
No quería ir a Harran. Da igual que Abraham viviera allí, que Eliezer pidiera allí la mano de Rebeca para su señor Isaac, que Jacob sirviera catorce años por Raquel, que tenga el castillo de los sabeos adoradores de la luna y las casas colmena centenarias: el grado de altivez y de ganas de sablear practicado por los lugareños –y formulado eufemísticamente por las páginas turísticas como «los lugareños se desvelan por atender a los visitantes»– me había resultado casi insufrible. No bien baja uno del coche o del autobús y ya le caen encima una multitud de autoproclamados guías que, en un pobre inglés, ofrecen unos servicios que consisten básicamente en meterte en el café-convertido-en-museo-al-aire-libre montado en la casa colmena más cercana donde el café va a precio de oro entre un decorado de cacharros de cobre y kilims comprados en el bazar de Urfa, y luego, a la salida, te meten otro sablazo monumental con el pretexto de que has entrado. He estado allí tres veces, y no hay ni una fibra de mí que quiera repetir.
Expongo mi aversión al grupo, pero también les cuento con honestidad las cosas que hay que ver. Al final se toma la decisión de ir de todos modos, ya que estamos en Urfa, a solo cuarenta kilómetros, y que todo el mundo se defenderá con energía del asalto. Por la noche sigo hojeando internet y el Eastern Turkey de Sinclair en busca de algunos atractivos más que añadir a la excursión, y, en efecto, hay unos cuantos lugares que prometen ser interesantes.
Harran está tal como lo esperaba. En cuanto paramos junto al castillo bizantino, llega un guía en coche. En estos casos, negarse en inglés o en turco no es una opción, pero tampoco lo es no hablarle: se te pega como una mosca. La solución, de un modo extraño, es hablarle solo en húngaro, despacio, bien articulado y con convicción. Pierde el hilo mientras el grupo se ríe en corro, y al cabo de un rato se disuelve en el aire.
El castillo bizantino en el centro del asentamiento actual quizá fuera originalmente un palacio. Tal vez solo se fortificó después de la conquista musulmana. Lo menciona por primera vez en 958 el historiador al-Maqdisi, que afirma que es «comparable a Jerusalén en belleza». Y no es un cumplido fácil porque al-Maqdisi procedía de una familia de arquitectos de Jerusalén y estaba muy orgulloso de la arquitectura de su ciudad natal. El estado actual del castillo data de la época de la dinastía ayubí, hacia 1200: sillares limpiamente tallados, formas geométricas cuidadosamente diseñadas, muros poderosos.
Los edificios más característicos del asentamiento circundante son las casas colmena. Sus habitantes las levantaron con ladrillos extraídos de las ruinas de la ciudad antigua y los trabaron con barro. Proporcionan una protección excelente contra el calor del verano. Un núcleo familiar consiste en decenas de estas colmenas, construidas muy juntas y comunicadas entre sí, como un palacio campesino de múltiples cúpulas. Según la mitología turística turca, este tipo de construcción se ha mantenido sin cambios durante miles de años, e incluso —cómo no— te enseñan una que dicen que perteneció al propio Abraham. En realidad, los habitantes actuales de Harran eran beduinos nómadas que vivían en tiendas hace apenas unos pocos siglos, de modo que este tipo quizá sea más bien una versión vernácula de la cúpula de bazar, creada recientemente debido a la abundante disponibilidad de materia prima. Desde el cambio de milenio, la presa Atatürk ha transformado la estepa circundante en tierras bien regadas y abundantemente productivas, y esta riqueza repentina ha hecho que los lugareños se muden a casas «normales». Las colmenas sirven de establos y, más recientemente, muchas se han arreglado como folclóricos cepos turísticos.
Que Harran, este asentamiento sucio y pobre, fuera una de las ciudades más importantes del antiguo Oriente solo lo atestiguan ahora las dimensiones increíbles de las murallas romanas y ayubíes. Dentro de las murallas no hay más que tierra yerma, y alrededor de la antigua puerta de la ciudad, las ruinas de la Gran Mezquita y de la Universidad Teológica islámica.
