
El señor Zoltán Medve –en traducción literal, el Sultán Oso–, el gobernador del condado de Krassó-Szörény no fue el primer oso en visitar la isla de Ada Kale. Incluso si dejamos aparte a los amaestradores de osos húngaros y valacos medievales, cuyos animales no aparecieron en la plaza del mercado de la isla por voluntad propia, no podemos silenciar al célebre Maczkó Úr –señor Oso–, que precedió a su colega por tan solo un hocico. Que lo precedió es indudable, pues el señor Medve realizó su visita oficial a la isla el 12 de mayo de 1913, pero para entonces el libro sobre la visita del señor Oso a Ada Kale, salido de la pluma de Zsigmond Sebők, ya se vendía con gran éxito en toda Hungría.
El libro Dörmögő Dömötör utazása hegyen, völgyön és a nagy ládával («Los viajes de Deméter el Gruñón –el señor Oso Pardo– por montañas y valles con la gran arca”), publicado en 1913, fue el último volumen de la serie sobre los viajes del señor Oso Pardo desde Maramureș –«Bosque de Huszt, Tercer Valle, Segundo Arroyo, Cuarta Roca, Sexta Cueva, no lejos del lugar de descanso de los lobos, cualquiera de los cuales te mostrará gustosamente el camino»–, que se venía publicando desde 1883. Sebők Guiaba a su gran público, los niños de Hungría, por Budapest, los Tatras y las Puertas de Hierro en el bajo Danubio. Para muchos de ellos esta era la única fuente de conocimiento sobre las partes más bellas de la Hungría de antes de la guerra.

El señor Oso Pardo y sus dos oseznos, Zebike y Pimpi, visitaron Ada Kale de camino a las Puertas de Hierro. En su favor hay que decir que no se adelantaron a su pariente mayor en la anexión de la isla, sino que se contentaron con anexionarse algo de caviar, café y tabaco para llevárselo a su Maramureș natal. Un golpe de suerte, puesto que siete años más tarde una isla bajo soberanía checoslovaca y después soviética habría causado muchas complicaciones internacionales en el bajo Danubio entre Serbia y Rumanía.
La única complicación durante su visita siguió siendo interna de Maramureș, en la medida en que el tío János Hörpentő («Juan el Chupón»), el primo y espíritu maligno del señor Oso Pardo, también participó en el viaje sin invitación, ora viajando en el arcón del señor Oso Pardo, ora actuando como un habitante de Ada Kale, disfrazado de turco local, Mustafa Herpendji, que no deja de beber y comer lo que sea y cuando sea posible por delante del honorable oso y sus oseznos.
En el transcurso de esta breve visita, los pequeños lectores solo llegan a conocer los tópicos más importantes sobre Ada Kale. Que se puede llegar desde Orsova en barco. Que Lajos Kossuth, diputado de la perdida guerra de independencia de 1848-49, partió desde aquí hacia su exilio en Turquía. Que aquí ya se puede encontrar Oriente, el bazar, mujeres con hiyab, café y auténticas delicias turcas. El señor Oso Pardo no era exactamente un Ignác Kúnos. Pero esto bastaba para aguijonear la curiosidad de un pequeño escolar que, en cuanto crezca, él también partirá a ver este maravilloso Oriente, como lo hicieron Sándor Kőrösi Csoma, Ármin Vámbéry, Aurél Stein y muchos otros.

«Orsova es una bonita ciudad de unas cinco mil personas. Si te detienes en la orilla del Danubio, flanqueada por casas de una y dos plantas, puedes ver tres países. En la otra orilla está Serbia, a la izquierda Rumanía, y en el Danubio brilla muy verde una pequeña isla: es Ada Kale. Esta pertenece a Turquía. […]
Cuando la compañía hubo comido, el señor Oso Pardo preguntó:
– Y ahora, ¿qué haremos hasta la tarde?
– Venid, mi efendi, a Ada Kale –dijo Mustafa, el Herpendji–. Allí os darán buen tabaco turco, buen café turco.
– ¿Tabaco turco? ¿Café turco? – preguntó feliz el señor Oso Pardo–. Eso está muy bien, amigo mío Mustafa Herpenji: me encanta el tabaco turco, el café turco, las pipas turcas, los divanes turcos, el confort turco… Jejeje, los osos son muy buenos turcos. Así que, vamos a Ada Kale.
El embarcadero estaba cerca, y un viejo turco pronto los llevó a Ada Kale. Era un hombre callado –para buena suerte de Mustafa-János Herpenji-Hörpentő, porque no sé cómo habría respondido a las preguntas de los turcos. El barquero turco rompió el silencio solo una vez. Cuando la barca llegó bajo Orsova, vieron un arroyo que desembocaba en el Danubio. Este era el Cserna. Y una montaña que se contemplaba en el Danubio. Esta se llama monte Alion. El viejo turco señaló el pie de la montaña, donde el Cserna se une al Danubio, y dijo, en buen húngaro, aunque con acento turco:
– Allí besó Lajos Kossuth la tierra de Hungría, cuando tuvo que despedirse de ella para siempre.»


