que exhibe los símbolos más importantes de la fiesta: la tienda verde de Hosein, la manguera con la que Abolfazl, hermanastro de Hosein y otro gran héroe de Ashura, bajó al Éufrates la mañana de la batalla para traer agua a los niños y mujeres sedientos, el caballo blanco manchado de sangre que volvió solo tras la matanza de Abolfazl y la bandera con la mano cercenada de Abolfazl en lo alto del asta, que sustituye a la luna creciente habitual en la mayoría de las mezquitas chiíes. Junto a la instalación, unas huellas en el suelo revelan la complejidad de la ceremonia de ayer: velas derretidas, anillas arrancadas de latas de refresco y colillas.
Al seguir caminando hacia la mezquita, vemos las mismas gotas de cera en los peldaños del atashgah, el llamado templo de fuego zoroastriano. Hay dos posibles explicaciones. Una es que los fervientes creyentes musulmanes de Natanz quieran incorporar los monumentos infieles al culto islámico, como ha ocurrido tantas veces con santuarios convertidos en mezquitas. La otra es que unos neozoroastrianos hayan celebrado aquí una contraceremonia. El culto (simplificado) del zoroastrismo, antigua religión persa preislámica, goza de popularidad sobre todo entre jóvenes que rechazan el régimen islámico. Sin embargo, hay algo extraño en este templo de fuego. Su insólita estructura de cuatro puertas y la técnica de mampostería remiten a una construcción del siglo XX. Probablemente fue erigido bajo los shas Pahlaví, grandes impulsores del culto a la antigua Persia y a su religión. Al fin y al cabo, el templo zoroastriano original debió de alzarse en el lugar de la mezquita del siglo XI. Como era costumbre en todo el oeste de Irán, se reconvirtió en mezquita.
Lo prueba el maravilloso bosque de plátanos que crece hoy frente a esta mezquita, cuyos viejos árboles provienen de los brotes del antiguo plátano sagrado que se alzaba ante el santuario zoroastriano. Se calcula su edad en unos dos mil años.
Esta mezquita representa el prototipo de mezquita iraní, con sus cuatro grandes arcadas (eivan) en torno a un patio cuadrado. La zona en torno al mihrab está especialmente bien decorada con estuco de época selyúcida y caligrafía safávida. El muro del eivan opuesto, junto a la entrada, luce unos grafitis populares muy cercanos al espíritu de Ashura: la espada de doble filo de Alí, la Zulfiqar, y una colección de manos apoyadas en el enlucido y perfiladas, expresando así la identificación del creyente con Abolfazl, a quien el enemigo le cortó la mano que sostenía la manguera. Grafitis sagrados como estos se consideran valiosos, no se destruyen y, como se ve, se preservan incluso durante una restauración.
La parte más espectacular del complejo de la mezquita, no obstante, es el mausoleo que Zayd al-Din al-Mastari, gran visir del Gran Kan mongol de Persia Öljeitü, construyó a principios del siglo XIV para su maestro sufí chií, el jeque Abd-ul-Samad Esfahani, al mismo tiempo que decoraba también la sala de oración de Öljeitü en la Gran Mezquita de Isfahán. El techo apuntado del mausoleo octogonal, decorado con azulejos vidriados verdes, se eleva tan orgulloso sobre el complejo como su eivan de acceso, también recubierto de azulejos, eclipse con su presencia la entrada propia de la mezquita.
En el hosseiniye de la Gran Mezquita ya están desmontando las decoraciones, pero es evidente que fue inaugurado para la fiesta con gran esfuerzo. En el centro de la decoración hay una bandera negra con las tres figuras principales de la celebración. En medio, Alí, yerno de Mahoma y caballero virtuoso del islam, blandiendo en la mano la espada de doble punta Zulfiqar y con un león a sus pies, su atributo (Alí, el león de la fe). A la derecha, su hijo y sucesor, Hosein, con la bandera verde de la fe; a la izquierda, Abolfazl vadeando el Éufrates con la manguera. Pronto escribiré una entrada aparte sobre esta cultura iconográfica.
El alamat metálico es aún más rico y detallado que el anterior. Detrás, bajo la protección de dos alfombras enrolladas, se sienta un hombre de barba blanca, corta, mirando su móvil. Nos saluda cortésmente, entablamos conversación y nos enseña fotos del desfile de ayer. Resulta que es el maestro de ceremonias. También organiza la taziʿye, el teatro sagrado que se representa durante diez noches a partir de hoy. Luego nos invita a visitar su museo, situado junto a la mezquita, en la antigua hilera del bazar. Le acompañamos.