La Gran Mezquita se construyó, por supuesto, sobre el lugar del antiguo templo de la Luna. Y este culto lunar es quizá lo más interesante de toda la historia de Harran. Ya en el siglo VIII a. C. se registra que los harraníes adoraban a las estrellas (es decir, a los planetas, incluido el Sol y la Luna), y este culto de origen babilónico se fue concentrando poco a poco en la Luna. Los reyes asirios, que tenían a Harran como su segunda ciudad más importante después de Nínive, reconstruyeron dos veces el templo local de Sin, el dios luna. Pero el más ferviente admirador de Sin fue Nabónido, el último rey babilonio (556-539), que debió de ser un innovador religioso tan original y obstinado como Akenatón. No nacido en familia babilonia, llegó al poder mediante un golpe de Estado. Su padre era probablemente uno de los asirios (derrotados solo cincuenta años antes en Carquemís, que visitamos hace poco), y su madre una aramea de Harran, incluso sacerdotisa de Sin. Nabónido quiso sustituir el culto babilónico del dios solar Marduk por la veneración de Sin, y así reconstruyó su templo lunar en Harran, pero los poderoso sacerdotes de Marduk llamaron como soberano al rey persa Ciro por temor a perder el pan. Ciro entró en Babilonia sin lanzar un solo golpe de espada y, como gobernante sabio, en primer lugar dejó a Babilonia con el culto de Marduk, luego nombró a Nabónido gobernador de una provincia lejana, y en tercer lugar liberó a los judíos cautivos para que volvieran a Jerusalén, quienes, en agradecimiento, lo retrataron en sus libros sagrados como un buen chico y a Nabónido como el malo de la película. Es verdad que el nombre del rey babilonio aparece como Nabucodonosor en el cuarto libro de Daniel, pero, por un lado, ese es el nombre de otro malo anterior, el rey asirio que destruyó Israel del Norte, y, por otro, como señala Géza Komoróczy en la introducción a su traducción del Rollo del Mar Muerto titulado La oración de Nabonai, la historia de Daniel trata en realidad de Nabónido.
El rey Nabónido adora al Sol, a Venus y a la Luna en la estela de Harran del Museo de Urfa (otra versión está en el British Museum). Su texto (extracto): «Sin, señor de todos los dioses y diosas que residen en el cielo, ha bajado del cielo hacia mí, Nabónido, rey de Babilonia. Por mí, Nabónido, el solitario que no tiene a nadie, en cuyo corazón no había pensamiento de realeza, los dioses y diosas imploraron (a Sin) y me llamaron a la realeza. A medianoche, él (Sin) me hizo tener un sueño y dijo (en él) lo siguiente: "Reconstruye rápidamente Ehulhul, el templo de Sin en Harran, y yo pondré en tus manos todos los países”.»
Y quizá lo más interesante del culto lunar de Harran es lo bien que sobrevivió a todos los cambios religiosos. En el siglo II d. C. fue incluso capaz de convertir a las tribus árabes inmigradas, y cuando el cristianismo se convirtió en religión de Estado en 395, los harraníes, la mayoría adoradores de la luna, sobornaron al gobernador local para poder seguir practicando su religión. Y tras la conquista musulmana, conservaron su fe haciendo creer a los árabes que eran los sabeos de entre las «religiones del Libro» –judía, cristiana, zoroastriana, sabea– mencionadas por Mahoma. Como para entonces los verdaderos sabeos –probablemente una secta que veneraba a san Juan Bautista– habían desaparecido hacía tiempo, pero los lugareños sí tenían libros –sobre todo libros astrológicos–, el gobernador árabe aceptó la ficción. Así, la religión, llamada desde entonces «sabia» (en árabe sabi), sobrevivió hasta el siglo XIII, cuando los mongoles los trasladaron a Mardin, donde por fin se fusionaron con los musulmanes. Pero, entretanto, dieron refugio a los filósofos neoplatónicos expulsados del Imperio romano cristiano, que crearon aquí la escuela del «Islam esotérico». Es significativo que el mayor astrónomo del mundo árabe fuera al-Battani as-Sabi, «el sabio Battani» (858-929), que nunca se convirtió al islam y que, gracias a su formación en Harran, pudo apoyarse en dos mil años de experiencia astronómica.
