Un pastor bajo la fortaleza de Alamut


La fortaleza de Alamut se alza sobre una roca casi inexpugnable. Estamos subiendo hacia ella por el lecho del arroyo que en parte la circunda. Sale el sol; ilumina los álamos a lo largo del arroyo y las laderas áridas más allá de los álamos. Al final del pueblo, al volver la vista desde donde tienen las colmenas, vemos a un pequeño grupo que aparece por el camino. Unos pastores suben a la montaña para relevar a sus compañeros, y una pareja de ancianos conduce sus seis ovejas al pasto situado por encima de la fortaleza. Los esperamos. El anciano sobre el burro blanco nos devuelve con dignidad el saludo. «¿Tan temprano?», pregunta. «¿Habéis dormido en el pueblo? ¿Dónde?» «Sí, en casa de Agha Rusuli», nos sitúa dentro de la red de coordenadas del mundo inteligible. «¿No hará mucho frío?», pregunta señalando mi camiseta de manga corta. «Para cuando lleguemos arriba, también querré quitarme esto», digo. «Yo no subo tan arriba como vosotros». Durante un rato caminamos juntos. Donde el camino se bifurca nos hace una seña para que lo sigamos. «No subáis tan pronto; quedaos con nosotros por el campo: desde aquí la fortaleza se ve mucho más bonita». Vamos con ellos. En la siguiente bifurcación nos quedamos mirándolos largo rato, hasta que desaparecen tras la curva de la colina..
 

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