Sobre la entrada se lee: Exposición del viejo Natanz de Mehdi Tavasoliyan. Mehdi forcejea con la cerradura y la puerta se abre. Bajo la bóveda secular, la ciudad cobra vida en torno tal como era en la infancia de Mehdi. Casas de muñecas, interiores de palacios y viviendas, tiendas y talleres fielmente amueblados hasta el último detalle. Mehdi elige una herramienta, hace girar la pequeña muela, acciona las tijeras: todo funciona. Solo falta que los tenderos pregonen a voces sus mercancías y que el ayudante robe un puñado de pistachos del tamaño de huevos de hormiga.
Me pregunto qué hace falta para que una persona invierta tanta energía en crear un mundo así. Ante todo, tiempo, mucho tiempo; de eso, aquí tienen. Luego, la alegría del juego. Y, por último pero no menos importante, una gran devoción nostálgica hacia un mundo que aquí en Natanz, como en todo Irán, ha desaparecido con una velocidad pasmosa. En vida de Mehdi, este universo estable durante siglos ha cambiado más que en la de cualquiera de sus antepasados.
El último taller del bazar evocado pertenece al fotógrafo, con una gran Hasselblad de trípode en la puerta y fotografías de época cadjar en las paredes. Conozco bien esas imágenes, recientemente he escrito sobre ellas para una revista española de historia del arte. Pienso que, si Mehdi también hubiese hecho funcionar la cámara, se podrían sacar ahora de ella pequeñas placas de cristal con imágenes de Natanz en tiempos de los Pahlaví. Y entonces, como si me leyera el pensamiento, Mehdi se coloca en la puerta, se pone la ropa de un viejo mostrador de imágenes de feria y gira la manivela de una máquina que nunca antes había visto. Es un cinematógrafo portátil persa de principios del siglo XX. Los espectadores se arrodillaban frente a los tubos como chimeneas de hojalata que sobresalían del aparato, en las cuales unas lentes gruesas magnificaban las fotos sepia de archivo que desfilaban lentamente. Fotos de un mundo que ya pertenecía al pasado incluso en la infancia de Mehdi, pero que visto desde aquí, desde el otro lado de las grandes transformaciones, se funde con él.
Los días de Ashura son también tiempo de grandes viajes para la mayoría de las familias iraníes. La plaza mayor de Isfahán se llena de trajes populares de las raramente vistas regiones del este y del sur iraníes. Han venido a ver la antigua capital de su país, todavía su ciudad más bella. Se fotografían con las maravillosas arcadas, cúpulas y fuentes, hacen volar cometas, dan vueltas en carruajes de caballos en torno a la plaza de día, y al atardecer hacen picnic sobre el césped de la plaza y junto a los estanques, muchas jóvenes sin velo y sin miedo.
Nos dirigimos a cenar al restaurante de Hajj Mirza, al igual que el año pasado: chelo kubdari, es decir, kebab de carne picada con arroz al azafrán, y beryân, carne de cordero picada, aliñada de dos formas, extendida sobre pan de pita. Y otra vez fotografío la decoración, que recuerda a un buen anticuario. No porque el año pasado me dejara algo sin capturar, sino porque es tan buena. Y para llamar la atención sobre el hecho de que muchos de los animales de cobre de las estanterías fueron antaño ornamentos de antiguos alamat, así que este día es en realidad también su fiesta.
Las decoraciones de Ashura ya han sido desmontadas en las dos grandes mezquitas de Isfahán que también sirven al turismo y que, por ser grandes mezquitas, no tienen comunidad propia: la Mezquita del Sah en la plaza mayor y la Mezquita del Viernes en la ciudad vieja. Pero siguen en pie en las mezquitas más pequeñas, ya que la serie de conmemoraciones continúa otros diez días. Así ocurre, por ejemplo, en la mezquita Imamzadeh Ahmad, no lejos de la plaza mayor, en el bazar de los artesanos. Los grandes carteles ya nos son conocidos: las mujeres que lloran a los imamzadehs caídos, la mano de Abolfazl con la pluma ensangrentada de Hosein, y un gran panel en el que el imán Hosein combate heroicamente sobre su caballo blanco contra las sombras negras.
bre Imamzadeh Ahmad, que reposa aquí, no se puede saber con exactitud cómo se relaciona con los doce imanes (imamzadeh significa hijo o descendiente de imán). Pero no está solo en esto. La religiosidad popular iraní venera las tumbas de muchos imamzadehs sin que se sepa con certeza quién es la persona allí enterrada, y a veces sabiendo con seguridad que no es quien se honra. De hecho, no por él hemos hecho peregrinación hasta aquí, sino porque el gran artista e historiador del arte contemporáneo Parviz Tanavoli escribe en su álbum Lions of Iran que la lápida en forma de león más antigua conservada se halla en el patio de esta mezquita. Tales lápidas eran erigidas por las tribus nómadas de los montes Zagros, principalmente los bakhtiaris, para sus jefes, guerreros destacados o, como me dijeron allí, para los bozorgân, los grandes, lo que brinda una etimología sorprendente para la palabra húngara boszorkány (bruja, hechicero).