«Ada Kale, o en húngaro Nueva Orsova, es una isla de dos kilómetros de longitud. La mayor parte está ocupada por la fortaleza y, dentro de la fortaleza se resguardan sus calles, casas y tiendas. Está habitada por turcos; solo el ejército es húngaro, porque, aunque la isla pertenece a Turquía, desde que Serbia obtuvo su independencia ha quedado sin embargo tan lejos de la madre patria como un botón que se hubiera cortado del abrigo. Así que Hungría asumió su defensa.
Este es un lugarcito interesante. Cuando el señor Oso Pardo entró por la puerta de la fortaleza, se le quedó la boca abierta de asombro. Aquí encontró un mundo completamente distinto de todo lo que había visto en sus viajes. Aquí los hombres no llevaban sombrero, sino turbante o fez, y las mujeres una larga capa que les cubría todo el rostro, salvo dos agujeros para los dos ojos. Parecía un baile de máscaras. Los mercaderes no vendían sus mercancías en tiendas con puertas de cristal, sino en un bazar abierto. Allí estaban en cuclillas, bajo alfombras a modo de tienda, sobre suaves alfombras orientales. Allí vendían toda clase de dulces, baratijas, hermosas alfombras orientales. Era un verdadero mundo turco.
El señor Oso Pardo se detuvo de inmediato frente a una tienda de dulces como un gran abejorro sobre el azúcar, y los dos oseznos como dos mosquitas sobre la mermelada de melocotón. No hacían más que espumar, chupar, tragar, masticar, sorber el azúcar, los dátiles, el postre, la miel turca, de modo que hasta el turco serio sonrió.
– Vaya, ¡nunca oí un masticar tan ruidoso, ni siquiera cuando los estudiantes de Budapest vinieron a Ada Kale y visitaron el bazar de dulces!
Pero a la hora de pagar el señor Oso Pardo y el turco no se entendieron.
– ¿Dónde está ese Mustafa Herpendji? –dijo el señor Oso Pardo–. Él hablaría en turco con este turco. ¡Vaya, ahora no está en ninguna parte, justo cuando más se le necesita!
Pero Herpendji–Hörpentő había sido lo bastante listo como para no estar allí donde habría tenido que hablar en turco. Por fin el señor Oso Pardo se puso de acuerdo con el mercader, y entonces se sentó en el aireado porche del café turco.
– ¡Tráeme tabaco turco, café turco, pipa turca! –gritó.»

«Pronto tuvo en su mesa el café turco y el tabaco turco. Sentado a la manera turca sobre una alfombra, fumó este último en una pipa llamada nargile. El tabaco fragante flotaba alrededor de su cabeza, le dio sueño y pronto se quedó dormido, olvidándose incluso del café negro. Los oseznos también se durmieron con él. Los turcos de la isla se reunieron en la calle y se preguntaban unos a otros:
– ¿Qué es esto? ¿Están disparando morteros en la fortaleza?
Oh, no, no lo estaban. Solo eran los tres osos, que roncaban en el café. Pero ¿quién es esa figura que se acerca en silencio a los dormidos y va sorbiéndoles el café, uno tras otro? Sí, es Herpendji–Hörpentő. Luego, tal como vino, se fue en silencio, sin que nadie lo notara.»

Pronto el señor Oso Pardo se despertó.
– Ay, me eché una cabezadita. Bueno, así el café vendrá aún más a mano… Pero ¿a dónde se ha ido el café de mi taza?
– ¿Y el de la mía? –se indignó Zebike.
– ¿Y el de la mía? –gimoteó Pimpi.
El señor Oso Pardo gritó furioso:
– ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Para qué lo preguntamos? ¡Se lo ha tragado mi alter ego! Tiene un demonio, que es capaz de estar dondequiera que yo esté. ¡Eh, tú, turco! –gritó–, ¡café!
El camarero trajo las tazas humeantes.
– ¡Tú, turco! –gritó el señor Oso Pardo–. ¡Échame el café directamente en la boca! No lo dejes en la mesa, porque mi alter ego lo sorberá inmediatamente: ¡que se atragante el día de su onomástica!
El camarero le vertió el café al respetable viajero. El señor Oso Pardo tosió, se aclaró la garganta, porque el café caliente se la quemó.
– No importa que me queme: al menos lo bebo con mi dinero, y no mi alter ego –se consoló. Luego exclamó: ¡Pero ya está anocheciendo! Oseznos, despidámonos de Ada Kale y volvamos a Orsova. ¿Dónde está ese Herpendji? Que lleve el equipaje a la barca. Camarero, mi querido amigo, ¿no has visto por ahí a Mustafá Herpendji?

