Kurdistan minuto a minuto

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Kurdistán. Así se llaman unos territorios existentes y otros solo deseados. Oficialmente, el único que detenta ese nombre es una provincia de la región montañosa occidental de Irán, a lo largo de la frontera con Irak. Cubre solo una cuarta parte del territorio habitado por los kurdos iraníes, y la habita menos de un tercio de los aproximadamente cinco millones de kurdos que viven en el país. El resto se dispersa, sobre todo, en las otras provincias situadas a lo largo de la frontera iraquí y turca, en Azerbaiyán Occidental al norte del Kurdistán, así como en Kermanshah e Ilam, al sur. Además, durante los siglos de guerras otomano-persas, las grandes potencias reasentaron a numerosas tribus kurdas independientes desde la región fronteriza hacia el interior de ambos países, en Anatolia Central y el Jorasán septentrional. Desde este último, algunos grupos regresaron más tarde y se establecieron en torno a Shiraz, Isfahán y Hamadán, como lo indica el nombre de la capital provincial Shahr-e Kord, «Ciudad Kurda», cerca de Isfahán. El mapa inferior marca en amarillo pálido las principales áreas étnicas kurdas de Irán.


A los kurdos iraníes no solo les separa la geografía, también su adscripción religiosa. En el mapa de arriba vemos tan solo lo que se declara oficialmente: las mayorías musulmanas suníes o chiíes. En el ámbito privado, sin embargo, una buena parte practica las religiones aleví, yarsaní, yazidí, cristiana o zoroastriana. Sobre la base de sus experiencias históricas, mantienen cautelosamente oculto este dato, o bien mezclan su fe con elementos islámicos y se refieren a ella como una forma particular del islam.

Lingüísticamente, tal como se dice también de españoles y argentinos, los distintos grupos kurdos también están «separados por una lengua común». Según el cronista otomano del siglo XVII Evliya Çelebi, la lengua kurda fue inventada por Melik Kürdim, hijo de Noé, para la provincia poblada por sus descendientes, pero «como el Kurdistán es una región montañosa interminable, la lengua kurda no tiene menos de doce variantes, tan diferentes tanto en su pronunciación como en su vocabulario, que necesitan un intérprete para entenderse entre sí». La mayoría de los kurdos iraníes, así como los pueblos iraquíes a lo largo de la frontera, hablan el dialecto soraní o kurdo central, con el cual no se entienden mutuamente ni con los veinte millones de hablantes de kurmanjí o kurdo septentrional de Turquía, el norte de Irán e Irak, ni con los tres millones de kurdos que hablan el dialecto pehlewaní o kurdo meridional en Kermanshah e Ilam. Los kurdos iraníes de habla soraní se enorgullecen de haber escrito sus obras literarias desde la Edad Media en el dialecto gorani, considerada la variante «más kurda» de la lengua. Sin embargo, los lingüistas la consideran una lengua iraní independiente más que un dialecto kurdo. Según el consenso kurdo, el dialecto kurdo más bello se habla en Hawraman, la región montañosa más espectacular de Irán. Pero el hawramaní también es considerado por los lingüistas una lengua iraní independiente. Y, por último, los kurdos que viven en Irán, que hablan hawramaní, soraní o pehlewaní, escriben tradicionalmente en gorani y, desde la Antigüedad, llevan una forma de vida sedentaria y urbana; desprecian a los kurdos mayoritariamente nómadas de habla kurmanjí que pastan en las montañas vecinas y, en su lugar, comparten una identidad histórica con los lors, que hablan una lengua iraní completamente distinta.

Entonces, ¿qué es lo que hace a alguien kurdo? Si ni un territorio común, ni la religión, ni una lengua compartida o una estructura social los vincula, ¿qué tienen en común? ¿Qué es lo peculiar de todos los kurdos, aquello por lo que se reconocen incluso en países lejanos y que despierta sentimientos de parentesco en sus corazones? En mi humilde opinión, el shalwar, los pantalones kurdos. Kurdo es quien viste pantalones kurdos. Esto los forja en una comunidad tanto entre sí como frente al mundo exterior; esto hace que dos portadores de pantalones kurdos se abracen en el bazar de Estambul o de Tabriz, y esto hace reír al controlador de pasaportes persa en el aeropuerto de Teherán. Sin embargo, tampoco se trata de un marcador étnico exclusivo, puesto que una pequeña minoría étnica no kurda también viste shalwar, a saber, yo mismo, y desde hace más de veinte años. Y esto también puede causar problemas en el Kurdistán, como veremos más abajo.

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El gran viajero húngaro del siglo XIX Ármin Vámbéry se preparó durante una década para penetrar en el Kurdistán, y logró atravesarlo a riesgo de su vida. Hace apenas unos años, mis amigos persas intentaron convencerme de que no tratara de viajar solo desde el Teherán civilizado hasta esta provincia lejana y salvaje. Sin embargo, desde el acuerdo estadounidense-iraní del año pasado, al haberse facilitado la obtención de visados, un extranjero también puede alquilar un coche, y las aerolíneas de bajo coste han comenzado a operar. Si al amanecer tomo el vuelo de Germania desde Berlín y por la mañana me siento en un coche en el aeropuerto de Teherán, por la tarde estaré cenando en las montañas kurdas. El Kurdistán está ahora al alcance de la mano. Por así decirlo. Solo la adquisición de la indispensable lengua persa lleva el mismo tiempo que en la época de Vámbéry.


