
A solo cuatrocientos metros de una gran catedral, parece que estemos en un barrio periférico. Un bar pequeño en una calle lateral, con tres mesas. En una de ellas dos amigas treintañeras conversan, han escapado unos minutos de sus hijos; en otra, una gitana de colores vivos; no alcanzo a ver el rostro del hombre que está a su lado—. Y yo estoy sentado en la tercera. Pido una tapa «con un poco de jamón», discutimos cómo debe tostarse el pan y aliñarse con alioli, y además una cerveza. Escucho la conversación de los que están de pie en la barra, voy afinando el oído al dialecto andaluz ceceante. Incluso después de muchos años, resulta extraño cómo personas adultas pueden arreglárselas con tan pocas consonantes. Quisiera pagar, pero reparo en las botas de madera detrás de la barra. Pido una copa de jerez viejo para despedirme. El camarero me guiña un ojo. «No es lo bastante bueno». Me sirve de una botella, San Diego, es verdaderamente celestial. También se lo elogia a su interlocutor del momento, llenándole media copa para demostrar lo bueno que es. «Huele a madera», dice, golpeando la barra. A la manera sevillana, anota el importe con tiza sobre la barra, con una letra viva, casi morisca; con generosidad se salta la tapa y cuenta solo la cerveza y el jerez. Hago una foto de la hermosa caligrafía. Él se coloca encima, imita una vez más el gesto de escribir, y yo también le hago fotos a eso.

También elogio su jerez; me sirve otra copa y no acepta dinero por ella. «Salud», brindo. Mientras se sirve una para sí, señala la cámara de seguridad: «En realidad no debería hacer esto, pero aquí mando yo». Chocamos las copas. «¿Cómo te llamas?» «Tomás». «Pedro». «Encantado». «Tomás, cuando te vi fuera hojeando el menú pensé que quien se va lo merece, y quien entra también lo merece». Vuelve a servir. «Sin embargo, en Sevilla el centro no es lo auténtico. ¡Los barrios, los arrabales que lo rodean!» Dibuja un círculo con la mano. «Ahí está la vida. Yo soy de Huelva, llevo trabajando aquí desde los doce años. He vivido en veintiocho sitios», y también lo escribe con números en la barra. «Lo sé todo». Empiezo a preguntarle qué merece la pena verse allí, donde está la vida. Lo enumera. Barrios, encuentros, amores, amistades. «Porque la amistad es lo más importante en la vida». Y, por supuesto, bares, tabernas y bodegas, los teatros de la amistad, donde se puede demostrar que se tiene un amigo. «Tomás. El domingo, a las dos y media, cierro aquí, me voy con mi hija por Sevilla, a los pueblos blancos. Hay allí una bodega así, llena de caza salvaje, ciervo, jabalí. Todo completamente fresco. Venid con nosotros». «Gracias». Evidentemente, digo, «aquí estaré». «Llámame antes, el sábado», escribe su número en una servilleta. «Aún no he invitado a nadie allí».
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