
Nou Ruz, nueva luz, el equinoccio de primavera, el veintiuno de marzo, o el primer día del mes del arcángel Farvardín: el Año Nuevo en el calendario persa. Durante las semanas previas tres reyes —cantores vestidos como sacerdotes zoroastrianos o pintados como hombres negros— recorren los bazares y desean buena suerte con canciones de Año Nuevo a los comerciantes y a todos aquellos que les recompensan con unas monedas. A mí también me trajeron buena suerte, porque aunque la cámara no estaba ajustada al enfoque automático, la penumbra no estropea el vídeo, sino que más bien lo vuelve místico. Hacia la mitad, cuando se acercan, la imagen se vuelve más nítida y, a medida que se alejan, la vista se difumina poco a poco, como si fueran absorbidos por las luces vibrantes del bazar.
Hace dos mil quinientos años, en una mañana como esta, el rey Darío y sus descendientes, rodeados de la nobleza y de los sacerdotes, se situaban en la puerta oriental de la Apadana, la sala real de audiencias de Persépolis, para saludar el primer rayo del sol naciente y luego recibir a los enviados de las veintiuna provincias. Esos enviados siguen aún alineados, esculpidos en la piedra de la escalinata oriental por la que ascendieron, y en la escalinata septentrional por la que abandonaron la sala real. Subimos al palacio a la mejor hora, a las cinco de la tarde, para ver cómo el atardecer colorea sus figuras, cómo las revive durante una hora, cada día, desde hace dos mil quinientos años.
La ceremonia de la ofrenda en Persépolis se volvió tan emblemática en la cultura persa que incluso la obra antropológica clásica de Marcel Mauss, El don, en su traducción persa se ilustra con la figura de uno de los enviados a Persépolis.

Ya no hay rey en Persépolis. Alejandro Magno y sus principales generales prendieron fuego al palacio de Jerjes en una noche de embriaguez completamente desatada. En este día el pueblo de Irán acude a la tumba de Ciro el Grande, fundador del país. Una multitud pintoresca se agita en torno a la tumba sencilla y majestuosa que emerge solitaria en la llanura de Pasargada. Medos de Hamadán, kurdos y nómadas bakhtiari de las montañas del Zagros, azeríes y juzestaníes, armenios y baluches, se fotografían unos a otros y juntos se maravillan de la grandeza del imperio persa. Y también reciben con naturalidad y alegría a los emisarios de Europa, los herederos de Atenas, que, tras tantos siglos, han llegado por fin a un mejor entendimiento y han venido a rendir homenaje al gran rey de los persas.







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