Iviron. El monasterio georgiano del Monte Athos

Por dos razones me alegra que por fin nos quedemos en el Monasterio de Iviron, en el Monte Athos. Una es el vínculo georgiano, que me interesa especialmente ahora, mientras trabajo en el proyecto sobre Svaneti. De hecho, el monasterio fue fundado y habitado por georgianos durante muchos siglos. Su nombre también lo sugiere. «Ιβήρων» significa «de los iberos», como se llamaba en la Antigüedad europea a los habitantes de Kartli en la Georgia central y de la Georgia unificada en el siglo XI.

Hoy en día no hay ningún georgiano entre los cerca de treinta monjes, aunque muchos eremitas georgianos siguen viviendo en los alrededores. Pero la memoria de los fundadores de aquel país pervive en el monasterio. Los manuscritos incomparables escritos por ellos siguen llenando la biblioteca. Nos miran desde los frescos del nártex (pórtico) de la iglesia principal, y el encuentro con sus representaciones icónicas aquí, donde vivieron y se santificaron, los convierte en conocidos personales en las iglesias medievales georgianas, donde hasta ahora los habíamos considerado unas figuras bastante exóticas.

La fundación del monasterio casa plenamente con la historia georgianos: va unida a grandes guerreros y victorias. En los siglos VII y VIII, los árabes ocuparon casi toda Georgia, con la única excepción de la inaccesible Svaneti en el norte y Tao-Klarjeti (en el extremo nordeste de la actual Turquía) en el sur. De la aristocracia de Tao-Klarjeti surge la dinastía Bagrat, que en los siglos siguientes irá reconquistando Georgia a los musulmanes. En la preparación de esta reconquista, el comandante en jefe del príncipe David III el Grande, Tornike, desempeñó un papel decisivo. En 963, al final de su carrera militar, entró en la Gran Laura, por entonces el único monasterio del Monte Athos, junto con su cuñado, también comandante, Juan, y con el hijo de este último, Ekvtirme (Eutimio). Sin embargo, en 976, el general bizantino Bardas Esclero incitó una rebelión contra el emperador Basilio II, y el emperador buscó la ayuda del príncipe de Tao-Klarjeti. David llamó de vuelta a su comandante y lo envió contra Bardas con doce mil jinetes georgianos. Tornike obtuvo una victoria decisiva y regresó al Athos con mil doscientas libras de oro. Con esto fundó un nuevo monasterio para monjes georgianos cerca de la Gran Laura. David, por su parte, recibió del emperador el título de kouropalatēs (aprox. «virrey») y una significativa donación territorial, en posesión de la cual pudo iniciar la reconquista de Georgia, de modo que su hijo, Bagrat III, ya pudo ser coronado rey de Georgia.

Retrato de grupo de los mayores emperadores bizantinos en el nártex de la iglesia principal de Iviron. El gran barbado y acorazado Tornike (aquí con su nombre monástico Ioannes) mira por encima del hombro de Constantino el Grande, que está en el centro.

Hoy, sin embargo, se venera como fundador del monasterio a San Juan de Iberia. El cuñado del general Tornike entró en la Gran Laura con él, y luego se convirtió en el primer abad de Iviron. Le siguió su hijo Ekvtirme (San Eutimio del Athos), quien llegó a ser uno de los mayores teólogos y traductores de su época. Entre sus traducciones se encuentra la historia de la iluminación del Buda, titulada La sabiduría de Balahvari, cuya versión cristiana se convirtió en una lectura popular en la Edad Media con el título Barlaam y Josafat. Sus protagonistas —cuyos nombres son una deformación de Gautama y bodhisattva— fueron venerados como santos por los católicos medievales, y aún hoy lo son por los ortodoxos.

Sin embargo, el santo de Iviron más venerado en toda Georgia es San Gabriel de Iberia, quien entró en el monasterio poco después de su fundación. Debido a sus extraordinarias virtudes monásticas y espirituales, solo él fue digno de sacar del mar la Panagia Portaitissa, el Icono de la Virgen Portera, salvado de la iconoclasia al deslizarse sobre el mar desde Constantinopla hasta el Monte Athos, y que, como veremos, se convirtió en su icono protector. A Gabriel lo vemos en los frescos de la mayoría de las iglesias georgianas, con el icono en la mano, normalmente cerca de la entrada, donde trabajan los vendedores de iconos y velas, como si fuera su santo patrón.

