El futuro ha empezado

La aeronave. Una comedia musical, Nueva York, 1898
 

Ya hemos visto que los editores de finales del siglo XIX, inspirados por el vertiginoso desarrollo técnico, competían entre sí por presentar el hermoso futuro nuevo en postales, anuncios y revistas. Empresarios ingeniosos, como Károly Divald y sus colegas austríacos, alemanes o estadounidenses, publicaron series enteras con vistas proyectadas cien años adelante de todas las ciudades de sus países, para que pudiera sentirse de manera tangible incluso en los lugares más pequeños: sí, ese futuro deslumbrante, las bicicletas de carrera frenética, el automóvil, el tranvía, el funicular y el zepelín llegarían exactamente de este modo también a las calles principales de su pequeña ciudad.
 

Arpad Schmidhammer (el ilustrador de aquellos libros infantiles de guerra): 
Una calle de Múnich en el siglo XX. Münchener Bilderbogen, 1898

Mallorca no tuvo un Károly Divald que produjera una postal con una vista de Palma un siglo después. Sin embargo, tuvo a su Mario Verdaguer, quien en su colección de ensayos La ciudad desvanecida, publicada en 1953, en el crepúsculo de su vida, evocó bella y delicadamente cómo ese deslumbrante futuro llegó en los primeros años del siglo a la calle principal de Palma, que por entonces seguía siendo también una pequeña ciudad.
 

Volviendo hacia el Born de Palma desde el faro de La Riba, a comienzos de siglo

Mario Verdaguer (1885-1963) nació en Menorca, pero pasó su juventud en Palma. Estudió Derecho en Barcelona y participó, como periodista y traductor de Thomas Mann, en la animada vida intelectual de la Barcelona de preguerra. La Guerra Civil y la represión posterior quebraron su carrera, como la de tantos otros. Regresó a la isla, donde trabajó para periódicos locales hasta su muerte. Ya antes de la guerra escribió dos libros sobre Mallorca —La isla de oro y Un verano en Mallorca—, pero fue la obra de su vejez, La ciudad desvanecida, la que lo inscribió definitivamente en la memoria de la ciudad. Este es un libro que no le toca en suerte a cualquier ciudad. Es raro que de vez en cuando alguien sea capaz de captar con tanto cuidado y sensibilidad la esencia de una ciudad, como hicieron Gyula Krúdy, Iván Mándy o Endre Lábass con Budapest, y de presentar a la ciudad con su propio retrato. «Si existe un libro que hable de la eterna feminidad de una ciudad», escribe José Carlos Llop, «ese es este, el libro de Mario Verdaguer, uno de los espíritus más sensibles, brillantes y refinados que jamás hayan vivido en nuestra ciudad».
 

Invitación a la presentación de la nueva edición de La ciudad desvanecida, 16 dic. 2013.
«Así, en esta ciudad de Palma, que cuenta cien mil almas, a cada alma
le corresponde una ciudad distinta. Son, en total, cien mil ciudades».

El libro de Verdaguer, aunque fue escrito originalmente en español, pasó a la estantería de todas las familias de Palma en la traducción catalana de otro espíritu mallorquín sensible, Nina Moll, hija de Frances de Borja Moll. El texto original español acaba justamente de volver a publicarse ahora, en el sexagésimo aniversario de su aparición, completado con otros escritos de Verdaguer sobre la ciudad. La presentación del libro fue hace unas semanas, y acabamos de recibir el primer ejemplar. Los pocos capítulos que publicaremos de él en húngaro e inglés en los próximos días son las primeras traducciones que se hacen de esta obra, aparte de las dos lenguas de Mallorca.
 

Marzo de 1968. La catedral de Mallorca, delante de ella la Almudaina, el antiguo palacio
de los califas árabes, y ante ella el lugar del barrio recientemente demolido,
que albergó el Hotel Alhambra, el Teatro Lírico y el velódromo de Gaspar.
Escribiremos más adelante sobre todo ello. En su lugar pueden visitarse ahora
los jardines de S'Hort des Rei. (Foto Archivo Josep Planas i Montanyà).