Hace diez años, una persona privada apenas podía conseguir un visado para Irán. Se pagaba en la embajada la tasa de cien dólares del visado y se esperaba un mes para recibir la denegación. «¿Cómo es entonces posible llegar a Irán?», pregunté al empleado de la embajada. «Con una agencia de viajes.» «¿Con una iraní?» «Claro», dijo. De acuerdo. Busqué las direcciones de algunas agencias de viajes en Teherán y les escribí en persa para preguntar cuánto costaría que me inscribieran en uno de sus viajes, pero en el cual no participaría y, por lo tanto, no estaría obligado a pagarlo. El baksheesh era de sesenta euros además de la tasa de cien dólares del visado, pero por ese precio el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní incluso envió el visado directamente a la embajada de Budapest. Yo solo tenía que ir a que lo pegaran en mi pasaporte. «¿Cómo lo hiciste?», me preguntó el empleado, maravillado. «Yo también tengo amigos», dije.

Hoy en día ya no es necesario hacer esto. Se pueden ahorrar sesenta euros y dos meses de espera si uno deja que le expidan el visado a la llegada, en el aeropuerto de Teherán. Se necesita una tasa de seguro de quince euros, setenta y cinco euros para el visado, y haber llevado una vida intachable desde el punto de vista del régimen. Tras esperar treinta o cuarenta minutos, ya le estoy dictando al somnoliento guardia fronterizo el nombre de mi padre y cómo buscar Hungría en el alfabeto persa.


La ruta directa al corazón del Kurdistán conduce por Hamadán, la antigua Ecbatana, capital de los medos, considerados los antepasados de los kurdos. Nosotros, sin embargo, nos aproximamos a la provincia desde el norte, porque queremos aprovechar el trayecto para añadir a nuestro itinerario dos sitios Patrimonio de la Humanidad: el mausoleo de Soltaniyeh y el Trono de Salomón, es decir, la fortaleza de Takht-e Soleyman. 

A la salida de Teherán, ya a las siete de la mañana, la cola de coches se retuerce convulsivamente como en el Weekend de Godard. Incluso están allí los coches ardiendo al borde de la carretera de la película: en el carril rápido, accidentes, y en el arcén coches y remolques destrozados se suceden cada pocos cientos de metros, una visión sobrecogedora. El ingenio de los conductores ha añadido dos, y a veces tres carriles suplementarios a la carretera originalmente de tres carriles; podemos charlar por la ventanilla con quienes avanzan arrastrándose a nuestro lado. Hacemos los sesenta kilómetros hasta Karaj en dos horas. Aquí nos libramos de la aglomeración de Teherán y tomamos la carretera que conduce hacia el oeste, pasando por Qazvin.


Soltaniyeh —la Ciudad del Sultán— fue concebida por Öljeitü, el Gran Kan mongol de Persia, para construir la ciudad más bella imaginable después de que sus antepasados destruyeran tantas otras ciudades de todo el mundo conocido. En su centro se alzaba un enorme templo que el Kan, bautizado en su infancia, luego convertido al budismo, después al islam suní y finalmente al chií, erigió en su propio honor: este es el mausoleo de Öljeitü. En el momento de su construcción, entre 1306 y 1312, la cúpula, recubierta de azulejos de loza, era la segunda cúpula más grande del mundo, después de Santa Sofía en Constantinopla. Solo un siglo más tarde fue relegada al tercer lugar por el cupolone levantado por Brunelleschi en otra de las ciudades más bellas del mundo.

A diferencia de Florencia, de la Ciudad del Sultán no ha quedado ni un tocho. Esto demuestra que para que exista una ciudad se necesita algo más que la mera voluntad de un Gran Kan. La enorme cúpula verde flota de forma inquietante sobre la llanura, con las montañas kurdas al fondo. A su alrededor se oxidan edificios industriales a medio terminar, y a su puerta pastan los rebaños. Eso es todo lo que ha sobrevivido de la cultura de los conquistadores mongoles que intentaron edificar una ciudad sobre las ruinas de otra cultura urbana aniquilada por ellos mismos.


El mausoleo está en restauración; su interior está lleno de un andamiaje de estructura ligera. El bosque de hierros y tablas le confiere un aspecto posmoderno muy sugestivo, al menos tanto como la rústica estructura de madera de la iglesia ortodoxa ucraniana. Cuanto gane el mausoleo con la restauración, tanto perderá el arte persa contemporáneo al desmontar este andamiaje. Arte efímero. Pero no tanto: no hay un solo indicio de que estén trabajando. Solo las fechas de las marcas de los topógrafos pegadas en las grietas muestran que no empezaron ayer. A través de las aberturas del andamiaje asoma una hermosa ornamentación islámica. En la galería nos encontramos con un estudiante de artes aplicadas de Teherán. Haadi recopila antiguos motivos islámicos en el mausoleo para su trabajo de fin de carrera: un juego de mesa de plata. En el oratorio, un lapidario compuesto al azar. Una lápida armenia ricamente tallada, fechada en 1324, y una tumba de alabastro con inscripción persa, confiscada a los contrabandistas. ¿Quién sabe dónde quedan los cementerios de los que provienen, qué historia había detrás de estas comunidades, cuándo desaparecieron de la llanura bajo las montañas kurdas junto con la ciudad más bella del mundo? 

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Continuará


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