
El mercado del casco antiguo de Dali se despierta. Primero llega el camión rociador, que va poniendo a todo volumen un aria de ópera china para que todos puedan apartarse a tiempo. Luego llegan los vendedores ambulantes de las aldeas vecinas, con traje popular bai, trayendo la cosecha de la noche en carretillas de dos ruedas o en un cesto a hombros.


En la carnicería halal cuelgan, suspendidos, trozos de carne que hacen la boca agua; los hombres que pasan desaceleran y los examinan con cuidado. Una parte de los bai es musulmana desde la conquista mongola, y sus tiendas y fondas se anuncian con letras chinas y árabes. En la tienda suena música popular bai; la hijita del tendero baila despreocupadamente al compás, delante del establecimiento.

En las casas de comidas del mercado ofrecen mian, sopa caliente de masa, con una cucharada de picante picado encima. Los vendedores van alternándose para pedir un cuenco. La mañana es fría bajo el Himalaya hasta que el sol se levanta. Las empanadillas rellenas de verduras o carne, los baozi y jiaozi, que en otros lugares se ofrecen en vaporeras de bambú, aquí apenas se venden. Cuestan dos yuanes más: son demasiado caras para la gente del mercado.


Una anciana bai vende esferas o pomos fragantes hechos de hierbas. «¿Para qué sirven?» «Para lavativa, querido. Para jabón. Cómpralo: solo cuesta dos yuanes la pieza». Todos lo compramos; el rostro de la anciana está vestido con mil arrugas alegres. «Pregúntale cuántos años tiene», me apremian. «Tengo ochenta, muchachito», se ríe. Sus arrugas sugieren más, pero su sonrisa no ha envejecido ni un día desde que era niña. «Así que no lo olvides: esto es jabón, para lavarte. ¡No vayas a hervirlo para hacer té!»





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