Ormuz es la isla de los hippies (sí, aún quedan). Aquí, en la boca del Golfo Pérsico, apartados de los centros de poder, hace años que aquellos jóvenes que encuentran insoportable el sistema pueden quedarse a vivir. Aquí el sistema los tolera, junto a su relativa libertad, para no verles causar problemas en las ciudades.
Esta chica toca la guitarra y canta en el camino que conduce a la formación geológica llamada el Santuario de Sal. ¿Y qué hay de extraordinario en esto? Pues casi todo. En Irán las mujeres tienen prohibido cantar en público. También debería estar llevando el hiyab –quizá no un niqab completo que le cubriera la cabeza y el cuello pero este sombrero tejano no es exactamente lo que los legisladores tenían en mente—. Y, para más rareza, lo que canta no es música pop moderna, sino un ghazal (o gacela) de Hafez: «man az ân rûz ke dar band-e to am âzâdam» – «desde el día en que me apresaste, soy libre».
Los turistas –todos persas salvo nosotros– se sientan a su lado, se hacen unas fotos y se van. Ella nos mira sorprendida cuando nos sentamos nosotros en silencio para escucharla durante un buen rato.
Este poema de Hafez se hizo ampliamente conocido en Irán gracias a la interpretación del gran cantante de blues Mohsen Namjoo, del álbum Toranj (Naranja) de 2007.
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zolf bar bâd made tâ nadahi bar bâdam |
زلف بر باد مده تا ندهي بر بادم |
No sueltes tus rizos al viento, no sea que me lances al viento.
No pongas en el galanteo tus cimientos, no sea que arruines mis cimientos.
No bebas vino con todos, para que yo no beba la sangre del alma.
No seas altiva, alza mi cabeza para que mi grito no llegue hasta el cielo.
No te hagas famosa en la ciudad, para que yo no me refugie en la montaña.
No seas Shirin, para no convertirme en Farhād.*
Ten piedad de este desamparado y acude a mi clamor,
antes de que mi grito llegue al polvo del umbral del Más Sabio.*
¡Lejos de la intención de Hāfez* apartar por tu injusticia el rostro!:
desde el día en que me apresaste, soy libre.
No te vuelvas ajena, no sea que me arranque de mí mismo.
No cargues con las penas de otros, no sea que me hagas desdichado.
Enciende tu rostro hacia mí, para que olvide el marchitarse de la hoja.
Yergue tu talle, para librarme incluso del ciprés.
No seas el candil de toda reunión, que no me quemes.
No evoques a todos, para que no se borre mi recuerdo.
No sueltes tus rizos al viento, no sea que me lances al viento.
No pongas en el galanteo tus cimientos, no sea que arruines mis cimientos.
«Őrt állok, mint mesékbe / Bebújtattál engemet talpig nehéz hűségbe» – «Hago guardia, como en los cuentos / Me cubriste con un manto de lealtad completa», diagnostica Attila József. En Hafez, esto es fundamental, apareciendo justo a la mitad de su poema de estructura circular, en la frase clave. Su poema trata, en efecto, de cómo él envolvería a su amada en un manto de lealtad completa. Podríamos considerarlo el típico paternalismo masculino oriental hasta que comprendemos que los versos de Hafez son poemas sufíes: hablan tanto de una amada terrenal como de Dios (recordemos el Cántico de San Juan de la Cruz). Es algo fácil de entender para quien creció en un contexto profundamente religioso, donde ambas cosas eran vistas como una (hasta que a una de las dos le dio un síncope). Y desde ese momento ya no se trata solo de una visión cerrada masculina, sino de la asombrosa hybris de la humanidad: el deseo de envolver incluso a Dios en el manto de una lealtad completa.







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