El velódromo de Gaspar

Detrás de este antiguo teatro de madera estaba el velódromo de Gaspar, que fue el primero que en Mallorca montó en velocípedo.
   Ese señor Gaspar había traído de Barcelona la gran novedad del velocípedo y aparecía por las tardes en el Borne, montado en su máquina. Es decir, sentado encima de una enorme rueda en cuyo centro estaban directamente unidos los pedales y llevando detrás, como remolque, otra ruedecita diminuta semejante al timón de aquel alto artefacto.
   La gente que le veía pasar, encaramado en aquella altura, quedaba con el alma pendiente de un hilo, en espera de la fatal e inevitable caída, que daba la sensación iba a ser mortal, pues era inexplicable para todos que aquella gran rueda se mantuviese derecha.


Gaspar movía ágilmente las piernas y avanzaba por el paseo a una velocidad que entonces parecía
vertiginosa.
   Y más de un señor de edad, empapado del espíritu ingenuo del siglo bobo, exclamaba escandalizado al verle pasar:
   —¡Qué vergüenza comparecer en postura tan ridícula ante el digno público!
   En efecto, según las reglas de urbanidad de su tiempo, zarandear de aquella manera las piernas un hombre ya hecho era carecer por completo de dignidad.
   Ahora esos artefactos llamados velocípedos, a los que sucedió muy pronto la bicicleta, sólo pueden contemplarse en algún museo retrospectivo o en las litografías antiguas; pero entonces nos colábamos por el callejón que pasaba por detrás del teatro de madera y, en la explanada contigua a la muralla que parece sostener el palacio de la Almudaina, encontrábamos el velódromo de Gaspar, quien, con una camiseta de rayas blancas y azules y unos pantalones bombachos, daba vueltas montado en su máquina y seguido de sus alumnos sentados también en sendas ruedas gigantes.
Aquello era maravilloso, Gaspar y sus alumnos parecían girar con la misma velocidad que el viento.
 

Gaspar y su velódromo. Dibujo de Mario Verdaguer



Cuando recuerdo esta escena es como si esté contemplando uno de esos cromos acharolados que encontrábamos en las pastillas de chocolate de Matías López y me parece imposible, tal es lo lejano y absurdo de aquel girar por el pequeño velódromo, que haya transcurrido tan sólo poco más de medio siglo, que no esté todo mucho más lejos.
   Y, sin embargo, Gaspar y sus velocipedistas, pasando sobre sus artefactos por el Borne, moviendo las piernas como monas nerviosas y luciendo sus camisetas de rayas azules y blancas, constituyen una verdadera litografía simbólica del primer esfuerzo un poco ridículo a fuerza de ser sentimental, de mi generación para irse adaptando a las grandes velocidades que llegaría a alcanzar el hombre y que entonces en modo alguno se presentían.
   Pues es indudable que nuestra generación tuvo que realizar un rápido proceso de constante readaptación al precipitado adelanto de la ciencia y, al cambio de las condiciones materiales de la vida humana.
   Fuimos a la escuela primaria con luz de quinqué de petróleo, estudiamos el bachillerato con luz de gas y mecheros Auer, en los albores de la carrera comenzó a alumbrarnos la electricidad.
   El mundo se transformaba muy de prisa y era preciso mover rápidamente las piernas y correr mucho, como Gaspar y sus velocipedistas, para poderse adaptar al tiempo presente que corría, corría y corría.
   Durante siglos y siglos, el hombre nació, vivió y murió alumbrado por una luz de aceite que yo he visto todavía en forma de candil colgado de la vieja cocina de casa..
   Y ese candil al último viaje en aeroplano, es decir, en medio siglo, se han realizado todos los sueños que los hombres creían absurdos y con los cuales Julio Verne nos hacía estremecer, con el ansia de lo imposible, cuando en las veladas de invierno, en torno de la mesa familiar alumbrada por un mechero Auer, leíamos sus encantadoras fantasías.
 

Velocipedista en la playa de Palma, más o menos en el periodo descrito por Verdaguer, 
y a solo unos pocos cientos de metros del velódromo de Gaspar

 

Add comment