Casas con estrella amarilla

Hace setenta años, el 15 de julio de 1944, se publicó el decreto del Alcalde de Budapest, cuyo efecto fue que los más de doscientos mil judíos de la ciudad – que desde el 5 de abril debían llevar la estrella amarilla – tenían que mudarse, en el plazo de una semana, a las casas que les fueron asignadas. Las puertas de estas casas debían marcarse, según el decreto, con una «Estrella de David amarillo- canario». Los judíos, apiñados en estas casas –varias familias compartían un mismo piso– solo podían salir dos horas al día, entre las 3 y las 5 de la tarde. Desde el fallido intento del Gobernador Horthy de alejarse de la guerra y la toma nazi el 15 de octubre, hasta finales de noviembre, cuando los habitantes de las casas con estrella amarilla fueron trasladados al Gueto de Budapest, los destacamentos nazis también hostigaban y se llevaban a quienes vivían allí. Había unas dos mil casas de este tipo en la capital, que ahora pueden verse juntas por primera vez en el mapa compuesto por el Archivo de la Sociedad Abierta de Budapest.

La OSA, que durante más de un año ha estado recopilando y publicando en un sitio aparte y en una página de Facebook los documentos y recuerdos relacionados con las casas con estrella amarilla, organizó ayer, en el día más largo del año, junto con los antiguos y actuales habitantes de estas casas, su primera presentación. El impresionante programa abarca más de doscientos sitios e incluye conmemoraciones en el lugar y recuerdos de los sobrevivientes, conciertos y proyecciones de películas en los patios, así como paseos y visitas que recorren varias casas.

El sábado por la mañana nos reunimos en el patio de una de las casas con estrella amarilla alrededor de la Plaza Teleki, donde antes de la guerra operaba el famoso rastro de los trapos –en mi infancia un mercado de alimentos–. Era un barrio pobre, tal como ahora, la primera parada de los judíos que venían del campo a la capital. Treinta mil judíos vivían allí, el 15 % de los de Budapest, hacinados en grandes bloques con patios interiores y corredores externos. No es casualidad que casi todos los edificios de la calle principal del barrio, la calle Népszínház, que iba de la Plaza Teleki hacia el centro, fueran casas con estrella amarilla. En las pocas excepciones, los propios habitantes solicitaban este estatus en la oficina del Alcalde, respaldando su petición con un sobre con diez mil pengős –60 veces el salario mensual promedio– para poder permanecer en sus propios pisos, relata Tamás Márton en el patio del número 46, quien ha vivido allí desde entonces.

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El recorrido lo guían unos jóvenes investigadores de la sinagoga-apartamento de la plaza Teleki. Antiguamente había en el barrio más de cincuenta lugares de culto de este tipo, apartamentos transformados en pequeñas sinagogas, casi uno en cada edificio; hoy solo queda este. La Fundación Memorial Gláser Jakab, que lleva el nombre del legendario dirigente recientemente fallecido, ha estado reconstruyendo el mundo judío desaparecido de la plaza Teleki y sus alrededores mediante la recopilación de datos y entrevistas con los últimos testigos. También repasaremos sus primeras publicaciones, previstas para este otoño.

«Era el 15 de octubre de 1944, cuando Horthy proclamó la separación provisional de la guerra. Nunca lo olvidaré: era domingo, igual que el día de la ocupación nazi. Un día de alegría. Supimos que Hungría había abandonado la guerra y se había vuelto contra los nazis. Lo primero que ocurrió fue que los adultos bajaron y quitaron las estrellas amarillas de las puertas. Y luego, esa misma tarde, todavía de día, desde la calle Homok aparecieron los nazis y los gendarmes húngaros, avanzando por los tejados. Nos hicieron bajar al patio a gritos. Yo estaba tan asustado y presa de tal pánico que le dije a mi madre que saltara desde el cuarto piso para suicidarse. Mi madre me respondió con una bofetada en el trasero. Bajamos, nos alinearon y luego tuvimos que marchar con las manos en alto, niños y ancianos por igual, por las calles Népszínház, Kun y Rákóczi hasta el Tattersall.» (Entrevista de la Fundación Memorial a Iván Bánki)

Las entrevistas aluden a varios hilos históricos hasta ahora desconocidos. Por ejemplo, al papel de los gánsteres judíos que –como también sabemos por las novelas del escritor local Endre Fejes– eran figuras dominantes del octavo distrito, tan temidas antes de la guerra como ahora. Varios testigos mencionan a un tal Miklós Lantos que, vestido con uniforme nazi, tomó el mando de grupos de judíos que eran conducidos a la ejecución, salvándolos así. Según otros, más de un gánster judío se disfrazó de nazi, lo que les permitió acercarse a los soldados desprevenidos y «ajusticiarlos de un ladrillazo», e incluso organizar una resistencia armada que duró varios días en la calle Népszínház tras el golpe del 15 de octubre. Todo esto está también recordado por una placa en la pared del número 46 de la calle Népszínház. Pero si realmente sucedió así, o si simplemente resulta reconfortante creer que incluso los indefensos tuvieron sus propios Robin Hood, no lo sabemos con certeza. Cada testigo recuerda algo distinto. Algunos dicen que no hubo ninguna revuelta, solo que el portero nazi del número 59 salió a la calle disparando, sembrando el terror entre los habitantes judíos de la casa. Una cosa sí es segura: las víctimas.

«El 17 de octubre de 1944, hacia las nueve de la mañana, el ruido de un tiroteo ensordecedor llenó el barrio de la calle Népszínház y la plaza Teleki… Uno de los porteros nos dijo en secreto que había un combate entre los nazis y los judíos que disparaban desde las ventanas… Frente a la casa número 59, pronto yacían en la calle veintiún cadáveres.» (Entrevista de la Fundación Memorial con el doctor József Balázs)

En el patio del número 59, los antiguos testigos recuerdan hoy aquellos hechos. Según Endre Jakab, las mujeres y los niños fueron llevados al hipódromo, mientras que los hombres, veintidós en total —entre ellos su padre—, fueron conducidos frente a la casa y fusilados uno por uno. El nieto de uno de ellos, Nick Barlay, residente en Londres, lleva muchos años investigando la historia de su familia y ahora nos lee de su libro, recientemente traducido al húngaro, lo que ha logrado averiguar sobre la muerte de su abuelo.

La conmemoración llega a su fin. Pero antes de que los participantes del recorrido se dispersen para asistir a los demás programas, Tamás Adler, el guía del recorrido, saca una botella de aguardiente kosher de ciruela destilado en la plaza Teleki. Brindamos por el cumpleaños de Ferenc Reisler, quien acaba de contarnos sus recuerdos de hace setenta años. Le jaim, decimos según la tradición judía: «a la vida».

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