Encontramos la piedra, que se conserva bajo cristal. En cuanto a su antigüedad, es significativo que el león lleve ya armas de fuego cinceladas en los flancos. Lleva una cabeza humana en la boca, como para mostrar el destino de quien ataque la tumba.
Pero no es menos interesante la gran losa de piedra que busco aquí basándome en la Historia de Isfahán y Rey de Jabar Ansari. Escribe lo siguiente:
«Mahmud Ghaznavi trajo una piedra de Somnath, en la India. Se dice que la piedra pertenecía al ídolo más importante de aquel país. La piedra llegó a Isfahán y cien años más tarde fue cortada en dos. Una mitad se convirtió en dintel de la madrasa del visir Tahmasb, mientras que la otra mitad fue arrastrada por el suelo [en desprecio del ídolo] y luego llevada al mausoleo de Emamzadeh Ahmad.»
Mahmud (998-1030) fue el fundador del sultanato selúcida gaznaví que gobernó sobre Irán, mientras que Somnath es uno de los principales santuarios de Shiva en Gujarat, India. Fue erigido en los primeros siglos de nuestra era y se convirtió en uno de los más importantes lugares de peregrinación de la India. Los ataques musulmanes, iniciados hacia el año 1000, lo destruyeron varias veces. El primero de todos fue dirigido por Mahmud Ghaznavi.
Tan fácil como fue descubrir el león de los bozorgân en medio del patio, así de difícil resultó encontrar la piedra de Somnath en la mezquita. Estamos a punto de desistir cuando entra un joven maestro desde el bazar para llenar su garrafa con agua fresca del pozo de la mezquita. Le digo lo que buscamos. Sonríe: «No está aquí dentro, sino fuera». Nos saca a la calle y señala la cornisa de la ventana de madera del mausoleo. Esa piedra cubre la tumba del Imamzadeh, sobresaliendo hacia la calle solo el borde tallado. No está claro qué está escrito en ella ni en qué lengua, pero es probable que la inscripción en letras árabes se hiciera después de haber sido trasladada aquí.
Aún nos queda un lugar por visitar en Isfahán: el beryâni de Hajj Mahmud. Un beryâni es un sitio donde solo se puede comer beryân, el típico almuerzo de Isfahán, y nada más. ¿Y qué es el beryân? Carne de cordero adobada en agua con sal y cebolla, luego picada y mezclada con un poco de canela y menta seca, a veces con un poco de hígado, frita en una sartén de cobre, extendida sobre pan plano recién hecho, espolvoreada con nueces o almendras y servida con verduras frescas y cebollas. Ya hablaron de él grandes viajeros franceses del siglo XVII como Jean-Baptiste Tavernier y Jean Chardin en sus relatos de viaje por Persia, y este último publicó incluso dos recetas. Y el interés de Occidente en él no ha disminuido desde entonces. Anthony Bourdain le dedicó un episodio especial al beryân de Hajj Mahmud en su serie sobre las cocinas singulares del mundo. Hasta allí vamos ahora. Su beryân no está nada mal, pero el del mencionado Hajj Mirza lo supera. Bourdain tampoco puede saberlo todo.
El local de Hajj Mahmud está en el bazar, al final del largo corredor principal hacia la Mezquita del Viernes. Pero no hace falta recorrer el tramo de kilómetro y medio desde la entrada principal (aunque merece la pena); si uno tiene hambre, puede entrar al bazar por un lateral. Y entonces saldrá enriquecido por la experiencia.
