Disolución: Ofrenda

En el Museo Arqueológico de Estambul se conservan algunas de las pocas piezas de la desaparecida ciudad de Dascilio, en la parte occidental de Turquía, al oeste de Bursa. Esta importante ciudad, incorporada al imperio persa en 546 a.C., capital de la satrapía de la Frigia helespóntica y residencia de la dinastía farnácida, desapareció del mapa durante la Edad Media y solo unas excavaciones de 1956 empezaron a ubicarla y recuperarla —aunque muy parcialmente.

Entre los hallazgos de época aqueménida hay varias estelas del s. V a.C. que muestran a magos persas realizando sacrificios.

La ofrenda de las cabezas de un carnero y un buey sobre el ara del sacrificio. Dascilio, s. V. a. C. Museo Arqueológico de Estambul

Los primeros días del pasado mes de agosto estábamos en Svaneti, Georgia. Era el día de la Giorgoba o fiesta en honor de san Jorge, del «dios» Jorge, tal como lo celebran en Adishi. Una fiesta de fuerte sincretismo, donde se aprecia la pervivencia de las antiguas religiones montañesas hibridadas con el cristianismo (luego escribiremos más sobre aquel día).

La fiesta trasciende al san Jorge cristiano y se extiende en rezos, invocaciones y rituales que implican la adoración de la luz solar, cierto chamanismo, la bendición de los bienes de la tierra, del pan y el vino, de los iconos. Los magos, en esta ocasión, han colocado las cabezas de dos animales sacrificados, uno blanco y otro negro, un carnero y una cabra, sobre una roca que hace de altar y se enfrenta a las inmensas cumbres sagradas del Cáucaso. La influencia de la religión persa, zoroastriana, en la parte de la alta montaña occidental de Georgia, en Svaneti, no es ni mucho menos directa, ni ha dejado testimonios esculpidos como los de Dascilio. Habría que buscarla, en todo caso, en el este de Georgia, Iberia / Kartli, con cierta presencia allí de complejos cultuales, templos de fuego y teonimia (Armazi <-- Ahura Mazda) que sí son vinculables al influjo iranio. Pero estas imágenes dan un claro testimonio de la continuidad transtemporal y geográfica del gesto humano, no siempre consciente, ante lo que le supera.

Y esta ofrenda a la inmensidad de las cumbres desmiente la sentencia de Lactancio (Divinae Institutiones, III.20: «Quae supra nos nihil ad nos») glosada por Erasmo (Adagia, 569) y convertida en emblema por Alciato con la imagen de Prometeo encadenado precisamente en estas montañas. Tal vez podríamos formularla mejor así: Quae supra nos sunt, maxime ad nos pertinent, lo que está por encima de nosotros nos concierne mucho.

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