Diyarbakır y la Casa Dengbêj


 

Publicado originalmente en checo, en la edición del 14 de noviembre de 2019 de His Voice, en traducción de Petr Ferenc.

Exploramos los barrios de Sur, la antigua ciudad amurallada de Diyarbakır, y encontramos un laberinto de estrechos pasadizos entre muros de basalto oscuro, perforados aquí y allá por ventanas y puertas que conducen a patios inescrutables y a los santuarios interiores de la vida doméstica. Un cielo ardiente se cierne sobre nosotros, hundiendo un cuchillo de luz cegadora en los angostos callejones, haces brillantes que irrumpen como objetos sólidos y recortan patrones geométricos sobre el suelo. Las temperaturas de julio superan los 40 °C, y el más pequeño parche de sombra es aceptado con gratitud como una misericordia. 

Los pasadizos se dividen y bifurcan sin final a la vista, y los más anchos, mediante giros y quiebros, pronto se convierten en capilares estrechos. Las calles están empedradas de forma irregular, alternando con tramos de tierra donde las losas han desaparecido, y en algunos sectores pueden parecer casi desiertas salvo por las voces flotantes de personas invisibles tras los muros, voces que resbalan y se disuelven sobre las tres superficies duras, como aves en vuelo o lagartijas. A través de ventanas y puertas abiertas oímos conversaciones: madres que persuaden a hijos reacios, maridos severos que reprenden a esposas pendencieras, niños que se disputan un juguete favorito, ancianos que parlotean sobre el estado del mundo. 


A medida que nuestros ojos se acostumbran a estos espacios desconocidos, así como a los misterios de las interacciones sociales locales, y conforme nos habituamos a los numerosos giros e intersecciones de las calles, empezamos a distinguir detalles que parecen fijos. Aquí, un viejo rótulo indica que alguien que vivió en este lugar realizó en su día el hajj; allí, el resto de una decoración tallada en piedra, hoy erosionada y cuyo significado nadie recuerda. El capitel de una antigua columna de mármol sirve aquí de taburete, o allí, colocado de lado, de umbral; un fragmento de decoración de terracota procedente de una mezquita se ha utilizado para tapar un agujero en el muro.

Doblamos esquinas y vamos encontrando a la gente: de pie, caminando, comprando, conversando. En la calle corre la vida como probablemente en cualquier calle del mundo. Ruidosos grupos de muchachos que marcan su espacio de juego o corren gritando por los estrechos pasadizos persiguiéndose con palos. Mujeres que llevan de la mano a unos niños de ojos brillantes mientras cargan las pesadas bolsas de la compra. Ancianos en los escalones de las casas, dando instrucciones o consejos a hombres más jóvenes sobre lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Mujeres y niñas se reúnen en torno a grandes cuencos, pelando verduras o clasificando judías, mientras otros hombres se sientan juntos, fumando, pensando. Observando. Pasan carros y carretas; un vendedor de fruta cargado de melones pregona su mercancía y una mujer sale a elegir entre su género. Los gatos callejeros van por todas partes sin miedo y acuden zalameros si se les llama.


Ojos que nos siguen con cautela, con curiosidad. Las interacciones con la gente, cuando no son indiferentes, son amistosas y hospitalarias. Mi amigo se detiene para tomar una fotografía a través del escaparate abierto de una tienda, donde los trabajadores de una panadería preparan el pan del día. Parecen encantados por la atención. Antes de que se nos permita marcharnos, nos entregan una hogaza caliente recién hecha —sin cobrarnos nada.

Una de las mezquitas acaba de convocar a los fieles; hombres y niños se sientan en taburetes de piedra en torno a un círculo de grifos de agua fresca. Se quitan los zapatos y se lavan detrás de las orejas, el cuello, las manos y los pies, entre cada dedo, las abluciones rituales antes de entrar en el espacio de oración. Algunos ya se adentran en el santuario interior; es el crepúsculo y a la luz exterior, sombría y azulada, la atraviesa un tinte color miel que procede del interior. Las abejas errantes regresan a la dulzura de la acogida y, aunque solo sea por un breve instante, se conectan como una sola con algo más grande que ellas mismas. Incluso para quien no es religioso, esta sensación resulta suficientemente poderosa en sí misma.


Salimos a una arteria principal, la Gazi Caddesi, que atraviesa Sur en línea recta. La gente fluye en corrientes opuestas y caóticas por las aceras, inspeccionando lo que allí se ofrece: frutas y melones de todo tipo, zapatos de producción masiva y juguetes baratos, utensilios de cocina, juegos de té y café, que llaman al comprador a elegir. Unos muchachos venden mazorcas de maíz dulce hervido o sirven helado que conservan en cubos de acero. Tropezamos con la gran entrada de un caravasar restaurado, el Tarihi Hasan Paşa Hanı, convertido en un espacio público lleno de tiendas, casas de té y restaurantes. Nos detenemos a admirar una colección de antigüedades en el escaparate de una pequeña boutique, y enseguida nos saluda un hombre relativamente joven, con una amplia sonrisa, que sale a nuestro encuentro desde la puerta para ofrecernos su ayuda. Pronto nos invita a entrar en la tienda, y la conversación se vuelve rápidamente menos mercantil y más personal. Le preguntamos si conoce algún lugar donde podamos escuchar música local. Con entusiasmo nos sugiere que vayamos a la Casa Dengbêj, creada para mostrar la tradición kurda del Dengbêj, una forma de música popular y, al mismo tiempo, de literatura oral que narra la vida del pueblo kurdo desde su pasado hasta los acontecimientos actuales.

Tenemos suerte: cuando llegamos están actuando. Abrimos en silencio un portón de madera, tras el cual se oye una voz fuerte y clara cantando en el estilo a capella del Dengbêj, y entramos en una sala con asientos a lo largo de las cuatro paredes y pequeñas mesas repartidas por el espacio. Somos recibidos con sonrisas de bienvenida por todos, y el cantante principal me hace una seña para que me acerque y me siente junto a él, a la cabecera de la sala, al lado de los otros tres cantores que, por turnos, dejan embelesada a la concurrencia con su arte. Tomo asiento a su lado; otro hombre coloca ante mí un vaso de té en una bandeja, y yo le doy al botón de grabar.



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