El dueño del café sabía húngaro. Se extrañó:
– ¿Quién es ese Mustafá Herpendji?
– ¿No lo conoces? Es un mozo turco de aquí.
– ¿De aquí? Nunca ha vivido en Ada Kale ningún turco con ese nombre.
– Es imposible, amigo mío. Porque llevaba un turbante tan grande que hasta le cubría la nariz… nunca me dejó ver su cara. ¡Y hablaba tan bien en turco! Decía: djin, djin, choje to, djin, djin, potjesem.
El dueño del café sonrió:
– ¡Pero eso es eslovaco, no turco! –dijo
El señor Oso Pardo se estremeció.
– ¡Ay, cómo me ha picado esta avispa!… O más bien esta idea, más punzante que una avispa. Empiezo a creer que ese Mustafá Herpendji era mi alter ego. Que ese Mustafa se bebió mi cerveza, se comió mi caviar, sorbió mi café. Por eso se echó el turbante sobre la cara, para que no viéramos su rostro.
– Jeje, ¡vaya fooldji que te ha hecho! –se rió Zebike.
– Osezno, si no te callas, ¡te llevarás un slapdji! –gruñó el señor Oso Pardo.»


Después de la visita del señor Oso Pardo, la isla empezó a desvanecerse del horizonte de los niños húngaros. Siete años más tarde quedó al otro lado de nuevas fronteras; cincuenta y nueve años después fue sumergida bajo el nuevo nivel de las aguas. Hoy ni siquiera los osos más viejos de Maramureș pueden decir con facilidad dónde había sorbido el señor Oso Pardo su café turco. Pero desde entonces sus aventuras no se han desvanecido.
«Cuando por la calle Rákóczi pasamos delante de la librería de Manó Vidor, mi padre me preguntó si quería un libro nuevo. Sabía que un libro era el regalo más precioso para mí (y todavía lo es). Entramos en la librería, y mi padre me preguntó qué libro comprar. Miré con entusiasmo los estantes de novelas para jóvenes y descubrí un libro del señor Oso Pardo bastante grueso, quizá el más exquisito libro de fábulas de Zsigmond Sebők: Los viajes del señor Oso Pardo a las Puertas de Hierro. Eso fue lo que pedí. Mi padre lo compró, y allí mismo, en la tienda, escribió en él estas líneas inolvidables: “A mi hijo Géza, en el día de la proclamación de la República Húngara y del renacimiento de la libertad húngara, en Nagyvárad, el 31 de octubre de 1918, de tu padre.” Tuve este libro hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo guardé como uno de los grandes documentos históricos de mi vida. Pero también figuró entre mis primeras lecturas importantes. De hecho, aquí leí sobre el malvado alter ego del benévolo señor Oso Pardo, el tío Hörpentő. Solo décadas más tarde me di cuenta de que esta obra maestra para niños es en realidad una parodia de la novela de Dostoievski El doble. Y, a decir verdad, desde entonces no puedo tomarme en serio esta obra maestra de Dostoievski. Me recuerda al tío Hörpentő, el oso perverso por cuyas bromas siempre tiene que pagar el señor Oso Pardo. Y a lo largo de mi vida, si me caía algún contratiempo por la inhumanidad o mezquindad de otros, siempre comprendía tranquilamente que ahora yo era el señor Oso Pardo, y que los malévolos, las almas perversas, los personajes sombríos, los parásitos, todos eran de algún modo el tío Hörpentő.»
Géza Hegedüs recuerda así las aventuras del señor Oso Pardo en Ada Kale en sus memorias Preludes to an autobiography. De esta inspiración brotaron las novelas históricas que significaron para mi generación lo que las andanzas del oso de Zsigmond Sebők habían significado para él. La isla de Ada Kale, como la casa de Hrabal en el Dique de la Eternidad, se hundió en lo profundo y se elevó a lo alto, y ahora para siempre
flota sobre nosotros, como las nubes de los edificios ideales en una pintura barroca.
Los osos son muy buenos turcos
Publicado por Studiolum on 2025-12-27 07:37




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