San Gabriel saca el icono del mar. Del ciclo de frescos de la capilla del icono en Iviron

Tanto si uno llega a Iviron en barco como en autobús, se apea en el mismo lugar de la playa, al arsenal fortificado del monasterio, que hoy sirve como aserradero.



El monasterio se despliega inesperadamente detrás del arsenal, entre olivos y cerezos, con balconadas abiertas y cerradas, alegremente pintadas, que sobresalen en la parte superior de su alta y articulada muralla medieval, como una gran ciudad oriental colorida.



Caminamos por el lado norte hasta la doble puerta decorada con columnas de mármol. A la izquierda está la puerta santa, original de los tiempos de la fundación e intacta gracias a su guardiana, el Icono de la Virgen Portera que «vive» aquí. Permanece siempre cerrada. A la derecha, la puerta nueva se abre al gran patio, uno de los más amplios de los monasterios del Monte Athos.




En medio del patio se alza la fuente de mármol, bajo una cúpula, donde los monjes se sientan y beben agua fresca después de la liturgia.


A la izquierda de la fuente, es decir, al este, está el catholicon, la iglesia principal. Cada tarde, la luz del sol pasando frente a las vidrieras proyecta un caleidoscopio sobre el suelo de su nártex.







El muro y el techo del nártex están decorados con frescos del siglo XVIII, probablemente sean renovaciones posteriores al incendio de los frescos más antiguos: un ciclo del Apocalipsis tomado de grabados del Renacimiento alemán, la historia del primer sínodo universal, la vida de la Virgen, los santos de Iviron.

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A la derecha de la fuente, es decir, al oeste, se alza el enorme bloque de la trapeza, el comedor de los monjes, con un campanario sobre su entrada. A la izquierda se le une una alegre cocina digna de una casa hobbit, y a la derecha la tesorería y la biblioteca, con muchos miles de manuscritos medievales georgianos y griegos, que ahora han sido trasladados a algún otro lugar debido a las obras de restauración, quizás a la gran torre detrás de la fuente, al final del patio.





El plano es similar al de los demás grandes monasterios del Monte Athos. Pero Iviron tiene también un edificio especial. Junto a aquella puerta original siempre cerrada del monasterio, se construyó una pequeña capilla para el icono milagroso, la Virgen Portera. Según la leyenda, después de sacar el icono del mar y colocarlo en la iglesia principal, este se trasladó por sí mismo al muro de la puerta. Tras muchos intentos de moverlo, la Virgen se apareció al monje Gabriel declarando: «No he venido para que me escondáis, sino para protegeros.» Finalmente se alcanzó un compromiso, de modo que el icono tendría su propio «cuarto de portera», una capilla junto a la puerta, donde se le honra con una liturgia independiente tras cada víspera.


El icono no es en absoluto tan pequeño como el que sostiene San Gabriel de Iberia, sino casi del tamaño de un hombre. No solo es venerado en Athos y en el campo georgiano. En 1648, Nikon, Patriarca de Moscú, encargó una copia, que fue expuesta en una capilla erigida frente a la doble puerta de la Plaza Roja. La Virgen georgiana se convirtió así en la portera del Kremlin de Moscú, y quien entraba por la puerta debía inclinarse ante ella. Por ello, los bolcheviques demolieron la Puerta Iberia y su capilla en 1929, y el icono desapareció. Hoy, una copia de ambos vuelve a estar en la plaza.



La puerta se abre al atrio cubierto por una cúpula de la capilla. El fresco de la cúpula representa a la Virgen de la Señal, es decir, a la Madre de Dios embarazada en postura orante, rodeada por la corte celestial y los profetas que anuncian la venida de Jesús. En los muros se representan el Juicio Final y un ciclo sobre el hallazgo del icono y sus milagros. En el exterior de la puerta hay un detalle ampliado del icono, con el fresco de la Dormición de la Virgen encima, ya que la iglesia principal está dedicada a esta fiesta. Es lo primero que ve el peregrino de las imágenes del monasterio antes de entrar al patio.

