
África empieza en Budapest. El dron que conseguí expresamente para fotografiar los maravillosos paisajes etíopes, y que elegí cuidadosamente para poder llevar a bordo de cualquier avión, está prohibido sólo en el Aeropuerto Franz Liszt. Tiene que viajar en la bodega y yo no tengo ninguna maleta para facturar. El agente no duda en improvisar algo de protección para el dron a partir de mi bonita bolsa de algodón armenio decorada con granadas. Le coloca la etiqueta de equipaje en el asa de la bolsa, y ya está volando lejos de protección vía El Cairo, hacia Addis Abeba.
En el aeropuerto etíope, sin embargo, espero en vano que el pequeño bulto blanco de algodón aparezca en la cinta transportadora entre maletas del tamaño de una persona e incontables cajas de agua mineral (!). Todo el mundo ya se ha ido rodando con su equipaje y la cinta se ha detenido cuando voy a declarar la pérdida. El empleado también toma mi dirección de Berlín, por si tardan tanto en encontrar el paquete. Adiós a vosotros, maravillosos paisajes etíopes. Llegamos al hotel a las cinco de la mañana y nos dormimos inmediatamente.
A las seis me llaman para decirme que han encontrado un paquete pequeño, pero que no saben qué es. Quizá sea el mío. Pero debería ir inmediatamente a recogerlo, porque tras el cambio de turno quizá no lo vuelvan a encontrar. Regreso al aeropuerto en taxi. Paso por cuatro controles de pasaportes y un control de seguridad. Hay una gran cantidad de grano derramado y algún líquido pegajoso alrededor del escáner de la entrada, que también ha impregnado todas las bandejas. Tengo que poner mi chaqueta en una de ellas. Para cuando llego a la oficina de objetos perdidos, el turno ya ha cambiado. El nuevo empleado no sabe nada, pero me señala el rincón donde han amontonado los objetos hallados para que lo busque. Y, he aquí, el pequeño paquetito blanco con la granada roja y la etiqueta de equipaje de Budapest. ¿Dónde se estaba escondiendo mientras yo me preocupaba por él? Verifico que es mío, me lo entregan, firmo la recepción. De vuelta en taxi al hotel. A las ocho de la mañana ya estoy en la cama, después de once horas de vuelo y antes de un largo primer día en Etiopía.
Nos sentamos a desayunar con a un comerciante árabe de grano. Que esa es su profesión queda claro en dos minutos. En otros tres minutos, sabemos que logró importantes ventajas como jefe de departamento del Ministerio de Agricultura egipcio. En otros cinco minutos intenta usarme para vender productos en Hungría. Judías rojas etíopes, judías blancas, café en grano, dátiles. Un minuto más tarde y de no haber llegado un comerciante etíope con unas muestras en pequeñas bolsas de plástico, yo ya no estaría escribiendo esto. Sin embargo, el proveedor etíope acapara por completo la atención del empresario egipcio. Mirándolos desde la escalera, la escena pide a gritos el lienzo de un pintor orientalista: dos hombres serios inclinados uno hacia el otro sobre las semillas claras en el escritorio de ébano del viejo hotel, construyendo el futuro de su continente común.
Hay otros que también asumen un papel desinteresado en la construcción del continente. Desde el cambio de milenio la Addis Abeba moderna ha sido levantada con inversiones y préstamos chinos. El Centro de Conferencias de la Unión Africana –«el Parlamento de África»–, el edificio más alto de la ciudad, fue «donado» al país hermano como inversión conjunta del Estado chino y la empresa China State Construction Company. Pero su altura ya queda superada por la torre de la imagen de arriba, el futuro centro del Ethiopian Commercial Bank, que está construyendo la misma empresa. La obra, del tamaño de un entero barrio, está rodeada por muros de piedra sobre los cuales enormes caracteres chinos anuncian la nueva conquista. Dentro, los obreros chinos hacen el trabajo –se supone que también colocaron micrófonos en el Centro de Conferencias de la UA–, y el agua que utilizan, el tesoro de África, que fluye abundantemente desde el interior, es recogida en cubos privados por los dueños de las pequeñas tiendas de los alrededores. «¿Qué piensa la gente de aquí de todo esto?», le pregunto al taxista, que también transporta a los ingenieros chinos. «Que es colonialismo indirecto», responde en un inglés elocuente. «La época del colonialismo directo ha terminado en África; ahora ha llegado la del indirecto. Preferiríamos estar vinculados a Europa o a América, pero los chinos fueron más rápidos; ahora ellos dictan. Y ellos no dan ningún trabajo que nos beneficie.»
Mientras caminamos hacia la estación de autobuses, un chico de veintitantos se dirige a mí, y luego otro a Lloyd: de dónde somos, qué hacemos, adónde nos dirigimos. Yo también pregunto: el mío es del Gondar septentrional y estudia historia. El de Lloyd no queda claro. Su interrogatorio alegre y entrometido es extremadamente engorroso mientras tenemos que comprobar la ruta y el GPS, y estudiamos qué autobús tomar hacia la región monástica del norte. Al llegar a la taquilla, saludan primero, como si fueran nuestros guías, y luego piden una propina. «¿Y por qué, amigo mío?», le interrogo. «Bueno, por mi servicio.» «¿Por qué servicio? Si al principio hubieras anunciado que me llevabas por oficio, te habría despachado en ese mismo momento. Así que, ahora vete al infierno.» Se quedan horrorizados, lo intentan varias veces más, pero al final desaparecen. Lloyd y yo acordamos que en la calle sólo devolvemos los saludos, pero no entablamos conversación con gente sospechosa. «En Iowa solíamos hablar con todo el mundo de forma amable.» Lloyd se disculpa pero lo entiende. Sacaremos mucho provecho de esta decisión.

En la oficina queremos comprar un billete para el autobús de madrugada. «Sí, para las diez y media», sugiere el cajero. «No, no, a las cuatro y media», lo corregimos. Poco a poco resulta que los etíopes –igual que los antiguos romanos y griegos– cuentan las horas del día de seis a seis, del amanecer al anochecer, y las de la noche también de seis a seis. Así, nuestras cuatro y media son las «diez y media», y a las cinco de la mañana la recepcionista me dice que devuelva la jarra de agua caliente para el desayuno de mañana –es decir, dentro de tres horas. Por seguridad, ella escribe ambas horas en el billete: primero la etíope y luego la hora internacional entre paréntesis. La fecha del billete –el 28 del quinto mes de 2011– también tiene su truco, pero no nos quedemos atascados aquí.


