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Este artículo fue escrito para el boletín de la Asociación Cultural Judía Húngara. |
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El violinista toca una música silenciosa sin fin, con los ojos fijos en la partitura del horizonte. Una joven pareja congelada en la pose de una foto de boda. Una dama de honor con vestido blanco, flores y un peinado a la moda. Dos parejas elegantes de negro en sendas ventanas vecinas, quizá dos hermanos con sus esposas. Un aprendiz de bata blanca en la ventana de una barbería, con la mano sosteniendo unas tijeras, detenido para siempre en el instante de cortar. Una mujer de rostro redondo que sonríe en el balcón sobre las ruinas de la iglesia de Santa Catalina. Una niña de ojos muy abiertos que lleva un sombrero con una cinta y sostiene un teckel en el regazo. El gemelo de Bruno Schulz nos sonríe tímidamente, esperando ánimo. Una belleza de cabello negro con un collar fastuoso, el vestido deslizándose coquetamente de su hombro. Un viejo rabino, de ojos hundidos y centelleantes, cuya barba blanca cae en dos mechones sobre su traje negro. Están mirando una ciudad que no han visto en setenta años, que no los ha visto en setenta años.
De los ciento veinte mil habitantes de Lublin, cincuenta mil eran judíos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría vivía fuera de las murallas del casco antiguo, en el laberinto del gran barrio judío situado entre la Brama Grodzka, la Puerta de Grodno, y el castillo real, adonde fueron relegados por el privilegio de non tolerandis Judaeis de la burguesía urbana, recibido de los reyes polacos en el siglo XVI. La puerta, a la que quienes vivían dentro de las murallas solían llamar Puerta Judía, enmarcaba, con un arco mediterráneo, la vista del barrio pintoresco, abarrotado y pobre. El marco aún existe. Solo ha desaparecido la imagen que en otro tiempo aparecía detrás.


«Cuando llegamos aquí en 1990», dice Witold Dambrowska, uno de los fundadores en Varsovia del Teatr NN, el Teatro Sin Nombre,* que opera en el bastión de la Puerta de Grodno, «no sabíamos nada del pasado judío de Lublin. No sabíamos que la puerta se asoma a una Atlántida judía. Que el gran espacio vacío que se extiende fuera de la puerta es todo lo que nos queda de la ciudad judía. Que el hormigón del aparcamiento bajo el castillo sepulta el recuerdo de una docena de sinagogas, cientos de casas judías y toda una comunidad judía.»
El Teatro Sin Nombre recibió su nombre de una mujer judía que visitó el bastión poco después de la fundación del teatro. «Yo soy NN», dijo, y les habló de quiénes vivían allí y de cómo vivían, en las diminutas casitas que se entretejían por el bastión, antes de que los invasores alemanes, el 16 de marzo de 1942, obligaran a todos los residentes del gueto a subir a camiones y volaran todos sus edificios, excepto el bastión.
El teatro decidió asumir este legado. Primero tuvieron que evaluar qué era, exactamente. Mediante una investigación minuciosa trataron de explorar la historia de cada casa del barrio judío y, en miles de horas de entrevistas realizadas a supervivientes y a sus antiguos vecinos, todo lo que podía saberse sobre los antiguos residentes y sus vidas. Los gruesos expedientes de las casas y las entrevistas, como lápidas, se alinean en la pared de la sala de investigación, en cuyo suelo unas líneas blancas indican las paredes que estuvieron allí y la disposición de las habitaciones de antes de la guerra. Aquí comienza el rastro: conduce a través del laberinto de pasillos y estancias, superpuestos unos sobre otros a lo largo de varios siglos y flanqueados por las fotografías de los habitantes judíos de Lublin, hasta la otra gran sala, donde una maqueta de la ciudad muestra el antiguo barrio judío. La reconstrucción interactiva también fue publicada en internet, donde, yendo de casa en casa, se puede obtener toda la información que hasta ahora se ha reunido sobre el barrio y sus habitantes.
Pero el Teatro considera que su tarea no es solo la reanimación y preservación de la memoria histórica, sino que también debe compartirla. Imparten cursos regulares sobre la historia del Lublin judío para los estudiantes de la ciudad, así como para los jóvenes que los visitan desde toda Polonia y desde el extranjero, y mediante representaciones callejeras reviven el pasado de los judíos en la ciudad donde vivieron. El 16 de marzo, los estudiantes de las escuelas de la ciudad leen en voz alta, de la mañana a la noche, la lista de nombres de los deportados, en el lugar del gueto, y tras caer la noche no se enciende ninguna luz, ninguna lámpara, ese día en la ciudad. Solo una permanece encendida: la única farola antigua que sobrevive del barrio judío. La tienen brillando día y noche todos los demás días del año en memoria de los asesinados.

Y los desaparecidos anhelan volver allí donde se mantiene su memoria. En la plaza principal renacentista del casco antiguo, durante la restauración de la casa número 4, hace unos años, se encontró una caja que contenía dos mil setecientos negativos de vidrio, obra de un fotógrafo judío desconocido de los habitantes de la ciudad de los años veinte y treinta. La mayoría de las imágenes son retratos de personas de las que no quedó ni una sola imagen. Los negativos fueron recibidos en depósito por Teatr NN. Y algunos se ampliaron a tamaño natural para las ventanas del casco antiguo. Los antiguos ciudadanos de Lublin se mudaron de nuevo a su ciudad. Miran desde sus antiguos pisos, en la mesa en que se sientan, dan sorbos de nuestros vasos,





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