Después de Harran, nuestra siguiente parada es Han el-Barur, el “Caravasar del Pozo», situado treinta kilómetros más al este. Fue construida en 1229 por Husam ed-Din Ali, probablemente un jefe provincial ayubí de la región. En su fachada, a la derecha de la puerta, hubo un león, el animal real de origen persa de las dinastías mesopotámicas medievales, del que ahora solo se ven el vientre y las patas. El pozo hace mucho que se secó, pero ya no es necesario, porque el agua llega del crecido Éufrates por canales y tuberías. El consiguiente aumento de población acude a nosotros desde las granjas circundantes en cuestión de minutos. Entre ellos, una muchacha trae una llave y abre la puerta. El patio del caravasar es un espacio cuadrado, amplio y vacío. En torno, por los cuatro costados, gira un corredor abovedado, donde antaño se alojaban personas y animales. Todo el edificio ha sido sobre-restaurado según la costumbre turca, como se ve en los dos tramos de bóveda que se dejaron sin pulir y la superficie original está llena de grafitis acumulados durante siglos: jinetes, una camella con su cría, hombres bailando en corro. Duele imaginar cuánto de historia se habrá eliminado en las otras cuatro decenas de tramos de bóveda en nombre de la «restauración».
La ciudad tardoantigua de Şuayb está a solo diez kilómetros del caravasar. La ciudad se construyó sobre una colina. En la cima se alza aún la fachada y el frente recto de una iglesia. Y hasta el pie de la colina la rodean viviendas rupestres, mitad excavadas en la roca y la mitad superior levantada en piedra o madera. También se ven restos de arcos y edificios de grandes sillares.
Shuayb fue un profeta mencionado en el Corán, enviado a una ciudad llamada Madyan, pero la gente de allí lo rechazó y por su fracaso recibió merecido castigo. Como Maydan, situada en la ruta de peregrinación a La Meca, también era una ciudad rupestre, quizá por eso se la identificó con esta ciudad, que así, tras la conquista árabe, pasó a llamarse Şuayb Şehir, «Ciudad de Shuayb». Las pocas casas miserables alrededor de la ciudad antigua –a la que se llega atravesando sus patios– siguen llamándose Şuayıpşehri. En otro tiempo tuvo cementerio, pero los lugareños rompieron sus piedras. Algunos restos se pueden ver en el museo de Urfa. Según su testimonio, la ciudad estuvo habitada por árabes cristianos y siríacos incluso siglos después de la conquista musulmana.
También aquí se nos pegan los niños del lugar y exigen dinero a gritos, pero yo solo me comunico con ellos en húngaro. Quieren también que nos enteremos de una vez de la antigua visita del profeta a esta tierra y luego nos preguntan si somos musulmanes. Cuando el mayor decide que no lo somos, se sube a una roca y empieza a profetizar en voz alta, en turco, que todos los no musulmanes (kafir) irán al infierno. Como nadie le contesta, empieza a maldecirnos personalmente. Grita con voz casi ronca, revelándonos los estratos más profundos del vocabulario de los sitiadores de nuestras fortalezas en el siglo XVI. Es una experiencia increíblemente arcaica. Este chico será sacerdote. Es obvio que no ha producido este odio por sí solo, sino que procede de los adultos, padres, parientes y maestros musulmanes. Me parte el corazón pensar que los cristianos siríacos y armenios del lugar tuvieron y tienen que vivir con vecinos así y en tantas ocasiones morir a sus manos. Cuando me harta, me planto delante de él y le digo en voz alta, articulada, en húngaro: «Escúchame, pagano infiel. Según las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia Católica, cualquiera que no acepte y siga las decisiones del santo Concilio de Trento está anatematizado y se irá de cabeza al infierno. Piénsatelo un poco, ¿de acuerdo?» Puede que no entienda la doctrina en su pureza, pero siente el peso de mi voz y se queda callado.
Sin embargo, la experiencia más asombrosa nos espera a otros diez kilómetros, en el pueblo de Yağmurlu. El Eastern Turkey de Sinclair indica aquí el antiguo asentamiento de Sumatar. En realidad, era un pozo en uno de los valles de las montañas Tektek –hoy parque nacional– alrededor del cual las tribus árabes seminómadas de los siglos I al III se reunían y establecían un lugar de culto común. Se trataba precisamente del culto estelar y lunar de Harran, lo que indica claramente lo natural que resultaba la veneración de la luna entre los pueblos semíticos nómadas, incluidos judíos y árabes, cuyo calendario religioso sigue basándose en el ciclo lunar. Por lecturas anteriores sé que habrá una cueva cultual y algún tipo de relieves.
