
Ya hace muchos años que conduje por primera vez un coche con cambio automático. Fue en Tiflis. Para evitar practicar la nueva tecnología en el tráfico urbano, primero se puso Lloyd al volante. Llevaba mucho tiempo conduciendo en su país, en Estados Unidos, pero nunca en Europa. En el primer cruce preguntó: «¿Qué significa ese tablero rojo con la línea blanca? ¿Tenemos que parar?» «No, Lloyd. No debes entrar». Y luego: «¿Y ese rombo amarillo?» «Carretera principal; tenemos prioridad para cruzar». «Qué tontería. Más bien deberían poner una señal de STOP en la calle que cruza». Tras un par de preguntas le pregunté, con suspicacia: «Lloyd, ¿cuántas páginas tiene tu manual del código de circulación?» «Bueno, unas veinte, más o menos. No tenemos esas señales tontas. Se espera que todo el mundo conduzca con la mente sobria y, en caso de duda, lo escriben con texto».
Por mi experiencia, los conductores de Tiflis también se guían por los sabios principios de Lloyd. No prestan demasiada atención a las señales de tráfico; más bien usan códigos privados: bocinazos, intermitentes, señales con la mano, gritos por encima de los demás. Y marcas únicas en sus coches, que no figuran en ningún manual, pero que dan más información sobre el dueño y sus intenciones que cualquier señal de la carretera.
Tiflis, barrio judío. O bien no tenía dinero para los últimos siete, o bien esa matrícula perfecta está reservada al Mesías.






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