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Para el visitante externo, quizá la mayor experiencia sea ver a los monjes caminar entre estos edificios milenarios, con la espalda encorvada y con un aire de superioridad en el rostro nacido de dos mil años de conocimiento iniciático, con sus largas barbas y cabezas imponentes, testimoniando así, por la singularidad de su apariencia, una realidad lejana a nosotros. El mayor desafío monástico para el visitante —una forma especial de ascetismo inventada para los fotógrafos— consiste en no permitir fotografiar esos rostros fotogénicos. Sin embargo, el ascetismo da sus frutos espirituales. Al no poder hacer fotos, y seguir rumiando en mi cabeza las imágenes no realizadas, voy comprendiendo lentamente que, en la mayoría de los casos, los habría fotografiado por pura pereza intelectual, como marcas registradas de un exotismo local. Por la misma razón por la que los turistas hacen toneladas de fotos de ropa tendida o de los gatos de Roma. O, peor aún, como actores de situaciones para contemplar luego fuera de contexto, escenas cotidianas que se vuelven graciosas porque normalmente no las asociamos a un monje: mira, así es como un monje hace una llamada de móvil, así bebe vino, así lleva una bolsa. Como un hombre.

La prohibición de fotografiar a las personas es una práctica espiritual inteligente para las primeras visitas monásticas. Te evita tener que recordar con vergüenza situaciones en las que no consideraste plenamente a la otra persona como persona. Y te prepara para que, cuando un día te permitan hacer fotos en un monasterio, ya no veas ni fotografíes el exotismo, sino al hombre que hay ahí.

Quisiera ilustrar, a partir de un álbum fotográfico del Monte Athos, cómo es cuando el fotógrafo ve al hombre en el monje. El fotógrafo, Caritón, es él mismo monje del monasterio de Vatopedi, de modo que conoce y muestra este mundo desde dentro en su álbum Ματιές στον Άθω / Imágenes del Athos, publicado en 1997. 

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Y un retrato literario tomado de From the Holy Mountain de William Dalrymple, del que hablaremos más adelante:

—Cristóforos estará ahora en el Arsenal, —dijo el padre Yacovos, mirando su reloj de leontina, mientras alimentaba a sus gatos.

Encontré al anciano de pie en el embarcadero, sosteniendo un cubo lleno de colas de pescado. Un enorme par de gafas negras reposaba precariamente sobre su nariz. A su alrededor se arremolinaban dos docenas de gatos.

—Ven, Justiniano —llamó el padre Cristóforos—. «Ven ya, Crisóstomo, bissbissbissbiss... Vamos, mis queridos, hala, venid…

Me acerqué y me presenté.

—Pensábamos que llegabas la semana pasada —respondió el monje, algo brusco.

—Lo siento —dije—. Tuve problemas para conseguir el permiso en Tesalónica.

Los gatos seguían revolviéndose zalameros en torno a los tobillos de Cristóforos, enseñándose los dientes de vez en cuando y arrebatándose las aletas esparcidas.

—¿Has podido comentarle al abad si puedo ver el manuscrito?

—Lo siento —dijo Christophoros—. El abad está en Constantinopla. Está en concilio con el Patriarca Ecuménico. Pero puedes quedarte aquí hasta que vuelva.

—¿Cuándo será eso?

—Debería regresar para la Fiesta de la Transfiguración.

—Pero eso es… ¿qué?… dentro de más de quince días.

—La paciencia es una gran virtud monástica —dice Cistóforos, asintiendo filosóficamente hacia Calistos, un viejo gato atigrado, más bien desastrado y patizambo, que hasta entonces no había conseguido atrapar ni una sola cola de pescado.

—Mi permiso caduca pasado mañana —dije—. Solo me dieron un diamonitirion de tres días. Tengo que irme en el barco de la mañana. —Miré al anciano monje—. Por favor… he venido hasta aquí solo para ver ese libro.

—Me temo que el abad insiste en que debe interrogar primero a cualquiera que…

—¿No hay nada que pueda hacer?

El anciano tiró levemente de su barba. No debería hacer esto —dijo—. Y además, las luces de la biblioteca no funcionan.