Al salir de la taquilla nos topamos con otro fenómeno arcaico: Un cuentacuentos de imágenes. He visto a estos cantores épicos en Irán y en India, que van señalando las ilustraciones del Shahnamé o de las epopeyas hindúes mientras la cantan o narran. Una versión interesante de esto fue aquella paráfrasis del Shahnamé de 1943 en la que los invasores británicos querían presentar al pueblo de Irán la verdad de los Aliados y la explicaban con ayuda de los cantores de café persas. El narrador de Addis Abeba tiene ante sí dos tablas (como las auques catalanas): una con los retratos de las celebridades históricas de Etiopía y otra con las del mundo. Va señalándolas con una vara y, según deducimos, canturrea un breve resumen de la historia nacional y mundial a su público atento. Es probable que el resumen tenga alguna intención política de actualidad, pues a sus pies hay un gran montón de fotos tamaño póster del primer ministro recién elegido, Abiy Ahmed. Sin duda va a distribuirlas entre su público convencido tras la actuación. Nosotros, sin embargo, no esperaremos tanto.


El monumento Tiglachin («Nuestra lucha») se alza en un parque junto a Churchill Avenue. Como muestran la estrella roja y el escudo de armas dorado con la hoz y el martillo, fue erigido en el período socialista, y el «nuestra» incluye además de los etíopes a los hermanos de armas soviéticos y cubanos (!), que en 1978 obtuvieron una victoria sobre los imperialistas somalíes en la región de Ogadén.
Ogadén (marcada en rojo en el mapa), la gran meseta desértica situada al este de las grandes montañas centrales de Etiopía, perteneció alternadamente a lo largo de la historia al sultanato somalí y al Imperio abisinio. Está habitada principalmente por musulmanes somalíes. El presidente somalí Siad Barre, que llegó al poder con un golpe de Estado en 1969, invadió la región en 1977 con la esperanza de crear una futura Gran Somalia. Lo picante del asunto es que Somalia por entonces aún gozaba del apoyo (y de envíos de armas) de la Unión Soviética, pero el Kremlin ya había iniciado negociaciones con Mengistu, que se convirtió en presidente de Etiopía en febrero de 1977 y que, por el Terror Rojo que desató, era considerado un discípulo fiel del comunismo. En el conflicto armado entre los dos Estados amigos de Moscú, la Unión Soviética acabó poniéndose del lado de Etiopía, enviando tropas y ordenando asimismo a Cuba y a la República Popular de Yemen que hicieran lo mismo, y a la RDA que enviara armas. Somalia interrumpió sus relaciones con Moscú, y Estados Unidos entró rápidamente y la convirtió en aliada a cambio de bases militares estadounidenses. El ejército unido «de la paz» terminó expulsando a los invasores imperialistas de Ogadén en marzo de 1978.
En memoria de esta victoria, una amistosa Corea del Norte donó a Etiopía el monumento Tiglachin el 12 de septiembre de 1984, en el décimo aniversario de que el Dergue («el Partido») estrangulara al emperador Haile Selassie en el sótano de su propio palacio. Así, una de las caras del monumento también representa al emperador a caballo mientras contempla el sufrimiento de su pueblo hambriento. Probablemente prevé la futura gran hambruna, que cobraría un precio de millones de víctimas bajo el Dergue entre 1983 y 1985. El régimen actual –que llegó al poder tras derrotar al Dergue en 1991– no puede ni escupir ni tragarse el monumento. Al fin y al cabo conmemora una gran guerra patriótica, muchos de cuyos participantes aún viven hoy. Así que simplemente lo dejan estar cubierto de maleza, abandonado a su suerte. Algún día, cualquier día, puede que lo derriben.
Cuando visité por primera vez el cementerio jasídico de Bolechów/Bolekhiv en la Galizia ucraniana, su cuidador ucraniano, Zenon –un hombre de edad avanzada pero robusto, con el rostro quemado en Afganistán– me dijo que había servido como oficial de comandos en el ejército soviético y que había combatido en Vietnam y en Etiopía, en lugares donde, según nuestro conocimiento oficial, ningún soldado soviético había puesto jamás un pie. Desde aquí le llevaré una bolsa de café etíope.

En varios lugares puede verse este cartel, en el que el Ministerio de Asuntos de la Mujer y la Infancia llama a abolir prácticas tradicionales nocivas contra mujeres y niños. La palma abierta sugiere que esto podría significar violencia doméstica. En realidad, es aún peor: mutilación genital, llamada eufemísticamente «circuncisión femenina», cuando se cortan el clítoris y los labios menores a niñas lactantes cuando sólo tienen unos días de vida. Esta práctica se realiza principalmente en la propia casa, en la zona de la meseta oriental de Etiopía, la región somalí mencionada arriba, y en la región afar más al norte (véase el mapa). En 2000, el gobierno etíope lanzó una campaña contra esta atrocidad y logró ganarse a los líderes islámicos afar, que ahora anuncian que esta mutilación no tiene base islámica en la tradición y que debe erradicarse. Sin embargo, ahora mismo sigue practicándose en cifras que van del 70 al 90% de la región.

Entre los mendigos de Addis Abeba hay muchas madres jóvenes atractivas, a menudo bien vestidas, con uno, a veces dos o tres niños pequeños. Por lo general, dos o tres madres mendigan juntas, apoyándose entre sí. ¿Cuál podría ser la razón? ¿De verdad tantos hombres abandonan a sus esposas y ellas, sin sostén económico, deben salir a la calle? ¿O la mendicidad de mujeres y niños forma parte en sí misma del sustento familiar? Algunos estudios sugieren lo segundo. Mendigar –y vivir del apoyo internacional– es una industria aceptada y muy extendida en Etiopía. En 2008, el director danés Jakob Gottschau hizo una película sobre dos de estas jóvenes que llegan a la capital desde el norte de Etiopía tras terminar el trabajo agrícola estacional, para mendigar el resto del año.
