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«Cuando nuestros célebres antepasados, oh Kan, llegaron a esta tierra, donde adquirieron un nombre grande y temido, exclamaron: “Kara bak!” – “¡Mira, hay nieve!” Desde entonces esta tierra se llama Karabagh. Su nombre más antiguo era Syunik. Porque has de saber, oh Kan, que nuestra patria es muy antigua y famosa. Los karaulis, espíritus oscuros, viven en nuestras montañas y guardan tesoros inconmensurables. Nuestros bosques tienen piedras sagradas, y allí brotan fuentes sagradas. Lo tenemos todo. Ve a la ciudad, mira a tu alrededor: ¿hay alguien trabajando? ¡Casi nadie! ¿Hay alguien triste? ¡Nadie! ¿Hay alguien sobrio? ¡Nadie! ¡Te asombrarás, mi joven señor!»
«En verdad me asombré de lo grandes mentirosos que son estas gentes. No hay cuento de hadas que no se inventen para glorificar su patria. Justo ayer, un armenio rollizo intentó convencerme de que la iglesia cristiana de Maras, en Shusha, tiene cinco mil años.»
«Shusha es la ciudad de las maravillas. Fue construida en las montañas, a una altura de cinco mil metros, en el abrazo de bosques y ríos. Armenios y musulmanes viven aquí pacíficamente, lado a lado. Durante siglos fue un puente entre los países del Cáucaso, Persia y Turquía. Los lugareños, con una exageración amablemente infantil, gustan de llamar “palacios” a sus pequeñas chozas de adobe. Nunca se cansan de sentarse junto a sus puertas, fumar sus pipas y contarse una y otra vez cuántas veces los generales de Karabagh salvaron al imperio ruso y al propio Zar, y qué destino terrible les habría sobrevenido si hubieran puesto a cualquier otro al frente de su protección.»