—Hay unas lámparas en la habitación de huéspedes —sugerí.

Vaciló un segundo, indeciso. Luego cedió: Ve rápido —dijo—. Pregunta al padre Yacovos si quiere prestártelas.

Le di las gracias a Cristóforos y comencé a caminar deprisa hacia el monasterio antes de que pudiera cambiar de opinión.

—Y no dejes que Yacovos empiece a contarte su vida —me gritó—, o nunca llegarás a ver ese manuscrito.
 

Padres ortodoxos de Kortrijk cantan el himno pascual «Cristo ha resucitado» en flamenco, a mi petición, en el monasterio de Iviron

El otro espectáculo humano del monasterio son los peregrinos. Gente en su mayoría sencilla, con rostros característicos de campesinos, de modo que los pocos intelectuales rusos desentonan. Carecen de la piedad habitual en los lugares católicos de peregrinación; quizá porque solo hay hombres aquí, y no las ancianas que suelen llenar nuestras iglesias de peregrinación. Vienen de todas partes de Grecia y del mundo ortodoxo, haciendo tangible el concepto de la commonwealth ortodoxa, desde Rusia y los Balcanes hasta Anatolia.

Recibir y abastecer a tanta gente cada día impone al monasterio una tarea logística considerable, especialmente porque cualquier suministro solo puede llegar por mar. Mientras estoy sentado en el refectorio, y miro a la multitud de padres y peregrinos —entre cien y doscientas personas en un solo monasterio entre los veinte— pienso en cómo llega aquí cada día esta enorme cantidad de comida desde tierra firme, especialmente cuando en la montaña, donde no viven animales hembras, no se producen ni huevos ni leche. Y luego, involuntariamente, una duda escatológica: ¿cómo sale esta cantidad de desechos por los desagües? El mar es cristalino, sin rastro de algas que indiquen vertido directo de aguas residuales. ¿Pero dónde tiene el monasterio una instalación de depuración tan grande? ¿Dónde hay espacio para ello en una franja de costa tan estrecha? Interrogo a los padres, que responden como suelen hacer los padres ortodoxos, que lo saben todo perfectamente pero sus respuestas sugieren que nunca habían pensado en ello.

Se reúnen dos veces al día para comer, a media mañana y a primera hora de la tarde. No se puede dar una hora precisa: es al final de las liturgias de la mañana y de la tarde. Sin embargo, estas empiezan cada día a horas muy distintas y duran tiempos diferentes. Si quieres comer, es aconsejable participar en la liturgia, porque después de que los monjes entren al refectorio y los peregrinos los sigan, cierran las puertas. La comida es sencilla pero buena y abundante, aunque varía de un monasterio a otro. Algunos peregrinos, que aún no han aprendido la lección sobre el cuidado de Dios, al salir recogen en bolsas de plástico lo que han dejado otros, e incluso vierten el vino sobrante en botellas de plástico.



Al entrar en el monasterio, nos presentamos ante el padre portero, quien distribuye los alojamientos. Las habitaciones de los padres dan al mar; las de los peregrinos, a las montañas sobre el monasterio. El bosque se baña en sol desde la mañana hasta la tarde, tras lo cual el sol se pone en la habitación a modo de despedida. Hasta el anochecer, el rumor de los tractores llega desde los campos; y por la noche, si uno se queda despierto, se oye el aullido de los lobos en las montañas.


Llegamos en un momento ajetreado. Habrá una visita episcopal y la ordenación de un diácono en la misa oficiada por el obispo. La vigilia antes de la misa dura hasta las dos de la madrugada. Y la misa empieza a las seis de la mañana y dura hasta las diez. La liturgia transcurre lentamente y con solemnidad. A ratos no sabemos exactamente en qué punto estamos pero todo fluye como el sol dorado de la mañana que se cuela por las ventanas. El coro canta de modo impresionante la liturgia bizantina, que no es polifónica como la rusa, sino una melodía intrincada y abovedada ejecutada sobre el tono base sostenido por otros.

