China, especialmente en su parte occidental, está llena de pequeñas ciudades y aldeas históricas. Sin embargo, las buscarás en vano en cualquier guía en lenguas occidentales. No sé qué vino primero, si el huevo o la gallina: si no aparecen en ellas porque los turistas occidentales no van de todos modos a estos rincones ocultos de China, satisfechos con la Gran Muralla y el Ejército de Terracota de Xi’an, o si no van porque las guías no hablan de estas regiones.
Si tienes curiosidad por estas pequeñas ciudades, deberás buscar guías chinas especiales cuyos títulos terminen en 古镇 gŭzhèn, «ciudad antigua». En China hay muchas publicaciones de este tipo, porque a los viajeros chinos de gusto refinado les encantan y adoran estas cápsulas del tiempo. Cuando escribí a la compañía de autobuses china la lista de pequeñas ciudades que quería visitar con mi grupo en las montañas alrededor de Chengdu, me dieron con absoluta naturalidad las rutas y horarios exactos, advirtiendo solo que a veces el autobús cubriría los treinta kilómetros entre dos poblaciones en una hora.
También es complicada la carretera que lleva a Wangyu, unos doscientos kilómetros al suroeste de Chengdu. Desde Ya’an, el punto de partida de la rama sichuanesa de la Ruta del Té y de los Caballos, una vía empinada y estrecha, de dos carriles, serpentea montaña arriba. Un solo camión grande bloqueará el camino, girando con maniobras increíbles en cada curva en herradura. Los coches que por lo demás apenas transitan por aquí —incluido nuestro minibús— van acumulándose lentamente en una larga cola detrás de él. Nubes matinales se posan sobre las montañas, el río ruge al fondo. En las paradas más largas bajamos a hacer fotos. Cubrimos los cuarenta kilómetros desde Ya’an hasta Wangyu en dos horas.
A nuestro lado ya puede verse que la paciencia de la provincia se ha agotado y construyen rápido una carretera de cuatro carriles a través de las montañas. La construcción de carreteras en China es una tarea espectacular: instalaciones mezcladoras de hormigón, puentes provisionales, túneles y tramos de carretera de cemento aparecen por todas partes. La construcción llega su fase final. Cuando se inaugure se acabará también el encanto de los gŭzhèn de las tierras altas. Mi amigo Shi Tan, coleccionista de música popular china, dijo que solo se puede recopilar música tradicional en un pueblo chino mientras no llegue hasta él una carretera de hormigón. Hacemos este recorrido en la última hora.
Wangyu fue construida sobre la meseta de una roca elevada a orillas del río Zhougong. Hasta hace poco, solo una empinada escalera de ciento cincuenta peldaños subía desde el río, pero ahora, en relación con la nueva carretera, también se ha construido un camino asfaltado serpenteante que llega al pueblo por la parte alta. Desde allí unos escalones resbaladizos descienden y luego el sendero continúa entre graneros y huertos. Sin embargo, en lo alto de la escalera, una señal viaria moderna y un centro de recepción turística en construcción indican que el pueblo pronto quedará integrado en la industria turística global.
Desde el sendero se ven los tejados de las casas de madera y los patios a lo largo de la calle principal. El pueblo está recogido entre el espeso verde de las montañas ahora cubiertas de nubes, como arropado.
Desde la calle principal se divisa el río y las casas más modernas construidas en la orilla opuesta. Aquí es donde la antigua ciudad obtuvo su nombre: 望鱼 wàng yú significa «observar los peces». El folclore local identifica la roca alta con una gata acurrucada que contempla a los peces que juegan ante sus fauces.
Pero «observar los peces» es también una forma o metáfora de la meditación en la tradición china.
Según una historia clásica taoísta, Zhuangzi, caminando junto a un río, dijo a Huizi: «Mira cómo los peces juegan y revolotean a su antojo. Eso es lo que realmente apetecen los peces». Huizi replicó: «Tú no eres pez. ¿Cómo sabes lo que que les gusta a los peces?» Zhuangzi respondió: «Tú no eres yo. ¿Cómo sabes que no sé lo que les gusta a los peces?».
Este debate epistemológico fue continuado por el famoso pintor de la era Song Zhou Dongqing en su rollo pintado de seis metros La alegría de los peces (1291, Museo Metropolitano de Arte), en cuyo margen escribió este poema:
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非鱼岂知乐, |
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Si no somos peces, ¿cómo conocer su felicidad? |
El camino desciende por escalones empinados hacia la calle principal, pavimentada con losas de piedra y flanqueada por elegantes casas de madera con columnas y pórticos. Las basas de piedra de las columnas llevan tallas del siglo XVIII. Se ve que el pueblo fue rico en el siglo XVII y XVIII, cuando era el principal mercado del bambú de la zona. Luego la riqueza pasó, pero las casas de madera, con sus ménsulas y dinteles tallados, sus bellas ventanas y sus imponentes estructuras internas, afortunadamente han sobrevivido hasta hoy. En 2013, Wangyu recibió el título de «pueblo antiguo más hermoso de Sichuan».