El turismo de catástrofes no es mi trabajo, ni me gusta; aun así, quiero una foto de dos jóvenes mendigas para compartirla aquí en el blog. La estudiante que viene detrás de mí me pregunta indignada: «¿Por qué estás haciendo fotos?» «Para mostrarles a mis amigos en casa lo que he visto.» «Pero ¿por qué tienes que fotografiar lo que está mal? ¿Por qué no lo que está bien? Luego sale en la tele y todo el mundo pensará mal de Etiopía.» «Yo no trabajo para la tele», corto la conversación. En realidad quería sugerirle que si mejoraran su mísera capital uno haría más fotos bonitas. Quizá esta respuesta sería cruel.
Pero reflexiono y me voy a hacer algunas fotos muy distintas donde es más fácil: en los bares. La Piazza, la moderna plaza principal abierta por los conquistadores italianos, está flanqueada por cafés-pastelerías estrictamente sin alcohol, y por bares vergonzantemente escondidos. Dentro, gente satisfecha charla, hace negocios, corteja –algo que rara vez se ve en otros lugares–, o simplemente sueña despierta. A diferencia de otras sociedades machistas, también mujeres solas o grupos de amigas pueden entrar en los bares; nadie las echará ni las mirará mal.
La calle Haile Selassie, que sube desde la Piazza, es el límite occidental del barrio armenio. Los comerciantes armenios operan en Etiopía desde hace siglos. Desde la expulsión de los portugueses en 1633, fueron el único contacto con Europa. Esto también se vio facilitado por el hecho de que tanto la iglesia etíope como la armenia pertenecen a la rama llamada monofisita (en sus propios términos, miafisita) del cristianismo, que, al rechazar el Concilio de Calcedonia de 451, enfatiza la naturaleza divina de Cristo a expensas de la naturaleza humana. Durante el emperador Menelik II (1889-1913), el renovador de Etiopía, muchos armenios huyeron aquí de la persecución turca, y muchos de ellos ocuparon cargos en el servicio imperial, como Haigaz Boyadjian, el primer fotógrafo de corte de Etiopía; Krikor Howyan, astrónomo de corte y arquitecto jefe de Addis Abeba; su sucesor, Minas Kherbekian, creador de la Addis Abeba moderna; o el historiador Haig Patapan, traductor etíope de Nietzsche. El emperador Haile Selassie vio en 1924, en el barrio armenio de Jerusalén, una banda de música de metal formada por huérfanos del genocidio de 1915, y los invitó a su corte. Conocida como Arba Lijoch («cuarenta niños»), la banda desempeñó un papel importante en la renovación de la vida musical etíope y, en última instancia, en la creación del jazz etíope.
Muchos de los armenios emigraron de Etiopía durante el socialismo. Tal vez unos cien de ellos aún viven en la capital. Todavía tienen una escuela pero la frecuentan principalmente los hijos de diplomáticos; y una iglesia, aunque a falta de sacerdote sólo celebran culto laico.
Un hombre mayor está sentado en la mesa junto a la entrada de un bar en la parte alta de Haile Selassie Street. Su perfil europeo y su traje negro planchado contrastan con los locales. Me acerco y le pregunto educadamente si es armenio. Mirando por la ventana, responde apenas audible: «Soy etíope.»

El pueblo oromo, el mayor grupo étnico (34%) de Etiopía, vive en el sur del país. Tradicionalmente, fueron el objetivo más importante de los traficantes de esclavos árabes y somalíes, que los arrastraron durante siglos a tierras árabes y otomanas. Sus territorios fueron ocupados y anexionados a Etiopía por el emperador Menelik II sólo a finales del siglo XIX. Desde entonces han sido marginados. En los últimos años, el gobierno los ha expulsado masivamente de sus tierras para ponerlas en manos de grandes inversores. En el verano de 2015, se lanzaron protestas masivas contra esta práctica, que terminaron con cientos de muertos y la introducción del estado de emergencia en el país.
El espléndido edificio moderno del Centro Cultural Oromo en Addis Abeba se alza junto a la estación de autobuses, permitiendo que se llenen de orgullo los corazones de los oromos que llegan a la ciudad desde el campo. Un autobús acaba de detenerse y de él se derrama una enorme multitud colorida. Un joven alto, que marcha al frente de la masa, se detiene al ver nuestras cámaras y también hace una señal para que la gente se pare. «Estos de aquí son los refugiados de Oromía. Nos quitaron las tierras, destruyeron nuestras casas. Hemos subido para manifestarnos. Por favor, hacednos fotos, difundidlo por el mundo.» La multitud nos rodea; todos toman posición para ser fotografiados. Mientras tanto, todos cuentan a la vez: «Vinieron soldados…» «Nos rodearon, nos sacaron de la casa…» «Estuvimos sentados en la iglesia dos días…» «Destruyeron todas las casas…»


En el antiguo palacio imperial, tanto los fundadores etíopes de la década de 1910 como los invasores italianos de 1936-41 lograron reunir todo lo mezquino y provinciano. Una fila monumental dorada de columnas en un edificio del tamaño de una villa campestre, una mampostería de basalto groseramente acanalada, un par de candelabros dorados en forma de indígenas americanos vestidos a la romana sobre las columnas de hormigón bajo el balcón. Frente al edificio, un asta de bandera alrededor de la cual los italianos construyeron una escalera de hormigón con 14 peldaños, tantos como años había pasado Mussolini en el poder. Este calendario de hormigón interrumpido fue coronado en 1941 por los etíopes que regresaron con un león imperial de hormigón. Este pequeño museo del mal gusto fue finalmente abandonado por el propio emperador y en 1960 lo donó a la universidad. Hoy alberga el Departamento de Etiopía; para eso sirve. Y un pequeño museo de etnología, que tiene un poco de todo: iconos, joyería tribal, objetos de iglesia.
Un objeto especialmente interesante de la exposición es un poste funerario tribal, si no recuerdo mal, del valle del Omo en el sur de Etiopía. Parece como si descansara bajo la tumba toda una gran familia, pero en realidad es para un solo héroe, con un gran pene en la frente. Las demás figuras marcan su grandeza: por un lado sus dos esposas y por el otro los otros héroes asesinados por él y sus mujeres, un leopardo que él cazó y, finalmente, su lanza, con la que logró todas estas proezas, el chef-d’oeuvre de su vida.