Al llegar al pueblo, miramos desconcertados las colinas calizas desnudas que lo rodean. En algunas hay cuevas naturales y también viviendas rupestres o restos de construcciones. Pero ¿cuál era el centro de culto? Los niños del lugar se juntan a nuestro alrededor, pero aquí son mucho más discretos que los anteriores. Pregunto a uno de los mayores si sabe dónde están las estatuas. «Sí», señala con firmeza hacia el norte. «Allí están. Son doce.» Nos ponemos en marcha. Mehmet se detiene enseguida. «Este es el pozo de Moisés.» «¿Del profeta?» «Sí, el suyo.» Señala un pozo cuadrado profundo tallado en la caliza, con una bomba tan vieja que hasta Moisés podría haberla usado. Al parecer, este era el pozo alrededor del cual se reunían antaño las tribus beduinas que seguían el culto.
Seguimos unos doscientos metros el reguero pantanoso que sale del pozo. A la derecha, las casas del pueblo siguen el camino, y a la izquierda, los huertos rodeados de muros de piedra. La mayoría los han levantado con grandes sillares cuidadosamente tallados, tomados al parecer de antiguas estructuras cultuales. Sin embargo, la mayoría de las casas están ahora deshabitadas y vacías.
Llegamos a la cueva. Mehmet va delante.
Las tres paredes, el suelo y el techo de la cueva se han tallado a escuadra. Y las tres paredes están cubiertas de esculturas, o más exactamente, de relieves. Hombres de pie con altos gorros puntiagudos y túnicas hasta la rodilla, al estilo del arte parto –es decir, persa helenizado– de los siglos II y III, de los que son por tanto los representantes más occidentales. Junto a las cabezas de las figuras hay elocuentes textos en arameo o, mejor, en siríaco edésico (de Urfa). Lo busco y veo que estas inscripciones se publicaron con traducción y comentario en la serie Handbook of Oriental Studies de la editorial Brill, en The Old Syriac Inscriptions of Edessa and Osrhoene (1999). Lo tenemos en la Staatsbibliothek de Berlín, así que en cuanto vuelva lo sacaré prestado y os informaré del texto exacto. Hasta entonces tendré que confiar en el breve resumen de Eastern Turkey.
En mitad de la pared occidental, frente a la entrada, se abre un nicho ancho y vacío. A ambos lados, en otros dos nichos más estrechos, están de pie dos hombres. Ambos se llaman Aurelius Haphsai, pero el de la derecha fue encargado por Bar Nahar, hijo de Rinai, y el de la izquierda por el hijo de Tirídates. En cada uno de los pilares que separan los nichos hay una media luna sobre la cual se talló probablemente mucho más tarde una cruz. Rinai y Tirídates fueron gobernantes árabes sucesivos de la región, lo que explica la función de los relieves. Probablemente inmortalizan la memoria de importantes personajes políticos y los ponen bajo la protección de la divinidad principal, el dios luna Sin, aquí, en el lugar de culto a los muertos. Los relieves fueron encargados en distintos momentos de los siglos II y III por donantes que eran parientes o amigos de los gobernantes locales. Todo esto indica que la élite árabe local no se atenía a la religión del desierto de sus súbditos, sino que adoptó en su lugar el culto lunar de Harran, considerado más noble, así como la lengua aramea/siríaca de Edesa, y sin duda intentó integrarse en la élite de Edesa..
En la pared sur hay, en el centro, una entrada baja en arco hacia una estancia más pequeña. A su derecha, dos figuras, padre e hijo, ambos llamados Waʿel. El padre fue un gobernante de la zona. Ambos relieves los encargó un tercer Waʿel, probablemente pariente suyo. En la habitación más pequeña, al lado izquierdo de un nicho ancho y vacío similar al de la estancia grande, se alza, en un nicho abovedado, una figura muy desgastada, sin inscripción.
