Georgia es un país hidroeléctrico. Gracias a sus abundantes ríos que se precipitan desde altas montañas y a las veinticinco centrales hidroeléctricas en funcionamiento, es el único país europeo que no solo se abastece plenamente de electricidad verde, sino que incluso puede exportarla.
Al viajar desde Tiflis por el Kurá hacia la frontera armenia, después de Borjomi aparece a la derecha un extraño edificio industrial del barroco estalinista. La misma versión oriental del barroco estalinista, decorada con arcos altos y profundos, que desde los años treinta se volvió dominante en el Cáucaso y que aún florece en los edificios modernos de Ereván y Bakú. A su alrededor, una aldehuela de unas pocas casas; su nombre es Chitakhevi, al parecer creada para dar apoyo a la central.


Aunque voy en un minibús, pido al grupo que espere unos minutos mientras fotografío el fenómeno. Al acercarme al edificio, el guardia aparece en la puerta. «Buenos días. ¿Qué es esta instalación?» Tomo yo la iniciativa para prevenir sus preguntas. «La subestación transformadora de la central hidroeléctrica». «¿Cuándo se construyó?» «Después de la guerra. Empezó a funcionar en 1949. ¿De dónde son ustedes?» «El grupo es de Hungría; yo, de Alemania». «Pues entonces fueron exactamente ustedes quienes la construyeron».

El proyecto Как воевали плотины, que documenta la historia de las centrales hidroeléctricas soviéticas entre 1914 y 1950, dedica un artículo aparte al gran número de centrales soviéticas construidas por prisioneros de guerra alemanes, japoneses, húngaros e italianos durante e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. El artículo cita las memorias del alemán Hubert Deneser, que trabajó en la construcción de la central de Úglich, publicadas también en ruso: «Trabajé veintidós meses en Úglich. Tenía que subir y bajar ciento cuarenta y ocho escalones con dos cubos de agua hasta la hormigonera. Aprendí muchas técnicas de construcción. Cuando en 1948 regresé del cautiverio a Alemania, me construí mi casa yo solo. En invierno cortábamos hielo del Volga; en verano sacábamos estiércol a los campos. Allí también conocimos chicas; bromeábamos, reíamos». Debió de ser una vida idílica.






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