También exponen un poste funerario similar en la sección tribal del Museo Nacional, aunque con menos figuras y sin explicación. Sin embargo, los grandes ases del museo son los hallazgos de homínidos, que abundan de manera especial en Etiopía. El más conocido es Lucy, la niña Australopithecus afarensis de tres millones de años, pero el más apreciado es el Homo sapiens idaltu de 160.000 años, el representante más antiguo conocido de nuestra especie, descubierto en 2003, hasta el punto de que su cráneo y su imagen reconstruida se exhiben en la sala central del museo, en medio de las joyas de la corona etíope.
Italia invadió Etiopía dos veces: primero en 1895-1896, y luego en 1935-1941. En ambos casos, básicamente para desviar la atención de las penurias económicas en casa mediante un éxito militar en el extranjero. La primera vez no lo lograron: el gran organizador y comandante Menelik II derrotó a las tropas italianas en Adua. La segunda vez, el menos eminente Haile Selassie se retiró gradualmente hasta Addis Abeba, luego organizó incursiones partisanas y, por último, los expulsó del país con ayuda británica. El «icono ingenuo» de 1977 de Kassa Wondimagegehu, en el Museo Nacional, resume la segunda invasión. El avión italiano en el horizonte bombardea aldeas etíopes y las rocía con gases venenosos. En primer plano, la infantería etíope e italiana (esta última con auxiliares askari de Eritrea) se tirotean mutuamente. Los verdaderos vencedores son los buitres y las hienas rayadas (Hyaena hyaena) y moteadas (Crocuta crocuta), tratadas en las guías de viaje como animales típicos de Etiopía.
Cruzamos enormes cordilleras, dejamos atrás panoramas deslumbrantes. Pasan volando pequeños pueblos pintados con tonos vivos, grandes campos trabajados con burros o bueyes, rebaños de diez o doce vacas con un pastor apoyado en una vara larga de eucalipto y en una sola pierna, cauces de ríos secos y, a lo lejos, los prometedores contornos de las vastas montañas del norte. Muchos etíopes vestidos de blanco o de colores trabajando en los campos, guardando vacas o yendo al mercado más cercano, al borde de la carretera, con un burro o sólo con una cesta sobre la cabeza. Hay muchos pueblos de mercado, con multitud de tiendas y gentes ataviadas de todos los colores. Nos detenemos en uno de esos lugares, Debre Markos —la ciudad del monasterio de San Marcos—, para almorzar y probar por primera vez los sabores del campo etíope.
Cruzamos el Nilo Azul, por el moderno puente construido como regalo del Estado japonés. Al pie del puente hay una pequeña capilla, con el icono del arcángel Rafael en su muro exterior, que, como en el libro de Tobías, atrapa el pez sanador: es un ejemplar grande y gordo, pues sólo se cría en el Nilo.
El Nilo Azul procede del lago Tana, adonde nos dirigimos. Aporta el 60% —en la estación de lluvias, el 80%— del agua del Nilo; esto provoca la célebre crecida anual y extiende el valioso humus de la meseta etíope sobre los campos egipcios, cuando llueve en las montañas de Etiopía. Aunque ahora es estación seca, hemos vivido una tormenta nocturna de ese tipo en las montañas: una experiencia aterradora. El río desciende por un enorme cañón —a veces de kilómetro y medio de profundidad— hacia la Tierra Negra, con varias cascadas, aunque ahora, al final de la estación seca, no son muy espectaculares porque la mayor parte del agua se está desviando para el riego. A lo largo del agua, florecientes microculturas agrícolas. «Antes cosechábamos sólo una vez al año, pero desde que está la Universidad Agrícola en Bahir Dar, con apoyo e instructores internacionales, la mayoría de los jóvenes agricultores estudian allí y sembramos tres veces al año: grano, caña de azúcar y maíz», dice el barquero que nos lleva a través del Nilo hasta la cascada. Ojos y bocas de hipopótamo suben y bajan por debajo del nivel del agua; anacondas cruzan los canales; pelícanos forman, con un viejo pescador que los alimenta con peces para divertir a los turistas, un grupo de acrobacias bien entrenado.
La tradición sitúa en el siglo XIV la fundación de la veintena larga de monasterios en las islas del lago Tana.
Sus iglesias son sencillos santuarios de adobe, de planta cuadrada, rodeados de galerías para los fieles, de planta circular: por fuera parecen enormes chozas africanas. Las paredes de los santuarios están cubiertas de fascinantes frescos de colores vibrantes. Por su ingenuidad y sus narraciones en franjas recuerdan a los frescos de las iglesias de Maramureș y Bucovina, y también porque siguen el mismo tipo de barroco popular: un estilo traído aquí por los portugueses. Las imágenes son una enciclopedia completa de la fe etíope. La iconografía, de origen copto y bizantino, se ve complementada y, para el historiador del arte occidental, deslumbrada por los libros apócrifos etíopes: el Espíritu Santo como un anciano montado en un gallo, el símbolo del relámpago; san Juan Bautista dejado en el desierto por su madre, que murió en el parto, y amamantado por un antílope; las aventuras y milagros del niño Jesús durante la Huida a Egipto (que, por la proximidad local, quizá interesaron especialmente a los etíopes); el énfasis en los siete (!) arcángeles; la persona depravada que devora a setenta personas y que logró abrirse camino al cielo por intercesión de la Virgen María, por haber dado una vez de beber a un leproso. Y el resto. Como si viéramos las ilustraciones de las historias bíblicas interpretadas por los predicadores afroamericanos de Roark Bradford. Mientras tanto, la ceremonia se centra también en un elemento apócrifo: el Arca Santa de la Alianza, que, según la tradición etíope, fue traída de Jerusalén por Menelik, hijo del rey Salomón y de la reina de Saba de Etiopía (!), y que hoy está escondida en algún lugar de las cercanías de Aksum, aunque durante un tiempo se guardó en cada uno de los monasterios de Tana.
A última hora de la tarde, el sonido de un violín penetra desde abajo en la habitación del hotel: una melodía obstinada y enérgica, acompañada de aplausos y gritos. Bajamos para averiguar de dónde procede.
Es del pub vecino. Cincuenta o sesenta personas en un espacio reducido, aparentemente la joven clase media local viene aquí a divertirse como en un ruin pub de Budapest. Entre ellos, un violinista-cantante —un azmari— sube y baja improvisando rimas sobre la situación y los oyentes. «América, América, un país hermoso, / y mucho más si engrasan nuestro arco con uno o dos dólares», le canta a Lloyd. Su violín se llama masenko, lo que recuerda de inmediato el monólogo recurrente en Roots de Alex Haley, donde Kunta-Kinte y sus descendientes evocan las pocas palabras que aún recuerdan de África: «…y ko es violín…».
