Nuestro nuevo coautor, Dániel Szávoszt-Vass, autor de dos de los mejores blogs geográficos húngaros, Islas Danubianas y Pangea, inicia ahora una nueva serie sobre los territorios separados de Alemania al final de la Primera Guerra Mundial. Estas pequeñas regiones, con su población antaño multiétnica y con sus historias particulares apartándose del curso principal, encajan bien con relatos semejantes en río Wang. (Studiolum)
Las pérdidas territoriales de Alemania tras la Primera Guerra Mundial no fueron en modo alguno tan grandes como las de Hungría o Turquía, pero tuvieron una influencia mucho mayor en la historia mundial. Es cierto que fue privada de sus colonias, que sumaban alrededor de cuatro millones de kilómetros cuadrados, pero el propio país perdió sólo el 13% de su territorio central. Sin embargo, estas pérdidas tuvieron lugar casi todas de la manera más humillante. A propósito de una serie de sellos irredentistas alemanes hallados en un álbum familiar, visitaremos uno por uno estos territorios: Alsacia-Lorena, Danzig, Posen, Alta Silesia, Schleswig del Sur, la región de Memel, Eupen-Malmedy y una pequeña porción de tierra casi desconocida: la región de Hlučín (Hultschiner Ländchen). Por esta última empezamos.

No es muy conocido que la recién formada Checoslovaquia —cuyo mero nombre resultaba engañoso, pues sobre la base de la proporción de sus grupos étnicos debería haberse llamado más bien Checogermanoeslovacohúngarorutenia, dado que tenía al menos el doble de alemanes que de eslovacos— también participó en el reajuste territorial de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. El territorio anexionado por ellos, el Hultschiner Ländchen, es bastante periférico en las diversas fuentes; por lo general no merece más que una simple mención. También las imágenes y los textos sobre él son muy escasos.
Las nuevas fronteras checas y moravas atraviesan casi sin interrupción zonas germanohablantes. Sólo había una pequeña área fuera de las fronteras históricas que no pudo escapar a la atención del nuevo gobierno. En la Alta Silesia (antes de la Primera Guerra Mundial parte integrante del Imperio alemán), alrededor de
la ciudad de Hultschin/Hlučín, vivía un grupo eslavo que hablaba un antiguo dialecto moravo mezclado con alemán. En este paisaje rústico, encajado en las colinas de los Sudetes orientales, entre Ostrava y Opava, la población no alcanzaba los 5000 habitantes ni siquiera en la ciudad más grande. Antes de 1918, el Hultschiner Ländchen/Territorio de Hlučín no existía ni como unidad geográfica ni administrativa: era simplemente la parte meridional del distrito de Ratibor.
Según el artículo 83 del Tratado de Versalles, el Territorio de Hlučín —de extensión incierta, pues los datos oscilan entre 286 y 316 kilómetros cuadrados— debía ser anexionado por Checoslovaquia. Probablemente los checos se aseguraron este territorio para sí al final de la guerra, porque el referéndum de la Alta Silesia celebrado en 1920 no afectó a esta pequeña zona. Así pues, la población local no tuvo ninguna posibilidad de decidir oficialmente si quería pertenecer a Alemania, a Checoslovaquia o (sin error) a Polonia.
Sin embargo, los habitantes de Hultschin/Hlučín no aceptaron la decisión de las grandes potencias. En noviembre de 1919 se celebró en la región una gran manifestación contra los checos. Y en cuanto al referéndum, también celebraron el suyo propio sobre la base de los principios wilsonianos, pero el gobierno checo nunca lo reconoció como oficialmente vinculante. La inmensa mayoría de la población local, el 93,7% de 48.466 personas, votó a favor de Alemania, a pesar de que sólo el 15%, es decir 6500 personas (según las fuentes checas, el 10%, es decir 4500 personas), eran germanohablantes. A pesar del referéndum, el 4 de febrero de 1920 el ejército checo entró en el territorio. Debieron de quedar bastante sorprendidos cuando, en lugar de la lluvia de flores debida a unos libertadores, las masas que marchaban delante de los soldados cantaron «Deutschland, Deutschland über alles».
Soldados checos en la plaza principal de Hultschin, 1920. Del archivo familiar de Pavel Strádal, de aquí
«La injusticia contra el Territorio de Hultschin». La proporción de los votos para los partidos alemanes (negro) y los checos (blanco); las escuelas alemanas (triángulos negros), y la manipulación de los distritos electorales en interés de una mayoría checa. «Sin plebiscito y pese a la protesta de la población, el 4 de febrero de 1920 Checoslovaquia se apoderó de: una ciudad y 37 comunidades con 50.000 habitantes y 333 kilómetros cuadrados de tierra fértil (productiva), así como de dos minas de carbón. Con excepción de las de Zauditz y Thröm, todas las escuelas de lengua alemana han sido cerradas. ¡La enseñanza alemana sólo está disponible a través de 30 centros de enseñanza privados!» (de aquí)
Debido a la incierta delimitación fronteriza, la determinación exacta de la frontera germano-checa se prolongó hasta 1924. La pertenencia de las localidades de población alemana de Sandau, Haatsch y Owschütz, así como de las granjas de Rakowiec y Lichtenhof, caídas en «tierra de nadie», fue decidida finalmente por el Consejo de Embajadores en 1923. En virtud del memorándum, favorable a los checos, Sandau y Haatsch pasaron a Checoslovaquia, mientras que las granjas de Lichtenhof y Rakowiec regresaron a Prusia. En las dos aldeas alemanas ocupadas por el ejército checo, los habitantes arrancaron los mojones fronterizos y destruyeron la garita en la nueva frontera. El ejército checoslovaco sólo pudo restablecer el orden más tarde, con ayuda de cinco batallones de infantería, uno de artillería y uno de exploradores.

