Desde Alamut al mar

Nadie conoce el camino más allá de Alamut. Las guías de viaje se detienen en este punto. Informan únicamente de oídas acerca de lo que sea que venga a continuación. Se intuye que ha de haber un camino pero se ignora su calidad. Aunque el mapa muestra una desalentadora serie de serpentinas desde Garmarud hacia arriba, no se sabe si solo es accesible en jeep, o ni siquiera así. La Lonely Planet de 2012 llega incluso a proponer contratar en Garmarud a un arriero de mulas, «si queremos ser de los poquísimos extranjeros desde Freya Stark (en la década de 1930) en intentar un viaje así».


Tras el desvío hacia Alamut cruzamos un barranco. La banda cada vez más estrecha del río Alamut ha conseguido abrirse aquí a codazos un valle espacioso, mostrando cómo se hincha a finales de primavera cuando la nieve empieza a derretirse allá arriba, en el paso de Salambar. El valle está ahora cubierto por una telaraña de arrozales y lo llena el zumbido de las máquinas trilladoras como un chirrido de cigarras. Luego la carretera sube cada vez más empinada, las montañas crecen, el valle se estrecha y los arrozales desaparecen. Llegamos a la cabecera del valle, al último pueblo, Garmarud.

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Al final del pueblo, una roca bloquea el paso, alzándose con elocuencia desde el lecho del río, como si señalara el fin del mundo habitado. Antes, quien tuviera algún motivo para seguir adelante solo podía hacerlo por el lecho del río. Los pastores debían esperar hasta el final de las crecidas de primavera antes de poder llevar sus rebaños a los pastos de verano de Piche Bon. Solo hace un par de años abrieron un estrecho camino tallándolo en la pared rocosa que da al río; la vegetación aún no ha vuelto a crecer en el talud de su terraplén.


 

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La carretera asciende con cerradas curvas de herradura; desde cada vez más arriba miramos hacia el cañón. En la roca desnuda solo crecen pinos enanos, cardos y algunas flores de vida fugaz. Un buitre leonado gira sobre nosotros.

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En cuanto la estrecha serpentina por la que nos movemos alcanza la cresta, el asfalto termina de golpe. Sigue una pista de tierra, quién sabe por cuánto tiempo. La gran divisoria de aguas del Alborz está a unos cuarenta kilómetros de aquí. Si logramos llegar, desde allí podremos descender al mar. Si no lo logramos antes del crepúsculo, aún podemos volver a Garmarud, a la casa de huéspedes Navizar. Desde el otro lado llega un jeep. «¿Cómo está el camino?» «Bueno, así, eh, transitable. Para la tarde llegarán a Piche Bon», señala el diminuto caserío al otro lado del vasto valle, «desde allí mañana por la mañana pueden pasar a Maran». No muy alentador: deberíamos recorrer el triple para alcanzar el mar.

La hora dorada nos alcanza en la meseta de Piche Bon. Un rebaño pace en la meseta; la luz perfila con un contorno dorado los lomos de los animales y las crestas de las colinas. En la misma meseta, a la misma hora de la tarde, pero ochenta años antes que nosotros, Freya Stark escribió esto en su diario:

«A la puesta del sol los rebaños que volvían a casa se derramaban como miel ladera abajo, con sus pastores tras ellos; más allá de los gritos y saludos, de los ladridos y ruidos del campamento, yacía el silencio de las montañas deshabitadas, una paz alta y solitaria.»

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Con el último rayo de sol llegamos al paso de Salambar. El pequeño caravasar de época safaví construido en el paso indica que el camino de Alamut al mar se usaba con regularidad incluso en los tiempos en que el camino era tan solo practicable, en efecto, a lomos de mula. El paisaje montañoso se abre a nuestro alrededor; la nieve del año pasado aún resiste entre las rocas del Alam-Kuh que domina la región. Aquí escribió Freya Stark:

«Y entonces eché una última mirada sobre el paisaje: el valle de los Asesinos, hacia el oeste hasta su brumoso desfiladero, Balarud en su repisa, como un juguete muy abajo, y, ocultando la Roca de Alamut, Haudegan con un borde limpio contra el cielo. Aún tres horas abajo por nuestra vieja ruta hacia Maran, por un valle estrecho amurallado por el Salambar, verde en su lado norte. Aparecían campos empinados con almiares ennegrecidos por nieblas constantes. El río rodaba bajo nosotros en un lecho hendido por sus propios milenios de esfuerzo; excavó un cañón y se fue enroscando como un gusano en su agujero de tierra.»


También descendemos hacia Maran por la estrecha pista de tierra, empinada y serpenteaante, con un profundo abismo a la derecha. Conduzco con todo cuidado, pero me gustaría llegar al pueblo antes de que anochezca. Desde aquí no hay regreso a Garmarud. Si el crepúsculo nos sorprende antes de Maran, debemos pedir alojamiento en el pueblo, de 150 habitantes. Ni siquiera tenemos tiempo de desviarnos hacia la cercana Sahrestan, donde yo quería preguntar si recuerdan al ingeniero húngaro mencionado por Freya Stark. El ingeniero intentó vender gramófonos en Teherán pero fracasó, y luego se trasladó aquí con su esposa griega, comisionado por el shah Reza Pahlavi para levantar el catastro de las fincas confiscadas por él a aristócratas que habían sido fieles a los Qayar.

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La pista de tierra está en condiciones. Logramos pasar por Maran antes del anochecer. La serpentina continúa su caída libre y en el pueblo de Yuj, de unos sesenta habitantes, alcanzamos otro río en el valle de Seh Hizar. Este corre hacia el norte, hacia el mar Caspio. El paisaje cambia de pronto como si estuviéramos avanzando por otro país. Las rocas se han cubierto de una espesa vegetación verde; bajamos a través de bosques cada vez más densos. Dejando atrás el último, la pista de tierra vuelve a convertirse en carretera asfaltada. Llegamos a una meseta elevada. Allá abajo, las luces de una gran ciudad, y más lejos, en el horizonte, una franja gris brumosa. Θάλαττα! θάλαττα! Lo conseguimos.


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