En Bahir Dar encontramos un buen fixer que, entre otras cosas, nos organiza la excursión a los montes Simien, una de las regiones más bellas de Etiopía. Por su recomendación nos detenemos de camino en la aldea de
Awra Amba («En la cima de la colina»), una comunidad creada en 1980 por un fundador visionario —y ligeramente autista—, Zumra Nuru. Los principios básicos de esta comunidad de más de quinientas personas difieren notablemente de los estándares patriarcales etíopes: igualdad entre mujeres y hombres, respeto de los derechos de los niños, cuidado de los ancianos que no pueden trabajar, evitar las malas palabras y las malas acciones y, en su lugar, poner el acento en el respeto mutuo, la cooperación y las buenas obras, y considerar a todas las personas como hermanos y hermanas. Esto último es especialmente importante en una sociedad donde la mayoría cristiana y la minoría islámica siguen estando rígidamente separadas. Los miembros activos de la comunidad cultivan la tierra o tejen. Dos veces por semana venden los productos de su trabajo en el mercado, ingresan los beneficios en un fondo común y, al final del año, todos reciben una parte igual de las ganancias. La aldea, las casas y los talleres están mucho más ordenados y mejor equipados que en otras partes de Etiopía, y los miembros de la comunidad parecen también más satisfechos, más seguros de sí mismos y más dignos.
Los judíos llevan viviendo en Etiopía casi tres mil años. Según una de sus tradiciones de origen, que se ha vuelto prácticamente oficial en Etiopía, la reina de Saba de Etiopía (!), durante su visita a Jerusalén, concibió un hijo del rey Salomón. Cuando el niño, Menelik, creció, también fue a Jerusalén para visitar a su padre, quien lo inició en su sabiduría. Regresó a su tierra con un séquito de acompañantes judíos y trajo consigo la Santa Arca de la Alianza, que hoy estaría oculta en algún lugar de los alrededores de Aksum. Otra tradición, preferida por los judíos, se basa en una declaración hecha en Egipto en el siglo IX por un judío etíope llamado Eldad ha-Dani. Según ella, su pueblo pertenecía a la tribu de Dan y, tras la muerte de Salomón y la posterior división del reino de Israel y la guerra civil, y finalmente durante la ocupación babilónica, huyeron a Egipto y luego ascendieron por el Nilo hasta Etiopía. En Etiopía se los conoce como falasha, «los sin tierra», porque, según las leyes del reino cristiano, no podían poseer tierras, sino sólo trabajar como artesanos. Construyeron, por ejemplo, los magníficos palacios de la capital renacentista, Gondar. En la segunda mitad del siglo XX los judíos vivían en unas quinientas aldeas, principalmente alrededor de las dos antiguas capitales, Aksum y Gondar. La mayoría fue salvada de los horrores del sistema comunista de Mengistu entre 1979 y 1990 por el Estado de Israel, emigrando allí, donde hoy suman unos 120.000. No han logrado integrarse plenamente: ocupan una posición marginal y realizan trabajos precarios, si es que consiguen trabajo. En Etiopía los pocos que quedan viven en matrimonios mixtos.
La aldea de Wolleka, el asentamiento judío etíope más conocido, está a cuatro kilómetros de Gondar. Antaño estuvo habitada por los constructores del siglo XVI de Gondar, quienes tras terminar la obra trabajaron aquí como alfareros. Hoy, con la aliyá de los judíos, el oficio lo continúan quienes se quedaron en matrimonios mixtos y los cristianos que se establecieron después. Fabrican principalmente figuras judías arcaizantes como regalos —del rey Salomón, el León de Judá, profetas y similares— que resultan muy logradas, como si siguieran una tradición de miles de años. Al llegar a la aldea nos detenemos ante uno de estos talleres de alfarería donde han colocado un cartel de «Falasha Village» para los visitantes israelíes. Una chica de catorce años ofrece sus mercancías. Se llama Hannah; su madre era judía y su padre cristiano, pero ambos han muerto. Es extraordinariamente inteligente y estudia contabilidad en la ciudad. Envuelve las figurillas compradas en páginas arrancadas de su cuaderno escolar. Me da su correo electrónico para practicar inglés por Internet, y yo también le doy el mío.
Subimos a la sinagoga, que se alza unos cientos de metros más arriba. Hannah se ofrece a guiarnos. Esto incluye la ventaja de desarmar a los comerciantes que se nos abalanzan por el camino diciéndoles que no tienen nada que ver con nosotros, que todo se lo compramos a ella. La sinagoga es un edificio sencillo de planta cuadrada con un tejado de madera puntiagudo. Según la piedra fundacional situada junto a ella fue construida en 1942 por Gola Tesema y su socio Takaye Elyas. En ocasiones aún se utiliza para el culto por judíos que llegan desde Israel. El edificio cercano de la yeshivá y la biblioteca está completamente vacío. En la sinagoga hay una gran pila de fotografías desvaídas enviadas a casa por los judíos etíopes desde Israel para mostrar con orgullo cómo viven. En Etiopía esto se considera un gran éxito.
En la catedral Selassie (de la Santísima Trinidad), la iglesia más bella de Gondar, capital renacentista de Etiopía, en el muro occidental, a derecha e izquierda de la entrada principal, las masas esperan el Juicio Final. La mayoría de ellas, como aquí abajo, descienden resignadas tras el ángel armado con la espada y se reconfortan con el sonido del arpa etíope del rey David. Más abajo, sin embargo, una extraña y fea figura desnuda es conducida al Juicio por un diablo. Va montada en un camello y espera ser sea condenado conforme a la ley. Según el guía local se trata del profeta Mahoma (je suis Charlie). Según la bibliografía, en cambio, se trataría más bien de otro gran líder islámico local, imán y comandante: Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi, es decir, Ahmed, hijo de Abraham, el Conquistador. Según sus adversarios cristianos etíopes: «el Gragn», es decir, «el Zurdo».
