El día de la victoria


En Noratus, junto al cementerio armenio medieval, hay un pequeño puesto donde una anciana alegre vende café aguado, calcetines de punto y camisetas con las letras del alfabeto armenio. Entre las muñecas con traje nacional armenio se extiende la bandera nacional, con una camiseta encima que muestra la foto de Nikol Pashinián. Me agacho para hacerle una foto. La mujer sonríe. «Nuestro querido Nikol», dice mientras acaricia la fotografía con ternura.


«¿Cuáles son las expectativas?», pregunto a nuestro anfitrión en la iglesia de Odzún. «Un noventa y nueve por ciento de que será elegido». «¿Y no es posible que entonces los oligarcas llamen a sus seguidores a bloquear las carreteras?» Él escupe al suelo. «Los oligarcas hace tiempo que huyeron con su dinero».


Después de Karahunj, el Stonehenge armenio, aparece un lavadero de coches con una pequeña casa de comidas, un caravasar moderno donde se atiende tanto a los hombres como a los rebaños. Un televisor en la pared: Nikol Pashinián pronuncia su discurso inaugural en el parlamento. Resulta una imagen insólita verlo con traje después del uniforme militar de las últimas semanas. «¿Qué está diciendo?», le pregunto al camarero. «Que todo irá bien», responde entusiasmado..


Llegamos al monasterio rupestre de Noravank alrededor de las dos de la tarde. En la puerta del monasterio, los taxistas están en cuclillas, las familias de pie; nadie se mueve, todos escuchan la radio del coche. El aplauso estalla justo cuando bajamos del autobús. «¿Victoria?», les pregunto. «Victoria», dicen con el rostro iluminado. «¿Qué proporción?» «Cincuenta y tres contra cuarenta y dos». Nos damos la mano. De la radio surge el clamor jubiloso de la multitud en la plaza principal de Ereván.


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