Uno o dos ancianos se sientan en los porches, ofreciendo té o comida callejera, y en otro lugar un grupo juega a las cartas. Hoy el pueblo tiene solo dieciséis residentes permanentes, pero la vida hierve en el nuevo poblado construido al pie del acantilado, y mucha gente sube también desde allí.
En un hueco entre las casas pueden verse estatuas taoístas cubiertas de musgo. En la pequeña plaza entre los edificios agrícolas están los restos del antiguo santuario del pueblo. A ambos lados de las dos estatuas centrales —probablemente los antepasados que fundaron el lugar—, se hallan figuras de dioses. Si uno da un paso atrás se distinguen los estratos del tiempo: una estatua budista de Guanyin, el Buda de la Compasión; junto a ella, una pequeña estatua de Confucio; en la pared tras ellos, una escena de pioneros comunistas hecha con azulejos; y detrás de esta, un cartel de obra moderna en el muro de contención de hormigón recién construido.
Siguiendo por la calle principal, una cafetería-librería de diseño contemporáneo muestra un excelente ejemplo de preservación y uso moderno de las casas antiguas. La fachada de madera y la estructura interna de columnas y vigas con su entramado de techo se han conservado, pero han abierto los espacios interiores y los han conectado mediante una intrusiva escalera de madera. El emblema del nuevo edificio, un marco de madera apoyado sobre la cabeza de un pez, remite al nombre del pueblo y a la esencia del local. En la cafetería se vende el mejor espresso y capuchino italianos, así como té tibetano. El mobiliario hipster y su oferta sugieren que el pueblo es frecuentado por un público de gustos occidentalizados, y que esto irá en aumento cuando la carretera se termine.
El mismo público tienen como objetivo, un poco más lejos, dos casas enfrentadas, regentadas por un chico y una chica, quizá pareja, quizá hermanos. No parecen locales; pueden ser estudiantes universitarios que están aquí solo para gestionar la tienda. Una de las casas, mantenida conscientemente en estilo rústico, es una cafetería; en la otra se vende excelente ropa hecha a mano. Sobre la mesa de esta tienda está El juego de los abalorios de Hermann Hesse, en chino. La chica dice que le gusta mucho ese libro, cuya «espiritualidad» es muy similar a la espiritualidad china. Yo sentí lo mismo cuando lo leí hace treinta años.
Unas pocas casas más allá de la doble tienda, la calle termina en un pabellón que hace de mirador. La larga escalera que hasta hace poco era la única vía de acceso al pueblo desciende desde allí hacia la villa nueva. Bajo el pabellón se ven sus tejados así como los pilares de hormigón de la nueva carretera que avanza por la orilla opuesta del río.
De vuelta por la calle principal, nos detenemos en una obra que muestra cómo el café que acabamos de visitar ha inspirado la transformación moderna de las casas. Las paredes divisorias y el techo del espacio interior han sido eliminados; solo permanecen en su lugar las columnas de soporte y las vigas talladas, y pronto se añadirá sin duda alguna estructura de madera nueva entre ellas.
Seguimos hacia el extremo de la calle principal, que debió de ser una parte menos prestigiosa, más campesina y sencilla del pueblo.
Aquí se abren dos o tres pequeños comedores locales, de al menos cien años de antigüedad, como indican el retrato gastado de Mao y los lemas del partido. Ahora comen aquí los grupos de albañiles.
La guía 四川古镇, Pueblos antiguos de Sichuan, que compré hace treinta años en Pekín como una especie de voto por la esperanza —entonces casi irrealizable— de llegar algún día a conocer estos lugares, adopta un tono especialmente lírico al hablar de Wangyu:
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川北古镇中,望鱼是一个另类。想感受民风民俗,可以去元通;想欣赏特色建筑,可以去平乐;想了解历史人文,可以去街子。可是,想寻觅桃源,想慰藉心灵,想神游八荒,望鱼,就是赤子的彼岸。它地处半山腰,藏在深闺人未识,所以,它的破败也让人感动。它太小了,你有足够的时间来发现它细节的美;它太悠闲了,亲近它,谁都会乐不思返。 |
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Entre los antiguos pueblos pequeños del norte de Sichuan, Wangyu es un caso especial. Si te interesan las costumbres populares, ve a Yuantong. Si la arquitectura concreta, a Pingle. Si quieres una comprensión más profunda de la historia y la cultura, a Jiezi. Pero si quieres encontrar el paraíso, encontrar la paz espíritu, si solo quieres vagar y observar los peces, entonces este es el lugar de la inocencia. Oculto entre las montañas, en una cámara secreta, desconocido para todos, resulta conmovedor incluso en su desgaste. Es tan pequeño que tendrás tiempo suficiente para descubrir la belleza de sus detalles, y tan apacible que, una vez te sumerjas en él, nunca querrás marchar. |
Ojalá siga siendo así.
































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