En la década de 1520, Ahmed el Zurdo unió a las tribus musulmanas somalíes y afar bajo el nombre del Sultanato de Adal, y esta entidad tenía un nombre lo bastante respetable como para obtener rifles del Imperio otomano, que hasta entonces no se habían visto aquí. En 1529 invadieron la Etiopía cristiana causando terribles destrucciones. En las montañas etíopes aún se señala que tal o cual aldea, monasterio o castillo fue destruido por el Gragn. El imperio etíope, suspendido entre la vida y la muerte, acabó por invitar a los cristianos portugueses en su ayuda, que acababan de aparecer en el horizonte. Los portugueses enviaron al capitán Cristóvão da Gama, hijo de Vasco da Gama, quien, en una campaña exitosa en 1541 y 1542, empujó a los musulmanes de vuelta hacia la costa. El Gragn, sin embargo, pidió aún más rifles y artillería a los otomanos y, en la última batalla, capturó a la vanguardia portuguesa, incluido el capitán, que fue torturada y, al negarse a convertirse al islam, ejecutada. Finalmente el resto del contingente portugués junto con el ejército etíope derrotaron al ejército del Gragn en Wayna Daga el 21 de febrero de 1543. El lugar donde un mosquetero portugués abatió al Gragn está hoy señalado por una sencilla estela funeraria de hormigón. Por estas fechas, en el aniversario de su muerte, los musulmanes locales llevan flores al lugar, que poco después son retiradas por los cristianos.


Los frescos de la iglesia de la Trinidad de Gondar son quizá los ejemplos más bellos del «barroco popular» etíope. El muro que separa el santuario de la nave está decorado con la Trinidad, simbolizada por tres ancianos, y, debajo, por una gran Crucifixión, con todas las figuras secundarias: el día y la luna oscureciéndose, las estrellas agitándose con excitación; al pie de la cruz, la calavera de Adán bebiendo la sangre redentora de Cristo; y, bajo la cruz, como es habitual en los frescos etíopes, la figura yacente del donante, el emperador Egwala Seyon. El muro meridional de la nave está decorado con escenas de la vida de Jesús, y el muro septentrional con los temas específicamente etíopes: la vida de María con todas las escenas apócrifas de la Huida a Egipto y, debajo, los santos caballeros etíopes, cada uno en la pose de san Jorge. Los espacios vacíos entre las escenas así como el techo están llenos de numerosas cabezas de querubines de dos alas y grandes ojos, miembros de la corte celestial que, por su multitud, dan testimonio de la omnipresencia de Dios. Y los cometas que giran en torno a la cabeza de Cristo crucificado parecen también una especie de corte celeste, la única que reconoció la significación universal del momento.
Un viejo guardia con túnica blanca está sentado junto al muro del fondo. Un joven guía turístico explica el significado de las imágenes a dos viajeros británicos, que pasan de una sonora sorpresa a otra, especialmente cuando resulta que el guía es musulmán. En el patio, en el pórtico, junto a la pequeña campana hecha con un disco de freno de camión, algunos peregrinos están sentados en un sopor mineral. Uno de ellos se levanta de vez en cuando, rodea el templo, se inclina ante cada puerta y la besa, y luego vuelve a sentarse en su lugar. Es como si reflejaran aquí en la tierra la corte celestial.
Al oeste del lago Tana, en la provincia de Qwara, vivía una joven hermosa, cuya belleza y prudencia superaban toda imaginación, tanto que, en lugar de su nombre original –Welete Giyorgis–, todos la llamaban «Mentewab» –«¡oh, qué hermosa eres!»—. Su fama llegó al emperador, que deseó verla. En cuanto la vio se enamoró de ella y se casaron. En Gondar,
en la fortaleza real de Fasil Ghebbi, fundada un siglo antes por el emperador Fasilidas, le construyó un palacio aparte. En 1723 allí dio a luz a su hijo que en 1730, tras la temprana muerte de su padre el emperador Bokassa, subió al trono como Iyasu II. Junto con el emperador menor de edad, Mentewab fue también coronada emperatriz. Ninguna mujer antes que ella alcanzó un rango tan alto en Etiopía, y de verdad llegó a construir un gran poder. Tomó como amante al joven sobrino de su difunto esposo, el príncipe Iyasu, de quien nacieron tres hijas. El príncipe murió en 1742, al caer de una roca alrededor del lago Tana. Presuntamente, fue mandado matar por el emperador Iyasu II, que se avergonzaba de que su madre tuviera un amante. En 1755, el joven emperador también murió –algunos decían que lo envenenó la hermana del príncipe Iyasu– y tras su muerte su viuda, Wubit, exigió para sí y para su hijo menor de edad, el emperador Iyoas, el mismo poder que hasta entonces había ejercido Mentewab. El conflicto de las dos reinas llegó tan lejos que ambas llamaron a Gondar a los ejércitos de sus parientes, los pueblos Qwara y Oromo. En una situación que amenazaba con convertirse en guerra civil, Mentewab pidió la mediación del poderoso y violento Ras Mikael Sehul («Miguel el Astuto»), gobernador de Tigray. Ras Mikael resolvió la situación a su manera. Fue a Gondar con su ejército, expulsó de allí a los parientes de las dos reinas, estranguló al emperador Ioyas, se casó con una de las hijas de Mentewab y se coronó a sí mismo como emperador. Este fue el comienzo del Zemene Mesafint, los cien años de guerra civil etíope. La abatida Mentewab se retiró, con los cadáveres de su hijo y su nieto, a
la fortaleza de Kuskuam, fundada por ella, donde pasó el resto de su vida.
La fortaleza de Kuskuam lleva doscientos años en ruinas. Unicamente la iglesia de María se ha conservado intacta. Solo está abierta por la mañana durante una hora, y los peregrinos que llegan más tarde rezan ante su puerta. Rebaños de ovejas pastan entre las ruinas, un peregrino vestido de blanco está sentado en la puerta de la fortaleza y entona una melodía larga y monótona. En un rincón de la pequeña sala acondicionada como museo –memento mori– los huesos de la emperatriz, de su hijo y de su nieto se guardan en un ataúd.
En la fortaleza del emperador Fasilidas, los invasores italianos instalaron su cuartel general militar en 1936, y así en 1941 el ejército británico bombardeó y derribó la mayor parte de los palacios.
En fin, tales baladas se producen en las tierras altas etíopes.
