Azulejo morisco con gacela en una tienda de antigüedades andaluza

«Una antología hecha de fragmentos de antologías: eso es todo lo que conservamos de la poesía de al-Ándalus», escribe Modest Solans Mur en el volumen recién publicado por la editorial granadina Muret, donde reúne y traduce los poemas que han llegado hasta nosotros de la poesía andalusí medieval, con una formulación bella y cercana al lector actual. El título del libro, El zoco sin compradores, procede de Abū Yaʿfar, que vivió en la Ishbiliya del siglo XIII —la actual Sevilla— y cuya irónica metáfora aplicada a la poesía se convirtió en un tópico muy apreciado entre los poetas andalusíes.
De la cultura árabe andalusí, floreciente durante ochocientos años, apenas han quedado más que fragmentos en la Andalucía actual: fragmentos conservados de castillos, palacios y mezquitas reconstruidos, fragmentos de tallas y cerámicas pintadas, fragmentos de documentos y poemas… sedimentos que flotan en la superficie de un Atlántida sumergida. Incluso su creación más célebre, el asombroso palacio de la Alhambra, no es más que un fragmento de una antigua ciudad principesca. Lo suficiente como para adivinar la grandeza de aquella cultura, pero no para conocerla en sus detalles.
Y si tan poco ha llegado hasta nosotros de la poesía árabe de al-Ándalus, aún menos queda de aquella poesía judía en judeoárabe que nació bajo influjo árabe en la Córdoba del siglo X, entonces la mayor ciudad judía del mundo,
y que alcanzó su apogeo entre los siglos XI y XII en las ciudades principescas andalusíes, con poetas como Yehuda Ha-Leví, Moisés ibn Ezra o Salomón ibn Gabirol. Este mínimo corpus lo recopiló y tradujo Peter Cole en su antología The dream of the poem.
Y si tan poco conocemos de los poetas judíos, resulta casi un milagro que hayan llegado hasta nosotros poemas de una poeta judía. Sabemos que en al-Ándalus las mujeres también componían y que sus contemporáneos valoraban mucho sus versos, pero de las poetas judías medievales solo conocemos a una: Qasmūna bint Ismāʿil, de Granada —conocemos solo su nombre árabe, no el hebreo—, de quien solo se han conservado tres poemas. James Nichols los descubrió en la antología de poesía árabe del magrebí as-Suyūti, del siglo XV.
Qasmūna aprendió el arte de su padre, Ismāʿil ibn Naghrilla, cuyo nombre hebreo era Samuel ha-Nagid (993–1055), gran visir de la dinastía zirí de Granada y miembro destacado del círculo de poetas judíos de la ciudad —que Ann Brener presenta en su libro Judah Halevi and his circle of Hebrew poets in Granada. Su primer poema conservado lo escribió junto a su padre. Como cuenta as-Suyūti, Ismāʿil, siguiendo un juego habitual entre los poetas árabes, recitó a su hija dos versos que ella debía completar con la misma métrica y rima. El enigma decía así:
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Lī-ṣāḥibun dhū bahjatin qad qābalat |
Un amigo brillante me devolvió un bien con un mal, |
A lo que Qasmūna respondió al instante:
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Ka-ššamsi min-ha-l-badru yaqbisu nūra-hu |
Como la luna, que recibe su luz del sol, |
As-Suyūti afirma que Ismāʿil, «fuera de sí», se levantó de un salto, abrazó a su hija y exclamó: «¡Por los Diez Mandamientos, eres mejor poeta que yo!»
Más allá de su talento poético, es igualmente llamativo que en la Andalucía del siglo XI una mujer comprendiera tan bien la naturaleza de un eclipse solar, mucho mejor que los hombres más sabios de la Europa cristiana de su tiempo.
Pero el talento de Qasmūna, como el de tantos poetas, hundía sus raíces en la soledad. De ello hablan sus otros dos poemas conservados:
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Ayā rawḍatan qad ḥāna min-ha qaṭāfu-ha |
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Oh jardín, ha llegado la hora de la cosecha, |
En el original judeoárabe, ese «alguien» es masculino, lo que, según Nichols, era un recurso habitual entre las poetas árabes para ocultar su autoría femenina.
Un caballero cazando una gacela en un prado florido, entre el canto de los ruiseñores: un tópico favorito de la poesía amorosa árabe. Fresco del siglo XIV en el techo del salón real de la Alhambra
Y el tercero, el más bello, original y conmovedor, gira en torno a un motivo clásico de la poesía árabe: la gacela que simboliza a la mujer hermosa. Pero mientras los poetas hombres la describen desde fuera, como objeto de deseo, Qasmūna se identifica con ella y muestra cómo se ve a sí misma la propia gacela.
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Yā ẓabyatan tarʿa bi-rawdin dāʿiman |
Oh gacela, que siempre vienes a pastar en este jardín, |
Jarrón nazarí pintado a mano y dorado, procedente de la Alhambra, con gacelas elegidas como emblema del palacio




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