A pesar de la prohibición de fotografiar, cada vez más personas sacan sus móviles y toman fotos y vídeos. No todos los días pueden ver una misa episcopal, y además tienen que mostrarla en casa: «mirad, así consagraron al muchacho». La fila la inaugura un anciano sacerdote japonés que llegó para la ocasión. Sube y baja por la iglesia con una cámara profesional, como un reportero gráfico, y dispara a las caras de los sacerdotes e incluso del obispo. Los padres lo observan con una sonrisa indulgente. Luego, los visitantes e incluso los monjes comienzan a encender sus teléfonos móviles. Cuando yo finalmente me atrevo a empezar, las partes más espectaculares ya han tenido lugar: solo pude registrarlas en mi memoria. Pero aquí hay un vídeo que muestra el interior —normalmente cerrado— de la iglesia. Me alegra especialmente poder mostrar así el hermoso mosaico cosmatesco del suelo. Aquí se considera firmemente que es de la época fundacional, es decir, del siglo X, mientras que la literatura atribuye esta técnica a la Roma de los siglos XII al XIV. Alguien está equivocado… pero gracias a Dios no es asunto mío averiguar, de forma impía, quién.



El lector atento que me haya seguido hasta aquí quizá objete que aún no he mencionado la segunda cosa que me alegra de haber conseguido alojamiento en Iviron. Bien, la segunda razón es un libro maravilloso que empieza en este lugar, y trata de un libro maravilloso que acaba en este lugar. El que comienza aquí es From the Holy Mountain, de William Dalrymple, del que ya hablé en el asedio turco de Tur Abdin. Y el otro es el relato de viaje bizantino del siglo VII de Juan Mosco —de Mesopotamia a Egipto—, cuyo recorrido sigue y comenta Dalrymple. Su manuscrito original se conserva en la biblioteca de Iviron. El libro de Dalrymple empieza diciendo que por fin pudo tener el manuscrito en sus manos aquí, en la biblioteca:

«Abierta sobre la mesa está mi traducción de bolsillo de La pradera espiritual de Juan Mosco, el improbable librito que primero me trajo a este monasterio, y cuyo manuscrito original vi por primera vez hace menos de una hora. Si Dios quiere, Juan Mosco me guiará, hacia el este hasta Constantinopla y Anatolia, luego hacia el sur hasta el Nilo y de allí, si todavía es posible, hasta el gran oasis de Jarga, antaño la frontera meridional de Bizancio.»

Los manuscritos de la biblioteca se hallan ahora en un lugar desconocido debido a las obras de renovación, y sería inútil intentar obtener permiso para consultar el de Mosco. Y también innecesario, ya que Dalrymple lo ha publicado con un comentario personal sensorial y colorido insuperable. El mero conocimiento de que estoy aquí donde comenzó esta aventura sin parangón, y de que el manuscrito se encuentra también aquí, en algún lugar dentro de los muros milenarios, me basta. Me imagino a William sentado en una celda igual que la mía, mirando por la ventana —él veía el huerto en lugar del bosque, así que debió de estar en una celda al final del corredor— e, igual que yo, preparándose para escribir:

«Mi celda es desnuda y austera. Tiene paredes blancas y un suelo de losas. Solo dos muebles rompen la severidad de su vacío: en una esquina se alza un escritorio de madera de olivo; en la otra, un catre de hierro. Este último está cubierto con una sola sábana blanca, almidonada tan rígida como la toca de una monja.

A través de la ventana abierta puedo ver una fila de hábitos negros: los monjes trabajando en el huerto, una cadena monástica cavando las coles antes de que el sol se ponga y el golpe en la madera del simandro los llame a completas. Más allá del huerto hay una viña, recortada contra la sombría pirámide negra de la Montaña Sagrada.


Todo está quieto ahora, salvo el lejano romper del oleaje en el embarcadero y el tenue eco y traqueteo de los platos metálicos en las cocinas del monasterio. El silencio y la solemnidad del lugar difícilmente están pensados para levantar el ánimo, pero no podrías encontrar un lugar mejor para ordenar tu mente. No hay distracciones, y la quietud monástica impone su propia y frágil claridad.»

Es extraño cómo dos personas pueden ver lo mismo de manera distinta. En la descripción de Dalrymple, Iviron es un lugar ascético, sombrío y negro. En mis recuerdos permanecerá como un lugar jovial y dorado, inundado por el oro del sol y de la liturgia bizantina.


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