En la pared derecha (norte) hay cuatro figuras. La primera, Abgar, también gobernante local, fue encargada por Manu, gran visir de Edesa, que vivió a caballo entre los siglos II y III d. C. y cuyo nombre figura también en una de las columnas de la ciudadela de Urfa. La siguiente es Bar Nahar, hijo de Rinai. Junto a él, Tirídates, que fundó todo el lugar de culto en 165. A su lado está su hermano menor. En el estrecho tramo de pared junto a la entrada hay un nicho con una figura muy desgastada, sin ninguna inscripción.
Es una sensación conmovedora estar aquí, en las tierras fronterizas de imperios desaparecidos, en una cueva desconocida de un pueblo abandonado, último testigo de una religión olvidada que fue tan poderosa y extraordinaria en su tiempo que, mientras sobrevivió durante milenios a religiones mundiales, hubo imperios que declinaron a causa de ella, y cuyo calendario lunar siguen usando hoy dos grandes religiones; y el saber que generó, las tablas de al-Battani que registran las distancias cambiantes entre el Sol y la Tierra, llevó a Copérnico a la idea de un modelo heliocéntrico del mundo.
Los niños que nos han acompañado hasta aquí probablemente no entiendan la razón de nuestra emoción, pero parece que perciben algo de ella, porque también ellos guardan silencio. Solo la lagartija que se esconde en las grietas de la pared los distrae por un rato.
Mehmet nos guía más adelante, primero de vuelta hasta donde está el autobús, y luego más hacia el sur. Mientras tanto, su hermano pequeño, Ahmet, señala las alturas circundantes, en las que hay algunas ruinas, quizá antiguos observatorios, y enumera sus nombres: la montaña de Venus, de la Luna, de Marte. Es como si las mirara con los ojos de Nabónido en la estela de Harran. Es asombroso cómo se ha conservado este conocimiento aquí en el pueblo durante tres mil años.
Y en medio, encarnación física de las tablas de al-Battani y del modelo de Copérnico, está la Colina del Sol, rodeada por restos de antiguos muros de sillares.
Atravesamos el jardín del único edificio de ladrillo del pueblo, la escuela, y subimos la colina caliza que hay detrás de la Colina del Sol. Se abre ante nosotros una cámara excavada en la ladera. En el interior hay nichos en la pared, con una cruz rayada encima, y una capa gruesa de estiércol seco de oveja en el suelo.
Subiendo aún más arriba, sobre la meseta de la cima se eleva una pared de roca, a través de la cual unas escaleras conducen a una plataforma. En la pared del lado derecho de las escaleras hay dos relieves: un busto desgastado en un nicho semicircular, del que aún se distinguen cinco pliegues de la ropa, y, junto a él, en otro nicho semicircular más alto, bajo una concha, una figura masculina de pie. Ambos van acompañados de una inscripción siríaca grabada profundamente en la roca. Ahmet se acerca a ellos y, como si representara una pieza ritual, les pregunta: «Dime, Suryani, siríaco, ¿quién eres?» Luego responde con voz aguda en nombre del busto: «Yo soy Sin», y lo traduce como «Ay», es decir, la Luna. Y en nombre de la estatua de cuerpo entero adopta una voz grave: «Y yo soy Shamal, es decir, Güneş», o sea, el Sol. El conocimiento de Ahmet impresiona, pero los estudios lo discuten, ya que se considera que ambos relieves son imágenes de Tirídates, el gobernante local que fundó el lugar de culto en el año 165 d. C. Solo sus inscripciones van dedicadas al dios Sin.
En esta meseta hubo antaño un santuario lunar, centro de culto de todo el lugar, pero hoy solo quedan algunos sillares en el borde occidental. También se grabaron nueve inscripciones siríacas en la plataforma. Las dos exteriores son inscripciones fundacionales en nombre de Tirídates, y las siete restantes perpetúan la memoria de otras personas.
Desde aquí arriba volvemos a contemplar las desnudas colinas de caliza de las montañas Tektek, las alturas consagradas a los astros y el valle, donde vivió antaño un pueblo que era nómada de tienda y rebaño pero conocía y veneraba los movimientos de los planetas, y transmitió este saber a sus lejanos descendientes.


































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