Este verso ilustrado por el popular artista chino contemporáneo y profesor de medios Lao Shu Huahua procede del gran poeta de la era Tang Li Bai, de su poema Salida al amanecer desde Baidi (759). En el poema, Li Bai, al enterarse de que había recibido el perdón del emperador durante su destierro, siente una alegría desbordante hasta el punto de considera capaz de regresar a su lejano hogar en un solo día. Lao Shu dibuja este viaje onírico protagonizado por su personaje favorito, el señor Minguo, flotando sobre las montañas. La compañía aérea Air China incluyó el dibujo como anuncio en el número de octubre de su revista de a bordo Wings of China dándole un nuevo significado, declarando que ellos podrían haber ayudado a Li Bai a llegar realmente a su casa en un solo día.
Al menos me ayudaron a mí a hacerlo. La ayuda no fue tanto de la compañía aérea como de la revista, y en sentido inverso, desde mi patria al país de Lao Shu Huahua y de Li Bai. Cada número mensual de Wings of China se centra en una ciudad distinta, encargando a un autor reconocido que escriba un ensayo sobre ella, y ofrece en decenas de páginas reseñas breves e información útil. Y la ciudad en el centro del número de octubre no es otra que Budapest. 布达佩斯,金色城池, Bùdápèisī, jīnsè chéngchí – Budapest, la ciudad dorada. Y el autor que escribe el ensayo es el escritor chino más importante que vive en Hungría, Yu Zemin: traductor al chino de Péter Esterházy, Imre Kertész, László Krasznahorkai, Sándor Márai y Péter Nádas, y autor de ocho volúmenes de ensayos dedicados principalmente a Hungría (aunque nunca traducidos al húngaro), así como de tres libros de viajes europeos.
Podemos estar agradecidos por este texto no solo porque acerca Budapest a ocho millones de personas —es decir, a una doceava parte de los 90 millones de viajeros anuales de Air China, los lectores del número de octubre—, sino también porque nos muestra cuán bella, cuán íntimamente cercana es considerada Budapest por alguien que ha vivido la mitad de su vida en una cultura distinta, al otro lado de la Tierra. Su visión, sin embargo, es muy cercana a la nuestra, la de quienes hemos aprendido en Budapest a leer una ciudad y desde ella vemos las otras ciudades con este prisma. Es muy interesante observar cómo se desplaza lentamente de un lugar a otro evocando la historia y meditando sobre los detalles, y cómo el pasado, al cobrar vida, se funde con el presente, que a su vez es percibido como un pasado nostálgico en ciernes.



Así como cada persona tiene un olor distinto, cada ciudad tiene su propio color. Si Atenas es azul esmalte, y Roma es verde, como los bronces antiguos, y Viena es marrón café, entonces Budapest es el oro más puro.
Hace veintiséis años, en una mañana de finales de otoño, un tren procedente de Moscú con destino a Viena entró rodando en la Estación del Este de Budapest. En cuanto abrí la puerta y miré hacia fuera quedé inmediatamente atrapado por la imponente visión dorada: muros de tonalidades áureas atravesados por ventanas de vidrio opaco, y la enorme cúpula de cristal, como la de un templo de una opulenta divinidad. La luz otoñal, brillante pero no abrasadora, se filtraba en barras doradas a través de la estructura metálica y de vidrio del techo y se reflejaba en los sólidos muros dorados. El aire de la estación temblaba en un deslumbramiento áureo.
La Estación del Este, de estilo ecléctico, fue construida en 1884, durante el apogeo de la Monarquía austrohúngara. «Ecléctico» no significa compromisos en el espíritu del edificio, sino más bien que combina el lenguaje formal de varios estilos en lugar de adherirse rígidamente a uno solo. Siempre que viajo y arrastro mi maleta por los vestíbulos de la estación miro a mi alrededor como en un museo, y cada vez descubro nuevos detalles. Paso más tiempo en la Sala Lotz, adosada al largo pasillo de la taquilla internacional. Károly Lotz fue uno de los más grandes pintores académicos húngaros del siglo XIX, y como indica el nombre de la sala los frescos de aquí son sus obras maestras, impregnadas de un rico simbolismo.