El palacio del emperador Fasilidas –«el Camelot etíope», según los anuncios– en la fortaleza de Gondar
La emperatriz Mentewab como donante, yacente a los pies de la Virgen María en la
iglesia de Nerga Selassie en el lago Tana, 1748
Las montañas Simien son el «Techo de África». A lo largo de los últimos setenta y cinco millones de años, los mismos ríos que han alimentado el Nilo también han excavado cañones y han modelado asombrosas formaciones rocosas en su enorme meseta basáltica. Una de las regiones montañosas más diversas y más apasionantes del mundo, con panorámicas sobrecogedoras en cada recodo.
Nos dirigimos a las montañas desde la ciudad de Debark. Tenemos que pagar una tasa de entrada, subir a varios jeeps con un guardia armado en cada uno que nos acompañan hasta el final por las carreteras de montaña. Cinco o seis turistas occidentales con equipo completo son un botín rico y fácil en la despoblada zona montañosa. Antes de que se reúna un jeep lleno de viajeros echamos un vistazo a la feria ganadera del viernes. El tiempo es escaso, no podemos hablar con los lugareños e informarnos sobre el precio de los animales como hicimos en Armenia.
Allí arriba, otros tipos de animales nos están esperando. En nuestra primera parada, la meseta donde nos bajamos está densamente cubierta de babuinos gelada, como un rebaño en pasto. Sentados en pequeños grupos –una o dos madres y sus crías– arrancan puñados de hierba y se comen sus tallos y raíces. El rebaño está vigilado por unos pocos machos grandes. No temen a la gente; se puede caminar entre ellos, fotografiarlos. Los jóvenes todavía desconfían: saltan apartándose de nosotros; las madres los tranquilizan, explicándoles que el hombre nunca hace daño a nadie. Más tarde también encontramos antílopes íbice, que tampoco nos tienen miedo.
Estamos a una altura de tres mil novecientos metros. El tercer día se supone que debemos llegar hasta cuatro mil doscientos, al pie del pico más alto de Etiopía, Ras Dashan (4533). Nuestro sendero serpentea por el borde de la meseta: podemos ver hacia una profundidad de cientos de metros y, en el aire seco, a muchos kilómetros de distancia sobre un mar dorado de cumbres y crestas cada vez más jóvenes. En otoño, después de la estación de lluvias, todo esto será de un verde brillante. Unos cuervos graznan a nuestro alrededor girando con precisión planetaria y en una órbita superior los buitres, quizá esperando que caiga un excursionista.

«Viajar por las carreteras de Etiopía es arduo y a menudo arriesgado. En la estación seca, el coche derrapa sobre la gravilla en una estrecha cornisa tallada en la ladera de una montaña escarpada; la carretera discurre al borde de un precipicio de varios cientos de metros de profundidad. En la estación de lluvias, las carreteras de montaña son intransitables. Las de terreno llano se convierten en cenagales fangosos, en los que uno puede quedar atascado durante días.» (Ryszard Kapuściński: „Lalibela 1975,” de su Shadow of the Sun: My African Life)
La situación ha mejorado algo desde Kapuściński. Las carreteras de montaña se ensancharon, y la mayoría de las carreteras nacionales se asfaltaron. Hoy podemos ir de A a B no solo en un camión ocasional, sino también mediante servicios regulares de autobús. Sin embargo, el transporte no se ha vuelto mucho más rápido. De Gondar a los monasterios de Lalibela todavía se tardan de 10 a 12 horas para los 350 kilómetros de trayecto. Por eso los autobuses se detienen al mediodía en una «estación de autobuses» intermedia, donde los pasajeros pueden comer y hacer compras. No solo algunos aperitivos y agua para el camino, sino todo lo que necesitan en casa: un gran saco de harina, ferretería, semillas, gallinas vivas. Por ello, las estaciones de autobuses del mediodía, estén donde estén, incluso en cualquier pequeño lugar perdido, están rodeadas por un gran mercado donde avituallarse de toda clase de mercancías, servicios y personas. Los carniceros no solo venden medias cabras y reses, sino que además cortan y asan inmediatamente la carne para unos tibs picantes, servidos en platos de barro sobre los braseros. Un muchacho vivaz e inteligente se sienta a nuestra mesa. Ha venido de un pequeño pueblo a estudiar a Lalibela; quiere ser veterinario. Se invita a sí mismo a una coca-cola, y luego nos pasa una hoja de colecta: recoge dinero para libros de texto en nombre de la escuela.
«Un rato después, Tadesse de pronto me agarró del brazo. Pensé que quería pedirme algo pero entonces comprendí que solo estaba impidiendo que cayera en el abismo.
Pues justo debajo había una iglesia excavada en la piedra. Una estructura de tres plantas tallada en la montaña maciza bajo nuestros pies, dentro de ella, por así decirlo. Y más allá, en esa misma montaña, también invisible a ras de suelo, se había excavado otra iglesia, y otra. En total once grandes iglesias. Esta maravilla arquitectónica fue construida en el siglo XII por san Lalibela, gobernante del reino amara, cuyos habitantes eran (y son) cristianos orientales. Hay aquí una iglesia de la Virgen María, del Salvador del Mundo, de la Santa Cruz y de san Jorge, de Marcos y de Gabriel, todas ellas conectadas por túneles subterráneos.
“Mire, señor”, dijo Tadesse, señalando hacia el patio frente a la Iglesia del Salvador del Mundo. Pero yo ya había reparado en el espectáculo. A una docena de metros, más o menos, por debajo de donde estábamos, en el patio y en los escalones de la iglesia, se arremolinaba una multitud de mendigos lisiados. Es extraño decir “se arremolinaba” hablando de seres humanos discretos, pero esa palabra describe mejor la escena. La gente de abajo estaba tan apretujada, sus miembros deformes, muñones y muletas tan estrechamente entrelazados, que formaban una única masa reptante de la que decenas de brazos se estiraban hacia arriba como tentáculos; y donde no había miembros, innumerables bocas abiertas se extendían hacia arriba esperando que se arrojara algo dentro de ellas. Mientras caminábamos de una iglesia a otra, esa criatura retorcida, gimiente y agonizante de abajo se arrastraba tras nosotros, y de ella caía de vez en cuando un miembro inerte, ya sin vida, abandonado por el resto.
Hacía mucho tiempo que no venían peregrinos para arrojar sus limosnas, y estos lisiados no podían salir de los desfiladeros pedregosos.
“¿Lo vio, señor?” me preguntó Tadesse mientras volvíamos al pueblo. Y lo dijo como si quisiera sugerir que pensaba que eso era lo único que de verdad merecía la pena ver.»