La incorporación del Territorio de Hlučín al nuevo Estado no transcurrió sin dificultades. El poder checo cerró las escuelas alemanas y despidió a los maestros. En el censo, sólo las personas con nombres alemanes eran contadas como alemanas; el resto era automáticamente registrado como checo. Quien protestaba contra ello, como Alois Bitta, párroco de Ludgerstal, era multado con 2000 coronas. También fueron multados los padres que protestaban contra el cierre de las escuelas y no permitían a sus hijos acudir a las nuevas escuelas checas. Las penas de prisión eran bastante comunes debido a las continuas protestas, hasta el punto de que la cárcel de Hlučín era llamada sencillamente por los lugareños «la Casa Alemana». Entre 4.000 y 5.000 personas huyeron a Alemania a causa de la persecución y del desempleo.
En las primeras elecciones bajo soberanía checoslovaca, los partidos alemanes obtuvieron el 76,4% entre una población que era «morava en lengua, pero alemana en sentimientos»* Y en 1935 —para entonces cualquiera habría pensado que las aguas turbulentas ya se habían calmado— el Partido Alemán de los Sudetes dirigido por Heinlein ganó el 65% (según otras fuentes, el 75%). A la luz de ello, es fácil comprender por qué en 1938 los moravos de Hlučín recibieron a los soldados alemanes con una lluvia de flores reservada a los libertadores.
Hultschin, el Ring. Con un matasellos festivo: «Después de 20 años de servidumbre, el Hultschin liberado saluda a su Führer, 8 de octubre de 1938». La postal fue enviada una semana después.
La sinagoga de Hultschin/Hlučín. Construida entre 1840 y 1843, destruida el 9 de noviembre de 1938, durante la Kristallnacht, un mes después de la entrada del ejército alemán.
La anexión del Territorio de Hultschin fue humillante para Alemania no por su tamaño, sino más bien por su significado. Mientras que Checoslovaquia, apoyada por las grandes potencias y apelando a la autodeterminación de los pueblos, pudo negociar una nueva frontera para los 40 mil moravos de Alemania (que no tenían en absoluto intención de unirse a Checoslovaquia), los 3,5 millones de alemanes al otro lado de la frontera esperaron en vano lo mismo en virtud del principio de reciprocidad y autodeterminación.










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