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Publicado por primera vez en el blog de la autora. |
Al parecer, las chicas azerbaiyanas buscan cada vez más maridos extranjeros para poder abandonar el país. Las razones son variadas, e incluyen el deseo de riqueza y del modo de vida occidental, así como la falta general de hombres, que emigran en gran número, y también el propósito de labrarse un futuro mejor. Las tradiciones siempre han impuesto restricciones estrictas a las mujeres azerbaiyanas, prohibiéndoles casarse con hombres de otras nacionalidades. Por fortuna, la generación más joven se ve mucho menos frenada por las normas, y el número de matrimonios entre hombres extranjeros y mujeres azerbaiyanas —que solo pueden celebrarse en el Palacio de la Felicidad de Bakú, el «Mukhtarov»— va aumentando lentamente.
En el campo, especialmente en los pueblos más aislados, sin embargo, tenemos la impresión de que el número de hombres es mucho mayor que el de mujeres. Y que las bodas deben de ser uno de los negocios más rentables, a la vista de cómo las tiendas que ofrecen todo lo necesario para el día más hermoso proliferan una tras otra.

Cuando hablamos de bodas no penséis en algo que clame por un organizador de bodas, como se ha puesto de moda en Occidente. Aquí este es un asunto programado en casa, y la novia, como Cenicienta, pasa de la escoba al vestido de gala en un parpadeo. El color predominante es el rojo, y el minimalismo no tiene la más mínima oportunidad. El rojo desfila triunfalmente por los vestidos, las decoraciones, los centros de mesa. Todo es tul y lentejuelas, no siempre de la mejor calidad, pero suficiente para deslumbrar la vista. Las parejas suelen ser muy jóvenes, entre quince y veinte años. La ceremonia tiene lugar en dos etapas. La despedida de la novia suele ser discreta. El verdadero fiestorro es para el novio, que acaba en la boda propiamente dicha, con mesas largas, jolgorio, bebida, música y baile.

Para la ocasión se alquila un salón comunitario sin lujos innecesarios. Al final de la celebración, todo el pueblo se reúne, y su mirada sigue el coche de la joven pareja hasta que desaparece tras la curva del valle.
En el salón de baile quedan unos pocos invitados melancólicos y el suelo sembrado de confeti. Ya lo limpiará la propia novia de regreso al pueblo, cuando se quite el atuendo festivo y vuelva a convertirse en Cenicienta. Tal como deja entrever el escaparate de esta tienda de accesorios de boda, donde alguien con buen instinto ha dejado un cubo y una escoba junto a las prendas suntuosas.







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