Desde Kapuściński, esto también ha cambiado. Las once iglesias majestuosas, excavadas en la roca, siguen allí. Pero delante de ellas y en su interior ya no se arremolinan mendigos y lisiados, sino una multitud de peregrinos con túnicas blancas o amarillas. Rezan, meditan, se sientan en silencio; se repliegan en sí mismos del mismo modo que las iglesias se repliegan en la roca. Y si los templos no bastaban para dar testimonio del poder de la Iglesia etíope, que ha sobrevivido durante dos mil años en los márgenes de la cristiandad, entre enemigos musulmanes, la masa que fluye lentamente y la concentración silenciosa de los peregrinos sí dan testimonio de ello. Esto sí que era, en efecto, una cosa realmente digna de ver.


Más allá de los monasterios, están las casas circulares tradicionales del viejo pueblo, que han sido restauradas con esmero gracias al estatus de Patrimonio de la Humanidad concedido al conjunto. Delante de una de ellas, hay una mesita alrededor de la cual una docena de alumnos aprenden a leer recitando la Biblia, como en las escuelas eclesiásticas de Europa oriental de antes de la guerra y en las yeshivas. Su maestro vende iconos pintados sobre piel de cabra, expuestos en la pared de la casa.
Recitación de los alumnos de la escuela monástica de Lalibela. Grabación de Lloyd Dunn, 12 de febrero de 2019.

Al otro lado del conjunto monástico, se ha creado una moderna ciudad de hojalata: esta es la cara más animada de Lalibela. En la carretera entre ambos, desde la mañana la gente sube y baja, yendo a la iglesia o volviendo de la misa, comprando o repartiendo mercancías, o simplemente dejándose ver por los demás. Todos con una postura elegante, bien vestidos. Nos sentamos en un café, unos cuantos escalones por debajo del nivel de la calle, observando y fotografiando el desfile de moda que tiene lugar como si fuera una pasarela.
En tiempos de Kapuściński, el viaje de setecientos kilómetros de Lalibela a Addis Abeba duraba dos días en camión. Sabiendo esto, y que pese a las mejores carreteras los autobuses no se han acelerado de manera significativa, pregunto ya al llegar, en la estación de autobuses de Lalibela, cuánto durará el trayecto y para cuándo debería comprar un billete. El joven supervisor de la estación, que se hace el enterado, dice que sale a las seis de la mañana y llega a las cinco de la tarde. Bien. Aun así, el mundo ha avanzado. Sin embargo, solo se puede comprar el billete el día anterior porque el talonario oficial llega con el último autobús procedente de Addis Abeba. En cualquier caso, reservo dos. Durante los días siguientes el supervisor me llama varias veces o, cuando pasa por allí con sus amigos, se detiene en nuestro hotel para anunciar que el billete va a estar listo, o más bien para presumir de sus contactos europeos. Al fin los tenemos en la mano por unos 10 euros por persona. Ya a las 5 de la mañana estamos en el autobús, lo cual es importante; de lo contrario no conseguiríamos asiento. Los pasajeros viajan con enormes provisiones a la capital, donde, al parecer, creen que no habrá nada para comer: llevan grandes sacos de harina, cestas de verduras, gallinas vivas.
El autobús va despacio, pero cuán despacio en realidad solo lo comprendemos más tarde, cuando llegamos a Dessie, la mayor ciudad de la ruta, a las 4 de la tarde. Esto está a solo 300 km de Lalibela, y aún faltan 400 más hasta Addis Abeba. «¿A qué hora llegamos?», le pregunto al conductor. «A las cuatro de la mañana», anuncia la nueva hora, pero ahora pienso que se inventan estos horarios gratuitamente, sin contar de verdad ni responsabilizarse de ello. Nuestro vuelo sale a las 4 a. m.; deberíamos estar allí a las 2, como mínimo. Nos arriesgamos a bajarnos del autobús en un café y pedir un taxi que nos lleve a tiempo al aeropuerto de Addis Abeba. La camarera llama a alguien que pronto llegará para organizarlo. Llega un hombre de negocios musulmán, bajo y corpulento, con un jeep. Pregunta qué necesitamos y empieza una frenética ronda de llamadas. En un cuarto de hora dice que hay un taxista que nos llevaría por 8000 birr, es decir, unos 250 euros. «¿No podría ser 6000?», le pregunto, no como si el precio fuera inasumible, sino para evitar que suba más. Acordamos 7500. Vamos al banco a cambiar dinero. Mientras saco los billetes me dice que cambie 8500, porque él también cobra 1000 birr (unos 30 euros) como intermediario.
Llega el taxi; acordamos cubrir los 400 km en ocho horas. Él acepta. Pero damos vueltas casi una hora más por Dessie, en parte por diversos asuntos del intermediario y en parte buscando combustible. Al parecer no hay gasolina en la ciudad. Vamos de un lugar a otro y por fin, en una gasolinera donde solo se puede repostar con un vale, nuestro conductor consigue llenar el depósito a precio de estraperlo. En ese punto empieza un largo regateo sobre cuánto pagarles por adelantado, porque, naturalmente, quieren cobrar allí mismo el importe entero. Acordamos pagar la mitad entonces y la otra mitad a la llegada.
Salimos a la carretera, si es que puede llamarse carretera. Hay muchos tramos sin asfaltar, curvas de montaña peligrosas. Nuestro conductor no está acostumbrado a conducir de noche; se cansa una y otra vez y va comprando bebidas energéticas. Finalmente le quito el volante; conduzco un buen rato pero él no puede dormir: tiembla por su coche. Cuando lo retoma a medianoche, todavía quedan 140 km. Pero no se da cuenta de que eso significa que debería ir al menos a 70 para llegar. Nos arrastramos por la noche etíope y de tanto en tanto lo apremiamos. Por fin llegamos al aeropuerto a las dos y media, aún a tiempo para embarcar. Pagamos la otra mitad de la cantidad acordada, pero él levanta la mano con una sonrisa ladina: «¡No es tan simple!» Se supone que también debemos contribuir a la gasolina, porque oímos que al precio negro era más cara. «Ese es tu problema», digo, y dejo el dinero sobre el capó.
Con esta ilustrativa historia, Etiopía se despide de nosotros.











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