
«Al día siguiente sí fueron al Valle Giulia. Vieron los ataúdes de piedra, los sarcófagos adornados con estatuas y relieves de terracota que mostraban a los antiguos muertos etruscos viviendo alegremente, comiendo, bebiendo, de juerga, abrazando a sus mujeres y difundiendo el evangelio etrusco, que en su gran sabiduría jamás dejaron por escrito, sin detenerse nunca el tiempo suficiente para desarrollar una literatura con la que expresar su singularidad cultural. Y, sin embargo, su modo de ser quedó inequívocamente tallado en los rostros de sus estatuas: solo cuenta el momento, y la belleza del momento no ha de pasar jamás.
Waldheim le mostró unos vasos de labios anchos. Ahí bebían su vino los antiguos italianos, según decía la inscripción: Foied vinom pipafo, cra carefo.
"Hoy bebo vino, mañana no tendré", tradujo Waldheim. "Ahora dime: ¿puede haber algo tan breve y tan dulce? Esta frase, en su esplendor arcaico, es tan definitiva, tan inexpugnable como las murallas urbanas poligonales, como las construcciones de los Cíclopes. Foied vinom pipafo, cra carefo."

"No lo entiendo", fingió Mihály. "Siempre había creído que los griegos estaban aterrorizados ante la muerte. A los griegos de Homero apenas los consolaba una vida después de esta, si mi recuerdo del libro de Rohde es correcto. Y los etruscos, que vivían para el momento, tenían todavía más miedo de la muerte."
"Es bien cierto. Probablemente esa gente temía la muerte mucho más que nosotros. La civilización nos da unas plantillas psicológicas ya hechas tan a mano que, durante la mayor parte de nuestras vidas, podemos olvidar que uno de estos días vamos a morir.
Al final lo apartaremos de la mente como hemos apartado la existencia de Dios. Eso es la civilización. Pero para el hombre antiguo, nada era más inmediato que la muerte y los muertos, cuya vida ulterior, envuelta en sudarios, su destino, su venganza, los obsesionaba continuamente. Temían inmensamente a la muerte y a los muertos, salvo que su psiquismo era mucho más ambivalente que el nuestro. Entonces los grandes contrarios estaban más cerca unos de otros. El miedo a la muerte y el deseo de muerte eran algo más que vecinos, y muchas veces el miedo era un deseo y el deseo un miedo.»
«Hoy comamos y bevamos, que mañana ayunaremos». Del CD de Jordi Savall Juan del Enzina. Romances & Villancicos (Salamanca - 1496).







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