La otra ciudad


La pantalla de mi portátil empezó a hacer tonterías. Al principio, si la abría solo unos centímetros todavía podía ver lo que hacía el portátil, y al introducir la mano en esa rendija, como en la boca de un cocodrilo, hasta podía manejarlo. Pero luego ni rendija ni nada y la máquina empezó a llevar su propia vida autista. Lo envolví y empecé a recorrer Sarajevo a la busca de un lugar donde pudiera conectarlo a una pantalla externa, de modo que pudiera salvar los terriblemente importantes datos de las últimas semanas. El primer sitio me lo recomendó el hotel: era un viejo técnico de televisores, pero extremadamente inteligente —como la mayoría de los bosnios— y muy versado en el oficio. Conectó la salida HDMI del portátil a una pantalla HDMI, pero no apareció nada. De hecho, este portátil solo muestra la imagen en la pantalla externa cuando se le da la orden correspondiente; y para darle esa orden hay que ver la pantalla del propio portátil. Un círculo vicioso. El anciano me ofreció extraer el disco duro y copiar mis datos, pero al abrir la máquina perdería la garantía. Así que consulto en Google Maps los servicios técnicos de portátiles en Sarajevo y empiezo a deambular por la ciudad.


Rincones extraños, barrios nunca vistos, corredores traseros de grandes almacenes se revelan a mis ojos. Organizaré la próxima excursión aventurera no a caballo ni por ríos caudalosos, sino a partir de tareas como estas: llevaremos una radio de coche a reparar en San Petersburgo, compraremos una unidad externa de CD en Adís Abeba. Tiendas laberínticas, máquinas desconocidas y piezas de repuesto en los pasadizos, figuras extrañas y frías. En otro lugar, en la puerta de una tienda cerrada, un papel impreso con esmero: «Estamos de vacaciones, vuelva de vez en cuando». Pero la boca de mi portátil sigue ominosamente cerrada.


Me rindo y empiezo el camino de vuelta hacia el buen viejo para que me abra el portátil. Y como suele ocurrir de manera infalible, tan solo después del último lugar visitado descubro una gran valla publicitaria en la esquina: Win Com, venta y reparación de portátiles. Barrio de Hrasno, este es el lugar del anuncio: https://goo.gl/maps/1y9wfvP4Xh92. ¿Qué puedo perder? Una tienda bien equipada en la planta baja de un edificio socialista de diez pisos. Un joven alegre habla por teléfono sentado a la mesa; asiente cuando le pregunto si habla inglés. Saco al cocodrilo y expongo el problema. Noto claramente cómo empieza a rodar su cerebro. También prueba con algunos cables y también aterriza en el mismo punto que los demás. Luego sigue pensando y los engranajes de su mente de pronto superan el bloqueo. Hace algo en lo que nadie había pensado: conecta la salida HDMI del portátil moderno a una vieja pantalla VGA. Esta pantalla no ofrece ninguna opción, no espera ninguna orden, absorbe automáticamente la señal de la máquina. El contenido aparece en la pantalla. Puedo iniciar el largo proceso de transferencia de datos. 


El hombre pide café en el bar de al lado, hablamos. Noto algunas conjunciones alemanas que se le escapan, se lo pregunto. Cambia encantado la conversación al alemán. Durante la guerra de 1992-1995 vivió con su familia en Berlín. ¿Dónde? En Alt-Tegel. Y yo vivo en Charlottenburg, le digo, a solo seis paradas de allí. Somos vecinos. Fue al instituto en Berlín, luego se graduó en Belgrado. ¿No fue incómodo estudiar en Serbia? Sí, lo fue, pero no tenía otra opción. Desde entonces Sarajevo también se ha recuperado, valía la pena volver. Esta tienda es completamente suya, me la enseña con orgullo. Llega otro hombre, un buen amigo. Sead me presenta, nos damos la mano. Pedimos otro café. El recién llegado habla solo bosnio, yo le respondo en checo, y nos felicitamos mutuamente por la belleza de las chicas de Budapest y Sarajevo.


Mientras tanto termina la transferencia de datos. Pido un trozo de cartón usado para embalar mi máquina para DHL. Luego paso al siguiente punto. Quiero comprar un portátil barato de segunda mano para un mes, hasta que Amazon me envíe la máquina de sustitución a Berlín. En las estanterías hay algunos modelos que ya eran veteranos hace años, pero los ojos de Sead se iluminan. «Hay uno que aún no he sacado. Es el mejor, se lo habrían llevado en un día». Un Asus M70S que me recuerda a los ordenadores planos que antaño se transportaban en camión. Es un aparato robusto que llena por completo una maleta de mano de tamaño estándar, parece un tanque alemán. Lo peso en el hotel: cuatro kilos y medio. Durante un mes será mi compañero en el valle del Neretva y en las crestas del Cáucaso, en autobús, en barco y a caballo. Viene con Windows 7 y todos los programas necesarios en bosnio. Ciento treinta euros. Una ganga. Mientras tanto entra otro hombre; habla un alemán excelente. Vivía en Reinickendorf, a medio camino entre nosotros dos. Sead también invita a su hermano y llama por Skype a su amigo bosnio en Nueva York, que había vivido en Hönow, infinitamente lejos de nosotros, en el extremo opuesto de Berlín. Hemos pasado hace mucho la hora de cierre;  Cinco expatriados berlineses sorben felices su café en la pequeña tienda de portátiles en las afueras de Sarajevo y recuerdan la magnífica ciudad. 


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