El puente

Maurice de Vlaminck, El puente (detalle, s. d., década de 1890). De la gran exposición impresionista de Potsdam


Estamos almorzando en Neukölln, en una casa turca de kebab, con el grupo de visitas de Berlín. Veinte personas son demasiadas para la pequeña cantina; tenemos que sentarnos junto a otros en sus mesas. Un hombrecito tímido está comiendo con su hijo; poco a poco se abre, habla un buen inglés. Vienen de Alepo tras un viaje que puso en peligro sus vidas, cruzando muchas fronteras. No hay esposa ni madre; no se sabe dónde quedó y no nos atrevemos a preguntar. El niño va a ir a la escuela, a una escuela para refugiados; ya sabe algunas palabras en alemán y juega orgulloso con los lápices de colores que ha recibido por adelantado.
Y entonces llega lo inevitable: «¿Y ustedes de dónde son?». Cuesta pronunciar las palabras; no sabemos qué recuerdos pueden traer consigo desde alguna de las muchas fronteras. «De Hungría». El padre se lo traduce a su hijo pequeño. El rostro del niño se ilumina, levanta su lápiz amarillo: «¡Hungría es amiga!». Bendito sea el nombre del desconocido que le dio esa impresión de nosotros.


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