
En septiembre organizamos junto con Dani Ercsey un viaje llamado «La ruta del vino judío», siguiendo el itinerario que va desde el Tokaj húngaro hasta la Galizia polaca y hasta Lublin, en la antigua Polonia rusa, por donde los comerciantes judíos de vino transportaban el vino de Tokaj hacia el norte, y por donde los «príncipes» de las dinastías rabínicas jasídicas descendían hacia el sur. Nosotros aún tenemos pendiente dar el informe detallado del viaje. Sin embargo, recibimos una breve impresión de una de las participantes, Anna Gáspár (Kempfner), y añadíae que si nos parecía adecuado podíamos publicarla en el blog. Dos días después de enviarnos su escrito, Anna murió repentinamente de un infarto. Publicamos su texto, la última vendimia de una vida rica, en su memoria. Nuestras ilustraciones fueron realizadas durante nuestro último viaje juntos.
¿Plural, posesivo?
Se me ocurrió cerca de Mád, cuando me presenté a los hasta entonces desconocidos compañeros de viaje mientras degustábamos vinos de Tokaj: yo digo tokajs en plural. No creo que aquello significara nada para nadie más que para mí cuando lo pronuncié de pronto.
Mád, Tállya, Tolcsva. Así aprendimos los lugares más famosos de la región vinícola de Tokaj. Mád, Tállya, Tolcsva: así los memoricé siendo una pequeña escolar en 1950.
Alrededor de diez años más tarde me hice amiga de unos arquitectos polacos durante unas prácticas universitarias. Primero visitamos durante tres semanas su maravilloso país, desde la península de Hel hasta Cracovia. Nos asombró su arquitectura sorprendentemente moderna y su fascinante mundo histórico; escuchábamos la lengua polaca, llena de consonantes; disfrutábamos de los aromas y los sabores; nos fascinaba su moda, tan distinta de la nuestra. Nos deleitaba su diseño extraordinariamente imaginativo, sus carteles ingeniosos, su cultura tan diferente.
Después vinieron ellos a visitarnos, encantados ante nuestra capital superviviente de la guerra, disfrutando del ambiente veraniego del lago Balatón. Fui con ellos a Eger, Miskolc, Tokaj. Yo era su intérprete. Pensé que el ruso no sería un problema para unos eslavos. Pero a los estudiantes polacos no les gustaba el ruso y odiaban a los rusos. No querían hablar ruso bajo ningún concepto.
Tuve que aprender polaco. Ellos me ayudaron, se reían de mí, me corregín. Yo los escuchaba, fantaseaba. Éramos felices. Amaban Hungría y me amaban a mí. Y en Tokaj, al descender al sótano de una bodega, resultó que también amaban el vino de Tokaj.
Allí abajo hacía fresco. También nos dieron algo de comer, probamos muchos barriles. Al salir de nuevo a cielo abierto, en un día luminoso, si mal no recuerdo, caímos a cuatro patas, incapaces de caminar. De algún modo conseguimos arrastrarnos hasta el camping al pie del puente sobre el Tisza. Quien nos viera por el camino debió de divertirse mucho.
Me impresionaron la grisura y la pobreza de la ciudad. ¿Es esto Tokaj?

No pasaron otros diez años hasta que Tokaj reapareció en mi vida, ahora de manera familiar. En mi primer lugar de trabajo, quien sería mi primer y único marido, hacia el final de sus años de soltería, completamente enamorado de mí, me invitó, junto con su colega Pista —originario de Erdőbénye, en la región de Tokaj—, al Bar de Vinos de Tokaj, cerca de la Ópera. Nos impresionamos mucho mutuamente: los dos hombres resistentes a la bebida y yo, la recién graduada ingeniera. Según me contaron después, me bebí allí mismo un litro de Furmint de Tokaj. Los dejé hechizados. Laci se casó conmigo, tuvimos tres hijos y vivimos juntos todo el tiempo que él estuvo con vida. ¿Fue el vino de Tokaj el responsable?
Nuestros hijos crecieron y se fueron, y Laci había llegado al final de su camino cuando, inesperadamente, me convertí en propietaria de un viñedo en Tokaj, en Erdőbénye, junto a Mád, en la ladera de Omlás. Habían pasado unos cincuenta años desde aquellos brindis junto a la Ópera. Aunque no me convertí en una adicta al vino —por muchas razones—, viví como una maravillosa aventura la década en la que me transformé de urbanita inexperta en enóloga de Tokaj. La transformación se debió a Alex, mi amigo sumiller de Barcelona; a los descendientes de Pista, Mari y Bálint; y a Józsi Pethő, de Erdőbénye, que cultivó mi «propiedad» de una hectárea como si fuera suya. Y, por supuesto, a la escuela de vino que completé entretanto.
El esplendor de la naturaleza, la poda mágica e imposible de aprender, la brotación primaveral llena de esperanzas, la floración silenciosa, carnosa y secreta, los zarcillos que crecen, la lenta maduración de los racimos, y la vendimia de finales de octubre con aromas de miel, nuez y ciruela. Eso fue lo que el viñedo me regaló, con su fruto bendecido cada año con tesoros distintos, creados a partir de los mismos minerales, el mismo suelo y un clima siempre cambiante.

Mosto y vino. En Tokaj no hace falta manipularlos. Aquí el vino es samo-rodni, nacido por sí mismo, ¿quién podría entenderlo mejor que yo?
Hicimos buen vino. Húngaros, eslovacos y polacos lo consumieron con gusto en los embriagados festivales de Erdőbénye.
Pero ya no tengo viñedo.
Este año, a comienzos del otoño, el mágico vino de Tokaj me sedujo para una nueva aventura: viajar, explorar y degustar una amplia variedad de vinos de la zona. No solo en las bodegas de Tokaj, sino también en Eslovaquia y en la Galicia polaca. Muchos vinos, muchas sinagogas, muchas colinas, muchos pueblecitos, muchos cementerios judíos a un lado y otro de las fronteras. No me importó que me doliera aquí y allá, que solo pudiera caminar un poco, que me costara permanecer de pie esperando.
Y en Tarnów, en Polonia, ocurrió un milagro.
Aquí nació y aquí está enterrado Bem Apó, flotando entre el cielo y la tierra, porque al final de su vida se convirtió al islam y no se le permitió ser enterrado en tierra consagrada. Su sepulcro es digno de sus hazañas: el sarcófago que oculta sus restos mortales está sostenido por seis pilares blancos en medio de un lago.

Aun así, este no fue el milagro de Tarnów.
Por la noche, en el restaurante de un hotel parecido a una casa de recreo, instalado en una antigua oficina de correos de época de la Monarquía donde todas las paredes estaban cubiertas de enormes pinturas, retratos y paisajes en los colores más salvajes y oscuros —obra de un pintor pobre que pagaba alojamiento y comida con sus cuadros (¡nunca lo hubiera hecho!)—, pues bien, esa noche en el restaurante degustamos vinos de Tokaj, como otros días. Al final de una gran cena, esta vez tres tipos de samorodni secos de Tokaj.
Un samorodni de 2015 de la bodega Disznókő de Mezőzombor, y un samorodni de Olaszliszka de 2009 del francés Samuel Timon. El tercero no lo recuerdo.
Me dejó sin aliento. Me quedé sin palabras. Nunca antes había experimentado un goce, una belleza, un deslumbramiento y una aniquilación semejantes. Nada y todo a la vez, un don de la naturaleza, por el que doy gracias de todo corazón.
Vinos de mi cuerpo y de mi alma, vinos de Tokaj, mis tokajs.



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