
Son las siete de la mañana. Yangshuo despierta. La oscuridad va disolviéndose primero en una luz gris homogénea y luego el borde de la casa de enfrente empieza a tomar color. Desde mi habitación del tercer piso veo los colores descendiendo por el muro de la casa. Yo también bajo; llegamos juntos a la calle. Para cuando llego al sitio del desayuno, toda la calle despoblada está inundada de un brillante sol matinal. En la casa de comidas uigur acaban de encender el fogón; me preparan la primera sopa.
El ritmo de Yangshuo lo determinan los grandes cruceros que bajan cada día desde Guilin entre las hermosas montañas kársticas a lo largo del río de las Perlas.
Atracan hacia las dos de la tarde soltando en el muelle a centenares de turistas, y los habitantes del pueblo tienen que ganarse el pan desde las dos hasta medianoche como vendedores callejeros, gerentes de hotel o dueños de restaurantes. Pero la mañana es enteramente suya. Los turistas aún duermen tras el megaespectáculo de medianoche de Zhang Yimou, o ya han regresado en autobús a Guilin la tarde anterior. Es el momento de ocuparse de sus propios asuntos, barrer la calle, sentarse delante de las tiendas para charlar, colocar los productos en las estanterías. Y celebrar funerales.
Aún estoy sentado en el restaurante uigur cuando a lo lejos en la calle suena música china fuerte. Al principio parece la melodía habitual de los camiones chinos de basura y de riego: los primeros para advertirte que bajes la basura, los segundos para que te apartes de los aspersores. Pero entonces pasa por delante del restaurante un rickshaw con una corona de colores en la parte trasera, y quienes van sentados en él van esparciendo con ambas manos los papeles amarillos, el dinero de los muertos.

Tras el vehículo, a una distancia prudente, llega el cortejo fúnebre. Primero los parientes cercanos, con turbantes blancos y ropas blancas de luto, portando la imagen del difunto. Después de ellos, los portadores del féretro. Entre ocho o diez cargan un artilugio de madera cuya estructura, al parecer, fue ideada hace siglos, y fue ideada bien porque desde entonces no ha cambiado. Los rostros de los portadores son igualmente arcaicos. Cuando hojeas álbumes fotográficos chinos de antes de las grandes guerras, la cercanía y extrañeza de los rostros, su clausura en la cultura local, resulta muy llamativa. Las vicisitudes del siglo XX destensaron considerablemente la expresión de los rostros chinos, igual que pasa en los rostros de cualquier otra cultura arcaica. Pero aquí, en Yangshuo, en la mañana de una ciudad turística sin turistas, en la cara de estos porteadores aflora aquella otra de las fotografías de hace cien años, aún intactas frente a la cultura europea, dejando pasar el aroma de los rincones desconocidos de la ciudad.




De la parte superior del ataúd emerge hacia el cielo una cigüeña blanca coronada de guirnaldas y envuelta en papel de colores, como si el alma del muerto se hubiese desprendido del suelo. Recuerdo, procedente de una cultura completamente distinta, los versos de Bulat Okudzhava escritos con motivo de la muerte de Vladímir Vysotski:
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Белый аист московский на белое небо взлетел, |
Una cigüeña blanca de Moscú voló hacia el cielo blanco |


El cortejo va seguido por tres músicos: dos hombres con suona, el clarinete chino, y una mujer con dos tambores. Difunden la aguda y monótona melodía de duelo que impregna toda la calle, al ritmo de la cual el cortejo avanza hacia la orilla del río, con el rickshaw que va delante va derramando el dinero de los muertos. A veces estalla un petardo rojo delante del rickshaw y su humo cubre el cortejo durante unos minutos, ocultándolo a la gente que los observa de pie delante de las tiendas. Todos son rostros locales; ningún extranjero. Por la mañana la ciudad vive su propia vida y se despide de sus propios muertos.


Sigo el cortejo mientras avanzan junto a la ribera, cruzando la gran galería cubierta junto al puerto por donde por la tarde no puedes pasar por la multitud de vendedores y compradores. Ahora está completamente vacía. Tengo curiosidad por saber si pondrán el ataúd en una barca y lo llevarán al otro lado del río para enterrarlo, como hacen muchas culturas, pero no lo hacen. Pasan de largo el puerto y al abandonar la galería empiezan a subir por el estrecho sendero de montaña. Quienes hasta entonces los seguían ahora se van. Yo también, pues al parecer esta es la costumbre.



Solo por la tarde, pedaleando a lo largo del río Yulong en una bicicleta alquilada, sabré qué sucedió después.
Paso junto a un pequeño cementerio al borde de la carretera. Tiene cuatro o cinco grandes tumbas circulares de piedra, como si fueran grandes pozos. Una de ellas está obviamente recién construida: la han rellenado de tierra y hace poco que han colocado encima un ataúd vacío. Alrededor, petardos, incienso, botellas vacías.


Regreso por la ribera. El dinero de los muertos y los restos de petardos ya han sido barridos. A lo largo del trayecto del cortejo fúnebre pequeños montones rojos esperan ser retirados: polvo y ceniza.




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