El violinista fantasma


Este ensayo fue publicado por primera vez en checo en el sitio web His Voice: Magazine of Alternative Music, como parte de la columna en curso «Field Notes».

Hace poco, una tarde, caminaba por la calle Celetná en la Ciudad Vieja. Las luces cálidas de las tiendas se derramaban en la calzada y extendían un barniz dorado sobre la panza de los adoquines, que susurraban con el roce de muchos pies el sonido de la muchedumbre que casi siempre se encuentra allí. Aquel último día de octubre, víspera de Todos los Santos, había dado paso a una tarde inusualmente cálida para el otoño, perfecta para mi largo paseo sin rumbo. Es la fecha asociada a los fantasmas, máscaras, fingimientos y a lo que no es del todo lo que parece. El Halloween anglocelta recuerda la antigua creencia de que a la cosecha anual le sigue un tiempo liminar durante el cual los espíritus de los difuntos pueden pasar con mayor facilidad entre los vivos.

Me acercaba a la Casa Municipal cuando comencé a oír una música aguda, espectral, tintineante, difícil de localizar con precisión, con un sonido que recordaba tanto a un instrumento de viento como a uno de cuerda. Aquel sonido inquietante, descubrí, se filtraba desde el centro de un pequeño grupo de turistas, en cuyo núcleo se encontraba un hombre interpretando una melodía de aire mozartiano en un verrilion, también conocido como arpa de copas de agua. Mantenía a su público completamente embelesado.


El verrilionista estaba de pie detrás una mesa con quizá unas dos docenas de copas de vino de diversos tamaños, cada una con cierta cantidad de agua clara. Con una técnica infalible, sumergía repetidamente las yemas de los dedos en estos pequeños recipientes y, con un gesto bien ensayado, acariciaba el borde de las copas, una fricción suave y precisa que hacía sonar una nota al excitar el vidrio en una vibración resonante. Su interpretación era continua, con acordes, arpegios, crescendos y glissandi: un muro de dulzura etérea que, pese al carácter quizá empalagoso del instrumento, resultaba fascinante por su cualidad mórbida y ultraterrena, y algo hipnótica. Probablemente por razones como ésta el instrumento ha sido llamado en ocasiones violín fantasma. En el siglo XVIII, despliegues similares gozaron de cierta moda, y las leyendas de aquel tiempo nos advertían de no entregarnos demasiado a él, ni escuchándolo ni tocándolo, pues se creía que quienes eran susceptibles de caer en la melancolía corrían el riesgo de enloquecer a causa de su sonido extraño y triste.

Las manos flexibles del violinista fantasma revoloteaban como pequeños colibríes sobre los bordes de las copas en busca de la dulce esencia de la música, y su tintineo feérico era un deleite absoluto. Los turistas grababan la actuación con teléfonos móviles, rindiendo su gratitud al intérprete con las monedas que arrojaban en un recipiente colocado ante él. Un mapa de sudor crecía en la parte superior de la espalda del músico, empapando su suéter. Daba a la interpretación todo matiz posible de gesto y fuerza concentrada. Aquella noche parecía expresarse en una actuación culminante. El público permanecía inmóvil, con las mandíbulas entreabiertas, los ojos maravillados, los de algunos humedeciéndose en lágrimas. Había un silencio reverente de asombro mientras escuchaban absortos.

Eran algo más de las diez cuando emprendí el camino de regreso por Celetná, hacia la plaza de la Ciudad Vieja. Me acerqué al lugar donde, durante casi trescientos años, se alzó la Columna Mariana, hasta 1918, cuando fue derribada por una multitud que la veía como símbolo de la opresión austríaca. El emplazamiento de la antigua columna está hoy marcado en el pavimento por losas conmemorativas de granito con inscripciones epitáficas en cuatro lenguas que dicen: «Aquí estuvo y volverá a estar la estatua de María».

Años atrás, en mi primera visita a este lugar, había advertido que, curiosamente, algún vándalo posterior había arrancado a golpes palabras seleccionadas de cada una de las inscripciones, en un intento de neutralizar la afirmación de que la columna volverá a estar. Está claro que el sitio sigue suscitando sentimientos intensos, y que algunos desean aparentemente que el monumento no vuelva a levantarse jamás, oponiéndose a las inscripciones aspiracionales que llaman explícitamente a su reconstrucción.


Pero aquella tarde, al acercarme al lugar, me sobresaltó un poco ver a una joven monja con hábito negro y toca, que sostenía entre sus brazos un ramo de lirios blancos, símbolo de la resurrección. Tenía la cabeza inclinada solemnemente en oración. Cuando estaba a punto de arrodillarse y depositar el ramo sobre el memorial donde antaño se alzaba la columna, saqué la cámara y tomé rápidamente una imagen, sin tiempo para ajustar la configuración. Tenía la intención de realizar una serie de exposiciones mejores, pero ya era demasiado tarde. La monja había advertido la presencia de un fotógrafo. Pude ver la sorpresa y la alarma en su rostro. Antes de que pudiera tomar otra fotografía, salió corriendo, acunando los lirios entre sus brazos como si protegiera a un niño de la lluvia, y desapareció entre la multitud.


 

El violinista fantasma Robert Tiso interpretando la Vltava de Smetana
 
Otro violinista fantasma, menos épico pero igual de entrañable, interpretando lo mismo justo encima del Moldava, en el Puente de Carlos



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