A última hora de la tarde llegamos a la ciudad de Shusha, en azerí Şuşa, en armenio Shushi. Las chozas de adobe han desaparecido hace tiempo y en su lugar se alzan bloques soviéticos de paneles. De los palacios, las casas de dos plantas construidas con piedra labrada en los siglos XVIII y XIX, muchos aún siguen en pie en el casco viejo. Lo que tienen en común es que están total o parcialmente sin techo, y calcinadas.
Mientras subimos por las empinadas calles, comprendemos por qué Shusha fue la llave de Stepanakert en la guerra de Karabagh, por qué la artillería azerbaiyana se mantuvo aquí incluso en febrero de 1992, cuando el ejército armenio ya había entrado en la vecina Khojaly, cortándoles el acceso a su aeropuerto y masacrando a la población azerí de la ciudad; por qué el cuartel general armenio en Stepanakert decidió asediar y tomar la ciudad de montaña al precio de una enorme pérdida de sangre; y por qué la destrucción del 8-9 de mayo, el Día de la Victoria, les trajo también la victoria sobre Karabagh. Miramos hacia abajo desde los restos de la muralla. Seiscientos metros por debajo de nosotros, a solo unos kilómetros, yace la capital de Karabagh, que, a partir del 10 de enero, fue bombardeada durante cuatro meses por la artillería azerbaiyana, destruyendo casi todas las casas y matando a unos dos mil civiles.
La razón principal de la destrucción de Shusha no fue tanto el breve asedio, sino más bien los civiles armenios que, siguiendo al ejército invasor, saquearon y quemaron los pisos de la población azerí que había huido de la ciudad. Pero esta no fue la primera destrucción de Shusha en este siglo. Tras la Primera Guerra Mundial, durante el conflicto territorial de los estados armenio y azerbaiyano, brevemente independientes, a finales de marzo de 1920 el ejército azerbaiyano y los habitantes azeríes de Shusha masacraron durante cuatro días a la población armenia de la ciudad y arruinaron el barrio armenio. De las diecisiete iglesias ensalzadas por Kurban Said, solo quedaron dos, que, por falta de fieles, sobrevivieron al sistema soviético al ser convertidas en almacenes. De la población de 45 mil habitantes de antes de la guerra, solo permanecieron cinco mil. Y así pudo escribir Osip Mandelstam estos versos aún en 1931, durante su viaje por el Cáucaso:
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…Так, в Нагорном Карабахе, |
...Y en Nagorno-Karabagh, |
Hoy, la situación se ha invertido. La catedral armenia ha sido restaurada, así como varias casas en su vecindad. Aquí viven los cuatro mil habitantes de la ciudad –que antes de 1992 tenía 15 mil–, principalmente armenios que huyeron de Azerbaiyán. Hoy es el barrio azerí el que está muerto.
Al llegar a la antigua plaza del mercado, se siente como si hubiéramos salido de la ciudad. El asfalto termina y damos en el barro, entre hondos charcos de nieve derretida. Las ventanas de los bloques de paneles bostezan negras y vacías. De la casa soviética de cultura solo queda la fachada, con el tímpano del barroco estalinista. Al fondo de la plaza aún se alza la
Mezquita Alta, construida en 1787. La placa negra situada delante anuncia que está bajo protección estatal. En efecto, el pequeño cementerio azerí de su jardín no ha sido arrasado, a diferencia del cementerio de Julfa. La protección estatal, sin embargo, no protege contra el tiempo, que va consumiendo lentamente el revestimiento de mosaico de los alminares y los arcos y la fachada de ladrillo de la mezquita. En fotos de 2007 los alminares aún tenían sus tejados. Hoy solo vemos en su lugar una extraña estructura, que probablemente sirvió para bajar los techos cuando corrían riesgo de caer por sí solos.
Por debajo de la plaza del mercado, detrás de la antigua casa de cultura, se encuentra la
Mezquita Baja, construida en 1874, hoy en un estado semejante. Los niños juegan en el patio. Cuando nos ven, se vuelven hacia nosotros con una confianza desvergonzada, mostrándonos el arsenal que han reunido de debajo de las ruinas vecinas. «Azeríes. Los azeríes lo dejaron aquí.» «¿Y adónde fueron?» «De vuelta a Azerbaiyán.» «¿Y vosotros venís de allí?» «En absoluto. Somos de Shushi. ¡No somos bezhentsy, refugiados!»
Nos enseñan las escaleras secretas que suben a los alminares y a lo alto de las cúpulas. Los arcos del edificio siguen intactos vistos desde abajo, pero desde arriba se ve que, entre las cúpulas expuestas, sin techo, crecen arbolillos que, con el tiempo, perforarán las bóvedas de ladrillo.

Nuestros acompañantes nos siguen; quieren mostrárnoslo todo. «Estas eran todas casas persas.» «¿No azeríes?» «No, no. Los azeríes vivían allí. Aquí vivían los persas.» «¿Y qué les pasó?» «También se han ido.» «Y allí estaba la cárcel», señalan el sótano arruinado de la casa de cultura. No preguntamos quién detenía a quién allí.
Al regresar por la calle principal, comprobamos, siguiendo el consejo de Mustafa Agha, si hay alguien trabajando. Nos complace ver que hay trabajo en casi todos los umbrales: cargan burros, cortan carne, cosen y hacen ollas; un fotógrafo retrata en su estudio cómo era cuando en Shusha armenios y musulmanes vivían pacíficamente lado a lado.
«Oh Kan», dijo Mustafa Agha. «Tus antepasados libraron guerras, pero tú te sentaste en la Casa de la Sabiduría, y eres un hombre instruido. Así que has oído hablar de las artes. Los persas se enorgullecen de Saʿadi, Hafez y Ferdowsi; los rusos, de Pushkin; y en el lejano Occidente vivió un poeta llamado Goethe, que escribió un poema sobre el diablo.»
«¿Y todos esos poetas son también de Karabagh?», le pregunté.
«No, mi noble señor, pero nuestros poetas son mejores, aunque no estén dispuestos a encerrar sus palabras en la prisión de letras muertas. Son demasiado orgullosos para escribir sus poemas. Los cantan.»
Qubanin ag almasi (Manzanas blancas de Quba), en el modus mugham Bayati Shiraz, cantado por Miralan Miralanov. Del álbum Azerbaijani love songs. Karabagh, y en particular Şuşa, se consideraban el centro de la música tradicional azerí mugham.





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