El pesebre

Llueve en Belén. Ha empezado temprano esta mañana en Jerusalén y el Muro que tan eficazmente detiene todo lo demás no ha logrado detener el agua que cae. Los desagües están atascados, corren riachuelos por las calles empinadas y las fuertes ráfagas rizan la superficie de los charcos. Los peregrinos suben desde el aparcamiento de autobuses hasta la Iglesia de la Natividad con los paraguas volteados por el viento, andando sobre las aguas. En la diminuta puerta de piedra de la enorme basílica antigua hay que inclinarse profundamente para entrar. Dentro todavía reina el silencio, dos horas antes de medianoche; solo unas pocas personas están sentadas ante el iconostasio. Pero en la cripta bajo el iconostasio el aire es sofocante: se apiñan devotos peregrinos chinos, malayos y filipinos cantando melodías exóticas, besando la gran estrella octogonal de plata, a través de cuya ventanita circular de cristal se puede mirar hacia abajo, a la cueva. Delante de la estrella una monja agresiva reprende a quienes han bajado por la escalera de subida. Era más fácil, creo, haber colocado allí un cartel que distinguiera entre ambas. Arriba, delante del altar armenio, una policía árabe está rezando; levanta de buen grado el cordón para que yo pueda acercarme a tomar unas fotos. En la iglesia católica, construida junto a la basílica griega, se están reuniendo para la misa de medianoche. Paso el ritual de seguridad: me quitan el paraguas, me lo devolverán cuando salga. En el claustro, unos franciscanos jóvenes me cortan el paso; buscamos una lengua común y la encontramos en el español. Me piden la entrada. No hay entrada. Se podía comprar por internet desde septiembre pero hace tiempo que se agotó. Detrás de mí se van sumando quienes tampoco tenían noticia de este pormenor. Los jóvenes franciscanos se ven desanimados; cada cinco minutos piden un poco de paciencia. Media hora más tarde sale un enorme jefe scout árabe, gritando a todos los visitantes no invitados del Niño Jesús. Al salir pido mi paraguas pero alguien se lo ha llevado. Los guardias de seguridad gruñen, no les importa demasiado. Mientras trato de convencerles de que busquen un poco más ponen en mi mano el de otra persona. Lo acepto: no puedo salir sin paraguas bajo esta lluvia bíblica. Los excluidos permanecen en remojo delante de la iglesia. Regreso a la basílica porque al rodearla he observado que las iglesias católica y griega están conectadas por un portón de hierro por donde se accede directamente desde la iglesia católica a la cueva santa. De pie en la puerta se puede ver la misa latina. Me quedo rondando por allí; poco a poco otros encuentran también el camino y el vano abovedado se va llenando lentamente. El Patriarca latino y el clero, encabezados por tres extraños beyes vestidos a la otomana, entran en la iglesia. Comienzan el oficio y luego la misa. El coro hace lo que puede; sus voces se fuerzan en los registros altos. En la iglesia, a izquierda y derecha de las columnas de la entrada, cuelgan dos grandes pantallas y los fieles fijan en ellas su atención porque se ve mejor que el altar. Todo el mundo fotografía sin descanso, se hacen selfis y graban vídeos de la pantalla de televisión. En nuestro vano, una mujer rubia, de uñas rojas, se abre paso entre la gente para tomar con el móvil un montón de fotos en las que apenas puede verse nada. Cuando se le recrimina, suavemente, su irrupción, grita indignada: «¡Represento a los cristianos iraquíes!».

El sermón del Patriarca en lengua inglesa es ovacionado como si hubiera metido un gol y luego la mayor parte de la multitud se pone en marcha. Son las doce y media; los autobuses turísticos regresan a Jerusalén a las 12:40, así que quien quiera quedarse a la segunda mitad de la misa deberá buscarse un taxi por su cuenta. Salgo de la iglesia. Sigue el diluvio, salpicando allí delante las ruedas de unas limusinas negras; los poderosos han empezado a marcharse de la iglesia. Vuelvo a entrar; ya no hay nadie que me estorbe. La misa continúa en el presbiterio de la iglesia que se va vaciando lentamente. Nadie se hace ya selfis; todos los que quedan prestan atención al sacerdote. Me siento en una capilla lateral, frente al pesebre. Ofrezco un hueco a quienes han venido conmigo.

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