La ciudad vieja de Isfahán, especialmente la zona del bazar, estaba llena de antiguas casas de comerciantes, patios de caravasares, callejones pequeños y otros lugares históricos apasionantes todavía hace veinte años, cuando vine por primera vez. Desde entonces, en el casco viejo ha habido una especulación inmobiliaria sin precedentes. Estos lugares se van demoliendo uno tras otro y se erigen en su lugar edificios modernos sin alma. Como la mayoría de las construcciones antiguas gozan de cierta protección como monumentos, no pueden entrar sin más con la excavadora: hay que esperar a que alcancen el estado de «no hay más remedio». He visto y sigo viendo cómo se destruyen así varios edificios de gran valor histórico y paisajístico. Ahora veo lo mismo en la calle Haroneyeh, que conduce a la Mezquita del Viernes desde el sur. Aquí había, al menos desde la época cadjar –quizá incluso antes–, grandes casas de comerciantes de varias plantas con amplios patios interiores que servían de caravasares, almacenes y centros de comercio al por mayor. Hoy las casas están vacías, los patios arrasados, y solo las fachadas siguen resistiendo el desafío del tiempo. Esta calle estaba en contacto con el barrio judío, y muchos de los dueños de estas casas de comerciales eran judíos. El mapa aún marca aquí la sinagoga Golbahar, junto a ellas, pero en el lugar no queda rastro alguno, y los tenderos vecinos tampoco saben de su existencia.
Todavía estamos comiendo el beryân de Hajj Mahmud cuando, de repente, los cantos de Ashura que oímos por primera vez en el bazar de Kashan atruenan desde un altavoz justo a nuestro lado, en el pasillo del bazar. Vamos a presenciar la misma ceremonia. Igual que el día antes de Ashura, los comerciantes del bazar desfilan también durante los diez días siguientes, de luto ritual por Hosein y sus compañeros. Aquí, en el extremo oriental del bazar de Isfahán, no hay un magnífico hosseiniye como el Timche-ye Amin od-Dowle de Kashan, así que la plaza frente a la milenaria Mezquita del Viernes se declara hosseiniye ocasional: es la meta de los grupos que marchan bajo los alamat. Las mujeres y los niños ya se han reunido allí. Se acomodan sobre alfombras y conversan. Muchachos jóvenes les sirven refrescos y arroz dulce con azafrán en vasitos. Un niño pequeño, quizá por iniciativa propia, quizá animado por su madre, coge dos vasitos más de arroz y se los trae a los dos desconocidos con cámaras que estamos junto a la columna.
La Mezquita del Viernes de Isfahán, fundada probablemente en el siglo VIII sobre un antiguo santuario zoroastriano, es la única mezquita de Irán, y tal vez de todo el mundo musulmán, que no se alza aislada de los edificios colindantes mostrando claramente su fachada, sino que está integrada en el tejido urbano circundante. Los arcos y tiendas del bazar la rodean por completo, se aferran a sus muros. A lo largo de la historia llegó a tener doce puertas, de las que solo dos están abiertas hoy. La ceremonia de Ashura tiene lugar justo delante de la puerta principal, cerrada para la ocasión. Mientras los fieles se reúnen, damos la vuelta a la mezquita para fotografiar las doce puertas. Conseguimos encontrar quizá cuatro, las demás han sido engullidas por el bazar. Solo se podría acceder a ellas a través de tiendas y talleres, pero también estos están cerrados por la fiesta.
Mientras tanto, las procesiones ya han empezado a avanzar hacia la puerta principal. Cuando regresamos, están alineadas en dos filas a ambos lados del pasillo frente a la puerta y comienza la ceremonia de duelo con cantos y golpes rítmicos en el pecho. Observamos un rato y sacamos fotos, luego nos vamos Wang Wei y yo a recorrer las pequeñas sinagogas medievales del cercano barrio judío. Conozco ocho, pero se dice que hay más. Escribiré de ellas en una entrada aparte. Cuando volvemos a la mezquita, la ceremonia ha terminado. La multitud se dispersa, muchos se van, pero otros se quedan charlando y bebiendo té. También se nos invita. Aceptamos agradecidos, explicamos quiénes somos, de dónde venimos, elogiamos Irán e Isfahán. Los niños se interesan especialmente por nosotros y nos invitan a jugar. Les sacamos fotos por turnos con Wang Wei. Pedimos a una de las jóvenes madres su número de WhatsApp y por la noche le mandaremos las imágenes.
Aquí termina Ashura este año para nosotros. Desde Isfahán partimos hacia nuevos descubrimientos: hacia las Montañas Zagros, al pueblo bakhtiari del fin del mundo Sar Agha Seyyed; luego hacia el sur, a Sarvestán, antigua sede de los reyes sasánidas, y finalmente de vuelta hacia Teherán. De todo ello escribiré en entradas separadas. Empezamos Ashura en el bazar y la terminamos también en el bazar. Fue, como siempre, una experiencia única, una pequeña presentación personalizada de la belleza de Persia y la bondad de los iraníes. Volveremos a por más.































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