

Al llegar al pueblo nos detenemos en el puente, bajo la fortaleza, construida por los príncipes Pahlavuni en el siglo XI, justo después de que los reyes bagrátidas les confiaran la supervisión de la carretera militar de Sevan a Ereván. La barandilla del puente la sostienen los descendientes de los antiguos soldados de guarnición armenios; sonríen con timidez y bromean entre ellos, un poco confusos cuando todas las señoras del autobús les apuntan con sus cámaras. En la hierba de las cunetas unas ancianas están recogiendo algo. «¿Qué es?», pregunta Dorka a una de ellas, mientras trepa por la orilla. «Hierbas.» «¿Y para qué sirven?» «¡Para todo, cariño mío, para absolutamente todo en el mundo!»

Entre los khachkares tallados con pájaros, un anciano escarda con la azada las malas hierbas delante de un khachkar de piedra blanca. «Es de mi hijo. Cayó en la guerra, así que el catholicos nos permitió enterrarlo aquí, en el propio jardín de la iglesia. La piedra es una réplica de un khachkar destruido por el ejército azerbaiyano en el cementerio de Julfa. Lo tallamos a partir de una foto.»

Debe de haber terminado hace poco la misa dominical; el sacerdote está tomando un tentempié con algunas mujeres en el jardín de la iglesia. La luz atraviesa la oscuridad del interior del templo, un haz como una lanza, igual que lo hizo hace un año en la iglesia armenia de Leópolis. Les cuento a los demás cómo entonces se nos acercó el director del coro de la iglesia y cómo nos cantó su himno de Pascua. En ese momento el sacerdote entra en la iglesia. ¿De dónde venimos, qué nos parece Armenia? Luego, para ilustrar la acústica del templo, se acerca al atril ante el altar, abre el misal impreso en Venecia en el siglo XVII, compuesto con la tipografía del húngaro Miklós Kis de Misztótfalu, y canta con él el himno del domingo después de Pascua ante la compañía embelesada.

Bjni, himno de Pascua



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