Más tarde descubrí una Sala Lotz aún más impresionante en la planta superior de los Almacenes Parisinos, entre la Ópera y la plaza Liszt Ferenc, a lo largo de la avenida Andrássy, que es el equivalente local de la avenida Chang’an de Pekín. El antecesor de los almacenes, el Casino de Terézváros, fue un célebre local de baile y música construido el mismo año que la Estación del Este. En 1910 el casino fue transformado en los Almacenes Parisinos; luego atravesó el humo de la guerra y renació en la década de 1990 como miembro de la red de librerías Alexandra. Allí también se servía café y la conocida librería-cafetería permanecía abierta hasta bien entrada la noche. Tenía muchos clientes habituales y yo también acudía aquí con frecuencia. Por desgracia, la red cerró recientemente y la librería-cafetería pasó a la historia. No obstante, espero que no pase mucho tiempo y que la Sala Lotz vuelva a llenarse del aroma del café.
La mayoría de los visitantes de Budapest cumplen con diligencia la visita al Puente de las Cadenas, al Bastión de los Pescadores, al Palacio Real y a la Plaza de los Héroes pero muy pocos conocen el encanto de la ciudad subterránea. Las líneas de metro de Budapest están marcadas con cuatro colores: amarillo, rojo, azul y verde. La historia del «metro amarillo» se remonta a los tiempos más lejanos ya que es la segunda línea subterránea más antigua después de la de Londres. Pero es la primera en dos aspectos: es la primera línea de metro eléctrica y la primera que recibió el título de Patrimonio de la Humanidad. También se la llama «metro del milenio», porque fue construida en 1896, con motivo del milenario de la llegada y asentamiento de los antepasados de los húngaros en la cuenca de los Cárpatos. Francisco José, emperador de la Monarquía austrohúngara, probó personalmente la línea. Hace algunos años el célebre crítico e historiador del cine británico David Robinson vino a Budapest para ver algunas películas y me invitó a acompañarlo en el metro amarillo. Los vagones amarillos traqueteaban de manera increíble, pero precisamente por eso sentíamos mucho más que viajábamos a través del espacio y del tiempo.
No solo el metro es amarillo, también lo son los tranvías que circulan por la superficie de Budapest. Serpentean entre las viejas casas, casi no hay distancia entre dos paradas y se siguen unos a otros con intervalos cortos. Esto facilita la vida de los habitantes locales y también muestra el reducido tamaño del casco antiguo. Los tranvías amarillos forman una especie de paisaje amarillo en los bulevares, en las orillas del Danubio y en los cruces que conectan la ciudad vieja con los suburbios. Para mí son símbolos mucho más vivos de la vida urbana que el Puente de las Cadenas o el Bastión de los Pescadores. Estos últimos viven en mi memoria de forma estática y bidimensional, mientras que aquellos son dinámicos y tridimensionales.

«Esta es una ciudad amarilla. Amarillo es el convoy de tranvías con manchas de óxido que se retuerce con ruido metálico entre fachadas amarillas, tejados azul grisáceos, palacios de varios pisos con portales profundos y ventanas altas; dang-dang, ding-ding, se oye en ambas paradas, mientras pasa de una a la otra. En esta ciudad, cada sonido es también amarillo: un sol amarillo dorado proyecta sombras ocres, la penumbra amarilla de las calles atrae a polillas amarillentas. El parque bajo el cielo primaveral está lleno de flores amarillas, hojas otoñales, hojas muertas, musgo amarillo verdoso. Incluso el aire sabe a amarillo, impregnado del olor agrio del agua fluvial oxidada y de las plantas en descomposición. Una muchacha de largo cabello color trigo camina con su beagle marrón dorado por los adoquines oscuros, irregulares y brillantes, y el orgulloso resplandor de ambos llena por completo la pequeña calle desierta…»
Este es el comienzo de mi novela 纸鱼缸 Zhī yúgāng (Acuario) que escribí inmerso en el amarillo de Budapest, de dentro hacia fuera, de lo cercano a lo lejano, de mí a él, del instante a la historia. Emigré aquí hace veintiséis años, y el número de años transcurridos antes y después es el mismo. La primera mitad de mi vida la viví en la capital de muros rojos; la segunda mitad pertenece a esta ciudad dorada. Para mí, incluso el Danubio azul es de color dorado. Si vienes a esta ciudad, ve a la Ópera resplandeciente de oro para asistir a una representación; a los Baños Széchényi de muros amarillos, donde puedes bañarte en aguas termales durante medio día; o simplemente siéntate en algún lugar a la sombra dorada, bebe una taza de café o un vaso de cerveza y deja que el tiempo dorado se infiltre lentamente y se asiente en tu memoria.






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